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Jugar a la ruleta rusa en tiempos de Coronavirus

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las tumultuosas compras de cerveza que se verificaron la semana pasada en diferentes localidades de país, en muchos casos sin guardar las medidas de sana distancia, en filas de automóviles de hasta tres kilómetros y a pie, fuera de las tiendas formaciones de más de tres horas, no puedo dejar de preguntarme en este y otros casos similares ¿qué motiva a los seres humanos a participar en esta suerte de Ruleta Rusa?

Si bien es cierto que no se trata de las entidades con el mayor número de enfermos de SARS Cov-2, en Nuevo León, Sonora, Sinaloa, Chihuahua y Coahuila, los contagios van a la alza. Veracruz, donde también se verificó el fenómeno, es uno de los de los cinco estados que registran más de 3 mil casos positivos.

 Apenas inició la venta de la bebida en municipios como Apodaca, Escobedo, Ciudad Delicias, Ciudad Juárez, Hermosillo, Cajeme, Nogales, Los Mochis, Saltillo y Coatzacoalcos, entre otros, miles de personas acudieron a expendios y tiendas. En algunos lugares las existencias se terminaron en menos de 2 horas. No está de más recordar que en esos lugares las temperaturas rebasan los 30 grados en esta época.

Se trata del caso más reciente, pero no del único en que las personas han roto las medidas de prevención, reuniéndose multitudinariamente a fin de adquirir algún producto específico, en tiempos de la pandemia.

A mediados de marzo, en vísperas del inicio de la cuarentena en los Países Bajos, y ante el anuncio oficial de que cerrarían los coffe-shops, en los que se expende legalmente la mariguana, en ciudades como  Amsterdam, Rotterdam y Utrecht, se pudieron observar enormes filas de ciudadanos esperando comprar su dosis recreativa, no obstante que el Instituto Nacional de Salud Pública de este país informó del incremento de casos de 176 a mil 135 en la jornada.

El mismo mes, los estadounidenses también hicieron largas filas, pero el artículo que ansiaban adquirir antes del periodo de confinamiento no tenía fines recreativos como la cerveza o la mariguana. Marzo de 2020 se convirtió en el segundo mes en la historia con mayor venta de armas  en los Estados Unidos: 1.9 millones, de acuerdo con información de The New York Times. En enero de 2013, luego del tiroteo en una escuela de Connecticut y la reelección de Barak Obama, la cifra alcanzó los 2 millones.

Las otras dos fechas en las que también hubo un aumento significativo en la adquisición de tales artefactos  fueron, en enero de 2009, al iniciar el primer mandato de Obama, con 1,1 millones y tras los atentados del 11 de Septiembre con 754 mil.

Los días 9 y el 10 de abril, jueves y viernes santos,  a tres semanas de la declaración de emergencia sanitaria en la Ciudad de México, se registraron aglomeraciones difíciles de creer si no se contara con la evidencia de fotografías y vídeos: Decenas de miles de personas acudieron a los mercados La Viga y La Nueva Viga, especializados en la venta de pescados y mariscos, para abastecerse de tales alimentos en la cuaresma.

La secretaria de gobierno de la capital, Rosa Icela Rodríguez, aseguró que la afluencia de consumidores se cuadruplicó respecto a los años anteriores, y que por momentos se contabilizó la presencia de 4 mil personas dentro de las plazas y 4 mil en las calles aledañas. Fue necesaria la intervención de la policía para contener a la multitud.

El mercado de La Nueva Viga, dentro de la Central de Abastos, se encuentra en la alcaldía Iztapalapa, la de mayor número de contagios en el país, con un total de  4 mil 125  y 396 defunciones según los registros el pasado martes 26. 

En este punto, regreso a mi pregunta inicial ¿qué los motiva a tomar esos riesgos, más allá del deseo de un cigarro de mota, de una cerveza bien fría, de una mojarra al mojo de ajo?  El caso de las armas es una clara respuesta ante lo desconocido de un pueblo con inclinaciones bélicas en un país  propenso a las guerras, aunque las compras de pánico pueden obedecer a la misma causa.

Existe una interesante teoría respecto a la “mentalidad de rebaño”. Sociólogos, sicólogos, antropólogos y otros especialistas en el comportamiento humano se han ocupado de este fenómeno de imitación, que  explica también la adquisición de enormes paquetes de papel higiénico al principio de la pandemia en diferentes países. Me pregunto si ya lo terminarían o todavía mantienen parte de sus reservas en alguna habitación de su casa.

El sicólogo, sociólogo y antropólogo francés Gustave Le Bon, identificó tres mecanismos que desatan este comportamiento, desde 1895, y que, me parece, se mantienen vigentes: Uno, en una multitud, como el individuo es anónimo, pierde el sentido de la responsabilidad y participa en actos a los que normalmente no se hubiera prestado. Dos, el proceso de contagio hace que se reduzcan las inhibiciones, haciendo aceptables comportamientos distintos a los que tendrían las personas individualmente. Tres, el ser humano es mucho más susceptible a la sugestión dentro de una multitud, la cual ejerce un efecto hipnótico sobre el sujeto, lo que le hace más proclive a seguir a otros.

Mi última reflexión es en torno a la debilidad de las convicciones personales frente a la colectividad: ¿Hasta dónde es capaz de llegar una persona, para mantener el sentido de pertenencia, a poner en peligro su bienestar y el de su familia; a sacrificar a decenas de seres humanos; a morir?               

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Maricarmen Graue: Soy una persona con ganas de crear, con palabras, sonidos o formas

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de talento, capacidad creativa y fuerza vital, hace algunos días conversé con la violonchelista, pintora, escultora, escritora, actriz, maestra, bailarina y maratonista, Maricarmen Graue Huesca. Le manifesté mi necesidad de una pausa respecto al tema sanitario y mi interés en entrevistarla; con su gran sentido del humor me preguntó ¿quieres saber cómo vivo el confinamiento?

Maricarmen Graue ha sido artista desde niña, “siempre me gustó la música” afirma, sin poder establecer el momento exacto del descubrimiento de su vocación musical. Refiere que su padre, arquitecto y melómano organizó un coro familiar en el que, por supuesto, ella participó. Inició su preparación académica primero en la danza, en el canto y a los 15 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música para estudiar guitarra.

Poco tiempo después, tras la muerte de su padre,  cambió de instrumento “el sonido del chelo tiene la calidez de una voz casi humana”, afirma. Específicamente-sostiene-me recuerda la voz de mi padre y lo toco como un homenaje a él.

En 1987 recibió una beca para continuar su educación musical en la ex-Unión Soviética, donde estudió en Moscú y Kiev. En 1991, ingresó en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, de la cual fue co-principal de la sección de violonchelos hasta 1999. Fue becaria del FONCA en el área de ejecutantes.

Es emblemática su imagen cargando el pesado estuche del chelo por los andenes del Metro, su medio de transporte, tan es así que uno de los promocionales del documental del director  Sergio Morkin “Maricarmen”, basado en la vida de la artista, presenta justamente esa estampa con su violonchelo en una mano y su bastón en la otra, ya que perdió la visión de un ojo desde la niñez y la totalidad del sentido de la vista hace 14 años.

Recuerda que, en ese tiempo pasó 6 meses encerrada “Quedé ciega y fue como si afuera no existiera nada” No obstante, su fortaleza se impuso y luego de dos o tres meses de rehabilitación empezó a ajustarse Te adaptas a lo que sea–asegura–yo resurgí libre, capaz, autosuficiente.

En la interpretación musical, la carrera de Maricarmen dio un giro definitivo porque cuando dejó de ver, no le fue posible continuar en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez en tanto que no podía leer las partituras ni observar las indicaciones del director, por lo que se inclinó hacia la improvisación, al jazz, aunque reconoce su amor por lo clásico “disfruto mucho a Bach

A juzgar por la intensidad de sus jornadas, sus días deberían tener 48 horas: realiza proyectos con otros artistas, da clases de violonchelo–en estos meses a distancia-en la Escuela de Iniciación Artística Número 4 del INBA y presenta un concierto virtual desde la Casa del Lago con el ensamble de jazz e improvisación “No tan Cuerdas”. Todo ello en medio del confinamiento, porque a Graue Huesca ni la pandemia la detiene.

En 2019, por ejemplo, se estrenó el largometraje “Maricarmen”-que también musicalizó-en el Festival de Cine de Morelia, donde obtuvo el Premio del Público, posteriormente, consiguió una mención honorífica en el festival É Tudo Verdade, en Brasil; presentó su libro “Mirar mirándome” que contiene relatos autobiográficos; inició un proyecto audiovisual,   mediante una beca del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad otorgado por el CENART y el Consejo Británico, con dos miembros más del colectivo “Discreantes” al cual pertenece y que en este momento está en pausa por motivo de la pandemia.

Siempre dispuesta a encontrar la oportunidad aun en situaciones que devastarían a otros, como la pérdida de la visión, se congratula de que el confinamiento le permite dedicarle más tiempo a la escultura: “Me encanta descubrir formas con mis manos, sentir que tengo ojos en  las manos. Confío en que si mis manos me dicen que una pieza está bien, es que está bien, porque la proporción perfecta no existe y no es necesario obedecer cánones que no sé quién puso. Mi escultura es un espejo de lo que percibo

Tras asegurar que la actividad artística le permite a cada quién mostrar lo que es, ya que “la diversidad es valiosa si uno defiende su postura”, Graue comparte su gusto por la experimentación, “es una búsqueda para encontrar lo que yo soy: una persona con ganas de crear ya sea con palabras, con sonido o con formas

Otra de las actividades que la apasiona es fundamentalmente física: entrenar y participar en medios maratones. “Correr es moverme a otra velocidad, de lo que suelo moverme cotidianamente, me hace volverme ágil, libre. Es liberador sentir a mi cuerpo haciendo un esfuerzo, al moverse así

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¡Y además tiembla!

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la vulnerabilidad de los seres humanos, la tierra nos vino a confirmar cuán frágiles somos. Y si después de la pandemia del COVID 19, de las terribles inundaciones que dejó la tormenta tropical Cristóbal en el estado de Yucatán, donde se emitió Declaratoria de Desastre Natural para 75 municipios y del sismo de 7.5 grados, con epicentro en Crucecita, Oaxaca que se sintió el martes, seguimos creyéndonos los dueños del planeta, no tenemos remedio.

La Tierra existió mucho antes de que las mujeres y los hombres evolucionáramos hasta lo que hoy somos y seguirá girando alrededor del sol cuando ya no quede evidencia de que alguna vez estuvimos aquí. Al parecer, los virus ya estaban antes de nuestra llegada, adhiriéndose a los animales y vegetales de entonces, causándoles enfermedades a algunos de ellos y conviviendo con otros.

Durante décadas nos hemos sentido más fuertes que ellos, porque -listos como nos creemos –  desarrollamos todo tipo de repelentes, de métodos de defensa, de hierbajos, de químicos, de fármacos,  de vacunas, de rituales, de sortilegios, de mantras, de oraciones y hasta de invocaciones energéticas, para abstraernos de sus efectos dañinos.

Cada tanto, alguno de ellos nos sorprende. Transita desde la planta o animal del que ha sido huésped tradicional a otro en el que logra desarrollarse a sus anchas, tanto, que puede destruirlo. O se transforma, expandiendo sus áreas de influencia hasta colonizar a los representantes de supuesto eslabón más alto de la cadena alimenticia, nosotros.

El ser humano, capaz de modificar el entorno hasta no dejar huella del paisaje original, de levantarse del suelo y llegar a las nubes para trasladarse al punto más lejano de la tierra en cuestión de horas, de desentrañar casi todos los misterios de la naturaleza, de traspasar los confines del planeta y lanzarse al encuentro con otros cuerpos celestes, de utilizar los elementos de la tierra para construir y destruir y destruirse, se encuentra, en ocasiones,  con esta partícula de proteína – según nos han dicho de la que actualmente nos asola y nos azora – tan insignificante que ni siquiera cuenta, pero puede terminar con todo lo que hemos creído importante.

Dicen que no pueden sobrevivir independientemente, porque requieren del organismo hospedero para multiplicarse y mantenerse en el mundo. Es el caso de la poliomielitis, influenza, rabia, viruela, VIH, entre algunos otros. Hoy, estamos frente a uno que se nos resiste y nos atemoriza hasta el punto de dejar todo aquello que pensábamos esencial: trabajar, salir, gastar, comprar aparatos, hacer dinero, mostrarnos ante los demás y demostrarles quiénes somos.

Y, acostumbrados como estamos a imponer nuestras creencias, nos decimos “una vez que ha llegado la pandemia ¿qué más puede pasar?” mientras la naturaleza, ajena a cualquier juicio moral, indiferente a toda consideración de justicia, ignorante de las clasificaciones  humanas de “bueno y malo”, obedeciendo sólo a sus propias leyes, libera su energía en los océanos a través de algo que llamamos tormenta tropical y que debería hacer menos daño que un huracán o un ciclón, de acuerdo a nuestras clasificaciones, pero, en cambio, afecta gravemente a miles de seres humanos.

O acomoda las enormes placas tectónicas en las profundidades de la tierra –el martes fue a 5 kilómetros bajo la superficie en Oaxaca– y empavorece a otros millones que se hacinan en lo que fue lago y hoy es asfalto, haciéndolos  salir  disparados del interior de las edificaciones de concreto que los contienen.

Y miles de esas personas, atrapadas durante meses en sus propias viviendas, para evitar la cercanía con otros que podrían portar el virus, al escuchar la alarma sísmica, abandonan los que  constituían sus refugios, sin detenerse un segundo a pensarlo, y se lanzan al otrora sitio más peligroso, la calle.

En la huida, olvidan las caretas, los tapabocas, el alcohol en gel, el desinfectante y, de paso, olvidan la aversión a  los otros y se concentran, como racimos de uvas, en el lugar “más seguro”, que hasta minutos antes era el “más inseguro” y hasta se atreven a intercambiar algún comentario, a boca desnuda, con el vecino, con el paseante, con el vendedor de tamales o de bisquetes calientitos.

Y con la creencia de que el mundo está a nuestro servicio y el sol aparece en el horizonte cada mañana sólo para entibiar nuestros días, no falta una persona que exaltada reclame: ¡Y, además tiembla, esto ya es demasiado!

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¿Y ahora qué sigue?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del paso del semáforo rojo al anaranjado por la que algunas entidades están transitando, como sucedió en Yucatán hace dos semanas, y en la Ciudad de México a partir de este lunes, tengo la impresión de que la consigna es básicamente que cada quien se rasque con sus uñas o, en otras palabras, ¡sálvese quien pueda!

Al presentar su “decálogo” hacia la nueva normalidad, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo: “Sigamos acatando las recomendaciones para cuidarnos y minimizar el riesgo de contagio, pero hagámoslo con independencia, criterio y responsabilidad

Lo anterior implica que el paso a la llamada nueva normalidad se dará como un acto puramente individual, en tanto que el Ejecutivo expone una serie de recomendaciones morales, como cuando señala que se siga cuidando a los ancianos en casa, porque en ningún asilo, por lujoso que sea, estarán mejor que con su familia, confirmando así su visión poco realista de las relaciones humanas.

Si analizamos con detenimiento la forma en que hemos convivido con el COVID 19 en México, excepto las primeras dos o tres semanas en que la mayoría de las personas acataron las recomendaciones de confinamiento, en general, cada uno de nosotros ha hecho lo que puede, de acuerdo con su manera de pensar y sus condiciones económicas, sociales y personales.

A diferencia de otros países en los que el nivel de ingresos les permitió sobrevivir a un estricto confinamiento, con las incomodidades propias del encierro, siempre es pertinente recordar que en el nuestro 61 millones de personas (48.8 por ciento de la población) viven en situación de pobreza, mientras más de 16 millones viven en pobreza extrema.

Desde el primer momento de la epidemia, las autoridades federales establecieron como prioridad el respeto a los derechos humanos, frente a innumerables críticas por parte de quienes deseaban la mano dura contra aquellos que se atrevieran a salir de casa, sin tomar en cuenta que 56 de cada 100 mexicanos viven de la economía informal, dependen de su propio esfuerzo y sus ingresos difícilmente son suficientes para cubrir las necesidades esenciales, así que el ahorro les es imposible, casi nadie cuenta con recursos para vivir sin trabajar.

Pero, además, porque no hay instituciones con estatura para hacer cumplir las restricciones. En estados, como Jalisco, donde se quiso imponer el confinamiento y, a últimas fechas, el uso de cubrebocas, quedó en evidencia que no es posible dejar en manos de policías mal preparados, resentidos y, en muchos casos, corruptos, ese tipo de controles. Lo sucedido en Ixtlahuacán de los Membrillos, donde agentes policiacos asesinaron al ciudadano Giovanni López, por negarse a usar la protección facial, es evidencia clara de lo anterior.

Por otro lado, diversos hechos han demostrado que existen amplios grupos de población que se niegan a acatar las disposiciones como  el confinamiento, el uso de dispositivos de protección o la sana distancia, ya sea por ignorancia, porque no existe una cultura de respeto al estado de derecho o, simplemente, porque no les da la gana y realizan actividades como fiestas o compras masivas de determinados productos.

Este rechazo a las medidas aceptadas internacionalmente para la protección de las personas frente a la pandemia, se ha traducido en enfrentamientos con la policía que se presenta para terminar con alguna fiesta con decenas de jóvenes en espacios reducidos, o en casos de una falta de razón extrema, cuando familiares de algún paciente enfermo o fallecido han golpeado a trabajadores de la salud que aplican los protocolos de cuidado hospitalario.

Pero, la falta de acatamiento de las medidas de protección no solamente se ha dado por necesidad económica, por ignorancia o por comportamientos irracionales. Me enteré recientemente de la realización de servicios religiosos clandestinos en capillas de escuelas confesionales privadas, al estilo de aquellas que se realizaban durante la guerra cristera. En este caso, quienes acuden pertenecen a las élites.

Así que el señalamiento de que el criterio a seguir en la “nueva normalidad” será el de cada, implica continuar como hasta ahora. Y no puedo evitar repetir aquí una broma que circula en las redes sociales a propósito del semáforo COVID: ¡Usan un semáforo para saber cuándo es seguro salir del aislamiento, en un país donde los conductores aceleran cuando ven el color amarillo!

Luego, una serie de obviedades como no consumir productos chatarra, beber agua suficiente, alimentarse bien y preferir los productos frescos y naturales, bajar de peso, vivir en calma y sin angustias, eliminar adicciones, hacer ejercicio, “párate, camina, corre, estírate, medita y aplica todo lo que consideres que le hace bien a tu cuerpo

También dio recomendaciones espirituales, más propias de un lama budista: alejarse del materialismo, no acumular, compartir los bienes, ser generoso y fraternal, eliminar el consumismo porque “la felicidad no se consigue con la acumulación de bienes materiales, ni se consigue con lujos, extravagancias ni frivolidades

En suma, el paso a la llamada nueva normalidad se dará como un acto estrictamente individual con pocas precisiones.

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