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¿Y tú, ya te vacunaste?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las intensas jornadas de vacunación anti COVID en la Ciudad de México, la fecha con mayor número de aplicaciones, hasta el momento de escribir esta columna, fue el pasado martes 30, con una cifra récord de 84 mil 500 personas. Tema casi único en las conversaciones de las últimas semanas, no solamente entre los llamados “adultos mayores”, sino entre gran parte de la población, pendiente de la inmunización de los padres, los abuelos, los tíos.

El lenguaje social y los sentimientos de los ciudadanos parecen transformarse en función de la cercanía del tratamiento. La vista de las primeras aplicaciones a los trabajadores de la salud el 24 de diciembre aportó un incipiente viso de esperanza, tras una “cuarentena” que amenazaba con convertirse en permanente. Luego, el inicio del proceso masivo para los mexicanos de más de 60 años, el 15 de febrero, aportó certeza respecto a la posibilidad de regresar a lo que consideramos normal.

La manera de saludarnos también se modificó en estos meses. Del “ya llegaron las primeras vacunas”, “ya están vacunando al personal médico o – como se repitió hasta convertir la frase en lugar común – a quienes se encuentran en el primer frente de combate”; al “ya casi nos toca”, “ya vienen por Xochimilco”, “seguro que nosotros seguimos, porque estamos aquí junto”, “¿empezaron en Contreras o en Milpa Alta?”, “la próxima semana inician en nuestra alcaldía”.

Fue hace menos de dos meses, en los primeros días de febrero, cuando desesperábamos por incluir nuestros datos en la página de registro que abrió la Secretaría de Salud, porque resultó insuficiente frente a la demanda. Preguntas como “¿alguien ha tenido éxito con el registro?”, “¿hay alguna manera de agilizar el trámite?, llenaban las redes sociales. La mayoría de las respuestas eran en sentido negativo, pero los triunfos esporádicos daban ánimo para intentarlo en los horarios más descabellados “yo lo logré a las 3.40 de la madrugada”, aseguraba un perseverante usuario.  “A las 7 am registre a mis papás, mis tíos y mi abuela”, fue un comentario que provocó envidia al 90 por ciento de los contactos de una afortunada cibernauta.

Como nunca en el pasado, conocemos las marcas, características, porcentajes de eficacia, lapsos entre una y otra inyección, país de origen, laboratorios de procedencia. Un diálogo común en estos tiempos, impensable dos años atrás, puede ser: “¿qué vacuna te tocó?”, “me tocó la rusa, la Sputnik V, yo quería la Cansino porque es única dosis, aunque la Pfizer tiene mayor porcentaje de protección”.

En las últimas semanas prácticamente en todas las conversaciones aparece la palabra “vacuna”, en especial entre los habitantes de más de 60 años: abundan las selfies de personas con cubrebocas a las que les clavan la jeringa en el desnudo brazo izquierdo, las crónicas de vacunación, los intercambios de datos en cuanto a las sedes, los horarios, las recomendaciones, los documentos necesarios.

De acuerdo con una notoria mayoría de opiniones recabadas en esta Ciudad de México, debo reconocer que mi experiencia fue asombrosa. La Universidad Autónoma Metropolitana–con la generosidad que les es característica a las instituciones de educación superior en esta ciudad, la UNAM; el IPN, la Salle y en el país – nos ofreció su campus Xochimilco a miles de afanosos solicitantes de la inyección salvadora – la primera dosis–que invadimos su campus durante una semana, en un flujo constante de satisfechos integrantes de “la tercera edad

Puedo dar testimonio de la eficacia del procedimiento: Decenas de voluntarias y voluntarios amables y atentos, de jóvenes médicas y médicos empáticos y profesionales, de enfermeras y enfermeros cordiales y eficientes. Todos ellos dispuestos a repetir las mismas indicaciones cada 20 minutos sin perder la afabilidad; de escuchar las preguntas una y otra vez y hasta de reírse con algún chistecillo que– estoy segura – escucharon docenas de veces. A pesar de la multitud, transcurrieron unos 40 minutos desde mi entrada a la universidad hasta que salí.

El cuidado en los detalles era evidente: la entrega de una botellita de agua a cada “candidato”, sin importar que el cubrebocas o la careta impidiera beberla ahí mismo; las banderitas de diferente color para marcar el rumbo del trámite; la accesibilidad de los espacios. Este elemento no lo consideraron en todas las entidades, a juzgar por una fotografía de Puebla, donde familiares y policías cargaban a una persona en silla de ruedas para subir algunos tramos de escaleras, ¿ignoran que la movilidad de las personas disminuye con los años?

En Morelos el desorden y la incertidumbre han marcado las jornadas. Quienes se registraron nunca recibieron el aviso respecto a fechas y ubicaciones y hubo filas desde la madrugada en las entradas de las sedes que se difundieron de boca en boca, sin saber si era el correspondiente. En Cuernavaca, las formaciones de automóviles se prolongaban hasta varios kilómetros de la autopista.

Aquí, en la capital, para el 4 de abril, todos los sexagenarios y más contaremos con la primera dosis y en tres alcaldías: Tláhuac, Iztacalco y Xochimilco, terminaron ya con el refuerzo. A diferencia de otras entidades, no hubo vacunación en el automóvil, para evitar la idea de ciudadanos de primera y de segunda y, sobre todo, a fin de mantener en observación a los vacunados durante 20 minutos, para actuar de inmediato en caso de alguna reacción adversa.

¿Y tú, ya te vacunaste?

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Los ciudadanos inermes frente al bombardeo electoral

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del inicio de las campañas políticas para la llamada “madre de todas las elecciones” dado el número de posiciones en disputa, cabe preguntarse si habrá un ciudadano, independientemente de sus preferencias, que se sienta contento con la apabullante cantidad de mensajes de partidos y candidatos.

Desde el domingo pasado, cuando se dio el banderazo de comienzo de la contienda y hasta el 6 de junio, fecha de las elecciones, los mexicanos seremos objeto de un bombardeo constante de la publicidad de una serie de personajes que ni siquiera nos atañen. Sólo como ejemplo, esta mañana, en un corte del noticiero que escucho habitualmente, nos endilgaron – a mí y a muchísimos radioescuchas – un anuncio de una candidata a diputada en Toluca, una entidad en la que no radico.

No hay forma de salvarse. Si optas por las transmisiones en línea, en el momento de ingresar al sitio, te hacen escuchar las vaguedades, frases huecas, lugares comunes y, sobre todo, mentiras, de aquellas agrupaciones a las que, este año, el Instituto Nacional Electoral, les entregará más de 7 mil 200 millones de pesos.

Durante las semanas previas, tuvimos que zamparnos a los mismos de siempre, aquellos que dejaron al país en las condiciones de pobreza, desigualdad, inseguridad, corrupción y enfermedad, asegurando que ellos sí tienen la receta. Lo menos que podemos preguntarnos es: ¿Si saben cómo, por qué no lo hicieron cuando tuvieron la oportunidad?, ¿Será porque hacerlo perjudicaría sus intereses económicos de grupo y personales? ¿O bien porque lo último que les interesaba era el bienestar de los habitantes?, ¿Por qué, entonces, habría de importarles ahora?

De acuerdo con los elementos a nuestro alcance, hasta este momento, la contienda radicará en ataques contra la actual administración y ocurrencias sin fin de una gran cantidad de improvisados en materia política para armar espectáculos de acuerdo con la calidad de los aspirantes: promotoras de concursos de belleza, cantantes, actores de telenovelas en decadencia, algunos deportistas.

La mentira como estrategia publicitaria es la premisa. No importa cuanta incongruencia se despliegue en los promocionales, siempre que su cantidad alcance para aturdir a los posibles electores. Por ejemplo, la repetición hasta la náusea de consignas “pseudo feministas” mientras se impulsan como candidatos a los prototipos del machismo.

Un candidato a diputado inicia su campaña saliendo de un ataúd, en un gesto incomprensible, a menos de que se trate de la metáfora de todos aquellos políticos que parecen regresados del más allá, ¿habrá alguno al que traicione el subconsciente y empiece su periodo de promoción surgiendo de un bote de basura o de algún sitio todavía más escatológico?

Y todo ello en una danza de los millones, como si fuéramos un país sin carencias, donde los habitantes gozaran de tranquilidad económica y tuvieran garantizada la satisfacción de sus necesidades. Los partidos gastan en banalidades y lo hacen a manos llenas.

Los ciudadanos los financiamos, sufrimos las consecuencias de su ambición ilimitada, observamos su pretensión de engañarnos y, además, estamos expuestos a su bombardeo propagandístico.

Afortunadamente, hay muchos buenos libros pendientes de leer, muchas excelentes películas y un montón de series por ver en sitios a los que todavía no alcanzan esos mensajes.

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El impacto de COVID tras 365 días del cierre de las aulas

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del “aniversario” de la declaración de emergencia en el país con motivo de la pandemia de Covid 19, empezamos a conocer algunos datos respecto a la afectación de este cambio de vida en los más jóvenes, los estudiantes de los distintos grados, desde los niveles de preescolar hasta los universitarios que debieron abandonar las aulas hace un poco más de 365 días.

El Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática presentó los resultados de la Encuesta para la Medición del Impacto de Covid-19 en la Educación 2020, de donde se desprende que de los más de 54 millones de mexicanos en rangos de edad de 3 a 29 años, 33 millones 635 mil 316, estuvieron inscritos en el periodo escolar del año correspondiente, en tanto 20 millones 627 no.

738 mil 394 mil alumnos no concluyeron el ciclo escolar, las cifras más altas de deserción corresponden a los niveles secundaria y medio superior. Más de 400 mil alumnos refirieron como causa de la suspensión, la pandemia de Covid 19.

En cuanto a los dispositivos electrónicos para continuar con la educación a distancia, más de 25 millones de educandos utilizaron un teléfono inteligente, 7 millones y medio una computadora portátil y más de 5 millones y medio televisiones digitales o pantallas. También se usaron computadoras de escritorio y tablets, en menor medida.

Casi 18 millones de encuestados por el INEGI contaron con un dispositivo electrónico en casa, aunque debieron compartirlo con otros miembros de la familia; en tanto que casi 11 millones aseguraron que el aparato era exclusivo. En contraste, unos 800 mil alumnos carecieron de los dispositivos y se vieron en la necesidad de pedirlos prestados o rentarlos en algún establecimiento.

A la pregunta de si alguna persona de la vivienda los apoya en sus actividades escolares, cerca de 23 millones respondieron afirmativamente y casi 10 millones negativamente. De acuerdo con los datos de la encuesta, la ayuda disminuye mientras el nivel escolar aumenta, lo cual es lógico.

En lo referente a quién presta el soporte en la educación, 17 millones 200 mil señalan a la madre y dos millones y medio más a hermana, prima, abuela, tía. En tanto que poco menos de dos millones cuentan con la asistencia del padre y un millón más de hermano, primo, abuelo o tío. La ayuda por parte de las mujeres de la familia alcanza los 19 millones 700 mil, mientras que la de los hombres llega apenas a 3 millones a nivel nacional.

De los 33 millones 635 mil 216 estudiantes mexicanos, más de 30 millones están inscritos en escuelas públicas y 3 millones 609 mil 904 en privadas, una relación cercana a uno de cada 10.

Los niños llevan más de 365 días encerrados en casa y aunque es prematuro establecer el nivel de afectación en lo emocional y lo educativo, se puede adelantar que las repercusiones serán directamente proporcionales a la situación económica de las familias. Habrá, claro, algunas excepciones a consecuencia de un férreo compromiso y una ardua tarea de acompañamiento familiar en el proceso de aprendizaje, pero esos casos, lamentablemente, no cambiarán la relación numérica de esta ecuación.

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Ventajas de ingresar oficialmente a las filas de la “tercera edad”

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de una condición a la que, hasta hace un par de meses, solamente le encontraba puntos negativos, hoy puedo afirmar que ser una integrante del grupo de los “adultos mayores” como se nos llama eufemísticamente a quienes hemos vivido 6 décadas o más, tiene sus ventajas o su ventaja, en realidad, “sólo y sólo si” hay una pandemia declarada, descubrieron recientemente las vacunas, su número es limitado y el gobierno decide dar prioridad al sector de los más antiguos.

En la primera quincena de este 2021 ingresé oficialmente a las filas de aquellos a quienes, con el más condescendiente de los lenguajes, he escuchado nombrar “los abuelitos”. Yo, que no tengo nietos y que rechazo los diminutivos, cuando me los aplican, detestaría oír a alguien decirme así.

Conozco, incluso a una mujer que advirtió a sus hijos: “que me digan abuela, no abuelita” Esta columna sería interminable si la convirtiera en un anecdotario sobre la “tercera edad” y no es ése su objetivo, sino la forma en que la percepción respecto a una realidad puede transformarse si se conjugan determinadas circunstancias.

Como lo señalé antes, al convertirme en candidata a la obtención de la credencial del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores–cuyo trámite tampoco puedo realizar en este momento- al principio de este año, informé a mis allegados mi deseo de obviar la celebración de mi cumpleaños, lo cual tampoco fue especialmente complicado porque la pandemia cancela la posibilidad de reuniones y carezco de inclinación hacia las fiestas.

De cualquier manera, ninguno de los pocos que me felicitan cada año, dejó de hacerlo vía telefónica. Se los agradecí, porque siempre es motivo de contento recibir llamadas de las personas a quienes queremos, especialmente, en medio del confinamiento. La oportunidad de una conversación agradable en estos tiempos no es de desdeñarse.

Así pues, accedí a lo que hoy suelen llamar “el sexto piso” con más ganas de olvidarlo y sin la posibilidad de retroceder siquiera un par de escalones. “Da lo mismo 58 que 59 o 60”, me comentó alguien, sin convencerme. “Hay que festejar, aprovechar los regalos, las felicitaciones, si de todas formas los años siguen pasando”, argumentó otra persona, sin mucho éxito. “No se deben desperdiciar los motivos de hedonismo, porque no abundan”, fue otra reflexión en torno a mi decisión de cancelar hasta el recuerdo de la fecha en que nací.

Como dije, mi llamado a abstenernos de festejos cayó en oídos sordos y quienes habitualmente recuerdan la fecha, lo hicieron esta vez. Lo cual no cambió mi posición respecto a alcanzar la edad en la que te haces acreedor a descuentos en los camiones foráneos y los vuelos nacionales -con restricciones- y a una reducción mínima en el precio de las medicinas.

Sin embargo, cuando inició la campaña de vacunación de Covid para los adultos mayores, experimenté una cierta satisfacción por encontrarme entre los habitantes con derecho a recibir la inmunización. Desde hace algunas semanas, las conversaciones entre los de “sesenta y más” casi siempre inician con un “¿y a ti, ya te aplicaron la vacuna?”

Esta especie de optimismo, en torno al paso del tiempo, es transitoria y remitirá en cuanto haya recibido la segunda aplicación. Pero, no tengo duda alguna de que se desvanecerá instantáneamente si alguien tiene la ocurrencia de emular un vídeo que apareció en las redes sociales, bajo el título: “Abuelitos bailan mientras esperan la aplicación de la vacuna”, donde los organizadores arman un performance, mitad tabla gimnástica, mitad coreografía, al ritmo de cumbia, mientras espero mi turno.

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