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Madre América: Puerto Rico

12 de mayo de 1898: principio del fin

Edwin Sierra González

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Las ciudades, como producto de la interacción humana, tienen su historia, un proceso viviente y continuo que no se detiene y se cimenta en el cúmulo de hechos y experiencias que sus habitantes y el espacio que ocupan recibe. San Juan de Puerto Rico, antes llamada Ciudad de Puerto Rico, pues San Juan era la isla en sí, es la segunda ciudad más antigua de América y en camino a sus 500 años  de refundada en la Isleta que hoy ocupa, perdura en sus calles la semilla de una sociedad que no se detiene y se reafirma.

Junto a ese orgullo, recorren sus adoquinadas calles las sombras de momentos amargos que marcaron la historia nacional de manera tal, que sus efectos, más de un siglo después, perduran. A las 05:16h del 12 de mayo de 1898, la Ciudad de San Juan, en aquel momento, bajo dominación española y recién estrenándose como sede del Gobierno Autonómico Provisional de Puerto Rico, alcanzado en 1897, era bombardeada por una escuadra de doce navíos de la Armada de los Estados Unidos en eventos relacionados a la Guerra Hispano-Cubano-Estadounidense. La capital del entonces territorio autónomo, se sumiría en el caos y la destrucción de cuyos lamentos y gritos dan cuenta documentos de la época. El bombardeo, que se asomó antes que el sol de aquella mañana, era precedido por un bloqueo a la bahía sanjuanera que había comenzado antes, el 29 de abril de 1898, varios días después de la declaración de guerra entre España y Estados Unidos. Todo por la explosión del acorazado “Maine”, el cual estalló en La Habana, Cuba, en febrero del mismo año.

La histórica ciudad caribeña fue bombardeada sin cesar por unas tres horas, provocando innumerables daños en la infraestructura, así como una baja considerable entre civiles y militares. Documentos de la época testifican de daños que sufrieron, el Asilo de Beneficencia (1840), el cual recibió dos impactos de proyectil; la Real Audiencia que se incendió tras un impacto; el Palacio de la Real Intendencia (1850), el cual recibió un impacto; el Cuartel de Artillería de Ballajá (1854-1864), cuyo muro del lado norte se desplomó; el Castillo de San Felipe del Morro (1539- s. XVIII), el más castigado con 32 impactos; la Iglesia de San José (1532); el Palacio de la Real Fortaleza de Santa Catalina, hoy Palacio Nacional (1533-1540); el Cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis (1863), explotando varios nichos y quedando cadáveres expuestos, y el Ayuntamiento de San Juan (1604-1789), cuyo impacto fue sumamente simbólico, pues el proyectil partiría en dos el asta donde ondeaba la bandera española, como premonición de lo que ocurriría meses después: el archipiélago puertorriqueño sería invadido por Estados Unidos el 25 de julio de 1898 y ocupado hasta la actualidad, 121 años después. Un total de aproximadamente 1,360 disparos fueron dirigidos a la ciudad en solo 3 horas. Unos 200 de estos fueron recogidos sin explotar.

Bombardeo Iglesia San José

Las bajas se contabilizaron en sobre medio centenar de víctimas, entre españoles y puertorriqueños. Seis fallecidos y cincuenta heridos fue el saldo del feroz bombardeo estadounidense que marcaría el rumbo del país. Un testigo de la época, Cap. Ángel Rivero Méndez,  lo describió así: “El espectáculo, visto desde el alto de(l) (Castillo) San Cristóbal era doloroso: ancianos, enfermos, cojos con sus muletas, ciegos a tienta y sin lazarillos, madres con sus hijos de las manos y en brazos los más pequeños, todos huían en abigarrado tropel como un rebaño que se desbanda; los campesinos que a dicha hora llegaban con sus cargas de aves y vegetales, volvieron grupas, y a todo correr tomaron la carretera de Río Piedras, y hasta uno, creyendo escapar mejor, abandonó su carga y montura fiando la salvación a sus propios pies”.

Aquel bombardeo fue el principio del fin. La confirmación del desgaste militar español y la pérdida irreparable de lo que la clase política puertorriqueña del siglo XIX había luchado por décadas: el Gobierno Autonómico. La invasión fue un retroceso sin precedentes que de autonomía, derivó en un gobierno militar que en poco tomaría en cuenta a los puertorriqueños.

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Madre América: Puerto Rico

4 de julio en Puerto Rico: libertad desde el coloniaje

Edwin Sierra González

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En todo país del mundo las efemérides juegan un papel fundamental en la construcción social. Sin duda, las fechas festivas o feriados, conjugan un elemento particular a la hora de homogenizar ciertos valores sociales, políticos, culturales y religiosos. La necesidad de crear referentes e ideas comunes entre los ciudadanos de un país es un proyecto muy bien gestionado por las estructuras del Estado para generar una cohesión y carácter identitario que defina a uno sobre el otro. Y aunque hay lugares donde hay festivos regionales, los de mayor notoriedad son los del ámbito nacional, aquellos cuyo valor o enseñanza trascienden el carácter e idiosincrasia de unos pocos, para conectar con lo que nos une e identifica a todos.

En América, donde la mayoría continental e insular transformó su andar colonial a uno republicano e independiente, no resulta sorprendente que la efeméride suprema e indiscutible sea su Día de la Independencia, conmemoración que transcurre por diferentes partes del continente a lo largo del año. Desde el Grito de Dolores mexicano y la Revolución Haitiana, hasta el Ipiranga brasileño y el Asencio uruguayo, el continente está lleno de memorias históricas que dan cuenta de los procesos de emancipación continental. No cabe la menor duda del valor de este día en nuestras culturas, sino miremos unos años atrás cuando en 2003 Panamá celebraba su centenario y desde 2010 comenzaron los bicentenarios en países como México. La consecución de la libertad ha sido pieza clave como elemento unificador.

Por su parte, Puerto Rico representa, una vez más, una anomalía a estos hechos, no en el intento, sino en la obtención de la meta. Aunque los movimientos separatistas puertorriqueños más conocido datan de 1868 y 1950, conocidos como el Grito de Lares y Grito de Jayuya o Revuelta Nacionalista, sabemos que ocurrieron intentos previos que no trascendieron tanto. A pesar de esto, la isla, tras la invasión estadounidense, permanece sin un gobierno propio que responda a las necesidades de los puertorriqueños y sí a las necesidades de la metrópolis.  Es por ello que las efemérides en Puerto Rico, más que un intento de cohesión y unidad nacional, representan, salvo casos particulares, un intento de transculturación y transmisión de valores estadounidenses ajenos a nuestra realidad sociocultural, histórica e identitaria.

Es por esta razón que el gobierno colonial conmemora el 4 julio, que no es otra cosa que el Día de la Independencia de los Estados Unidos. Resulta sorprendente como se conmemora la independencia de ese cuerpo político que priva de una libertad propia, o sea, se conmemora la libertad desde el coloniaje. Es así como este 4 de julio de intenta adoctrinar una vez más sobre el loable suceso, pero el 23 de septiembre, fecha en el que los puertorriqueños resonaron reclamando libertad, pasará inadvertido en la vida de muchos. Inadvertido, porque atenta contra la hegemonía de la autoridad establecida y por eso se refuerza con días como el de la ciudadanía estadounidense, George Washington y Martin Luther King. Tanto así, que el día de la constitución colonial, proclamada el 25 de julio de 1952, se proclamó ese día para borrar de la memoria colectiva el hecho de que ese mismo día, pero de 1898, Estados Unidos invadía Puerto Rico.

La conmemoración de la independencia estadounidense en Puerto Rico, más que una anomalía, representa un acto hipócrita donde se pretende inculcar valores de libertad, justicia e igualdad en un país intervenido y asfixiado por aquel que conmemora, respeta y valora lo que la independencia le he proporcionado: derecho a decidir y gobernarse. El archipiélago antillano resulta en un ejemplo de por qué el colonialismo es aborrecible y condenado en las esferas internacionales: porque obliga al colonizado a mirarse en un espejo que no es suyo, a apreciar un reflejo que no le pertenece. Si bien queda largo camino por andar, la crisis política y económica que atraviesa el país, producto de su estado colonial, obliga urgentemente a una definición y solución definitiva de la deshonrosa relación política, no solo para Puerto Rico, sino también para Estados Unidos. No se puede mirar orgulloso un 4 de julio cuando más de 3 millones de puertorriqueños permanecen aún en un limbo jurídico y sin poder decidir en su país. Deshonra.

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Madre América: Puerto Rico

LGBTTQ: un colectivo, dos miradas

Edwin Sierra González

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En medio de los festejos y reafirmaciones colectivas e individuales que realiza la Comunidad LGBTTQ en el planeta en pos de sus derechos, el archipiélago caribeño acaba de atravesar un nuevo capítulo convulsionante. Como si la realidad socio-económica y política no dejara mucho que desear, el gobernante Partido Nuevo Progresista, identificado con el sector más conservador del país, volvió a colocar sobre la palestra pública y legislativa colonial, un proyecto de ley, rechazado previamente, para salvaguardar la “libertad religiosa”.

En principio, el nombre parece encomiable y de propósito noble: proteger la libertad religiosa. El problema radica en los amparos que proporciona para dicha protección y como manifiesta un disloque en una sociedad cuya constitución colonial ya protege y salvaguardad la libertad de culto, separa la Iglesia y el Estado y prohíbe el ensalzamiento religioso a través de las instituciones coloniales y sus recursos económicos. Estando esto ya garantizado, ¿dónde reside la novedad? Sencillo, el proyecto, natimuerto por segunda ocasión, reservaba al individuo el derecho y la prerrogativa de rechazar servirle a aquellos que contravinieran su visión religiosa del mundo. Entiéndase de esta manera: si un ciudadano gay necesita un servicio gubernamental, pero quien lo ofrece es una persona cuya creencia religiosa no apoya los derechos del colectivo arcoíris, el ciudadano gay tendría que esperar por alguien diferente que lo atienda o podría quedarse sin el servicio si no hay nadie disponible. Increíble. Sobre todo, porque muchos de los que quizás se habrían amparado en esa ley, devengan su salario de los impuestos y recaudos públicos que este grupo social también paga al erario. O sea, son sujetos útiles para aportar a las arcas coloniales, pero no para ser servidos por no ajustarse a una normativa particular. Hipocresía.

Más allá de toda esta vorágine que atenta contra los derechos humanos y civiles fundamentales del individuo, el gobierno colonial de Puerto Rico hacía grandes esfuerzos mediáticos para mercadear el país como un destino exótico, ventajoso, abierto y seguro para esta comunidad. La doble mirada al asunto es preocupante. ¿Cómo es posible que el país, para un mismo grupo de seres humanos, pueda promocionarse como un destino turístico amigable, pero busque coartar el derecho de los puertorriqueños gays, lesbianas, bisexuales, transexuales, transgéneros y queer, so pretexto de proteger la “libertad religiosa”?

La mirada caprichosa resulta hipócrita y un intento por congraciarse con un sector intolerante del país que alimenta al partido en el gobierno. Resulta curioso que el mismo partido que la propone, la cuelgue o retire parlamentariamente. Se diría que es una movida política, pero los precedentes en esta línea son peligrosos en un país de memoria histórica lacerada. Si tanto incomoda al colectivo, ¿por qué no renuncian a los millones que buscan atraer a través del turismo? Es muy sabido el poder adquisitivo de este sector de la sociedad, pero los seres humanos no deben ser contabilizados como un elemento económico, sino como vidas.

Es inaceptable que en pleno siglo XXI haya países que se propongan separar a sus ciudadanos por clases o distingos. Sobre todo, cuando la vida humana podría correr riesgo. Pareciera que el longevo proceso colonial puertorriqueño, que ya supera los cinco siglos, arrastrara al país a una constante involución.

Por el momento, el proyecto ha sido nuevamente derrotado. Sin embargo, la voz de unos siempre encuentra ecos en otros y la historia nos lo ha demostrado irrevocablemente. Siempre se ha dicho que los hombres mueren, pero sus ideas perduran. Qué peligrosas resultan estas ideas, sobre todo cuando discriminan y no liberan de prejuicios o egoísmos, pero se debe seguir andando.

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La colonia y el peligro de la memoria

Edwin Sierra González

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El caso colonial puertorriqueño, sin duda, es de los más antiguos del mundo, con sobre 500 años. En la medida que un país es controlado por otro, de una manera tan directa como lo es Puerto Rico respecto a los Estados Unidos, genera en la población un desaferro colectivo que puede llevar a concepciones equívocas del proceso histórico de una nación, si es que se permite usar ese término para la isla antillana a pesar de su sometimiento político. Si bien es cierto que la historia es un cúmulo de hechos, individuales o colectivos, que permiten diferentes construcciones de relatos o discursos, el historiador, como intérprete de esos hechos, también se ve manifestado en su trabajo.

En Puerto Rico, la interacción del historiador con los hechos que han afectado el proceso histórico-formativo del archipiélago da visos de manifestarse de maneras dispares. Mientras unos llaman las cosas por su nombre, otros utilizan una serie de eufemismos o subterfugios para nombrarlas. Esto, con el propósito de no alterar o lograr un objetivo. Evidentemente, en una nación colonizada, como lo es Puerto Rico, llamar las cosas por su nombre podría llevar a una alteración sustancial del tejido social, o lo pareciera. Tras el desgarre histórico que su puso la invasión de Estado Unidos a Puerto Rico, palabra que algunos evitan utilizando el término “llegada”, quizás para hacerlo menos violento o más sereno, el archipiélago comenzaría a sufrir una serie de transformaciones que comenzarían a chocar con dos visiones: la estadounidense y la puertorriqueña. Entre las cuestiones que comenzaron a enfrentarse fueron los símbolos patrios, las apreciaciones raciones, la cultura y el idioma.

Los intentos por minimizar o borrar las manifestaciones o referencias hispánicas fueron y son, constantemente, muy marcadas. Igualmente lo concerniente a la cultura pre-hispánica: los Taínos. De los ejemplos más recordados y combativos resultaron el escudo, la bandera y el español puertorriqueño, el cual denominamos así pues, aunque el español es un solo idioma, el hablado en las islas, como en los países hispanos, presenta sus propias variantes.


Escudo de Puerto Rico

El Escudo de Puerto Rico, el más antiguo de las Américas, fue concedido por la Monarquía Hispánica, no podríamos hablar de España en ese momento, en 1511, por lo que supera los 500 años y se sigue usando en la actualidad. Sin embargo, tras la invasión en 1898, la isla enfrentó lo que fue denominado como el Escudo Intruso, el cual estuvo vigente entre 1902 y 1905. En 1901, se creó una comisión durante el gobierno del estadounidense William H. Hunt, el cual desembocó en la oficialización de un nuevo escudo que rompió prácticamente con toda aquella referencia que los puertorriqueños conocían, excepto las carabelas hispánicas. A pesar de que el nuevo escudo fue diseñado por la Joyería Tiffany, de Nueva York, las protestas ciudadanas, así como las voces de líderes del país no se hicieron esperar y la opinión pública se volcó contra la afrenta. Entre las opiniones esgrimidas para renegar del escudo se menciona que era un ataque a las creencias católicas predominantes, ya que el mismo fue concedido por los Reyes Católicos y también el hecho de que el nuevo emblema era una resalte de la condición política de la isla con la nueva potencia colonial.

Incluso, Don José de Diego y Martínez, miembro de la Cámara de Delegados de Puerto Rico, única cámara elegida por los puertorriqueños en aquel momento, lo tildó de “disparate heráldico”, razón por la que, desde su escaño legislativo, presentó un proyecto de ley para derogarlo. El mismo fue aprobado, lo que oficializó, de manera política, el desagrado de los isleños con el símbolo intruso. Completado el engorroso proceso legislativo, el escudo sajón fue depuesto y el histórico escudo hispánico fue restaurado.

La idea de borrar memorias y establecer nuevos vínculos en un proceso de transculturación o imposición cultural es un proceso que Puerto Rico enfrenta a lo largo de su historia, pero muy en especial, durante el último siglo de dominación estadounidense. La memoria es un riesgo para los modelos coloniales, por eso es menester truncarla o cambiarla, solo así un proyecto colonial sobrevive. Continuará…

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