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Voz de la Península

Hospital O’horán, suplicio de un pueblo

Natalio Pat Balam

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Las condiciones de salud y pobreza que imperan en municipios y comisarías del estado, obligan a buscar atención médica en alguna institución pública de salud. Sin embargo, esta búsqueda puede convertirse en agonía mortal: la imagen de una señora con su hijo muerto en brazos a las puertas del Hospital O’horán, es un retrato trasparente. Se sabe que llegó con su hijo enfermo procedente de Oxkutzcab, esperando una atención que nunca le fue brindada.

Queda claro que nadie va por gusto a un hospital, en particular las personas de las comunidades apartadas. Y por paradójico que resulte existen muchos motivos que para no ir a una institución de salud ¿Cuáles pudieran ser algunos de ellos? El testimonio que a continuación presento quizás ayude a comprender la percepción que en municipios y comisarias se tienen de los hospitales. Hace algunos días trasladé de urgencia a un hospital cercano a mí comunidad a un campesino que padece cirrosis y  piedra en un riñón. Casi a la fuerza fue sacado por sus familiares de su casa, debido a que se resistía a ir al hospital.

El campesino repetía: chen tin bisa’al ka kíinken telo’ maas uts ka kíinken weye’ (solo me llevan para morir, prefiero morir en la casa) Además, pocos pacientes cuentan con dinero para pagar el gasto que esto ocasiona. Las creencias y saberes de los que viven en el campo, muchas de las veces se cumplen, porque saben que para los pobres la atención en hospitales públicos es una utopía. Es un secreto a voces que los pacientes de origen maya pasan un auténtico calvario para ser atendidos, ya que ignoran su lengua, su condición económica es precaria, carecen transporte y de un lugar donde quedarse en Mérida, requieren comprar costosos medicamentos, y como pocos sufren  ninguneo e indiferencia de médicos y enfermeras.

Pareciera que la salud es privilegio de unos cuantos, por ello las familias comunitarias no desean pisar los hospitales, pues el trato que reciben suele ser indigno y en ocasiones se les ignora por completo, tal como parece que sucedió en la puerta del Hospital O’horán.

De ser cierto lo anterior, dicha institución falta a su palabra, así como algunos médicos que ahí laboran, al parecer el juramento hipocrático y el paso de la luz están siendo sustituidos por la insensibilidad humana. La ausencia de valores entre algunos trabajadores de la salud ocasiona que el O’horán sea cimbrado ante estos casos. Comprendo también que funciona las 24 horas, sus pasillos y salas de espera se encuentran siempre repletos, cuartos al máximo, médicos cansados, personal de enfermería dando al máximo, muchos de ellos estresados y con problemas familiares, tal vez con pago miserable.

Se sabe que mucho hacen grandes esfuerzos por devolvernos la salud,  pero también se puede decir que hay médicos y enfermeros indiferentes que sólo piensan en cobrar y escalar posiciones selectas entre la comunidad médica.

Las carreras que forman recursos humanos para atender la salud, son las profesiones más nobles, aunque las instituciones de salud pública requieren con urgencia transformarse y abanderar el humanismo. Escuchar a un enfermo maya decir que a los hospitales sólo se va a esperar la muerte, es resultado de los que describimos en esta nota

La muerte del muchacho en brazos de su madre frente a una institución pública de salud, exige una reflexión, pudiera ser una muestra del trato que se recibe en una institución. El deceso es hiriente y más cómo ocurrió.

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Oralidad y escuelas del pueblo maya

Natalio Pat Balam

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La oralidad en las comunidades mayas continúa vigente no sólo por su práctica habitual sino por los profundos significados que representa en el diario acontecer. Los conocimientos que encierran sus metáforas, sus consejas y sus ejemplos de vida, son en la actualidad el germen que le da continuidad histórica y presencia a la cultura de este pueblo.

La axiología que las comunidades oralizan y practican representa para el siglo XXI la vigencia de los valores de las culturas latinoamericanas, por ello, se considera de interés educativo mantener y conservar aquellos saberes y creencias que los padres y abuelos practican en el seno de sus hogares. Y es que en el ámbito de la educación se considera que los valores son una de las características principales para el desarrollo humano,  dado que están dispuestos para ser aprendidos, no sólo como un sistema de normas establecido, sino desde un punto de vista crítico.

Bajo esta óptica, programamos la salida un día antes, el amanecer campesino llegó acompañado de una llovizna, y con una libreta en mano,  la cámara, el lápiz y la pasión por describir fragmentos de vida actual de los pueblos, iniciamos el recorrido con la intención de llegar hasta la ranchería donde habita uno de los estudiantes. En el trayecto saludamos y cruzamos palabras con paisanos que trabajan por ese rumbo, algunos leñan, otros tumban el monte para hacer su milpa, abren caminos o verifican mojoneras. Se alistan para la próxima temporada de siembra de temporal. Son ellos, los dueños del monte, los que saben, los que hacen la vida con el maíz, los que auguran tiempos por venir.

El propósito del recorrido fue conocer el modo de vida de mi amigo José Luis y su familia, un niño con 7 años de edad, mayahablante y milpero desde temprana edad, quien diariamente recorre una distancia aproximada de 3 kilómetros para poder cursar educación primaria en la escuela donde tengo la dicha de ser docente. La mayoría de las veces lo acompaña su mamá. Su kajtaj o ranchería es una antigua hacienda conocida como Ts’oyola’, que en el siglo XIX producía abundante maíz y ganado vacuno,  bajo el régimen de servidumbre casi esclavista que echo por la borda la Revolución mexicana.

Por el tiempo de conocerlo, puedo decir que José Luis es un niño con amplios conocimientos del monte y de los animales que lo habitan, dice que su padre lo enseña a conocer la selva, ya que desde siempre acostumbra ir a la milpa para que ayudar a su padre a desmontar y sembrar. El semblante de José Luis luce siempre reservado, serio y a la vez nos muestra la armonía de vida que lleva con la naturaleza.

Al llegar a su vivienda conversamos con sus padres y el abuelo en lengua maya, quien nos narró la historia del lugar.  Acordamos apoyar con mayor decisión el esfuerzo de José Luis, pero al regreso al pueblo, nuevamente nos sorprendió la llovizna, haciendo que nos resguardáramos bajo los frondosos árboles que caracterizan este histórico camino, útil para transitar con sigilo durante la mal llamada Guerra de Castas. Cruces de madera y de piedra labrada resguardan a todo caminante que atraviesa por aquel sendero, donde fui fijando mis huellas sobre el camino encharcado, regresaron a mi memoria los días, semanas y meses que la comunidad empeló para rehabilitar ese camino olvidado por TODOS los gobiernos. 

El ejemplo y esfuerzo de la niñez maya para asistir a la educación oficial es una muestra de decencia y orgullo cultural de cientos de niños mayas que desean compartir sus conocimientos, así como saber y conocer otras maneras de vida y modos de comprender el mundo. Muchas escuelas y algunos docentes tienen dificultades para comprender la cosmovisión, los valores y educación que traen los niños al llegar al colegio.

Lo anterior da pie a cuestionar, a poner en la tela de juicio -una vez más, y disculpen que insista en este tema en mis colaboraciones para Informe Fracto– el modelo educativo mexicano implementado en los últimos años. El enfoque por competencias que se expresa en los programas curriculares de educación básica, no ha conseguido brindar métodos, ni recursos, y mucho menos los medios, para establecer una pedagogía intercultural  a la que aspiran las escuelas comunitarias, de manera particular en la esfera de educación indígena.

La educación que se brinda en las comunidades debiera ser, y lo expreso desde la fondo de un poblado mayahablante, un sólido recurso para resistir los embates de la globalización del conocimiento hegemónico.  José Luis está resistiendo y empujando hacia adelante, pero la escuela y sus maestros debemos acompañar este empeño. Caso contrario, la tarea educativa queda a medias.

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LXXI Feria Municipal Del Libro

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Se inaugura Sala de Lectura en el Gran Museo del Mundo Maya

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El Gran Museo del Mundo Maya de la ciudad de Mérida, ahora cuenta con una Sala de Lectura para niñas y niños, con la que se busca fomentar la lectura infantil y ofrecer a los pequeños lectores los múltiples beneficios que proporciona esta práctica.

La inauguración de este espacio se llevó a cabo este jueves 18 de julio, en presencia de la titular de la Secretaría de la Cultura y las Artes, Erica Millet Corona; la directora general de Museos y Patrimonios, Ana Méndez Petterson; y la Directora de Desarrollo Artístico y Gestión Cultural, Ana Ceballos Novelo; entre otros. Con la apertura de esta Sala, ya suman 9 en toda la entidad los catalogados como centros de suma importancia para el cumplimiento de estos objetivos.

Vale la pena resaltar que el funcionamiento de todos los centros está en manos de voluntarios que se preocupan por fomentar esta actividad en diversos círculos sociales, por lo que su trabajo es altamente valorado si se toma en cuenta el bajo nivel de lectura que se registra en el país.

Esta es una forma de brindar herramientas necesarias para aprender cosas nuevas, obtener conocimientos y disfrutar la lectura de una gran variedad de obras en forma gratuita. Un privilegio que debe aprovecharse.

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