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La política en Yucatán

Introspección histórica: la pandemia de cólera de 1833

Mario Alejandro Valdez

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17 de marzo de 2020. Justo en las pasadas horas, el foco principal de la estremecedora pandemia de coronavirus ha cambiado de China y el sudeste asiático a Europa occidental, particularmente Italia, España y Francia. Con rigurosa precisión, los primeros casos, entre tanto, se presentan en América y, con unos pocos días de retraso, en África. Tras el tremendo impacto de los más de tres mil muertos en China, Europa ha pasado de los cuatro mil fallecimientos, aún lejos del pico, y todos nos preguntamos con nervios y temor si los gobiernos americanos están haciendo lo suficiente para no llegar a lo que otros países han vivido. Punto a punto, sin embargo, con apenas diferencias, los distintos funcionarios en todo el orbe leen la misma cartilla y aplican los mismos protocolos, lo que no parece dar lugar a grandes diferencias.

Pero no hay nada nuevo bajo el sol. Hace algunas semanas recordábamos los terribles efectos de la fiebre amarilla que asoló Yucatán a mediados del siglo XVII. En esta ocasión, de nuevo “contagiados” del espíritu del seguimiento de la salud pública, recordemos algunos aspectos poco conocidos de la pandemia de cólera morbus que, habiéndose originado en el Medio Oriente (específicamente el actual Irán) a principios de 1829, llegó a las costas yucatecas más de cuatro años después, en el verano de 1833.

La enfermedad comenzó a ser seguida estrictamente por el gobierno yucateco en enero de 1832, cuando mató casi 20 mil personas en Francia. Desde aquel momento se decretó una cuarentena para todas las embarcaciones europeas. Sin embargo, las propias autoridades anticiparon que la medida fracasaría: estaban perfectamente conscientes de que más del 60 por ciento de las mercancías que llegaban a la Península de Yucatán NO lo hacían a través de barcos legales, sino, desde Belice y otros puntos costeros, por contrabando.

Además, nadie en el mundo conocía, en aquel tiempo, el mecanismo de propagación de la pandemia. Se pensaba que el contagio ocurría de persona a persona, por lo que la cuarentena evitaba únicamente el contacto interpersonal con los enfermos, pero la bacteria en realidad se traslada a través de las heces fecales, es decir, de las aguas negras, y de alimentos contaminados preparados por enfermos, que podían estar asintomáticos. Así, pese a la prevención del aislamiento, el cólera llegaba inexorablemente a nuevos territorios.

Campeche registró su primera víctima en junio de 1833, lo que hace suponer que efectivamente procedió de un barco legal, pero las víctimas también comenzaron a aparecer, contemporáneamente, en poblaciones como Telchac, Santa Clara y Dzilam, que eran sitios donde los mismos funcionarios de gobierno encargados de vigilar, se encargaban de introducir el contrabando. Obviamente, en el ejercicio de esas acciones ilegales no se aplicaban cuarentenas ni restricciones de ningún tipo, por lo que, aunado a la ignorancia ya señalada sobre los mecanismos de transmisión, Yucatán fue pronto catastrófico escenario de la terrible enfermedad.

De acuerdo con los registros de la época, la pandemia de cólera morbus mató en Yucatán a más de 60 mil personas durante aquel segundo semestre de 1833. Sus efectos fueron mucho más dramáticos en las costas y en las ciudades que en el medio rural: Mérida, por ejemplo, presentó más de cuatro mil víctimas mortales, Campeche lamentó la muerte de casi seis mil de sus hijos; Valladolid, en cambio, únicamente enterró a 650 víctimas. De aquí, la pandemia pasó a Guatemala y Nicaragua, pero ya no llegó a Sudamérica. Los franceses la diseminaron por todo el continente africano, y los ingleses la retornaron a India y el Medio Oriente, de donde había surgido, hacia 1837. Aunque no se cuenta con un registro preciso, se estima que durante esta prolongada pandemia murieron unas cinco millones de personas en todos los continentes.

¿Cuáles son las diferencias fundamentales entre la pandemia de cólera morbus de 1829-1837, y el coronavirus de 2020? Podemos señalar al menos cuatro:

1. La velocidad de transmisión: dadas las características de la movilidad de aquellos tiempos, el cólera tardó casi una década en dar la vuelta al mundo, afectando efectivamente a la totalidad de las regiones, ahora vemos que ello está pasando en pocas semanas.

 2. El nivel de mortalidad: el cólera de aquel tiempo mató aproximadamente al 50 por ciento de los infectados, el coronavirus está presentando una mortalidad de entre 2 y 3 por ciento de los infectados.

3. El desconocimiento del mecanismo de transmisión, lo que hacían absolutamente inefectivas las cuarentenas de cólera, a diferencia del caso actual.

4. La velocidad del desenlace: las muertes por cólera se producían –y sin medicamento, se siguen produciendo- a las 24 horas del primer síntoma, en tanto que el coronavirus presenta un desarrollo mucho menos agudo. De cualquier modo, como comentábamos en anterior colaboración, el miedo a lo desconocido, en particular cuando se relaciona con la muerte, es un fenómeno humano que siempre se vive con gran intensidad.

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Introspección histórica: los Montejo ¿fundadores o depredadores?

Mario Alejandro Valdez

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El 8 de diciembre de 1526, el rey Carlos I firmó las capitulaciones de Granada, en las que autorizó a Francisco de Montejo y Álvarez a conquistar Yucatán. Nuestro territorio había sido conocido por Montejo al formar parte de la expedición de Hernán Cortés que tocó tierra en Cozumel en 1519, integrando la empresa que culminó, en agosto de 1521, con la conquista del Imperio Mexica. Montejo fue muy insistente en su empeño, hasta lograr persuadir al rey, tras lo cual se dio a la tarea de procurar el financiamiento de su aventura. Después de más de seis meses de esfuerzos, finalmente partió de San Lucar de Barrameda a fines del verano de 1527.

Francisco de Montejo y Álvarez, el adelantado de Yucatán, fue un hombre muy terco y obstinado. Superó derrotas, abandonos y traiciones antes de culminar su obra, 20 años después de la firma de las capitulaciones. Vio morir a casi todos los que lo acompañaron en la primera aventura, perdió varias fortunas y enfermó gravemente al recorrer los territorios selváticos de la península de Yucatán, Chiapas y Tabasco. Su esfuerzo fue recompensado al consumar la conquista, y establecer el poder español en la primavera de 1547, después de derrotar una última rebelión de los Cupules en Valladolid. Y como ocurrió a todos los demás conquistadores, la Corona sólo esperó que terminara el “trabajo sucio” para despojarlo de casi todos sus beneficios. Como muchos otros, Montejo murió en litigio, y no gozó de su triunfo, trabajado con grandes sacrificios durante dos décadas.

Pero Francisco de Montejo y Álvarez sabía a lo que le tiraba cuando aceptó la encomienda de conquistar Yucatán. Tenía en aquel entonces 47 años, 12 de los cuales había pasado en América. Fue un hombre especialmente cruel, que mató personalmente u ordenó la muerte de miles de indígenas en el Caribe y Mesoamérica. Fue un europeo de su tiempo, buscaba la fortuna y el poder, y nada lo detuvo hasta obtenerlo. Era un auténtico salvaje, que sacrificó todo con tal de lograr sus sueños de grandeza.

Al final de su vida, sufrió la injusticia y la ingratitud. Ni él ni sus descendientes homónimos disfrutaron el triunfo. Si acaso su sobrino, a cambio de aceptar un bajo perfil, terminó su vida de manera tranquila, y pudo heredar a sus descendientes algo de fortuna y prestigio. Los Montejo culminaron su vida en tonos grises, sin mucho reconocimiento y con pocos frutos de su enorme esfuerzo.

Como señalamos en la colaboración de la semana pasada, fueron los criollos yucatecos del período colonial, y luego los conservadores de los siglos XIX y XX, los que crearon la leyenda de los Montejo, más que nada para justificar la defensa de sus privilegios y la funcionalidad del racismo y la discriminación.

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Así, los Montejo, simbólicamente, deben su estatura al Yucatán decimonónico que propició la Guerra de Castas, y al Yucatán reaccionario de la Casta Divina y de la oposición a la Revolución Mexicana.

¿Cuál es, entonces, el papel jugado por Francisco de Montejo y Álvarez en nuestra historia? Desde nuestra perspectiva, desempeñó un rol fundamental. Su extraordinaria ambición le llevó a superar enormes obstáculos, y lograr la conquista de Yucatán. En un contexto en el que la Corona española intentaba establecer el absolutismo, fue posteriormente despojado de sus privilegios y defenestrado. Fue un auténtico líder, que obtuvo, merced a su tesón, grandes triunfos, pero luego fue aplastado por un poder superior. Como otros conquistadores, recibió, en todos sentidos, su merecido.

La anomalía histórica surgió cuando los criollos yucatecos de la colonia, y los reaccionarios yucatecos de los tiempos independientes, convirtieron a Francisco y a sus descendientes en los símbolos representativos de su poder y, sobre todo, de emblema de la discriminación y el racismo hacia el pueblo maya. Cuando el panista César Bojórquez inauguró, el último día de su mandato, allá en el 2010, una estatua en su memoria, en realidad reivindicaba a esos racistas y discriminadores, y no a los Montejo. Derribar su estatua sólo tendría sentido si lo que hiciéramos fuera un mea culpa de todas las atrocidades que nuestros antepasados hicieron, no sólo en el siglo XVI, sino, y sobre todo, en tiempos más recientes. Reconocer que fueron los blancos, y no los indígenas, los salvajes en la Guerra de Castas; reconocer que fueron los blancos los que asesinaron a Felipe Carrillo Puerto para impedir les fueran devueltas sus tierras a los mayas; reconocer que fueron los blancos los que fundaron la Universidad del Mayab para continuar oprimiendo a nuestro pueblo originario; reconocer que son los blancos de hoy, esos que se reúnen en sus autos último modelo para protestar contra el orgullosamente mestizo Andrés Manuel López Obrador, los racistas, discriminadores y reaccionarios que continúan impidiendo que avancemos hacia la democracia, la igualdad y el disfrute de los derechos humanos para todas y todos.

Ciertamente, los Montejo nunca se merecieron un monumento. Pero tirarlo, y continuar con nuestros monstruosos errores, es, con mucho, más grave y perverso que todos los monumentos en su conjunto.

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Introspección histórica: la derecha y los Montejo

Mario Alejandro Valdez

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Desde una perspectiva de derecha, absolutamente ausente de elementos populares, actores, grupos y medios generalmente vinculados con la herencia hispánica, impulsan hoy una cruzada para derribar una poco relevante estatua que se encuentra en el inicio de la larga avenida denominada “Paseo Montejo”. La apuesta es realmente extraña, y nos ha llevado a proponer, desde diversas ópticas, la revisión de las figuras históricas de los tres Francisco de Montejo que fueron protagonistas de la invasión española a las tierras mayas en el siglo XVI. En esta introspección revisaremos la valoración simbólica de estos personajes desde el establecimiento colonial y hasta nuestros días.

En una próxima colaboración abordaremos propiamente la relevancia histórica y connotaciones de la actuación de los Montejo en Yucatán, que se prolongó casi medio siglo, desde el otoño de 1527, cuando el primer intento de conquista, hasta el verano de 1572, al fallecer Francisco de Montejo el sobrino, para ese entonces regidor perpetuo del cabildo meridano. Por el momento, asentemos nada más que, después de una lucha de dos décadas, los Montejo lograron establecer el dominio español sobre una parte significativa de la península de Yucatán, aunque una vez consumado este objetivo, resintieron sucesivos golpes por parte de la Corona, la cual, como sabemos, fue el caso de la generalidad de los conquistadores, procedió a despojarlos de su poder político y económico, substituyéndolos por una burocracia fiel y disciplinada. Francisco de Montejo el Adelantado tuvo que regresar a España a defenderse de acusaciones de fraudes y abusos, en un proceso que quedó inconcluso ante su muerte, en 1553. Francisco de Montejo, el mozo, encontró un panorama cada vez más sombrío en Yucatán a partir de la salida y luego muerte de su padre, y emigró a Guatemala, donde moriría sin mayor lustre en 1565. Y Francisco de Montejo, el sobrino, aceptó un papel secundario, aunque privilegiado, falleciendo, como ya hemos dicho, como regidor meridano en 1572. Algunos de sus descendientes permanecieron en Yucatán, sin ocupar posiciones de mayor relieve, si bien continuaron recibiendo un trato de dignidad, y gozaron de encomiendas y heredades.

Lo que sí conservaron, sin duda, fue el prestigio social entre las élites locales. El matrimonio con un descendiente directo de los conquistadores era un bien social buscado con denuedo, sobre todo por recién llegados y “nuevos ricos”. Así, el poderoso Juan Esteban Quijano y García casó en 1755 con doña Petrona Cetina y Lara, una encomendera que presumía ser descendiente, en octava generación, del Adelantado, conformando una de las familias dominantes de su época. Los Molina Solís, la familia más poderosa de fines del siglo XIX, también alegaban descender de los Montejo. De esta manera, si bien estos conquistadores terminaron sus vidas en desgracia y bajo perfil, las élites criollas que los sucedieron los adoptaron como “padres fundadores”, generando una alcurnia en el imaginario local que no se convalida con lo que realmente vivieron aquellos aventureros.

En 1888, cuando los hacendados henequeneros promovieron un desarrollo urbano exclusivo y privilegiado al norte de la ciudad de Mérida, rindieron a los conquistadores el mayor y más significado homenaje, al denominarlo “Paseo de los Montejo”, que se convertiría en poco tiempo en la avenida más importante de la ciudad. Acotada con el nombre de “Paseo Montejo”, continúa siendo en la actualidad, junto con la llamada “Prolongación Montejo”, el emblema mayor de los servicios, la opulencia y el poder. Si bien la oligarquía ha trasladado su residencia a zonas más al norte, en “Prolongación Montejo” y, en menor medida, en “Paseo Montejo”, se ubican muchos de los centros de entretenimiento y servicios de mayor importancia de nuestra urbe.

En 1930, arreglado el conflicto religioso conocido como “La Cristiada”, los grupos más conservadores, hispanistas y católicos de la entidad invitaron a la orden de los Hermanos Maristas a establecerse en Yucatán para, en violación de las leyes constitucionales, pero en perfecto acuerdo con los gobiernos locales, reactivar la educación religiosa. El nombre escogido para el proyecto educativo fue el de “Colegio Montejo”, un nuevo homenaje a esta familia del siglo XVI. Décadas después, en 1971, el proyecto se amplió con la fundación del “Centro Universitario Montejo”, siempre de raigambre hispanista e ideología conservadora.

Más recientemente, el que fuera el proyecto urbano más ambicioso de su tiempo, muy cerca de la sede del “Centro Universitario Montejo”, fue denominado “Fraccionamiento Francisco de Montejo”, cuya construcción inició en 1993 y hoy, con, un total de 12 etapas y alrededor de 80 mil habitantes, es el fraccionamiento residencial más importante del noroeste de la ciudad. Es de hacerse notar que la denominación fue autorizada por el primer cabildo dominado por el conservador PAN, después de 20 años de gobiernos priístas, y cuando los blanquiazules meridanos estaban muy interesados por establecer una clara distinción ideológica con los tricolores con quienes en aquel entonces estaban confrontados. En el último episodio previo a la coyuntura actual, el alcalde panista César Bojórquez Zapata, inauguró en el inicio de “Paseo Montejo” la estatua que hoy la derecha exige derribar.

Entonces, fueron los criollos yucatecos de la época colonial quienes crearon la leyenda de los Montejo, luego ampliada y romantizada por la derecha, un sector político que surgió como reacción a la Revolución Mexicana, reivindicando lo hispano, lo católico y lo tradicional como “los valores de Yucatán”, para oponerlo al progreso y a la reivindicación social. Derribar sin más la estatua de los Montejo, sin exégesis, sin una ponderación de porque se creó un “Paseo Montejo”, un “Colegio Montejo” o un “Fraccionamiento Francisco de Montejo”, es una cáscara vacía. Para esa derecha, los Montejo ahora son malos porque fueron esclavistas, pero continúan justificando la esclavitud, madre de lo que consideran sus valores y tradiciones. Así como hizo la Corona en el siglo XVI, cuando los condenó después de que se encargaron del trabajo sucio, la derecha actual quiere demoler la estatua, para luego barrer el polvo debajo de la alfombra. Más que derribar la estatua, les interesa ocultar la apología que hicieron en el pasado reciente de los crímenes que hoy dicen condenar.   

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Introspección histórica: a propósito del racismo

Mario Alejandro Valdez

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Foto de Julián Durán Bojórquez

Uno de los temas recurrentes en estas introspecciones, que con la presente suman 24, es el conflicto racial. En los últimos días, este tópico ha cobrado especial relevancia, actualizado por acontecimientos internacionales, como el asesinato del afroamericano George Floyd, así como las multitudinarias protestas que dicho hecho han desencadenado, y por una suerte de debate sobre algunos monumentos en Yucatán, extrañamente lanzado desde la derecha, justo por personajes y medios que se han caracterizado por oponerse al progreso y obstaculizar el logro de los plenos derechos de todas y todos los ciudadanos de nuestro Estado.

¿Cómo explicarnos este singular posicionamiento? Comencemos por analizar, históricamente, el núcleo de lo que podemos designar como la derecha yucateca. Observemos para ello uno de sus actos emblemáticos: el asesinato de Felipe Carrillo Puerto, el mestizo motuleño que durante unos pocos años llegó a encabezar el poder político en Yucatán, impulsando acciones tan importantes como la concesión del voto a la mujer, su derecho a ocupar puestos de elección popular, la devolución de una gran parte de las tierras campesinas que habían sido arrebatadas a sus legítimos dueños durante décadas, la flexibilización del divorcio, el control natal, la fundación de la Universidad Nacional del Sureste, tan sólo para mencionar algunos aspectos relevantes.

Felipe fue rechazado y hostilizado por la derecha desde su incursión en política. Gente de derecha, vinculada al criollo tabasqueño José María Pino Suárez, intentó asesinarlo en 1911, cuando Carrillo Puerto apenas comenzaba su trayectoria pública. Posteriormente, durante la gestión de Salvador Alvarado, algunos derechistas que lograron infiltrarse en la administración revolucionaria, consiguieron que el general ordenara su detención por breve tiempo, pues cuando el sinaloense tuvo la oportunidad de analizar el caso, Felipe no sólo fue liberado de inmediato, sino incluso incorporado de manera relevante al aparato de transformación política encabezado por el progresista gobernante.

A la salida de Alvarado del Estado, en el otoño de 1918, Felipe pasó a ser el líder más importante de la Revolución Mexicana en Yucatán, pero la derecha local, que ya había logrado un firme acercamiento con el presidente Venustiano Carranza, consiguió que fuera vetado y agredido brutalmente. Se tiene la certeza de que Carranza incluso dio la orden de asesinar a Carrillo Puerto, lo que el motuleño sólo pudo evitar saliendo del país. Posteriormente, la derrota de Carranza permitió a Felipe regresar, y volver a posicionarse como máximo líder de la entidad. Fue entonces cuando comenzó a impulsar su vigoroso programa revolucionario, esbozado líneas arriba, y que encolerizó a la derecha. El colmo fue cuando Felipe convocó a los campesinos mayas y mestizos a reunirse en la Plaza Grande para festejar el inicio de su gobierno, y pronunció emotivo discurso en la lengua del pueblo originario, que el gobernador manejaba con plena fluidez.

¿Liberación del pueblo maya de la explotación económica? ¿Igualdad absoluta de hombres y mujeres? ¿Acceso indiscriminado a la Educación Superior a través de una universidad pública? Esos eran pecados capitales para la derecha yucateca, que basaba su dominio en el más extremista patriarcado, bendecido por la Iglesia Católica, y en el que los campesinos, considerados como ignorantes, flojos y borrachos, sólo debían jugar el papel de esclavos. Y aquella derecha reaccionaria pagó a precio de oro una rebelión contra Felipe y, el 3 de enero de 1924, vio realizado su sueño de destruir por medio de las balas el proyecto social más importante que se haya gestado en nuestras tierras.

Hoy esa derecha pretende presentarse como libertaria y antirracista. Y muestra sus blasones exigiendo con voz estentórea el derribo de estatuas, señalando que estos actos serían de un significado primordial y nos llevarían, como si fuera un conjuro, al mundo de la plena igualdad. Lo que esas voces buscan es construir coartadas que justifiquen, a través de dos o tres actos insulsos, la perpetuación de un orden ilegal e inmoral. Las voces, de hecho, no debaten, ordenan. Han determinado que la remoción de la estatua de los Montejo –una estatua que casi ningún maya de carne y hueso ha visto, y que pocos meridanos observamos, pues se encuentra en un sitio de paso vehicular- será la prueba máxima de que el racismo ha sido desterrado. Claro que es la misma derecha que aplaudió a rabiar el cierre del mercado “Lucas de Gálvez”, ese sí un sitio de reunión e intercambio comercial predominantemente maya y mestizo.

En 1923-1924, la derecha decretó la muerte de Felipe Carrillo Puerto, elaborando una compleja narrativa, de muchas mentiras y unas pocas verdades –Felipe, por supuesto, no era perfecto, tuvo graves errores como político, lo que no disminuye su figura como un revolucionario auténtico y un hombre de un enorme compromiso social- para justificar el crimen. Con el mismo autoritarismo, y una semejante mezcla de muchas mentiras y pocas verdades, ahora decreta el derribo de unas estatuas insulsas e irrelevantes. Ya en otros espacios, en este mismo Informe Fracto, hemos abordado los orígenes de esta derecha reaccionaria, pero la coyuntura es pertinente para profundizar, desde la perspectiva de la introspección, sobre este tema fundamental.

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