Conecta con nosotros

Cartas a Paloma

Mercados de Grecia

Luis Edoardo Torres

Publicado

en

Querida Paloma:

Todos los sábados vamos al mercado callejero (λαϊκή) en Kallidromiou, muy cerca de nuestra casa. Nos gusta empezar el fin de semana comprando frutas y verduras, a veces plantas, así que se ha convertido en parte de nuestra rutina desde las primeras semanas que nos mudamos a Atenas. A mí la experiencia me resulta fascinante porque, habiendo crecido en la frontera estoy más familiarizado con los supermercados que con los mercados al aire libre.

Para ir al λαϊκή hay que prepararse. Es buena idea llevar tus propias bolsas y suficientes monedas. Hacer una lista es recomendable, pero sólo hay frutas y verduras de temporada; así que muchas veces hay que improvisar. Ahora abundan las granadas, castañas, mandarinas y naranjas, por ejemplo. Nosotros visitamos con cierta regularidad a algunos merchantes: el hombre delgado que vende las papas y cebollas, el hombre mayor al que le compramos las uvas, la señora simpática de la miel y las especias; pero en general somos bastante veletas porque como bien dicen: “de la vista nace el amor”.

Para los turistas el λαϊκή es una curiosidad, una atracción más en sus guías, pero la verdad es que puede resultar una experiencia extrema. El bullicio y las aglomeraciones son de esperarse, pero el “ímpetu” griego puede ser intimidante. Ellos podrán vivir sin prisas, pero no perdonan la falta de determinación. Si te acercas a un puesto de forma automática e inmediata recibirás los buenos días (Γεια σας) y una bolsa de plástico para comenzar a empacar. Es por eso por lo que a mí toda la experiencia me deja exhausto. Ir al λαϊκή es un asalto a los sentidos: el olor a tierra oscura, té, cebollas y paprika; el brillo tornasol en la piel de los pescados, el rojo intenso en la pulpa de los tomates; las voces apiladas unas sobre otras como ladrillos de Babel. A veces es demasiado.

De vez en cuando también paramos en la carnicería. A mí me gusta esperar afuera porque el espacio en la tienda es pequeño y, a veces, me da la oportunidad de socializar con los perros que esperan a sus dueños. Esté sábado no había nadie, así que para no aburrirme me puse a observar a la gente. Enfrente estaba el hombre que vende jugo de granada. Me distraje un rato viendo como escurría el jugo rojo dentro de las botellas, pero luego reparé en el puesto de la acera de enfrente. Había dos chicos en sus veinte que, por la semejanza entre ellos, asumí que eran hermanos. Los dos tienen la piel apiñonada, el pelo negrísimo, los ojos oscuros y la barba tupida cortada al ras. No podrían ser más parecidos y diferentes a la vez. Uno más corpulento, de expresión severa y a veces triste. Como un oso que habla y sonríe con los ojos. El otro atlético, con una sonrisa coqueta y los movimientos de un lince. Es él quien atrae a los clientes y empaca la mercancía con la gracia de un malabarista. Su hermano, con su tierna torpeza, cobra y da el cambio. Intento imaginar su vida fuera del mercado, la relación entre ellos. ¿Tendrán más familia? Quizá han aprendido a llevarse bien porque ya no tienen padres. Eso explicaría la mirada triste del hermano osuno. Luego imagino que huelen a tierra, sol y cebollas; que los chicos del colegio se burlaban de ellos cuando eran niños. Los imagino como tiernos tubérculos creciendo debajo de la tierra tomados de la mano: los hermanos patata solos contra el mundo. (Ojalá Chéjov hubiera escrito sobre ellos).

Quizá algún día me anime a hablarles. Me gustaría conocer su historia, pero temo ser como uno de esos turistas alemanes, de los que nos advirtió Kostís, que hacen fotografías en el mercado como si la cotidianeidad de los otros fuera un souvenir.

También te puede interesar: De canciones y anécdotas

RECOMENDAMOS