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La política en Yucatán

Introspección histórica: los enigmas de Carrillo Puerto

Mario Alejandro Valdez

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Hace 97 años, en la fría madrugada del 3 de enero de 1924, fue asesinado el gobernador Felipe Carrillo Puerto. Eran tiempos violentos, ni duda cabe: apenas tres años antes, el presidente Venustiano Carranza moría en circunstancias similares, y así habían caído también Francisco Madero, José María Pino Suárez, Emiliano Zapata y Pancho Villa. La Revolución Mexicana ha sido, sin duda, el movimiento social y político más violento que ha vivido nuestro país a todo lo largo de su rica historia, pero el asesinato de Carrillo Puerto presenta singularidades llamativas, que lo envuelven en un halo de misterio y leyenda. En el fondo, los enigmas cubren toda la trayectoria del martirizado gobernador que fuera el político más poderoso de Yucatán durante el último lustro de su vida, y uno de los líderes regionales más influyentes de todo México. Con esta introspección nos proponemos iniciar una serie de reflexiones sobre su vida y obra, con particular énfasis en los elementos enigmáticos que emergen de su extraordinario recorrido político.

Pero antes de iniciar ese viaje, consideramos pertinente centrarnos en los acontecimientos de aquella fría madrugada y sus consecuencias. Varios relatos nos conducen a aquella Mérida, en la que el Cementerio General, hoy prácticamente parte del Centro Histórico, se localizaba en los confines de la ciudad. De acuerdo con estos testimonios, la capital yucateca se despertó con la sorprendente noticia, sin que se presentaran reacciones dramáticas entre sus habitantes. Por un lado pesaba la presencia de los militares que habían derrocado y ejecutado al motuleño, pero también la férrea campaña que contra el gobernador mantuvieron la prensa, la Iglesia Católica y los hacendados henequeneros. La prensa obedecía a sus patrones -precisamente los otros dos actores-; la Iglesia, además de defender sus intereses económicos, luchaba contra Felipe por sus ideas sobre la liberación femenina, el control de la natalidad y el racionalismo; los hacendados no perdonaban que Carrillo Puerto atendiera las necesidades del pueblo trabajador y la mayoría campesina. Como integrantes de la oligarquía blanca, los tres factores despreciaban a ese mestizo que hablaba como “indio”. El meridano común, con sus ínfulas de “ilustrado” y sus deseos de alejarse de sus orígenes mayas, apreciaba muy poco el esforzado trabajo del gobernador, que pasaba la mayor parte del tiempo en interminables giras por los pueblos y asistía a muy contados eventos sociales en la capital.

En cambio, en esas poblaciones que continuamente visitaba, Felipe era prácticamente venerado. Suku’un Felipe, como era conocido el gobernador, dormía con más frecuencia en esos pueblos que en su casona meridana, y ello le granjeaba una mayor y creciente aceptación fuera de la capital. Los testimonios de las reacciones a su asesinato no mienten: enérgicos líderes, como Lino Muñoz, se derrumbaron en inconsolable llanto al enterarse del crimen, en tanto que otros, como los kanxoques atacaron a los militares, desafiando la desproporción de fuerza. En dichos pueblos, el asesinato de Felipe sí fue una tragedia, agravada por las acciones de represalia lanzadas por los asesinos.

Aquel 3 de enero no solamente fue asesinado Carrillo Puerto y sus principales colaboradores, tres de sus hermanos entre ellos. Aquel día fue asesinado el “carrillismo”, la facción radical del socialismo yucateco, la que enarbolaba las banderas de una reforma agraria profunda, el feminismo más progresista del mundo y el reconocimiento de los mayas como pueblo originario y factor cultural fundamental para el desarrollo de Yucatán. Cuando, en abril de 1924, el Ejército Federal restauró a los socialistas en el poder, los carrillistas sobrevivientes fueron apartados, e incluso varios de ellos -de manera destacada Elvia, la hermana de Felipe que dirigía las ligas feministas- tuvieron que exiliarse para salvar la vida. En los años posteriores, el Partido Socialista del Sureste pasó a ser dirigido por personajes que no compartían en lo más mínimo la ideología socialista, como el ferviente católico Álvaro Torre Díaz, o enemigos francos de Carrillo Puerto, como Bartolomé García Correa, siendo este último quien le dio la puñalada trapera a la organización, subordinándola al Partido Oficial.

El caso es que fueron múltiples las reacciones al crimen del 3 de enero de 1924. Sus enemigos hicieron fiestas, los habitantes de Mérida reaccionaron más bien con morbo, en muchos pueblos se vivió como una terrible tragedia, sus rivales internos comenzaron a urdir planes de conveniencia. Meses más tarde vendría la simulación, en el curso de la cual los que celebraron enmudecieron, los morbosos acudieron a los homenajes -probablemente con el mismo morbo con el que recibieron las noticias del asesinato-, los políticos fraguando ya la traición, y sólo sus correligionarios, sus cercanos, reaccionaron con congruencia. Lino Muñoz regresó a su mesa de carnicero en el mercado de Progreso y jamás nunca quiso volver a escuchar de mezquindades y traiciones. Elvia Carrillo Puerto se tragó su dolor y viajó subrepticiamente-su vida corría peligro, muy probablemente amenazada por miembros de la facción de García Correa- a la Ciudad de México, donde continuó hasta su muerte con su indoblegable lucha. Felipe perdió la vida, pero cada tiempo de finados regresa a muchísimos pueblos, convocado por los altares colocados por los nietos y bisnietos de quienes lo fueron sus partidarios.

El enigma del asesinato es sólo uno -ciertamente el principal- de los que subsisten sobre Felipe a casi un siglo de haberse perpetrado. En las próximas introspecciones les estaremos invitando a reflexionar sobre algunos de ellos.

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Introspección histórica: los enigmas de Carrillo Puerto (VII)

Mario Alejandro Valdez

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Al mediodía del 17 de abril de 1924 llegaron al puerto de Progreso fuerzas federales al mando del Gral. Eugenio Martínez. En la madrugada de ese mismo día habían huido rumbo a Campeche los últimos rebeldes delahuertistas que habían asesinado cuatro meses antes a Felipe Carrillo Puerto. En el buque en el que viajaba el Ejército Federal, llegó también el joven periodista Miguel Cantón, cabeza de la facción más radical del Partido Socialista del Sureste, a quien el presidente Obregón había prometido el gobierno interino de Yucatán. Pero en cuestión de días el panorama se transformó, y Obregón cambió de opinión, inclinándose por José María Iturralde Traconis y el ala más moderada para dirigir al gobierno y al Partido. Como hemos señalado, eso marcó el principio del fin del proyecto socialista, que había sido construido a lo largo de una década en la entidad. Cuando el bandazo se consumó, Cantón arengó ante sus partidarios en Mérida que llevaría a la Ciudad de México las pruebas y los argumentos necesarios para ser declarado gobernador y presidente del Partido. Y efectivamente viajó a la Ciudad de México, pero ya no retornó más a Yucatán.

¿Cuáles fueron los factores que permitieron una transformación tan radical del escenario político en tan poco tiempo? Sin el afán de agotar un tema tan complejo, pero tratando de contribuir a su esclarecimiento, nosotros identificamos cuatro como fundamentales en este proceso:

  1. Felipe Carrillo Puerto era aliado de los líderes revolucionarios Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, pero ellos no eran aliados del yucateco, es decir, no comulgaban con su proyecto político, y muchísimo menos simpatizaban con la autonomía y poder de los que su organización hacía gala. En este sentido, el asesinato de Felipe fue una solución afortunada para los sonorenses, que ni tardos ni perezosos procedieron a descabezar a la facción carrillista, y diluir el poder entre, precisamente, los rivales internos de Felipe. El motuleño, o comprendió tarde esta realidad, o no tuvo alternativa: habiendo demandado armas para sus ligados prácticamente desde que llegó al poder, recibió largas durante meses, y cuando, ante la inminencia de la rebelión delahuertista, al fin decidió adquirirlas por cuenta propia, ya fue demasiado tarde.
  2. La guerra sucia de los conservadores, realizada fundamentalmente a través de la prensa, había calado hondo en Mérida y las principales ciudades de Yucatán. Felipe contaba con el apoyo incondicional de decenas de miles de campesinos, así como de la mayoría de los trabajadores, pero era francamente impopular entre las clases medias y, por supuesto, tenia el rechazo frontal de la oligarquía. Ante su muerte, la reacción de un gran sector de la población fue de indiferencia, y en algunos casos hasta de regocijo.
  3. El Partido Socialista del Sureste estaba profundamente dividido. La facción carrillista era la más poderosa, pero eso concitaba envidias y rechazo entre el resto de los grupos. Iturralde era uno de los líderes moderados; García Correa era cabeza de los pragmáticos, que al final se corrompieron absolutamente; Miguel Cantón se distinguía entre los radicales, pero tampoco gozó de mucho poder de convocatoria, y finalmente se alejó del Partido y del Estado. Hubo líderes, como José Loreto Baak, que inclusive traicionaron a Felipe uniéndose al golpe criminal; otros, como Juan Campos, se limitaron a salvarse, sobrevivir, y acomodarse a los nuevos tiempos.
  4. Incluso el carrillismo se fragmentó. Este grupo, que se hizo fuerte en torno a Felipe, rápidamente abandonó la política de principios y se acopló a la nueva realidad. Javier Erosa, el yerno favorito de Carrillo Puerto, fue de los primeros en amoldarse a las nuevas formas y dar marcha atrás en posiciones que antes había apoyado con calor, como el caso de la participación femenina en puestos de poder. Gualberto, el único hermano que mantuvo su actividad política, dio un giro descomunal y se convirtió en testaferro de los hacendados henequeneros.

En el fondo, la facilidad con la que el proyecto de Felipe fue barrido por los militares, la oligarquía, el gobierno federal y, finalmente, sus rivales en el propio Partido Socialista, dan cuenta de que el motuleño cometió graves errores estratégicos, dejó muchos flancos desprotegidos, careció de visión y no supo leer el sentido de los acontecimientos. Justo una década después de la ejecución del presidente Madero por la connivencia de militares corruptos e intereses oligárquicos, la historia se repitió en Yucatán, protagonizada por actores similares y en el curso de una larga y triste cauda de errores. Cada tres de enero homenajeamos a Felipe en el Cementerio General, pero cada día se siguen produciendo pasos que nos alejan de la justicia, de la dignidad y de la igualdad que su proyecto buscó con afán.

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Introspección histórica: los enigmas de Carrillo Puerto (VI)

Mario Alejandro Valdez

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El tres de enero de 1924, Felipe Carrillo Puerto fue asesinado por un pelotón de soldados, en indudable violación a las leyes constitucionales, e incluso a las normativas y usos del derecho de guerra. Desde el primer aniversario de aquel crimen, y hasta la actualidad, cada tercer día del mes de enero se conmemora esa tragedia, constituyéndose en la ceremonia luctuosa más importante del calendario cívico yucateco. Pero, ¿qué significó realmente el asesinato de Carrillo Puerto? En aquel entonces, el Partido Socialista del Sureste era -al menos en el papel- la organización más poderosa de toda la república mexicana. Sus Ligas de Resistencia se contaban por cientos, sus afiliados por decenas de miles, presumía fuertes aliados en todo el Sureste, así como el apoyo -al menos en el papel- del Gobierno Federal. En ese contexto, la ejecución de su líder principal debió ser un golpe muy fuerte, muy doloroso y significativo, pero perfectamente superable, toda vez que los autores del crimen fueron derrotados y obligados a huir ignominiosamente. Poco más de cien días después del magnicidio, el Partido Socialista del Sureste volvió triunfante a ocupar el Palacio de Gobierno, el Congreso del Estado, los ayuntamientos y todos los puestos de poder en la entidad.

Pero en realidad las balas que acabaron con la vida de Felipe Carrillo Puerto acabaron también con el socialismo yucateco. Una a una fueron abandonadas todas las causas importantes, todos los puntales de aquel proyecto, único en su género en la historia del Estado y en el país entero, y parte de un puñado de auténticos programas sociales de raigambre y compromiso populares que se hayan gestado en Nuestra América. Ya hemos visto como terminó el experimento feminista, con sus líderes despojadas de sus cargos y sus organizaciones proscritas. La Reforma Agraria fue ralentizada hasta su casi abandono, e incluso cuando fue retomada y radicalizada por el Gobierno del Gral. Lázaro Cárdenas, fueron muchos de los líderes del Partido Socialista del Sureste los que se opusieron con mayor vehemencia, destacadamente Gualberto Carrillo Puerto. El ambicioso programa de revitalización de la cultura maya también cesó, quedando como único fruto significativo la investigación arqueológica y gestión turística de Chichén-Itzá. La educación racionalista también fue dejada de lado, retornando a las aulas un acendrado tradicionalismo y, posteriormente, fomentándose desde el poder la educación religiosa en escuelas privadas.

José María Iturralde Traconis fue el primero de los enterradores del proyecto, encargándose de la persecución de las líderes feministas; pero los golpes más duros provinieron de Álvaro Torre Díaz y de Bartolomé García Correa. Torre Díaz de plano no tenía la menor simpatía por el socialismo, era un ferviente católico y un político pragmático que pronto se alió con la oligarquía henequenera; García Correa si fue un líder destacado del socialismo desde los tiempos de Alvarado, pero en realidad utilizó al partido para sacar provecho personal, pasando a la historia de Yucatán como uno de los gobernantes más corruptos que han ocupado el cargo. Él le dio la puntilla al socialismo al incorporarlo al proyecto callista de Partido Único, tras de lo cual el antes denominado Gran Partido Socialista del Sureste terminó convertido, como hasta ahora, en un triste membrete. Los pocos socialistas que intentaron continuar con el proyecto de Felipe fueron exiliados, como su hermana Elvia y Miguel Cantón; o de plano asesinados, como Rogelio Chalé y Felipa Poot. La mayoría de los consecuentes y honrados, como Lino Muñoz, se retiraron a la vida privada, asqueados de como la traición y la corrupción demolieron la propuesta revolucionaria.

Eso fue lo que pasó… Pero aún queda un último enigma… ¿Por qué pasó? ¿Por qué se convirtieron con tanta facilidad las lanzas en cañas? ¿Cómo fue que los corruptos y sinvergüenzas, que habían sido mantenidos a raya por Felipe, se apoderaron tan rápidamente del botín? ¿Por qué los hombres bien intencionados y comprometidos, como Lino Muñoz, abandonaron el escenario político y vivieron el resto de sus vidas rumiando el fracaso? ¿Por qué activistas radicales, como Elvia Carrillo y Miguel Cantón, tuvieron que trasladar sus luchas a otros lares? Ese será el tema de una postrer introspección sobre la fascinante y admirada figura de Felipe, el mestizo de los ojos verdes que conmovió hasta los cimientos las tierras del Mayab.

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Introspección histórica: los enigmas de Carrillo Puerto (V)

Mario Alejandro Valdez

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Desde inicios de 1921, Elvia Carrillo Puerto y Rosa Torres, su principal colaboradora, recorrieron toda la geografía yucateca en la ingente tarea de fundar Ligas Feministas. Lo lograron, según la estadística del Partido Socialista del Sureste, en 65 localidades, menos de la tercera parte de los pueblos de la entidad. El dato en sí nos habla de las dificultades y resistencias que despertó la labor, así como de la fortaleza de los esfuerzos de estas extraordinarias mujeres. En prácticamente todas las localidades, los hermanos socialistas en realidad tildaban a las activistas de viejas locas, e impidieron de todos los modos posibles el avance del feminismo yucateco.

Dos de los líderes más influyentes del Partido, Edmundo Bolio y Bartolomé García Correa, se opusieron contundentemente a Elvia, y lograron, con su liderazgo en la organización y sus diputados afines, bloquear la iniciativa de concesión de derechos políticos plenos a la mujer, pese a tener ésta el aval del gobernador. Al ser detenido el último intento, a mediados de 1923, Felipe se vio obligado a dar una orden terminante: serían candidatas a diputadas tres mujeres, y así se aceptaría por mandato del Presidente de la Liga Central y del Partido Socialista del Sureste. Nadie se atrevió a discutir la instrucción, y así fueron electas al Congreso del Estado la propia Elvia, Raquel Dzib y Beatriz Peniche. Debían tomar posesión de sus curules en enero de 1924. Tres semanas antes, la traición y la infidencia derrocaron a Felipe, iniciándose así un trágico drama que culminaría con el asesinato del mártir del proletariado nacional.

¿Por qué Felipe tuvo que recurrir a su liderazgo político para auténticamente imponer a las diputadas feministas, en vez de impulsar el cambio legal? Otro enigma. Nuestra hipótesis es que la oposición a la medida era muy fuerte en la Cámara de Diputados, y el argumento de recurrir a consultas a la Suprema Corte de Justicia demoraría el proceso, y probablemente no tendría éxito ni en el corto ni en el mediano plazo. La consulta seguramente se hubiera quedado congelada, o incluso hubiera sido negado el derecho ante la ambigüedad constitucional. Recordemos que esos derechos demoraron aún otros 30 años en ser absolutamente reconocidos en el país.

¿Por qué la oposición de los hermanos socialistas? Preciso es identificar el contexto: Yucatán era -como lo sigue siendo- una de las entidades más conservadoras en cuanto al rol de la mujer. El patriarcado traído por los españoles en el siglo XVI, bajo la perspectiva cristiana de aquellos tiempos, se montó encima del patriarcado que caracterizaba a la sociedad maya mesoamericana, dando por resultado una sociedad que reducía la labor de la mujer a las obligaciones hogareñas y al acompañamiento del hombre dominante. La labor precursora de las maestras del siglo XIX, las acciones afirmativas e ideológicamente progresistas de Alvarado en los primeros años revolucionarios, la sorprendente y radical actuación de la propia Elvia, habían logrado pequeños avances, minúsculos espacios, alzar algunas voces y disminuir algunos obstáculos, pero de ningún modo habían logrado siquiera tambalear los cimientos de aquel abrumador patriarcado.

Los hermanos socialistas, tanto los del campo como los de la ciudad, tanto los campesinos pobres como los profesionistas de clase media, eran tan machistas como los políticos reaccionarios, como los curas de sotana, los hacendados que hacían uso del derecho de pernada, o los comerciantes que dominaban la vida económica de las poblaciones yucatecas. ¿De dónde podía provenir la aceptación a la reivindicación de la mujer? ¿De esos hombres machistas, hijos y nietos de otros hombres machistas? No fue así, lo sabemos perfectamente.

Felipe era el partidario casi solitario de la causa feminista. Era prácticamente el único aliado del activismo de su hermana. Su historia personal denota la sinceridad de su proceder en el tema. Mucho se ha escrito, más bien en términos banales, de la relación de Felipe con la célebre socialista norteamericana Alma Reed. Pero poco o nada se ha escrito de su camaradería, del hecho de que compartían elementos ideológicos y sociales, de que ambos estaban en la misma tesitura en el tema de los derechos de la mujer. La historia del hombre maduro y la bella jovencita de la inmortal Peregrina nos sigue provocando, además de nostálgicas emociones de evocación del terruño -es la melodía yucateca más universal-, sentidas lágrimas por su romanticismo. Pero Alma y Felipe no sólo fueron dos amantes apasionados-algo que, por supuesto, no es poca cosa-, sino camaradas profundamente vinculados por la lucha revolucionaria. Su epistolario, publicado hace muy pocos años, nos confirma esa apasionante realidad: junto a las palabras de un profundo erotismo, los temas políticos se entretejían con igual fuerza e interés. Y hay significativas evidencias de que Elvia no era sólo una simpática cuñada para Alma, sino una compañera de primer orden, una camarada con quien compartía visiones e ideales.

Tras el asesinato de Felipe, Elvia tuvo que vivir a salto de mata para no morir… pero lo peor ocurrió tras la restauración: los hermanos socialistas le permitieron sentarse en su curul sólo el tiempo suficiente para elegir al gobernador interino, José María Iturralde Traconis, para luego desconocerla y obligarla al exilio. Graciosamente le fue concedido un pequeño puesto en una pequeña oficina federal en la Ciudad de México, donde la extraordinaria líder del feminismo yucateco se quedó a residir hasta el fin de sus días.

Los hermanos socialistas jamás permitieron que el feminismo levantara cabeza en Yucatán. Cuando en la década de 1930, Felipa Poot, otra mujer extraordinaria, emergió como líder de la comunidad de Kinchil, fue asesinada a tiros en uno más de los crímenes políticos sin resolver en nuestro Estado. La memoria popular, que casi nunca se equivoca, señala como autor intelectual del proditorio hecho ni más ni menos que a Gualberto Carrillo Puerto, hermano menor de Elvia y de Felipe, uno de esos hermanos socialistas que se encargaron de enterrar la labor del socialismo carrillista.

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