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La política en Yucatán

Una introspección histórica: en torno a los orígenes del regionalismo yucateco

Mario Alejandro Valdez

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Lugar común es señalar que nuestro Estado, Yucatán, es “la hermana república”, y argumentar que nuestro regionalismo es de los más marcados del país. Tema polémico, en el que las posibilidades de comparación son poco fructuosas. Digamos que sí tenemos un regionalismo muy marcado, particularmente expresado por los grupos conservadores y oligárquicos, que han creado un discurso de pretendida superioridad respecto del centro del país. El punto es que el mismo orden de ideas expresan, por ejemplo, los regios, tapatíos, culiches y sonorenses –por mencionar sólo algunos regionalismos del norte y occidente de México-, y expresiones muy semejantes encontramos en las diversas comunidades españolas, las entidades norteamericanas o las provincias francesas. Para el caso del regionalismo yucateco, analizar sus orígenes puede depararnos interesantes sorpresas.

Desde nuestra óptica, y sin desdeñar la existencia de otros muchos factores y realidades, planteamos cuatro aspectos como elementos fundamentales y fundacionales de esa yucataneidad que hoy nos ocupa. Veamos:

Lo primero que resalta al revisar los inicios de la historia colonial yucateca es la pobreza de la tierra. Sin metales preciosos, minas, ni tierras propicias para la agricultura comercial, los españoles que se afincaron aquí hace casi 500 años llamaron a Yucatán “la tierra menos tierra. Pero lo cierto es que no se fueron de aquí. Los conquistadores beneméritos, encabezados por la propia familia Montejo, se quejaron una y mil veces de los paupérrimos frutos, pero se quedaron, y durante dos siglos monopolizaron las encomiendas, los repartimientos, el comercio, las estancias y los puestos menores de gobierno –los mayores eran enviados de la metrópoli-. Más o menos hasta 1700, la movilidad social fue mínima, caracterizada en muchas ocasiones por la llegada de parientes de las primeras familias. Es cierto que las cosas cambiaron en el siglo XVIII, pero las familias tradicionales generalmente se emparentaron con los “nuevos ricos” –como los Quijano, de quienes ya hablamos en anterior colaboración, o los Peón, que brillarían destacadamente en los siglos XIX y XX- y conservaron al menos parte de su poder y su influencia. Una élite relativamente estable y de escasa movilidad se presenta, entonces, como primer elemento de nuestro regionalismo.

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Como cualquiera con dos dedos de frente puede imaginar, los conquistadores y beneméritos que tanto se quejaban de su pobreza, ni eran tan pobres, ni muchos menos eran tontos: comprendían que, como dijeron luego los reformistas borbónicos del siglo XVIII: el oro de Yucatán era su gente. Una numerosa y laboriosa población produjo casi toda la riqueza generada en la región en tiempos coloniales. Ciertamente, como hemos señalado en anteriores oportunidades, hubo épocas de auténtico abuso, pero por lo general los mayas continuaron, con pocos cambios, su vida tradicional. Conservaron sus tierras, su lengua, sus liderazgos, incluso sus visiones religiosas, si bien modificadas por el cristianismo. Era tan vigorosa la cultura maya colonial, que fueron los oligarcas y los sacerdotes los que se veían obligados a aprender la lengua originaria, y no al revés, como comenzó a ocurrir aún en el siglo XX. Una relación muy particular entre mayas y españoles, y un marcado sincretismo cultural, es el segundo elemento de nuestro regionalismo.

Un tercer aspecto tiene que ver con lo ya dicho. Cualquier funcionario que llegara a Yucatán se daba cuenta de las peculiaridades de la región, del poder y los privilegios de los que gozaban los mismos que lloraban amargamente su miseria. En ese sentido, el criollo yucateco y el mestizo comenzaron a desarrollar muy tempranamente una natural desconfianza y rechazo hacia los venidos de fuera, aunque, por lo general, tras ese rechazo inicial, se producía la cooptación. El funcionario pocas veces tenía la intención de descarrilar el lucrativo negocio, pero sí de recibir beneficios del mismo.

Una cuarta y última particularidad que queremos resaltar es la pertenencia de Yucatán al sistema caribeño, en mucha mayor medida que al novohispano. Las relaciones legales con Cuba y Puerto Rico, así como las ilegales con las posesiones inglesas de Jamaica y Belice eran mucho más vitales para la provincia que sus relaciones con Veracruz y la Ciudad de México. De este modo, la conveniencia económica venía a reforzar la lejanía política, otorgando a nuestra región facetas muy diferentes, sobre todo en cuanto a los rasgos culturales.

Esta revisión por supuesto no pretende ser minuciosa, ni establecer un paradigma. Aspira a contribuir a una discusión importante y necesariamente inconclusa: la cuestión de ¿quiénes somos? ¿Por qué somos así? ¿Desde cuándo somos así? y ¿Hacia dónde vamos? Preguntas sin respuesta única, pero que constituyen aspectos significativos de nuestra introspección histórica.

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Introspección histórica, la mentalidad campesina

Mario Alejandro Valdez

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En estos días de pandemia, uno de los temas torales que han surgido en la opinión pública es el de las energías limpias; ello debido a un acuerdo federal para restringir temporalmente, justo durante la contingencia sanitaria, la participación privada en este rubro. En el curso del debate, uno de los tópicos adláteres que salió a relucir es el hecho de que en Yucatán una parte significativa de los espacios destinados a la producción de energía eólica había sido obtenida de manera ilegal e inmoral, a partir del despojo a los campesinos. Ello, a su vez, apuntó a otro tema aledaño, que es el que trataremos en esta introspección: la mentalidad del campesino yucateco.

En la discusión actual, se enfrentan dos posiciones antagónicas: la que pudiéramos llamar de izquierda o popular, que considera que las apropiaciones ilegales deben echarse para atrás, y que la gestión de la energía eólica debe realizarse de manera comunitaria, por los campesinos que son legítimos propietarios de las tierras; y la postura de derecha, pro-empresarial, que aduce que “palo dado, ni Dios lo quita”, y que, además, dado que el campesino yucateco “es flojo, ignorante, alcohólico, corrupto y conformista”, es absolutamente incapaz de gestionar una empresa, por lo que cualquier intento de apoyarlos en este sentido está de antemano condenado al más absoluto de los fracasos.

Evidentemente la primera postura tiene una sólida base ética y legal, pero la segunda, tristemente, está muy arraigada en el imaginario del yucateco urbano, tanto entre las élites como en la mayoría de la población citadina. ¿De dónde surge tal consideración? ¿Cuáles son sus bases? ¿Cuál su realidad? Veamos.

Para poder responder a nuestras preguntas, debemos remontarnos, nuevamente, a los orígenes del Estado moderno en Yucatán, es decir, a los inicios del establecimiento colonial. Recordemos que en la península se fundaron en el siglo XVI cuatro cabildos, a partir de los cuales se pretendió organizar el territorio: la ciudad de Mérida, capital de la provincia, situada al noroeste; el puerto de Campeche, principal vía de comunicación con el exterior, al suroeste; la villa de Valladolid, cabeza de la región nororiente; y la villa de Bacalar, en el extremo sudoriental. Esta última población, rodeada de un territorio inexplorado, en realidad no llegó a establecerse como un punto importante, y quedará, por el momento, fuera de este análisis.

Tenemos, entonces, tres regiones bien diferenciadas desde mediados del siglo XVI: Mérida, Campeche y Valladolid, dividiéndose prácticamente en tercios perfectos el territorio conquistado y colonizado por los españoles. La región de Mérida fue, desde un principio, la más rica y desarrollada, de acuerdo con los parámetros del incipiente capitalismo de la época, y muy pronto generó una economía invasiva de sus comunidades campesinas, que quedaron supeditadas a las propiedades y actividades de los colonizadores. La cultura campesina de la región fue fuertemente modificada desde el siglo XVI, dando paso, ya para el siglo XIX, a una cultura francamente mestiza, con escasos rasgos originarios. En esta región campearon las haciendas, con sus tiendas de raya, su dominio señorial y la proliferación del alcohol como un medio de control social. El porfiriato henequenero llevó estas características hasta sus mayores cuotas. Al triunfo de la Revolución, tras los episodios del carrillismo y el cardenismo, la política oficial dio continuidad, en gran medida, al control patriarcal de la hacienda, combatiendo lo que aún quedaba de autonomía en el campesinado y demás grupos sociales.

La situación de la región de Campeche fue muy diversa. El puerto, con fuertes intereses comerciales y la poderosa presencia del estamento militar, estableció su propia dinámica de desarrollo, independiente y en muchos casos confrontada con la de Mérida, pero con poca influencia en las áreas rurales. Éstas, a su vez, terminaron por dividirse en dos subregiones: el llamado camino real, la vía de comunicación con Mérida, con características similares a las ya mencionadas para la capital y sus alrededores; y el sur profundo, que mantuvo una fuerte autonomía durante el período colonial y la primera mitad del siglo XIX, con una vigorosa presencia de la cultura originaria en aspectos políticos, económicos e ideológicos. En tiempos de la Guerra de Castas, muchas de las comunidades de esta subregión se levantaron en rebelión, logrando ciertos acuerdos con el gobierno en el curso del conflicto. Hoy en día, la mayoría de estas comunidades continúan manteniendo su identidad cultural y autonomía económica, gestionando, en algunos casos con gran éxito, sus recursos naturales.

En torno a Valladolid encontramos de nuevo este fenómeno de las dos subregiones, incluso más marcado: la villa, hoy ciudad, se reconcentró en sí misma, mantuvo durante siglos su organización colonial inicial, y estableció las relaciones mínimas, pero suficientes, que le permitieran a las familias vallisoletanas disfrutar de cierta riqueza y prestigio. El resto del territorio era campesino, maya e indudablemente autónomo en la mayor parte de los aspectos de su vida interior. Esta fue la región de la Guerra de Castas, que se mantuvo en rebeldía durante décadas. Con el tiempo surgieron más poblaciones criollas y mestizas, pero los campesinos conservaron –y en muchos casos conservan aún- mucho del espíritu de sus antepasados.

Nos parece que NO es posible agotar el tema en una sóla introspección, pero podemos apuntar las siguientes consideraciones: 1. NO existe en Yucatán una única mentalidad campesina. Aún en un Estado relativamente pequeño y habitado por un sólo pueblo originario, la mentalidad es subregional y diversa; 2. ES UNA ENORME MENTIRA que el campesino yucateco no sea capaz de gestionar una empresa. Lo ha hecho, y con enorme éxito, durante milenios; 3. Ciertamente hay algunos sectores rurales a los que siglos de dominación, un severo paternalismo, una expandida corrupción y un control social exacerbado han golpeado fuertemente, pulverizando las antiguas solidaridades comunitarias y fomentando la dependencia y enfermedades sociales, como el alcoholismo. Culpar a la víctima de esta situación no sólo es perverso e injusto, es también erróneo.  

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Introspección histórica: ¿Qué fue la Guerra de Castas?

Mario Alejandro Valdez

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Nuestro título pudiera parecer un enorme atrevimiento. Hace dos semanas planteamos desde este espacio que la llamada Guerra de Castas realmente no fue un conflicto con tintes raciales, como se le caracterizó en su tiempo. Para hacerlo, aportamos algunos argumentos, nacidos tanto de nuestros propios acercamientos al tema como de la revisión de una cantidad significativa de autores. Pero una cosa es aseverar lo que no fue, y algo muy distinto afirmar lo que fue. Trataremos de hacerlo contundentemente, pero sin petulancia.

Recordemos, en primera instancia, que han sido cientos de autores los que, desde diversas perspectivas y estrategias, se han acercado a este apasionante hito histórico. Muchos de sus actores dejaron sus vividos testimonios, otros tantos testigos, o recipiendarios de información de primera mano, nos legaron también sus propios puntos de vista. Los investigadores norteamericanos que nos visitaron durante la primera mitad del siglo XX también realizaron aportaciones fundamentales. Un poco después, Nelson Reed escribió la obra clásica, tras consultar muchísimos documentos y dejar volar la imaginación con mucha libertad. Después de este clásico, cientos de historiadores, antropólogos, sociólogos y literatos de todo el mundo han hecho sus propias pesquisas y planteamientos. El resultado es impresionante, riquísimo, diverso.

Ante este panorama, cualquiera que se atreviera a decir “soy poseedor de la verdad absoluta sobre el tema” sería calificado, con razón, como un desquiciado. Por nuestra parte, sin afán de absolutismos, pretendemos aportar una mirada integral, una perspectiva, una introspección histórica.

Vayamos, siguiendo a Descartes, de lo simple a lo complejo, partiendo de lo obvio: la Guerra de Castas de Yucatán fue, sin duda, un movimiento social. Más aún: fue un amplísimo movimiento social. La base la conformaron decenas de miles de campesinos milperos, mayas y mestizos en su enorme mayoría, pero también pasaron lista de presencia decenas, tal vez cientos de pequeños y hasta medianos propietarios rurales. Tres fueron las áreas principales de procedencia de estos grupos: la región de los Cocomes, con Sotuta y Yaxcabá como poblaciones emblemáticas; el Sur profundo, particularmente Peto y Tihosuco; el Oriente, con varias decenas de localidades situadas en los alrededores de Valladolid. Además de estos agricultores, cientos de pobres urbanos, principalmente de Valladolid, Tihosuco y Peto, fueron también parte del movimiento. Hubo, pues, representación de la ciudad y el campo; de grupos campesinos, pero también de artesanos y comerciantes urbanos.

Pero la Guerra de Castas fue también un movimiento altamente politizado. La mayor parte de sus primeros dirigentes fueron batabo’ob (líderes tradicionales) de sus pueblos, como Jacinto Pat lo era de Tihosuco, Cecilio Chí de Tepich, Manuel Antonio Ay de Chichimilá y Florentino Chan de Dzibnup. Los líderes mayas convocaron a sus comunidades, y sus comunidades les respondieron, siguiendo una tradición prehispánica milenaria. Una vez establecido el conflicto, la lucha entre los batabo’ob fue también política, y la falta de un liderazgo unificadoel motivo de la crisis del movimiento en el período 1848-1854, hasta el surgimiento de la hegemonía de Chan Santa Cruz.

La política también estuvo presente en otro sentido: como comentamos en colaboración previa, en sus inicios el movimiento estuvo estrechamente relacionado con la lucha de facciones que se daba en las ciudades principales de Yucatán. Tras algunas semanas ambiguas, varios de los políticos barbachanistas que habían impulsado la rebelión quedaron atrapados auténticamente entre dos fuegos, y algunos de ellos, como el propio Jacinto Pat y José María Barrera, optaron por permanecer en el bando rebelde y validar el discurso de guerra racial. Por temporadas, líderes derrotados en revueltas políticas encontraron refugio y se adhirieron parcial o totalmente a los hombres de Chan Santa Cruz. Por lo general tuvieron fugaces momentos de gloria en la sublevación, pero casi siempre terminaron pagando con su vida su osadía, en algunos casos capturados por el gobierno yucateco, pero más frecuentemente ajusticiados por los líderes rebeldes, que nunca se confiaron del todo ante advenedizos y oportunistas.

La Guerra de Castas fue también un conflicto internacional. Desde un principio, Inglaterra observó las grandes oportunidades que la rebelión les permitía, y jugó siempre un doble papel, con un activo comercio con los rebeldes de Chan Santa Cruz, pero también manteniendo un juego diplomático con los gobiernos de Yucatán, México y Guatemala, vendiendo la falsa idea de que deseaban concluir con una guerra que producía violencia y calamidad en el territorio de Belice. Su premio final fue, precisamente, el reconocimiento de la jurisdicción británica sobre dicho territorio. En el siglo XX, cuando el rumbo de la Revolución Mexicana constituyó un motivo especial de preocupación para el gobierno norteamericano, el carácter internacional del conflicto renació, cuando los investigadores que estudiaban con motivos académicos el devenir del pueblo maya, realizaron a la vez labores de espionaje para el Departamento de Estado del país vecino. En actitud que hoy juzgaríamos de falta de ética e inescrupulosa, algunos de estos investigadores incluso llegaron a ofrecer ayuda militar a los descendientes de los líderes de Chan Santa Cruz, lo que ha sido conocido después de la desclasificación de los archivos correspondientes.

Aún queda mucho por explorar sobre este extraordinario tema. Apuntamos dos aspectos: la relación que hubo durante décadas entre los rebeldes y los habitantes de los pueblos fronterizos, y el papel de las mujeres en el conflicto. Sobre el primer punto, hay fuertes evidencias, aún no elucidadas firmemente, de que existían vigorosas redes,alimentadas tanto por lazos familiares como por intereses económicos; en cuanto al segundo, sólo se conoce parcialmente la historia de María Uicab, quien fuera líder durante algunos años de un grupo asentado en Tulum. Muchos pequeños datos, aún fragmentarios, apuntan a que el papel femenino fue mucho más importante que lo que los relatos actuales nos indican.

Sin duda no fue una Guerra de Castas. Fue, es, mucho más que eso. Es una herida abierta, que nos habla de las injusticias pasadas y actuales, pero también es esperanza viva de un futuro de paz y justicia para todas y todos los habitantes del Mayab.    

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Introspección histórica, escenarios de militarización

Mario Alejandro Valdez

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Comprometimos, en nuestra anterior introspección, continuar analizando el apasionante tema de la llamada Guerra de Castas. Pero, sin dejar de cumplir la expectativa, nos pareció oportuno abordar el asunto de la militarización, ahora que el presidente López Obrador se ha apartado de sus promesas de campaña, y le está apostando, ya de manera abierta, al uso del Ejército como una respuesta a la ola de violencia que, desencadenada por el fallido gobierno de Felipe Calderón, no ha dejado de aquejar a nuestro querido México por un período que ya está llegando al final de su tercer lustro.

Dentro de esta coyuntura de violencia criminal, Yucatán ha sido, notablemente, uno de los escasos territorios en donde sus expresiones han sido mínimas. En concordancia, la presencia militar tampoco ha sido notoria, pero esto no siempre ha sido así. Si bien durante los tiempos coloniales, la milicia NO representó un poder significativo en la península, la situación varió dramáticamente con el advenimiento de la Independencia y la creciente lucha entre partidos antagónicos. Absolutamente ajena a la tradición electoral, la sociedad yucateca, como todo el país, vivió un siglo XIX plagado de revueltas, sediciones, golpes de Estado, etc.; cobrando cada vez más importancia el elemento militar en la resolución de conflictos. Así, y particularmente desde mediados de la década de 1830, las milicias cívicas –ciudadanos con un rudimentario entrenamiento, pero acceso a armamento- fueron protagonistas de cuanto movimiento político se desarrolló, sobre todo en Mérida, Campeche, Valladolid y Tizimín, las principales poblaciones peninsulares. Y, al menos desde 1839 –algunos estudiosos consideran que antes, aunque aún no tengamos las pruebas documentales de ello-, los campesinos mayas y mestizos del sur y el oriente peninsular fueron incorporados a estas luchas bajo diversas promesas, nunca cumplidas, lo que se convirtió en uno de los principales factores que desencadenaron la rebelión del 30 de julio de 1847.

La potencia de tal rebelión fue enorme, y el gobierno yucateco tuvo que recurrir a medidas desesperadas para contenerla. El desarrollo integral de Yucatán se paralizó durante las siguientes décadas, empeñada la clase dirigente en derrotar la sublevación. La mayoría de los varones jóvenes fueron enrolados en el Ejército, lo que tuvo como consecuencia el abandono de la agricultura y la ganadería, actividades que, además, fueron afectadas por las incursiones de los rebeldes. Pero esta misma parálisis, al disminuir los recursos disponibles, hacía imposible sufragar los gastos necesarios para emprender campañas definitivas. Además, los caudillos militares, dueños de un enorme poder, preferían utilizar sus privilegios y oportunidades en provecho propio, para escalar en sus propias carreras políticas y crear inmensas fortunas. La Guerra de Castas se convirtió entonces, para algunos, en un gran negocio. Yucatán entero se mantuvo en este círculo vicioso durante casi 30 años, en los que no hubo un solo día de paz, para beneficio de quienes dirigían la guerra.

Con todas sus contradicciones e injusticias, fue el Porfiriato Henequenero el que terminó con este statu quo. Don Porfirio, también un militar, por supuesto, les mostró a los caudillos locales la senda del progreso económico capitalista, a la par de las ventajas de las transiciones políticas pacíficas  y relativamente consensuadas. El Ejército se profesionalizó y se alejó, al menos momentáneamente, de la política partidista, y los viejos líderes militares, como el vallisoletano Francisco Cantón, se olvidaron de las armas y se dedicaron a fomentar rumbosas empresas. En ese contexto, la Guerra de Castas fue oficialmente terminada por un cuerpo militar ajeno y que salió del Estado apenas terminada su encomienda. Yucatán se desmilitarizó, volcado durante casi medio siglo en el episodio henequenero.

Todavía rebrotaría la militarización en el primer cuarto del siglo XX, con resultados diversos para nuestro desarrollo. Es innegable que fue de muchísimo provecho en el período 1915-1918, cuando el Gral. Salvador Alvarado impulsó una larga y ambiciosa serie de reformas, que pusieron a Yucatán a la vanguardia del país en temas como feminismo, sindicalismo, derechos obreros y educación; pero también es indudable que fue nefasta unos pocos años después, cuando el Ejército fue utilizado por la oligarquía henequenera para frenar el proceso transformador encabezado por Felipe Carrillo Puerto.

Entonces, podemos concluir que la militarización en sí no es buena ni mala. Depende de muchas circunstancias y factores. Como mexicanos, nuestro deseo es que en esta ocasión, la que está impulsando AMLO para combatir al crimen de resultados positivos. Desafortunadamente, nuestra introspección histórica no deja mucho lugar al optimismo.

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