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Mezquindad

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las mil cabezas de la mezquindad humana que asoman en situaciones de emergencia, lo que viene sucediendo en México a partir de la declaración de epidemia por el Covid-19 en territorio nacional, es digno de ocupar un sitio relevante entre las más negras páginas de la historia.

Los dueños de los grandes capitales, no quieren que disminuya el ritmo con el que acrecientan sus haberes y siempre, siempre, se las arreglan para salir beneficiados de las crisis. En los tiempos de la jauja petrolera, allá cuando el presidente José López Portillo hablaba de aprender a “administrar la riqueza”, los ricos fueron más ricos y los pobres, más pobres porque cayó sobre sus hombros el costo del endeudamiento y la corrupción.

¿Quién puede olvidar la puesta en escena de ese presidente? ese que al nacionalizar la banca advirtió: “Es ahora o nunca. Ya nos saquearon. México no se ha acabado. No nos volverán a saquear” Hoy sabemos que nos volvieron a saquear tanto los dueños de los grandes capitales como los políticos priístas y panistas.

Luego de las crisis económicas nacionales e internacionales, los que eran millonarios se convirtieron en multimillonarios y los que ya lo eran ingresaron a las páginas de la revista Forbes para sumarse a las listas de los más acaudalados del mundo, mientras los pobres empobrecieron más.

En el sexenio de Miguel de la Madrid se nos dijo reiteradamente que debíamos “ajustarnos el cinturón” para que nuestros hijos y nuestros nietos tuvieran una vida mejor y el país lograra superar la pobreza y la desigualdad. Hoy nuestros hijos viven peor de lo que vivimos nosotros y nuestros nietos peor que sus padres. En cambio, grandes empresarios, políticos, líderes sindicales son más ricos que nunca.

Así pasó en el 94 con aquel famoso “error de diciembre”, la herencia que Carlos Salinas de Gortari, tras reprivatizar la banca, le dejó a su sucesor, Ernesto Zedillo, quien nos aplicó el FOBAPROA, que consistió básicamente en endeudar al país para que los grandes banqueros no perdieran sus fortunas. ¿Quién ha pagado los intereses de esos créditos con un mayor deterioro de su, de por sí, minado nivel de vida?: la mayoría de los mexicanos, es decir, los pobres y la clase media.

 ¿Cuántas personas perdieron su patrimonio y vieron deteriorada su economía por el encarecimiento de los créditos hipotecarios, las tarjetas bancarias, las cuentas de tiendas departamentales? Hoy, 26 años después, el país, es decir, todos nosotros, continuamos viviendo los efectos de los irresponsables manejos del dinero público y de los excesos de aquellos banqueros.

Vendría la alternancia en el año 2000, con altas expectativas para quienes confiaron en el panismo –declaro que no fue mi caso–y resultaron tan defraudados como siempre. Tras dos sexenios en los que los poderes político y económico fueron uno sólo y todas las reformas estuvieron enderezadas hacia el objetivo de que uno y otro pudieran realizar todo tipo de negocios, el país quedó más endeudado, en manos de la delincuencia organizada con el beneplácito y complicidad de los gobernantes. Los ricos más ricos y más de la mitad de la población, definitivamente pobre.

Llegó entonces la revancha priísta en donde, ya sin recato, sin pudor, el país todo se convirtió en un botín y la estrategia consistió en abandonar toda actividad que no significara un negocio y en propiciar la acumulación de riqueza individual para políticos y empresarios. Los gobernantes dilapidaron los recursos públicos. Las condiciones de vida de los mexicanos se depauperaron, muchos millones ingresaron a la condición de pobreza extrema o pobreza alimentaria, es decir, se mueren de hambre.

Actualmente, frente a la que tal vez sea la mayor crisis en la historia moderna del país, con la pandemia en nuestro territorio, con un sistema de salud ruinoso desde hace muchos años y la peor caída de los precios del petróleo, hay dos posiciones enfrentadas, la de un presidente que siempre ha dicho “por el bien de todos primero los pobres” y pretende actuar en consecuencia, y la de los grandes capitales que califican de “populismo” las medidas para apoyar a los más desprotegidos y demandan que el estado nuevamente apueste por salvaguardar los intereses de una insignificante minoría de privilegiados, en detrimento de todos los demás.

La COPARMEX ha llamado a los trabajadores a hacer frente común con unos patrones que se negaron reiteradamente a mejorar sus condiciones laborales y salariales durante décadas y que avalaron el desmantelamiento de la legislación que protegía sus derechos, para demandar que sea el estado quien pague los sueldos durante la cuarentena, con la advertencia de que sería la única manera de salvar los puestos de trabajo.

Las acciones de los más poderosos económicamente han transitado por la amenaza de adelantar la revocación de mandato para el Presidente de la República si no cede a sus “propuestas frente a la crisis económica”  hasta al llamado directo a “no hacerle caso” a las recomendaciones de la autoridad sanitaria.

Esto último, a cargo del multimillonario Ricardo Salina Pliego, a través de Javier Alatorre, lector de noticias del principal noticiero de Azteca, la televisora de su propiedad. La reacción viene como un rechazo del empresario a proteger la salud y la vida de sus 100 mil empleados,  permitiéndoles quedarse en casa mientras dure la epidemia y cerrar sus negocios, como han establecido las autoridades de salud.

Salinas Pliego, quien cuenta con una fortuna cercana a los diez mil millones de dólares, según información del diario estadounidense The Wall Street Journal, se niega a que reduzca el ritmo en que se acrecienta su riqueza.

 La acumulación de dinero y de posesiones ha sido el único interés de la mayoría de los grandes empresarios mexicanos. Nunca tienen suficiente y no hay un solo valor que esté por encima, ni la vida, ni la salud de miles o de millones de personas. No les importa, siquiera que su mezquindad y su avaricia se revierta en su contra y termine arrastrándonos a todos al abismo.

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Maricarmen Graue: Soy una persona con ganas de crear, con palabras, sonidos o formas

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de talento, capacidad creativa y fuerza vital, hace algunos días conversé con la violonchelista, pintora, escultora, escritora, actriz, maestra, bailarina y maratonista, Maricarmen Graue Huesca. Le manifesté mi necesidad de una pausa respecto al tema sanitario y mi interés en entrevistarla; con su gran sentido del humor me preguntó ¿quieres saber cómo vivo el confinamiento?

Maricarmen Graue ha sido artista desde niña, “siempre me gustó la música” afirma, sin poder establecer el momento exacto del descubrimiento de su vocación musical. Refiere que su padre, arquitecto y melómano organizó un coro familiar en el que, por supuesto, ella participó. Inició su preparación académica primero en la danza, en el canto y a los 15 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música para estudiar guitarra.

Poco tiempo después, tras la muerte de su padre,  cambió de instrumento “el sonido del chelo tiene la calidez de una voz casi humana”, afirma. Específicamente-sostiene-me recuerda la voz de mi padre y lo toco como un homenaje a él.

En 1987 recibió una beca para continuar su educación musical en la ex-Unión Soviética, donde estudió en Moscú y Kiev. En 1991, ingresó en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, de la cual fue co-principal de la sección de violonchelos hasta 1999. Fue becaria del FONCA en el área de ejecutantes.

Es emblemática su imagen cargando el pesado estuche del chelo por los andenes del Metro, su medio de transporte, tan es así que uno de los promocionales del documental del director  Sergio Morkin “Maricarmen”, basado en la vida de la artista, presenta justamente esa estampa con su violonchelo en una mano y su bastón en la otra, ya que perdió la visión de un ojo desde la niñez y la totalidad del sentido de la vista hace 14 años.

Recuerda que, en ese tiempo pasó 6 meses encerrada “Quedé ciega y fue como si afuera no existiera nada” No obstante, su fortaleza se impuso y luego de dos o tres meses de rehabilitación empezó a ajustarse Te adaptas a lo que sea–asegura–yo resurgí libre, capaz, autosuficiente.

En la interpretación musical, la carrera de Maricarmen dio un giro definitivo porque cuando dejó de ver, no le fue posible continuar en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez en tanto que no podía leer las partituras ni observar las indicaciones del director, por lo que se inclinó hacia la improvisación, al jazz, aunque reconoce su amor por lo clásico “disfruto mucho a Bach

A juzgar por la intensidad de sus jornadas, sus días deberían tener 48 horas: realiza proyectos con otros artistas, da clases de violonchelo–en estos meses a distancia-en la Escuela de Iniciación Artística Número 4 del INBA y presenta un concierto virtual desde la Casa del Lago con el ensamble de jazz e improvisación “No tan Cuerdas”. Todo ello en medio del confinamiento, porque a Graue Huesca ni la pandemia la detiene.

En 2019, por ejemplo, se estrenó el largometraje “Maricarmen”-que también musicalizó-en el Festival de Cine de Morelia, donde obtuvo el Premio del Público, posteriormente, consiguió una mención honorífica en el festival É Tudo Verdade, en Brasil; presentó su libro “Mirar mirándome” que contiene relatos autobiográficos; inició un proyecto audiovisual,   mediante una beca del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad otorgado por el CENART y el Consejo Británico, con dos miembros más del colectivo “Discreantes” al cual pertenece y que en este momento está en pausa por motivo de la pandemia.

Siempre dispuesta a encontrar la oportunidad aun en situaciones que devastarían a otros, como la pérdida de la visión, se congratula de que el confinamiento le permite dedicarle más tiempo a la escultura: “Me encanta descubrir formas con mis manos, sentir que tengo ojos en  las manos. Confío en que si mis manos me dicen que una pieza está bien, es que está bien, porque la proporción perfecta no existe y no es necesario obedecer cánones que no sé quién puso. Mi escultura es un espejo de lo que percibo

Tras asegurar que la actividad artística le permite a cada quién mostrar lo que es, ya que “la diversidad es valiosa si uno defiende su postura”, Graue comparte su gusto por la experimentación, “es una búsqueda para encontrar lo que yo soy: una persona con ganas de crear ya sea con palabras, con sonido o con formas

Otra de las actividades que la apasiona es fundamentalmente física: entrenar y participar en medios maratones. “Correr es moverme a otra velocidad, de lo que suelo moverme cotidianamente, me hace volverme ágil, libre. Es liberador sentir a mi cuerpo haciendo un esfuerzo, al moverse así

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¡Y además tiembla!

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la vulnerabilidad de los seres humanos, la tierra nos vino a confirmar cuán frágiles somos. Y si después de la pandemia del COVID 19, de las terribles inundaciones que dejó la tormenta tropical Cristóbal en el estado de Yucatán, donde se emitió Declaratoria de Desastre Natural para 75 municipios y del sismo de 7.5 grados, con epicentro en Crucecita, Oaxaca que se sintió el martes, seguimos creyéndonos los dueños del planeta, no tenemos remedio.

La Tierra existió mucho antes de que las mujeres y los hombres evolucionáramos hasta lo que hoy somos y seguirá girando alrededor del sol cuando ya no quede evidencia de que alguna vez estuvimos aquí. Al parecer, los virus ya estaban antes de nuestra llegada, adhiriéndose a los animales y vegetales de entonces, causándoles enfermedades a algunos de ellos y conviviendo con otros.

Durante décadas nos hemos sentido más fuertes que ellos, porque -listos como nos creemos –  desarrollamos todo tipo de repelentes, de métodos de defensa, de hierbajos, de químicos, de fármacos,  de vacunas, de rituales, de sortilegios, de mantras, de oraciones y hasta de invocaciones energéticas, para abstraernos de sus efectos dañinos.

Cada tanto, alguno de ellos nos sorprende. Transita desde la planta o animal del que ha sido huésped tradicional a otro en el que logra desarrollarse a sus anchas, tanto, que puede destruirlo. O se transforma, expandiendo sus áreas de influencia hasta colonizar a los representantes de supuesto eslabón más alto de la cadena alimenticia, nosotros.

El ser humano, capaz de modificar el entorno hasta no dejar huella del paisaje original, de levantarse del suelo y llegar a las nubes para trasladarse al punto más lejano de la tierra en cuestión de horas, de desentrañar casi todos los misterios de la naturaleza, de traspasar los confines del planeta y lanzarse al encuentro con otros cuerpos celestes, de utilizar los elementos de la tierra para construir y destruir y destruirse, se encuentra, en ocasiones,  con esta partícula de proteína – según nos han dicho de la que actualmente nos asola y nos azora – tan insignificante que ni siquiera cuenta, pero puede terminar con todo lo que hemos creído importante.

Dicen que no pueden sobrevivir independientemente, porque requieren del organismo hospedero para multiplicarse y mantenerse en el mundo. Es el caso de la poliomielitis, influenza, rabia, viruela, VIH, entre algunos otros. Hoy, estamos frente a uno que se nos resiste y nos atemoriza hasta el punto de dejar todo aquello que pensábamos esencial: trabajar, salir, gastar, comprar aparatos, hacer dinero, mostrarnos ante los demás y demostrarles quiénes somos.

Y, acostumbrados como estamos a imponer nuestras creencias, nos decimos “una vez que ha llegado la pandemia ¿qué más puede pasar?” mientras la naturaleza, ajena a cualquier juicio moral, indiferente a toda consideración de justicia, ignorante de las clasificaciones  humanas de “bueno y malo”, obedeciendo sólo a sus propias leyes, libera su energía en los océanos a través de algo que llamamos tormenta tropical y que debería hacer menos daño que un huracán o un ciclón, de acuerdo a nuestras clasificaciones, pero, en cambio, afecta gravemente a miles de seres humanos.

O acomoda las enormes placas tectónicas en las profundidades de la tierra –el martes fue a 5 kilómetros bajo la superficie en Oaxaca– y empavorece a otros millones que se hacinan en lo que fue lago y hoy es asfalto, haciéndolos  salir  disparados del interior de las edificaciones de concreto que los contienen.

Y miles de esas personas, atrapadas durante meses en sus propias viviendas, para evitar la cercanía con otros que podrían portar el virus, al escuchar la alarma sísmica, abandonan los que  constituían sus refugios, sin detenerse un segundo a pensarlo, y se lanzan al otrora sitio más peligroso, la calle.

En la huida, olvidan las caretas, los tapabocas, el alcohol en gel, el desinfectante y, de paso, olvidan la aversión a  los otros y se concentran, como racimos de uvas, en el lugar “más seguro”, que hasta minutos antes era el “más inseguro” y hasta se atreven a intercambiar algún comentario, a boca desnuda, con el vecino, con el paseante, con el vendedor de tamales o de bisquetes calientitos.

Y con la creencia de que el mundo está a nuestro servicio y el sol aparece en el horizonte cada mañana sólo para entibiar nuestros días, no falta una persona que exaltada reclame: ¡Y, además tiembla, esto ya es demasiado!

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¿Y ahora qué sigue?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del paso del semáforo rojo al anaranjado por la que algunas entidades están transitando, como sucedió en Yucatán hace dos semanas, y en la Ciudad de México a partir de este lunes, tengo la impresión de que la consigna es básicamente que cada quien se rasque con sus uñas o, en otras palabras, ¡sálvese quien pueda!

Al presentar su “decálogo” hacia la nueva normalidad, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo: “Sigamos acatando las recomendaciones para cuidarnos y minimizar el riesgo de contagio, pero hagámoslo con independencia, criterio y responsabilidad

Lo anterior implica que el paso a la llamada nueva normalidad se dará como un acto puramente individual, en tanto que el Ejecutivo expone una serie de recomendaciones morales, como cuando señala que se siga cuidando a los ancianos en casa, porque en ningún asilo, por lujoso que sea, estarán mejor que con su familia, confirmando así su visión poco realista de las relaciones humanas.

Si analizamos con detenimiento la forma en que hemos convivido con el COVID 19 en México, excepto las primeras dos o tres semanas en que la mayoría de las personas acataron las recomendaciones de confinamiento, en general, cada uno de nosotros ha hecho lo que puede, de acuerdo con su manera de pensar y sus condiciones económicas, sociales y personales.

A diferencia de otros países en los que el nivel de ingresos les permitió sobrevivir a un estricto confinamiento, con las incomodidades propias del encierro, siempre es pertinente recordar que en el nuestro 61 millones de personas (48.8 por ciento de la población) viven en situación de pobreza, mientras más de 16 millones viven en pobreza extrema.

Desde el primer momento de la epidemia, las autoridades federales establecieron como prioridad el respeto a los derechos humanos, frente a innumerables críticas por parte de quienes deseaban la mano dura contra aquellos que se atrevieran a salir de casa, sin tomar en cuenta que 56 de cada 100 mexicanos viven de la economía informal, dependen de su propio esfuerzo y sus ingresos difícilmente son suficientes para cubrir las necesidades esenciales, así que el ahorro les es imposible, casi nadie cuenta con recursos para vivir sin trabajar.

Pero, además, porque no hay instituciones con estatura para hacer cumplir las restricciones. En estados, como Jalisco, donde se quiso imponer el confinamiento y, a últimas fechas, el uso de cubrebocas, quedó en evidencia que no es posible dejar en manos de policías mal preparados, resentidos y, en muchos casos, corruptos, ese tipo de controles. Lo sucedido en Ixtlahuacán de los Membrillos, donde agentes policiacos asesinaron al ciudadano Giovanni López, por negarse a usar la protección facial, es evidencia clara de lo anterior.

Por otro lado, diversos hechos han demostrado que existen amplios grupos de población que se niegan a acatar las disposiciones como  el confinamiento, el uso de dispositivos de protección o la sana distancia, ya sea por ignorancia, porque no existe una cultura de respeto al estado de derecho o, simplemente, porque no les da la gana y realizan actividades como fiestas o compras masivas de determinados productos.

Este rechazo a las medidas aceptadas internacionalmente para la protección de las personas frente a la pandemia, se ha traducido en enfrentamientos con la policía que se presenta para terminar con alguna fiesta con decenas de jóvenes en espacios reducidos, o en casos de una falta de razón extrema, cuando familiares de algún paciente enfermo o fallecido han golpeado a trabajadores de la salud que aplican los protocolos de cuidado hospitalario.

Pero, la falta de acatamiento de las medidas de protección no solamente se ha dado por necesidad económica, por ignorancia o por comportamientos irracionales. Me enteré recientemente de la realización de servicios religiosos clandestinos en capillas de escuelas confesionales privadas, al estilo de aquellas que se realizaban durante la guerra cristera. En este caso, quienes acuden pertenecen a las élites.

Así que el señalamiento de que el criterio a seguir en la “nueva normalidad” será el de cada, implica continuar como hasta ahora. Y no puedo evitar repetir aquí una broma que circula en las redes sociales a propósito del semáforo COVID: ¡Usan un semáforo para saber cuándo es seguro salir del aislamiento, en un país donde los conductores aceleran cuando ven el color amarillo!

Luego, una serie de obviedades como no consumir productos chatarra, beber agua suficiente, alimentarse bien y preferir los productos frescos y naturales, bajar de peso, vivir en calma y sin angustias, eliminar adicciones, hacer ejercicio, “párate, camina, corre, estírate, medita y aplica todo lo que consideres que le hace bien a tu cuerpo

También dio recomendaciones espirituales, más propias de un lama budista: alejarse del materialismo, no acumular, compartir los bienes, ser generoso y fraternal, eliminar el consumismo porque “la felicidad no se consigue con la acumulación de bienes materiales, ni se consigue con lujos, extravagancias ni frivolidades

En suma, el paso a la llamada nueva normalidad se dará como un acto estrictamente individual con pocas precisiones.

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