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Editorial

El pasado nos alcanzó

Ricardo Maldonado Arroyo-

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La carta que envió el presidente de México al rey de España, reavivó el debate histórico en torno a la conquista, en el que han participado especialistas y no especialistas. Al margen de algunos juicios exaltados, esto resulta formidable, porque hace patente el valor de la historia como cimiento de nuestro presente. Aunque el debate se ha centrado en calificar si es pertinente o no solicitar que el rey ofrezca disculpas a los pueblos originarios (lo cual, dudosamente sucederá), se ha soslayado, precisamente, el lugar y el papel de tales pueblos en la historia.

Al respecto pueden destacarse tres procesos históricos que explican la situación de los pueblos originarios: la conquista, la independencia y el indigenismo. Primero, es necesario entender que los sectores más nacionalistas de España perciben la conquista como un proceso civilizatorio. Para muestra basta leer la respuesta de Rafael Hernando, diputado del Partido Popular: “Habrá que recordarle a este señor que los españoles fuimos allí y acabamos con el poder de tribus que asesinaban con crueldad y saña a sus vecinos, y que, por eso, unos pocos ayudados por los que eran perseguidos y esclavizados, se conquistó y civilizó esa tierra”.

Pero la conquista fue, según fuentes históricas, un proceso violento de sometimiento. Al respecto, las crónicas escritas por los españoles constituyen una narrativa que justifica y, por momentos, exalta la conquista. Se conservan para la posteridad Historia general de las cosas de la Nueva España, de fray Bernardino de Sahagún; Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo; las Cartas de relación de Hernán Cortés; Relación de las cosas de Yucatán, de fray Diego de Landa, entre otras obras. Escritas con la mentalidad de la época, por momentos dejan entrever las estrategias de dominación armada, económica y simbólica, que darían forma a la Nueva España. En contraste, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de fray Bartolomé de las Casas, es la crónica explícita de la brutalidad con que fueron tratados los indios, particularmente los caribeños.

No obstante, en todas las anteriores se relega la visión de los pueblos originarios. Por eso, en un esfuerzo de revisión histórica, Miguel León Portilla publicó en 1959 la Visión de los vencidos y, en 1964, El reverso de la conquista, obras en las que traduce textos nahuas, mayas y quechuas acerca de la conquista, permitiendo integrarlas a la memoria histórica. En los icnocuícatl (cantos tristes) de los nahuas se conserva el relato desgarrador de la derrota: “Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua de salitre”.

Siguieron tres siglos de dominio español. Una vez independientes, se estableció el Estado mexicano, a cuya cabeza se colocaron elites criollas y, en los márgenes, los indios. Las pugnas por el poder a lo largo del siglo XIX solo recrudecieron las desigualdades entre quienes tomaron las riendas del gobierno y la economía, y los indios, usados como fuerza de trabajo o carne de cañón. En Yucatán, por ejemplo, los indios fueron vendidos como esclavos en Cuba, enviados mediante leva a combatir lejos de su tierra y replegados por el Ejército durante la Guerra de Castas. Es importante señalar que no fueron españoles, sino autoridades de Yucatán y México, responsables de estas acciones.

Durante el siglo XX cambiaron las políticas del Estado mexicano. El objetivo ya no era combatir a los pueblos indígenas, sino “blanquearlos”, integrarlos al proyecto de nación. El indigenismo implicaba que abandonaran el uso de su lengua, vestido y prácticas culturales, para aprender español, al tiempo que abrazaban los valores nacionalistas. Paralelamente, el gobierno favoreció el despojo de tierras en las comunidades indígenas, fenómeno que hoy por hoy, en el marco del neoliberalismo, se resiente con mayor fuerza debido a los intereses de transnacionales mineras, agrícolas y del sector energético. Nuevamente, no fueron los conquistadores blandiendo la espada y la cruz, sino el nacionalismo mexicano, junto con los grandes capitales, los promotores de la marginación de los pueblos originarios.

Por tanto, ¿qué significa a estas alturas una disculpa del rey de España y de qué manera cambiaría las circunstancias de los pueblos originarios? Marichuy, en medio del Consejo Nacional Indígena (CNI), declaró que la solicitud del Presidente era una simulación, y estableció una postura contundente: “lo que tienen que hacer es dejar de despojar de la tierra a las comunidades”. Aunque las posturas del CNI y el Presidente son aparentemente irreconciliables, al menos deberíamos evitar el error de ignorar nuevamente las voces de los pueblos originarios.

Para aliviar desigualdades históricas, el gobierno mexicano tendría que exigir a las empresas, no solo españolas, sino también estadounidenses, holandesas, belgas y canadienses, respetar las tierras de los pueblos. Simultáneamente, el gobierno mexicano tendría que hacer lo mismo, cuestionándose la inconformidad generada por proyectos como el Tren Maya o la termoeléctrica de Huexca. Si López Obrador desea ser recordado como un gran transformador, es preciso abandonar el falso debate con un rey al otro lado del Atlántico y ocuparse de las responsabilidades del Estado mexicano frente a los pueblos originarios para que, en un futuro, su gobierno no sea citado como una continuación más de los resabios del neoliberalismo que aqueja a un país conquistado, colonizado y recolonizado.

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Editorial

Tras una infancia perdida: los niños de la guerra

Ali de la Vega

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Conocemos el siglo XX por los importantes avances que presenta en el mundo de la tecnología, la ciencia y el progreso, pero también, por la trágica deshumanización del animal humano, que en esta centuria llega a desatar el infierno no sólo en los campos de batalla, sino también en las ciudades, donde sus habitantes se convierten en víctimas colaterales de la catástrofe. En esta tesitura, un hombre puede entender más o menos porqué va a la guerra, pero un niño no, un niño sufre los peores estragos de ésta sin comprender porqué pasa a formar parte del juego por la supervivencia. De pronto, su infancia se ve truncada por el hambre, los bombardeos y la muerte de personas cercanas. Y es que no existe un capítulo más triste en la Historia que el protagonizado por los niños de cualquier tiempo en cualquier guerra.

Durante la guerra civil española, se va a intentar librar a los más pequeños de aquel horror mediante su temprana evacuación del tablero peninsular. Dicho traslado se efectuará tanto por el apoyo del gobierno republicano, como por el efectuado a través de diferentes organismos internacionales, entre los que cabe destacar el “Comité de Acogida a los Niños de España”, creado en Francia en 1936, o la “Comisión Internacional para la Ayuda de los Refugiados Infantiles de España”, fundada en 1937 por asociaciones cuáqueras de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Suiza, distribuyéndose en esos años, alrededor de 32.000 niños entre Europa, la URSS y Latinoamérica. 

Ahora bien, conviene diferenciar entre el fenómeno de evacuación y el de expatriación forzosa. La primera es entendida como algo provisional, como la mejor forma de proteger a los niños en zonas más seguras, hasta que pase la tormenta y puedan regresar. Por así decirlo, se les intentaba dotar de cierta “normalidad”, obligándoles a continuar con su educación y viviendo en colonias con sus maestros o con familias de acogida. El fenómeno de la expatriación, en cambio, es mucho más dramático, pues al marchar con sus familiares al exilio, estos niños van a sufrir los mismos avatares que los adultos, malviviendo en tristes albergues, o en el peor de los casos, quedando atrapados en algún campo de concentración. Ambas experiencias son trágicas a su manera: mientras que unos tuvieron que hacer frente a terribles tesituras –aunque siempre acompañados por su familia–, los otros vivieron con mayor comodidad, pero sintiendo cada día el peso del abandono y la soledad.

Más allá de esas circunstancias, la verdadera fractura en sus vidas se produce con el final de la guerra, cuando algunos menores regresan a España y otros no. Es el caso de los “niños de Rusia”, aquellos que Stalin se negó a repatriar, y que al final, terminaron padeciendo junto a los soviéticos la Segunda Guerra Mundial. Algunos de los jóvenes, con la invasión de Alemania de la URSS, se alistaron como voluntarios del Ejército Rojo, mientras que otros ayudaron en las defensas de la retaguardia –lo entendían como la mejor forma de imitar a sus padres, luchando contra el fascismo en Rusia, como lo habían hecho ellos en España–. Desgraciadamente, de los 70 españoles que murieron en la defensa de Leningrado, 46 de ellos fueron niños. Muchos de los que sobrevivieron, tuvieron acceso a una educación superior y llegaron a convertirse en trabajadores cualificados. De hecho, es interesante mencionar que unos 200 de esos jóvenes fueron llevados posteriormente a Cuba –tras el triunfo de la Revolución– para trabajar como técnicos y traductores en las nuevas relaciones que se establecieron entre la Unión Soviética y el país antillano.

Respecto al exilio mexicano, el presidente Lázaro Cárdenas aseguró en 1937 que en caso de que los republicanos fueran derrotados, su país les acogería con los brazos abiertos –promesa que realmente se cumpliría tras el final del conflicto–. De hecho, ese mismo año amparó a 500 niños, que pronto pasaron a conocerse como los “niños de Morelia” y que recibieron una especial atención por parte del gobierno, siendo visitados por el presidente en múltiples ocasiones y llevándolos a la capital en período vacacional. Esto nos explica que sólo decidieran regresar a España unos 60 de ellos, mientras que el resto optó por echar raíces en aquel pedazo de tierra al otro lado del Atlántico, ese que terminó por convertirse en su mejor morada, en su auténtico hogar.

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Editorial

Estoy cruzado por la migración, despreciaré su estigmatización

José Miguel García Vales

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Soy nieto de un refugiado español, que huyó de las represalias de la dictadura fascista de Franco; soy nieto e hijo de una familia yucateca que emigró a la Ciudad de México y regresó a Mérida para crecernos; soy hermano de un padre de familia que junto con su esposa decidieron emigrar a Toronto en busca de nuevas oportunidades y que por causas de leyes migratorias, de nuevo hacen su vida en nuestra ciudad; soy esposo de una mujer sensible y politizada que protestó frente al consulado de Estados Unidos por las disposiciones de detener a migrantes menores de edad; soy amigo de un trotamundos que ahora vive en Houston y que a pesar de tener un hijo nacido ahí y un negocio productivo no pudo viajar a la boda de su hermana por no contar con una residencia legal; soy amigo de una familia de hermanos de Hunucmá que cruzó la frontera para trabajar en restaurantes y que hoy unos han regresado y los que se quedaron viven con la angustia de ser deportados.

La migración cruza nuestras historias personales.

Historias que se han forjado por necesidad y otras por decisión.

Tienen en común que se tratan de historias de superación, de encontrar nuevos horizontes y de tener libertad.

También vivo en una ciudad que ha recibido (con resistencias) a migrantes libaneses, cubanos, coreanos, estadounidenses y a mexicanos nacidos en otra parte del país; soy ciudadano de un país de 120 millones de habitantes a los que se suman los cerca de 12 millones que están en Estados Unidos.

Nuestro discurso público ha girado en torno a defender a esos 12 millones de compatriotas. Nos indigna el apelativo de frijoleros. Nos disgusta que un presidente nos acuse de violadores para ganar votos. Nos duelen las caminatas por el desierto para llegar al sueño americano. Consideramos justo que los jóvenes “dreamers” puedan seguir estudiando y que trabajadores puedan obtener una licencia de conducir.

Al mismo tiempo somos un país que confina a los migrantes centroamericanos a tomar la Bestia; que los catapulta a ser víctima del crimen organizado con matanzas tan condenables como la de San Fernando.

Entre tanto, en Estados Unidos y en México se han forjado redes de solidaridad, que actúan en los planos legal y de ayuda humanitaria, para que el migrante pueda tener un tránsito más fácil y una vida con relativa tranquilidad.

Considero que siempre hemos sido hipócritas con respecto a la migración. Pero algo se rompió.

En la balanza de las negociaciones, seguro se tomaron en cuenta los beneficios mayores para la economía y los empleos nacionales, que los aspectos negativos de una política migratoria dura.  Tal vez no había otra alternativa.

Sin embargo, más ahí de la responsabilidad e idoneidad de la postura tomada por México frente a las amenaza de Trump, lo que se rompió en México es la actitud de hipocresía para convertirse en actitudes cínicas y, también, francamente discriminatorias.

En una encuesta publicada por El Financiero la semana pasada, el 63% opina que se deben cerrar las fronteras a los migrantes, 75% considera que se deben deportar a sus países de origen y 67% que se debe militarizar la frontera.

Los resultados de esta encuesta, contrastan con los presentados por el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación en 2010. Aclaro que ambas encuestas no pueden ser comparables al no tener la misma metodología; sin embargo, puede servir como referencia para observar el cambio de actitudes con respecto a la migración centroamericana. En la ENADIS 2010, el 43.7% de los encuestados consideraban que el gobierno debía crear más empleos para los inmigrantes, mientras que sólo el 25.6% creía que se debía controlar la migración. Sólo el 26.8% creía que la migración ocasionaba división, frente aún 70.3% que pensaba que poco o nada. Y es más, el 58.3% decía que estaría dispuesta a recibir en su casa a un centroamericano.

No soy ingenuo para reconocer que a pocos les preocupa este cambio de percepción. De ambos lados del espectro político, del oficial y la oposición, se han empeñado en justificar el cambio en la política migratoria mexicana y también de criticar acciones que pudieran ayudar a desarrollar a comunidades centroamericanas. Tal vez estén en lo cierto al señalar que debe haber una frontera con mejores controles o que las políticas de desarrollo no tengan una planeación robusta.

Pero el daño en el discurso está hecho. Se justifica la mano dura y se le da razón a la discriminación. Era lo que menos se podía esperar de un gobierno supuestamente progresista y de izquierda.

A lo que hay que estar atentos es que este cambio de percepción (y ante las futuras revisiones de resultados en materia migratoria por Estados Unidos) es que no generen un movimiento político xenófobo y de extrema derecha. La experiencia internacional indica que el discurso de miedo sobre la migración da pie a los Trump (migración mexicana-centroamericana),  Bolsonaro (venezolana), el Frente Nacional francés, Vox en España, Salvani en Italia (migración africana y musulmana), entre otros.

Estoy cruzado por la migración. Despreciaré todo lo que la estigmatice.

Un dato

De los 2.2 millones de habitantes de Yucatán, 210 mil nacieron en otra parte del país y 8 mil en el extranjero.

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Editorial

Entre Escila y Caribdis: La obra de Alejandra Pizarnik

Otto Cuauhtémoc Castillo González

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“Alguien                                                                                                            

                                     cae

                                                      en

                                                                            su

                                                                                      primera caída.”

En El Libro del Desasosiego, Fernando Pessoa escribió que el mal se ve más de lo que se siente y la alegría se siente más de lo que se ve. Claro, hacía referencia a la vida, pero creo que también puede aplicarse al arte y, especialmente, a la materia de la cual surge. ¿En qué punto el dolor y la tragedia se polarizan en ambos extremos? Es decir, se sienten y ven con la misma intensidad. Mucho se ha criticado a los ladrillos lacrimosos de la tragedia como fuente del arte; Avelina Lésper, por su parte, advirtió que el suicidio es una sombra constante en la creación artística y literaria, en muchos casos aún con la atención psiquiátrica y con la medicación parece -afirmó la crítica- que las emociones son tan potentes y demandantes que llevan a las personas artistas y creadoras a detener su existencia, elegir ser ausencia. ¿Es la obra del artista realmente apreciada fuera y ajena de la vida de la misma persona? ¿Cómo identificar la delgada línea entre enaltecer la tragedia y considerar la estética de una creación objetivamente? En el umbral de esos cuestionamientos emerge la obra de Alejandra Pizarnik, y especialmente lo que nos hace sentir después de conocerla.

Leyendo me he topado con varios textos que defienden la poesía de Pizarnik pero no por el valor estético, visual o sonoro de sus versos sino por el signo trágico que envolvía a la poeta argentina. Me he topado con otros tantos que profetizan hipótesis a partir de un pasado intentando, inútilmente, reconstruír tanto la vida de Alejandra como su obra de forma ficcional, a base de buenos deseos y encantos. En esa bifurcación, en cualquiera de las dos, el final siempre es un impasse. 

El dolor impronunciable, el desgarramiento, la voluptuosidad triste de la absoluta noche, la sexualidad en pugna, fueron la materia de su trabajo pero no por elección sino por ser el dolor la presencia más palpable que vivía Alejandra Pizarnik. La humanidad, cada integrante de ella, está condicionada a vivir dolor, inexorablemente, y eso no se traduce necesariamente en un signo fatal, por ser parte de la vida misma. Y sin embargo, parece que cada vez toda persona está más impermeabilizada a sentir:  A diario vemos noticias y situaciones que son suficientes para destrozar nuestra salud mental; qué si la desaparición de 43 estudiantes, qué si la violencia obstétrica, qué si las olas de feminicidios, qué si la decepción sexenal, qué si este México bárbaro está cada vez más entre Escila y Caribdis.

En esta realidad que nos toca vivir existen las personas que viven y sobreviven por impulso de la amistad o la familia, de los placeres efímeros como la comida o la bebida, pero también están quienes sobreviven del arte, fenómeno y medicina misteriosa. La realidad es tan avasalladorá que es fácil caer en la deshumanización de nuestra compleja humanidad. En 1955, Alejandra escribió “Ningún libro puede ya sostenerme. Dostoievsky me aburre. Nietzsche me deja insensible. Siento un caso. No sé por dónde empezar. El vacío. Apollinaire aconsejaba para vencer el vacío escribir una palabra luego otra y otra hasta que se llene.” Pero la búsqueda y creación artística puede ser enfermedad y solución en sí misma. No puedo imaginarme la angustia de Pizarnik ante un verso incompleto, pero si puedo figurarme el proceso sanador de escribir y escribir y re-escribir hasta que la marea de ideas se apaciguara en su mente. Los tópicos de su obra eran demasiado humanos, no trágicos. Alejandra expresó en uno de sus cuadernos de junio y julio de 1955, una de las contradicciones más simbólicas de nuestra existencia: “Sólo sé que a la vez que me duele la vida, no soporto la idea de morir”. Borges, por su parte, diría que olvidamos que somos muertos que conversan con muertos.

No por romantizar el dolor y la tragedia (y no debería hacerse), sino que la atracción a los poemas de Pizarnik proviene de la empatía y de nuestro lazo humano. Por eso Walter Benjamín no se equivocaba al preguntarse qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta con ella. Amamos la obra de Alejandra por ser humana, por sentirla como propia, por su cualidad e identificación atemporal:

“Escribes poemas

porque necesitas

un lugar

en donde sea lo que no es”

Puede ser cierta la aseveración de Alejandra al decir que una sola lágrima convence más que diez volúmenes de dialéctica. Y, por otro lado, parafraseándole: En la vida hay pequeños trozos felices, soplos de dicha que suavizan el permanente estado angustioso. Y esos momentos nos permiten vivir.

Después de mucho tiempo, de muchas incertidumbres y pocas certezas, estaba otra vez caminando por el malecón de Progreso. El sol caía y la luz dormía ante el mar. Tomé una foto y compartí la escena con la primera persona que cruzó por mi mente. La respuesta: Me hizo sentir como si estuviera ahí.

Sonreí e inmediatamente percaté el mismo sentimiento que me nacía ante los poemas de Alejandra, de nuestra querida Alejandra Pizarnik: Me sentí salvado.

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