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Editorial

Entre Escila y Caribdis: La obra de Alejandra Pizarnik

Otto Cuauhtémoc Castillo González

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“Alguien                                                                                                            

                                     cae

                                                      en

                                                                            su

                                                                                      primera caída.”

En El Libro del Desasosiego, Fernando Pessoa escribió que el mal se ve más de lo que se siente y la alegría se siente más de lo que se ve. Claro, hacía referencia a la vida, pero creo que también puede aplicarse al arte y, especialmente, a la materia de la cual surge. ¿En qué punto el dolor y la tragedia se polarizan en ambos extremos? Es decir, se sienten y ven con la misma intensidad. Mucho se ha criticado a los ladrillos lacrimosos de la tragedia como fuente del arte; Avelina Lésper, por su parte, advirtió que el suicidio es una sombra constante en la creación artística y literaria, en muchos casos aún con la atención psiquiátrica y con la medicación parece -afirmó la crítica- que las emociones son tan potentes y demandantes que llevan a las personas artistas y creadoras a detener su existencia, elegir ser ausencia. ¿Es la obra del artista realmente apreciada fuera y ajena de la vida de la misma persona? ¿Cómo identificar la delgada línea entre enaltecer la tragedia y considerar la estética de una creación objetivamente? En el umbral de esos cuestionamientos emerge la obra de Alejandra Pizarnik, y especialmente lo que nos hace sentir después de conocerla.

Leyendo me he topado con varios textos que defienden la poesía de Pizarnik pero no por el valor estético, visual o sonoro de sus versos sino por el signo trágico que envolvía a la poeta argentina. Me he topado con otros tantos que profetizan hipótesis a partir de un pasado intentando, inútilmente, reconstruír tanto la vida de Alejandra como su obra de forma ficcional, a base de buenos deseos y encantos. En esa bifurcación, en cualquiera de las dos, el final siempre es un impasse. 

El dolor impronunciable, el desgarramiento, la voluptuosidad triste de la absoluta noche, la sexualidad en pugna, fueron la materia de su trabajo pero no por elección sino por ser el dolor la presencia más palpable que vivía Alejandra Pizarnik. La humanidad, cada integrante de ella, está condicionada a vivir dolor, inexorablemente, y eso no se traduce necesariamente en un signo fatal, por ser parte de la vida misma. Y sin embargo, parece que cada vez toda persona está más impermeabilizada a sentir:  A diario vemos noticias y situaciones que son suficientes para destrozar nuestra salud mental; qué si la desaparición de 43 estudiantes, qué si la violencia obstétrica, qué si las olas de feminicidios, qué si la decepción sexenal, qué si este México bárbaro está cada vez más entre Escila y Caribdis.

En esta realidad que nos toca vivir existen las personas que viven y sobreviven por impulso de la amistad o la familia, de los placeres efímeros como la comida o la bebida, pero también están quienes sobreviven del arte, fenómeno y medicina misteriosa. La realidad es tan avasalladorá que es fácil caer en la deshumanización de nuestra compleja humanidad. En 1955, Alejandra escribió “Ningún libro puede ya sostenerme. Dostoievsky me aburre. Nietzsche me deja insensible. Siento un caso. No sé por dónde empezar. El vacío. Apollinaire aconsejaba para vencer el vacío escribir una palabra luego otra y otra hasta que se llene.” Pero la búsqueda y creación artística puede ser enfermedad y solución en sí misma. No puedo imaginarme la angustia de Pizarnik ante un verso incompleto, pero si puedo figurarme el proceso sanador de escribir y escribir y re-escribir hasta que la marea de ideas se apaciguara en su mente. Los tópicos de su obra eran demasiado humanos, no trágicos. Alejandra expresó en uno de sus cuadernos de junio y julio de 1955, una de las contradicciones más simbólicas de nuestra existencia: “Sólo sé que a la vez que me duele la vida, no soporto la idea de morir”. Borges, por su parte, diría que olvidamos que somos muertos que conversan con muertos.

No por romantizar el dolor y la tragedia (y no debería hacerse), sino que la atracción a los poemas de Pizarnik proviene de la empatía y de nuestro lazo humano. Por eso Walter Benjamín no se equivocaba al preguntarse qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta con ella. Amamos la obra de Alejandra por ser humana, por sentirla como propia, por su cualidad e identificación atemporal:

“Escribes poemas

porque necesitas

un lugar

en donde sea lo que no es”

Puede ser cierta la aseveración de Alejandra al decir que una sola lágrima convence más que diez volúmenes de dialéctica. Y, por otro lado, parafraseándole: En la vida hay pequeños trozos felices, soplos de dicha que suavizan el permanente estado angustioso. Y esos momentos nos permiten vivir.

Después de mucho tiempo, de muchas incertidumbres y pocas certezas, estaba otra vez caminando por el malecón de Progreso. El sol caía y la luz dormía ante el mar. Tomé una foto y compartí la escena con la primera persona que cruzó por mi mente. La respuesta: Me hizo sentir como si estuviera ahí.

Sonreí e inmediatamente percaté el mismo sentimiento que me nacía ante los poemas de Alejandra, de nuestra querida Alejandra Pizarnik: Me sentí salvado.

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Editorial

El Tren Maya, megaproyectos y democracia deliberativa

José Miguel García Vales

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El martes 16 de julio el Colegio de Antropólogos de Yucatán A.C., convocó a un conversatorio sobre el Tren Maya y los megaproyectos en la Península de Yucatán. La actual directiva del gremio antropológico, de la que formo parte, se planteó como una de sus principales metas discutir acerca del proyecto ferroviario propuesto por el gobierno federal.

La sensibilidad y la perspectiva científica de la antropología, nos obligaba a dar la palabra y escuchar diferentes voces, para que también sea una obligación respetar la diversidad social. Y es que, si bien el Tren Maya y los megaproyectos deben ser analizados desde los puntos de vista de los impactos económicos, los cálculos de ingeniería o las mitigaciones ambientales, también importa los mecanismos para asegurar la inclusión social.

En este sentido, la mejor manera de honrar el objetivo de estudio de la antropología, es decir comprender al otro, es practicar la deliberación democrática. Al respecto, es preciso apuntar que al practicarse las condiciones ideales y formales de la deliberación, lo que se logra es un espacio en el que a través de exposición de argumentos razonados, los miembros de la comunidad política van descubriendo los intereses y objetivos que comparten en común. Por lo tanto, el bien común es resultado de la deliberación. En otras palabras, la postura inicial no es estar a favor o en contra de un proyecto, sino abrir los espacios para obtener información, aclarar dudas, entender las legítimas objeciones, aportar soluciones, exponer investigaciones, ofrecer herramientas, todo con el fin de contribuir a que se tomen decisiones que respondan al bien común.

En el conversatorio del martes, expusieron el Dr. Rodrigo Patiño Díaz, investigador del CINVESTAV y el Dr. Aurelio Sánchez Suárez, profesor investigador del CIR-Sociales de la UADY. El primero, fisicoquímic especialista en temas energéticos, el segundo, arquitecto con líneas de investigación en conservación del patrimonio. Como señaló nuestro presidente, el Mtro. José Luis Domínguez, en esta primera experiencia deliberativa la invitada de honor fue la multidisciplina.

El Dr. Patiño explicó cómo usar un mapa en línea en el que se pueden visualizar diferentes capas de información de los usos del territorio peninsular. Impulsada por las organizaciones Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible y GeoComunes, esta herramienta cartográfica permite observar la localización del trazo del Tren Maya, la ubicación de proyectos energéticos, agropecuarios o turísticos y su interacción con las poblaciones, áreas naturales protegidas, fuentes hídricas, entre otras. Esta aportación nos recuerda que no existen proyectos aislados.

Por su parte, el Dr. Sánchez, propuso la necesidad de establecer un diálogo de saberes, que no es otra cosa que el reconocimiento del otro, en este caso las comunidades mayas, como actor legítimo con conocimientos e intereses, con la intención de evitar neocolonialismos o construir un modelo de desarrollo incluyente. Desde mi punto de vista, este diálogo de saberes debe conducir a que, en tanto exista interacción con las poblaciones, los impactos o beneficios del Tren Maya se pueden mitigar o potenciar.

Entre los asistentes, la deliberación sobre el Tren Maya refleja la diversidad de posturas. Desde los que se oponen porque el tren puede afectar a las comunidades indígenas y los ecosistemas, quienes demandan mayor claridad en la viabilidad económica, los que exigen tener mayor información, quienes respaldan su realización y los que convocan a seguir analizando el tema.

En todo caso, este ejercicio democrático demuestra la utilidad de deliberar. Por una parte, para  mostrar la razones detrás de una iniciativa. Por la otra, para argumentar las preocupaciones y las expectativas.

Por eso, felicito a mis compañeras y compañeros antropólogos que organizaron este conversatorio. Vendrán más.

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Editorial

La lluvia del 10 de julio

Otto Cuauhtémoc Castillo González

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Estas cosas suceden y ni siquiera las advertimos. Esos paréntesis en nuestra realidad son sutiles, tanto, que la mayoría nos juzgarían como lunáticos si expresáramos nuestras vivencias que transgreden las fronteras de la racionalidad y la probabilidad, esas experiencias que nos abofetean en seco. Rosemary Jackson y Roger Caillois le llamarían fantastique. Leonora Carrington, Dalí y Man Ray le dirían cotidianeidades, lo que le sucede a uno.

Pero pasa, juro que pasa. Créeme que pasa. La otra tarde estaba caminando sobre el Paseo de Montejo y de la nada caí en cuenta, al ver a unas personas caminando con unos Xolos, que en realidad son los perros quienes sacan a pasear a sus humanos y no al revés, como siempre damos por sentado. Por si fuera poco, esos saltos (y asaltos) de la razón están ahí siempre acechando a quienes andamos distraídos esperando una brisa o la risa de alguien querido. Fíjate la siguiente ocasión que estés subiendo a tu camión para ir de Las Américas al Centro, observa al camión detenidamente y verás que en realidad es un bicho de metal que traga humanos. Las cosas cambian según la posición en que se miren.

Y te cuento, desde la secundaria he sido insomne. La situación fue la siguiente: era el 2016 y K tenía que estudiar para su examen de egreso de la Facultad, y yo me ofrecí a ayudarle. Fueron semanas de dura preparación en materia familiar, constitucional, penal, en corbatas, chicanerías, expedientes con tecnicismos como foja en vez de hoja y demás cosas leguleñas. En cada sesión de estudio, el café abundaba, al igual que la vigilia. Mira que el día 10 de julio yo decidí cambiar la cafeína por un relajante Tizana; esa mañana, Arminda habló a mi mamá para que me pidiera ir por mi sobrino Agustín, de 5 años, que vive en Mérida para que después de que terminará mis pendientes pudiera llevarlo a Progreso. La tarde se fue consumiendo hasta llegar la noche. Ya estábamos hartos de estudiar tramitología, así que K y yo decidimos ir por unos tacos árabes servidos por dos tabasqueños en el puesto de un mexiquense de ascendencia judía. El diluvio nos tomó ahí, entre esas mesitas de aluminio y la gente de par en par corriendo por temor al agua, y a la diversión que procura. Ya no pudimos más; he escuchado de las tortas ahogadas, pero no aplica el mismo principio para los tacos. Nos fuimos de ahí. Mientras encendía el carro, un mensaje de Martín me llegó. –¿Qué es la vida, amigo Otto?, me preguntó. Recordé que en la mañana él había dicho que estaría ejerciendo el uso lúdico de sustancias, como dicta la Suprema Corte, y me dio mucha risa al leerlo. La lluvia arreció aún más, la gente de Polígono 108 ya casi salía en lanchas por la avenida de la Xtabay. Tuvimos que detenernos. A lado del auto había un sujeto, alto, de cabello corto, camisa naranja, aretes de colmillo en las orejas, que estaba siendo bañado por Chaac y con evidente frío que le calaba hasta los huesos. Algo nos impulsó a meter a ese desconocido al auto. Total, qué más podría pasar en un país tan armonioso, en paz, con estabilidad económica y social como nuestro México Mágico. –Me llamo Jonathan, con ache después de la te– dijo. Hice un mal chiste, del cual Jonathan fue muy benevolente al reírse. –¿A qué te dedicas, Jona?- le pregunté. –Mejor no te digo- contestó. Escuchamos a los Fabulosos Cadillacs mientras Jonathan nos guiaba para llegar hasta su casa. Nunca había estado en esa parte de Mérida. Cuando salió del auto nos deseó buenas noches y qué no nos enfermáramos de tanta lluvia. Un sujeto agradable ese Jonathan con ache después de la te. Llegando a casa de K, mi amigo Roberto me escribió un mensaje -muy acorde a su naturaleza- en el que me expresaba buenos deseos para el fin de semana y la importancia de cuidarse y rezar dos aves marías y dos padres nuestros antes de dormir. Ya la noche estaba hundida cuando Arminda me dijo que Agustín, mi sobrinito, cayó en sueño después de haber jugado toda la tarde bajo la lluvia. Así que no fui a recogerlo; es un crimen despertar sin motivo a un niño. La carretera Mérida-Progreso se abría ante mí como una flecha larga sin fin y con una lluvia que no paraba de gritar. Canté a todo pulmón a los Joy Division, Lady Gaga con Tony Bennett, Kevin Johansen y más, pero seguía preguntándome cuál era la canción más significativa para mí en esos momentos.

Cuando desperté, lo primero que sentí fue mi cabeza aporrearse contra el TAC. Un enfermero se apresuró a mí para calmarme. Me contó lo sucedido. El diagnóstico fue traumatismo craneal cerrado con esguince cervical y verborragia ilógica y pulsos nerviosos producidos por impacto. El reporté policial manifestó que el auto quedó totalmente destruido. La aseguradora por su lado estaba consternada de que las bolsas de aire no funcionaran. La neuróloga estaba sorprendida de mi aparente buen estado. –Tienes suerte, chavo– dijo el enfermero- no se robaron tus cosas cuando te encontraron en la carretera. Mi copia de Los Detectives Salvajes de Roberto Bolaño seguía en mi mochila, al igual que mi cartera y mi laptop. Sólo el celular estaba dañado; al encenderlo y abrir el reproductor de música me percaté que la última canción escuchada la noche del 10 de julio fue Dar es Dar, de Fito Paéz.

Estas cosas suceden y ni siquiera las advertimos. El sentimiento de lo fantástico nos rodea, saltando de un momento a otro las líneas de la razón y la lógica. Esas cosas pasan y sólo hay que tener los ojos bien abiertos para notarlas. Ojalá algo hoy te sorprenda.

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El pasado nos alcanzó

El Congreso de Yucatán perdió la brújula

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Cuando el Congreso del Estado de Yucatán decidió votar nuevamente la iniciativa para ampliar la figura del matrimonio a las parejas del mismo género, alimentó la expectativa de un resultado diferente, pero, como en una especie de laberinto sin salida, retornamos al mismo punto. Los números de hoy, fueron exactamente los del pasado mes de abril: 15 votos en contra, 9 a favor. En un sentido práctico, esto complica la posibilidad de lograr el matrimonio igualitario en la actual legislatura, pues la postura de ciertos disputados y diputadas parece inamovible. Dado que el tema ha sido ampliamente abordado, solo me resta compartir algunas conclusiones.

Quienes votaron en contra no lo hicieron por desconocimiento de los derechos humanos o la jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia, tampoco por representar el sentir de la población, lo hicieron por sus nexos con grupos ultra conservadores, cuyos intereses económicos y políticos se entrecruzan con los de los partidos políticos, o porque pertenecen a esos mismos grupos, que se erigen en defensores de una visión monolítica y ahistórica de familia. Existen legisladores que siguen colocando el poder y su rechazo a la diversidad, por encima de los derechos humanos de las personas.

Quienes votaron en contra se empeñan en sustraer al estado del reconocimiento pleno de los derechos de los colectivos LGBTI. Tanto la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos se han pronunciado en favor del matrimonio igualitario. Además, es reconocido en 18 estados de la República, donde habita la mitad de la población mexicana. Mientras el mundo se torna más abierto e inclusivo, el Congreso de Yucatán muestra el lado más intransigente de nuestra sociedad.

Pese a su rotundo rechazo al matrimonio igualitario, quienes votaron en contra temen a la sanción pública. Saben perfectamente que su decisión puede ser calificada de homofóbica, que su voto es un atropello contra colectivos históricamente discriminados y que carecen de argumentos sólidos para sostener su postura. Por eso votaron en secreto; tiraron la piedra y escondieron la mano. Sin embargo, subestiman a la ciudadanía y la velocidad de las redes sociales. Es claro que hubo diputadas y diputados del PAN, PRI y Morena que votaron en contra. Es simple aritmética. Esto desprestigia aún más el papel de los partidos políticos, entre cuyos integrantes existen personas que pasan por alto las leyes, así como los ideales y estatutos de sus propios partidos (salvo el PAN, que siempre ha sido de corte conservador).

La votación en contra del matrimonio igualitario perpetúa la nociva influencia de los credos religiosos en la palestra pública. La aparición de dogmas religiosos en los argumentos contra el matrimonio igualitario, algunos maquillados como pseudociencia, nos recuerdan que en México no se ha separado totalmente las iglesias del Estado y que, permitir que las asociaciones religiosas ganen espacios públicos, representa un riesgo para los derechos de las personas que han sido castigadas y perseguidas por tales dogmas. Hoy se impuso otra vez una visión religiosa de matrimonio que ha justificado el abuso y la marginación, ha dividido familias y provocado sufrimiento.

Por último, concluyo que el camino hacia el matrimonio igualitario en Yucatán, aunque largo y extenuante, llegará a su término. Se logrará el reconocimiento del matrimonio igualitario en nuestro estado porque, con una actitud más resiliente que optimista, hay una ciudadanía consciente y organizada, que plantea una y otra vez la necesidad de modificar nuestra constitución local. Quienes votaron hoy en contra del matrimonio igualitario, además de pisotear los derechos humanos, demostraron que han extraviado la brújula de los cambios políticos, lo que, a mediano plazo, los condenará al ostracismo. Quienes votaron hoy en contra ignoraron los signos de nuestros tiempos: nuestra sociedad será diversa o no será.

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