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Madre América: Cuba

Francisco Pérez Guzmán: el más modesto de los historiadores cubanos

Sergio Guerra Vilaboy

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Hace sólo unos meses, en una defensa de doctorado en la Universidad de La Habana del profesor panameño Luis Acosta, el coronel retirado Manuel Rojas, me habló de Panchito, como sus amigos llamábamos a Francisco Pérez Guzmán (1941-2006), con quien en 1961 había estudiado en la Escuela de Aviación de Sen Yang, en Manchuria, China. A Rojas lo identifiqué enseguida como el heroico piloto cubano derribado en tierras angolanas a fines de los ochenta, quien permaneció durante diez meses prisionero de la llamada Unión Nacional por la Independencia Total de Angola (UNITA), pues recordaba una entrevista por televisión a su hermano Pedrito Calvo –el conocido cantante de los Van Van– que lo mencionaba.

En un libro que me obsequió, titulado Las alas crecieron en China (2016), Rojas menciona a Pérez Guzmán entre los más de doscientos jóvenes cubanos que junto con él estudiaron aviación en la gran nación asiática. Entre ellos también iba un hombre algo mayor, Francisco Repilado Muñoz, cuyo nombre artístico era Compay Segundo, lo que me hizo recordar las jocosas anécdotas que contaba Panchito del famoso músico, quien en China se comportó como un severo Comisario Político.

Pero Francisco Pérez Guzmán no hizo carrera en la aviación, pues con el correr del tiempo devino destacado historiador, especializado en la historia militar de las guerras de independencia de Cuba. Procedía de una humilde familia campesina de Güira de Melena, al sur de la ciudad de La Habana, y con mucho esfuerzo y sacrificio personal fue superándose, ayudado inicialmente en la Biblioteca Nacional por los historiadores Zoila Lapique, Luis Felipe Le Roy y Jorge Ibarra Cuesta. Con posterioridad matriculó la carrera de Historia en los cursos nocturnos para trabajadores. 

Allí lo descubrí en la segunda mitad de los años setenta vestido con su uniforme de oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en un aula repleta de estudiantes y donde tenía, entre otros condiscípulos, a Eusebio Leal, quien ya entonces dirigía el Museo de la Ciudad de La Habana. A Panchito le precedía su modestia proverbial, la calidad humana y el prestigio profesional. Ya había obtenido Premio en el Concurso 26 de Julio de las FAR (1972) con su libro La Guerra en La Habana. Muy pronto nos hicimos muy amigos y colaboradores en diversos proyectos. Juntos fundamos, a mediados de los ochenta, bajo la batuta de Francisco Pividal, la Sección Cubana de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), de la que fue su primer presidente.

Después de graduado, Pérez Guzmán trabajó como investigador en la Academia de Ciencias y el Instituto de Historia de Cuba, etapa en que defendió su doctorado, presidió los tribunales estatales de la carrera de Historia y publicó  sus enjundiosos libros La Batalla de las Guásimas (1975); La Guerra Chiquita (1982); La guerra de liberación (1986); Bolívar y la independencia de Cuba (1987); La aventura cubana de Cristóbal Colón (1992); La Habana, clave de un imperio (1997); Herida profunda (1998) y Radiografía del Ejército Libertador (2005). Por esa sobresaliente labor intelectual recibió muchos reconocimientos, como el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas.

En abril del 2006 me despedí de Panchito en su casa de Güira de Melena, donde lo visité por última vez junto con Oscar Zanetti, pues sabíamos de su grave enfermedad. Recuerdo nítidamente lo que conversamos esa triste mañana, sus quejas sobre cierto personaje, nefasto para el gremio, y el esfuerzo que hizo para despedirnos de pie en el umbral de la puerta. No nos volveríamos a ver, pues unos días después viaje a México. Al año siguiente en la Academia Dominicana de la Historia tuve la agradable sorpresa de ver su foto enmarcada en la galería de los grandes historiadores dominicanos fallecidos pues, por sus indiscutibles méritos, Francisco Pérez Guzmán era Miembro Correspondiente de esa institución hermana.

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Madre América: Cuba

Nuestra América de Antonio Núñez Jiménez

Sergio Guerra Vilaboy

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Algo parecido a lo que me sucedió con Juan Bosch, que la valoración de una obra de su autoría me permitió conocerlo en persona, me ocurrió con Antonio Núñez Jiménez (1923-1998), destacado científico y político cubano. A principios de 1990, el Ministerio de Educación de Cuba me solicitó una opinión sobre un libro inédito suyo, titulado Nuestra América, para usarlo de texto escolar. Aunque me pareció una obra muy útil, por su original combinación del análisis histórico y el geográfico, le hacía algunas observaciones puntuales.

A los pocos días, Núñez Jiménez me llamó y me invitó a su casa. Allí me recibió su hija Liliana, a la que había dirigido su tesis de Licenciatura sobre el gobierno del general Juan Velasco Alvarado en Perú, donde su padre había sido embajador (1972-1978). La comunicación con Núñez Jiménez fluyó expedita, mientras me mostraba la edificación levantada al fondo de su casa, donde funciona desde 1994 la Fundación de la Naturaleza y el Hombre que el creara. Rodeado de libros, grabaciones en casettes de sus conversaciones con Fidel Castro y de un cuadro que Guayasamín le había pintado, hablamos largo rato sobre diversos temas, incluyendo la obra que había valorado. En la primera edición de Nuestra América (1992) me agradece, junto a los historiadores Julio Le Riverend y Manuel Moreno Fraginals, y al poeta Roberto Fernández Retamar, “por la revisión total de los manuscritos de este libro y sus atinadas observaciones que lo enriquecieron”.

Antonio Núñez Jiménez

Núñez Jiménez realizó numerosos aportes al conocimiento de la geografía y la arqueología del archipiélago cubano. Graduado en la Universidad de La Habana en Filosofía y Letras, comenzó sus exploraciones en 1939 y al año siguiente fundó la Sociedad Espeleológica de Cuba. Encabezó la Expedición Geográfica al oriente que por primera vez llegó a la cima del Pico Suecia en la Sierra Maestra, explorando el caudaloso río Toa y haciendo novedosos trabajos arqueológicos (1945). Una década después descubrió la Gran Caverna de Santo Tomás, en la Sierra de Los Órganos en Pinar del Río, la mayor del país.

Fue profesor de la cátedra de Geografía e Historia en el Instituto de Segunda Enseñanza de El Vedado, en La Habana, y su Geografía de Cuba, publicada en 1954, estuvo censurada por la dictadura de Batista. En la recién fundada Universidad Central de Las Villas obtuvo la Cátedra de Geografía Regional y Geomorfología y muchos años después fue considerado Profesor Emérito (1982). Incorporado a fines de 1958 a la columna del Ejército Rebelde comandada por Che Guevara, sus conocimientos de la zona facilitaron la rendición de la ciudad de Santa Clara y le valieron el ascenso a capitán.

Al triunfo de la Revolución, fue director ejecutivo del Instituto Nacional de Reforma Agraria, y en 1962 Núñez Jiménez fue designado al frente de la Academia de Ciencias de Cuba, cuyas funciones se ampliaban con numerosos institutos de investigación y centros científicos. También se desempeñó como director de la Escuela de Artillería de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (1960-1962), viceministro de Cultura (1978-1989) y diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular (1976-1993).

Publicó innumerables artículos, folletos y libros, entre estos La Liberación de las Islas (1959), Cuba con la mochila al Hombro (1963); Cuba: Dibujos Rupestres (1975); Cuba la Naturaleza y el Hombre: El Archipiélago. (1982, inicio de esta colección); En Marcha con Fidel 1959 (1982) –seguido de otros tomos sobre los primeros años de la Revolución; Cristóbal Colón en Cuba (1994); El Che en Combate (1998); Cuba Subterránea (2018) y Wifredo Lam (2018). Realizó investigaciones arqueológicas en Perú, Guatemala y la península de Yucatán, sitio donde exploró en noviembre de 1991 las cuevas del Venado (Actun ceh en maya) con la ayuda del espeleólogo mexicano Carlos Evia Cervantes, bajo  auspicio de Carlos Bojórquez Urzaiz, entonces director de la Facultad de Ciencias Antropológicas. Además, participó en expediciones científicas a diversas partes del planeta, incluido el Polo Norte, la Antártida, las Islas Galápagos y la Isla de Pascua, las que cerró con broche de oro con la expedición denominada En canoa del Amazonas al Caribe, que, bajo su dirección, recorrió veinte países.

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Una apasionada martiana: Nydia Saravia

Sergio Guerra Vilaboy

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No recuerdo bien cuando conocí a Nydia Saravia, aunque me parece que fue mi maestro y gran amigo Francisco Pividal quien me la presentó cuando trabajábamos en la creación de la Sección Cubana de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), de la que ella fue fundadora en 1986 y dos años después su presidenta, hasta que en 1997 me pidió la sustituyera. Bajo su dirección, la ADHILAC-Cuba brilló en concurridas reuniones académicas respaldadas por Jorge Enrique Mendoza, entonces director del Instituto de Historia de Cuba. Por ello, en el encuentro de Sao Paulo (1990), Nydia resultó elegida vicepresidenta internacional de ADHILAC, cargo en el que fue reelegida en Querétaro en México (1990) y que mantuvo hasta el congreso de Pontevedra (2001) en España.

Nos hicimos muy amigos cuando ella dirigía la Sección Cubana de ADHILAC, cuya directiva se reunía en su apartamento de la calle Línea, donde sus hermanas se desvelaban por atendernos. Habitualmente hablábamos por teléfono o me visitaba en el Departamento de Historia en la Casa Fernando Ortiz. Me encantaba escuchar sus fascinantes anécdotas de los más disímiles temas.

En una ocasión le pregunté si el teniente Pedro Sarria, un oficial negro de la dictadura de Batista que salvó a Fidel Castro después del ataque al Moncada, había estado vinculado al Partido Socialista Popular (Comunista). Me respondió que nunca había oído eso, a pesar de que Sarria le había contado su vida en un largo viaje en autobús de un extremo a otro de la isla. Sin darle mayor importancia, agregó que lo conoció cuando irrumpió, con Fidel Castro y otros dos detenidos, en el Vivac de la capital oriental, donde disparó al aire para dispersar a los periodistas. Así fue como me enteré que Nydia, que ya se había graduado en La Habana (1951) en la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling y ejercido como maestra rural en Puerto Boniato, también había estado en el juicio del Moncada, como reportera de Radio Santiago. Impactada con el alegato de defensa de Fidel Castro, quedó convertida para el resto de sus días en una martiana fidelista.

El levantamiento armado de Santiago de Cuba el 30 de noviembre de 1956 la condujo a las filas del Movimiento 26 de Julio. Colaboró en diversas misiones, entre ellas la de intentar llevar al afamado escritor inglés Graham Greene a la jefatura rebelde (1957), a la vez que escribía en la prensa clandestina. Al triunfo de la revolución tuvo responsabilidades en el diario Sierra Maestra, hasta que se mudó a La Habana en 1961, donde laboró para diferentes periódicos nacionales y extranjeros.

Fue investigadora del Instituto de Historia de la Academia de Ciencias de Cuba y fundadora, a propuesta de la secretaria de la presidencia Celia Sánchez, de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, donde tuvo a su cargo la papelería de José Martí. La propia Celia la alentó a escribir su primer libro: Ana Betancout (1970). Su labor historiográfica había comenzado en Santiago de Cuba con el escritor peruano Ciro Alegría, a principios de los cincuenta, con la historia del ron Bacardí. En su bibliografía también pueden anotarse Historia de una familia mambisa. Mariana Grajales (1974); Tras la huella de los héroes (1980); Noticias confidenciales sobre Cuba. 1870-1895 (1985); La patriota del silencio: Carmen Miyares (1990) –que le ocasionó una injusta reprimenda pública del Centro de Estudios Martianos-;Voces en su época (2003); Perfiles. Mujeres de la Guerra Civil Española en Cuba (2006); Días cubanos de Lorca (2007); Pura del Prado, una voz de océano (2011); Martí, más allá de la ternura (2013) y Albores históricos: Cuba-Venezuela (2011), al que a petición suya le hice el prólogo. Muy poco antes de su fallecimiento, el 15 de julio de 2017, la visité con Pedro Pablo Rodríguez, el primero de nuestros martianos, para darle el pésame por la reciente muerta de una hermana y le escuchamos con verdadero deleite algunas de sus fabulosas historias. Siempre me reprocharé no haber grabado los testimonios que retenía en su extraordinaria memoria, que conservó intacta hasta el final.

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Enrique Sosa y sus estudios sobre las relaciones entre Cuba y Yucatán

Sergio Guerra Vilaboy

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El historiador cubano Enrique Sosa Rodríguez (1930-2002) dedicó los últimos años de su vida al magisterio en Yucatán, ofreciendo cursos y formando doctores en Historia, así como a la investigación de los nexos entre la Mayor de las Antillas y la península yucateca. De sus indagaciones históricas y antropológicas nos quedan sus valiosos textos, Habanero campechano, en colaboración con Carlos Bojórquez Urzaiz y Luis Millet Cámara, Proyectos de invasión a Yucatán desde Cuba (1828-1829), ambos publicados por la Universidad Autónoma de Yucatán en 1996, y Vínculos históricos entre Yucatán y Cuba (inédito).

Licenciado en Historia y Doctor en Ciencias Históricas por la Universidad de La Habana, Sosa llegó a ser distinguido como Profesor Emérito de su Alma Mater y también de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. También fue Profesor Extraordinario de la Universidad Autónoma de Yucatán, donde además era miembro de la directiva de la Cátedra Extraordinaria Nuestra América. En Cuba presidió hasta su fallecimiento la sección de Historia de la Asociación de Escritores en la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC) y el Tribunal Nacional de Doctorados en Historia. También perteneció a la Sociedad Económica de Amigos del País y a la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC).

Compartí con Sosa por primera vez en 1968, cuando comenzaba a estudiar Historia y fui destinado al trabajo social en un ingenio azucarero de las afueras de La Habana por un fin de semana. Me impresiono la sencillez del profesor que nos guiaba, experto en investigaciones de campo en comunidades rurales, quien aprovechaba los escasos ratos libres para recluirse en la lectura de las Vidas Paralelas de Plutarco. Luego fue mi maestro de Historia Social del Arte y la Literatura y, más tarde, nos hicimos muy amigos, cuando entre 1974 y 1976 el Dr. Sosa dirigía el Departamento de Historia General y yo el recién fundado de Historia de América, que ocupaban un mismo salón, sólo separados por un simple librero.

Al implantarse en 1976 una nueva estructura en la educación superior cubana, y la Escuela de Historia fue atomizada en la Facultad de Filosofía e Historia, Sosa quedó sin su jefatura académica, al parecer por los criterios sectarios imperantes durante el “quinquenio gris” como le llamara Ambrosio Fornet.  De poco valió su temprana incorporación a las tareas de la Revolución, que lo habían compulsado a dejar su familia acomodada para marchar al oriente de la isla a impulsar la reforma agraria, así como tampoco su consagración a la docencia en el Instituto Pedagógico “Makarenko”, en la Escuela de Orientación Revolucionaria “Conrado Benítez” y, desde 1965, en la Universidad de La Habana.

La salida del cargo universitario estimuló la ya impresionante actividad intelectual de Sosa, de lo que fue muestra la obtención en 1982 del Premio de Ensayo Casa de las Américas con su obra, Los Ñañigos. Durante ceremonia de premiación lo acompañé con mi esposa por solicitud suya.Como dramaturgo ya había conseguido en 1968 otro Premio Casa con La insurrección de los negros, a los que debe sumarse la presea 26 de Julio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias con, USA contra USA (1971) y el de la UNEAC (1973) con El enjuague. Publicó más de dos decenas de libros, entre ellos, La economía en la novela del siglo XIX (1978) –basado en su tesis doctoral y que fuera mención en el concurso UNEAC de 1975-, El Cereball (1984); La conquista del oeste mexicano hasta California por destino manifiesto (1990) y los varios tomos de Historia de la Educación en Cuba, en colaboración con Alejandrina Penabad, publicado desde 1997. Su destacado papel como panelista del conocido programa de televisión Escriba y Lea, hicieron del doctor Enrique Sosa un hombre muy popular en Cuba, como pude comprobar en el Aeropuerto de La Habana en un viaje que hicimos juntos a su querida Mérida en el 2000 o cuando caminábamos por las calles de la capital cubana y las personas se detenían a saludarlo, hacerle alguna pregunta o sencillamente para darle su bendición. 

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