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A propósito de…

La Ciudad de México vive

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las múltiples maneras en que la Ciudad de México se expresa, entre el viernes y el  lunes tuvieron lugar tres concentraciones que son la clara demostración de que está viva.

I.- Sábado 29 de junio a mediodía. Las principales calles del centro de la ciudad se vistieron de los colores del arcoíris y se convirtieron en fiesta, en carnaval, en celebración de la diversidad. Fue la marcha LGTBTTTI, es decir Lesbiana, Gay, Bisexual, Transexual, Transgénero, Travesti, Intersexual. Ahí me detengo porque cada vez le agregan una sigla  y lo importante es que los seres humanos somos distintos y tenemos derecho a serlo.

Se trató, en esta ocasión, de la diversidad sexual, donde me parece que podrían utilizarse completas las letras del alfabeto porque ¿quién vive su sexualidad exactamente igual que otro? ¿Habrá dos que tengan, por ejemplo, fantasías exactas, o que respiren sincronizados en ritmo e intensidad?

Este año –las cifras van de 60 mil a 150 mil dependiendo de la fuente– decenas de miles de personas realizaron el recorrido del Angel de la Independencia al Zócalo, tanto para reivindicar su derecho a vivir como les plazca, como para demandar un alto a los crímenes de odio y la discriminación.

La marcha recuerda la redada que realizó la policía neoyorkina en el bar Stonewell hace 50 años, y  donde los parroquianos, muchos de ellos gays, presentaron resistencia. De ahí el lema “ser es resistir”, porque fue a partir de ese momento que empezaron a exigir el respeto a sus derechos en todo el mundo.

La del sábado 29 fue, en nuestro país,  la marcha 41, número que se relaciona con la comunidad homosexual debido al llamado “baile de los 41”, aunque eran 42. Porque aquí, en la Ciudad de México, también hubo una redada. En 1901, la policía irrumpió en un baile en el que participaban hombres vestidos de mujer. Debido a que uno de ellos, José Ignacio Mariano Santiago Joaquín Francisco de la Torre y Mier estaba casado con Amada Díaz, la hija de Porfirio Díaz, no llegó a la cárcel de Belén, a donde fueron llevados los otros 41.

II.- Domingo 30 de junio, 11 de la mañana. Marcha ANTIAMLO. La movilización inició en el Monumento a la Revolución y concluyó en el Monumento a la  Independencia.

Vestidos de blanco, al grito de “Fuera AMLO” un grupo de capitalinos  – entre mil 500 y 5 mil, dependiendo de la fuente – se reunieron en el Monumento a la Revolución, donde iniciaron con un enfrentamiento en el templete, porque uno de los participantes se colocó una máscara con el rostro de López Obrador y llamó a votar a mano alzada “si me voy a la chingada”. Su participación provocó enojo entre los presentes quienes aseguraron que le quitaba seriedad al evento: “han matado al movimiento”, clamaba alguien. La cantidad de personas se redujo a partir de ese momento y el contingente que llegó al Angel fue mínimo.

Con el nulo sentido autocrítico que los caracteriza, los ex panistas Vicente Fox y Felipe Calderón se erigieron como convocantes a la marcha, lo que repercutió en sentido contrario al que perseguían, porque disminuyó significativamente la asistencia comparada con la del 5 de mayo anterior, cuando se calcularon 15 mil personas en un evento con el mismo objetivo.

Porque una cosa es repudiar a López Obrador y otra muy distinta hacerles el caldo gordo a esos dos personajes.  Lo prueba el hecho de que en Guanajuato, en un acto paralelo, los participantes echaron a Fox quien, ¿cómo podría reaccionar de otra manera?, respondió: “ni madre que me voy”

III.- Lunes 1 de julio 5 de la tarde. El llamado AMLOFEST, la celebración al cumplirse un año del triunfo electoral del presidente López Obrador, quien dio un primer informe a 7 meses de gobierno, fue precedido por algunos números musicales.  Iniciaron el flautista Horacio Franco y el contrabajista Víctor Flores.

Imposible imaginar que un evento convocado por el presidente no colme el zócalo. Millones de capitalinos acudieron a apoyarlo ante la amenaza del desafuero en 2005; la Plaza de la Constitución volvió a saturarse en el 2006, a raíz del fraude electoral consumado por los panistas Fox y Calderón, y en múltiples ocasiones retumbó el grito  de “voto por voto casilla por casilla”

Durante las campañas presidenciales de 2012 y 2018 entre los edificios coloniales del centro de la ciudad volvió a resonar el grito unísono de millones: “presidente, presidente” “es un honor estar con Obrador” o “no estás solo, no estás solo”. La multitud derramándose hacia las calles adyacentes.

Así que decir que López Obrador llenó el Zócalo, resulta casi un pleonasmo, pero hay de llenos a llenos. La saturación de otros tiempos, donde era imposible moverse unos centímetros, incluso cambiar de posición el cuerpo contenido por los otros cuerpos, hasta sentir una suerte de sofocación, una desesperación, ante la imposibilidad de salir de un sitio atiborrado, no fue la del domingo pasado cuando se vislumbraban algunos claros, algunos pasillos entre los que se podía transitar.

¿Por qué había algunos huecos en la plaza? Tal vez porque en esta ocasión los capitalinos no sintieron que debían defender algo, porque no percibían la intención de arrebatarles lo que legítimamente han ganado o porque, si bien la historia de amor entre el presidente de la República y la ciudad que gobernó para bien durante casi 6 años, no es tan incondicional o fanático como algunos creen y sus habitantes están a la espera de resultados más decisivas, de que la justicia, que no la venganza, alcance a aquellos que tanto daño hicieron al país.

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Del mercado al supermercado

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los tratados internacionales de comercio, con la consecuente importación de hábitos de consumo que nos han dañado en muchos sentidos, vale la pena reflexionar en cuánto hemos modificado nuestra forma de vida en pos de una pretendida modernidad, que se constriñe a imitar la forma de vida estadounidense en deterioro de nuestra salud física y social.

Hace 25 años entré por primera vez a un supermercado en los Estados Unidos. La experiencia fue atemorizante. La vista de lo que me pareció un muro completo construido con cajas de cereales me produjo el deseo de salir corriendo de ahí sin mirar atrás para no quedar convertida en estatua de sal, como Edith, la esposa de Lot. Hoy, después de la firma de acuerdos de integración económica con aquel país, tenemos en cada colonia una sucursal metafórica de Gomorra en México. Cadenas de supermercados que exhiben cientos de productos procesados  que nos venden como si fueran alimentos.

Murallas de sopas enlatadas, de pan empacado en plástico, de bebidas elaboradas con colorantes y saborizantes artificiales contenidas en envases también de plástico, cajas de leche entera, descremada, baja en grasa, light, deslactosada y ahora – cuando se  considera que la obtenida de las vacas, además de ser poco amigable con esos animalitos, nos perjudica –  los sustitutos de coco, almendra, avena, arroz, soya.

Podría continuar hasta el hastío enumerando los productos que adquirimos en esas tiendas que cada día se vuelven más hostiles con los compradores, porque en la insensata competencia por ofrecer mayor variedad de mercancía se achican los pasillos, hasta el punto en que difícilmente transita un carro, de seguir así, dentro de poco tiempo se establecerán sentidos como en las calles, para no causar embotellamientos.

A lo que apuestan hoy esas súper tiendas es a los clientes a distancia, los que hacen las compras desde aplicaciones en su teléfono celular, su tablet o su laptop. Cada día son más los compradores virtuales de las tiendas y el envío a domicilio salva del tráfico, del pago del estacionamiento, de las largas filas en las cajas, de la propina a los empacadores de la tercera edad y a los “viene viene”.

La consecuencia inmediata de estas nuevas formas de comercio es la pérdida de un tipo de empleos, como los despachadores, mientras que se genera otro, los encargados de recolectar  los pedidos, empleados que literalmente hacen el “súper” para otros. Para ellos el reto está en la velocidad con que llenan los carritos.

Parecería que todo es un “gana gana” como definen hoy los procesos en los que aparentemente todos salen beneficiados: los consumidores no necesitan apartarse de sus dispositivos ni siquiera para comprar alimentos y las tiendas siguen vendiendo toneladas de productos.

Se calcula que en México uno de cada dos empleos puede ser “realizado” por un robot. Un ejemplo clarísimo es el de los estacionamientos de esos mismos centros comerciales, donde se ahorran los salarios y las obligaciones laborales con una máquina cobradora. Hay casos en los que inclusive el artefacto te despide amablemente “gracias por su visita, vuelva pronto”, se escucha.

Sin pretender que todo tiempo pasado haya sido mejor, es evidente que las formas de consumo anteriores eran más saludables en todo sentido. Las personas caminaban desde su casa al mercado y recorrían los puestos llenando de frutas y verduras sus canastas o sus bolsas del mandado, sin necesidad de usar plástico.

Había un intercambio de saludos y una conversación rápida para ponderar la calidad de los duraznos o los mangos. El pollo, la carne y el pescado se empacaban en papel. No se había declarado la epidemia de diabetes.

Los alimentos eran alimentos, no se generaba basura y se establecía una relación humana. El vendedor y el comprador, eran “marchantes”, se conocían de tiempo atrás, sabían sus nombres y hasta sus gustos.

Recuerdo claramente a la enfermera del pediatra de mi colonia. De lunes a viernes auxiliaba al médico en la aplicación de vacunas, toma de temperatura, control del peso de los bebés y de los niños mayores y hasta a alcanzar a los que huían, ante la terrible visión de la mano blandiendo una jeringa. Los había que emprendían la carrera aun sabiendo que no tenían escapatoria.

Esa enfermera, cuyo nombre no recuerdo ya, atendía la cremería de sus padres en el mercado los fines de semana y, como era una magnífica persona que odiaba asustar a los niños enfermos, cuando alguno de sus pacientes pasaba frente al local, se apresuraba a regalarle una paleta, lo que simbólicamente representaba  fumar la pipa de la paz, por lo menos hasta la siguiente consulta.

 Lo que era cotidiano hace poco, hoy no pasa de anécdota nostálgica, aunque pretendan dotar de características humanas a las máquinas con una grabación que nos invita a volver pronto.

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El desapego inevitable

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los límites artificiales que los seres humanos hemos creado para separarnos y que han provocado una situación crítica en México en los últimos meses, no puedo evitar formularme una serie de preguntas.

De acuerdo con datos del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU, aproximadamente 68 millones de personas en el mundo son desplazadas a la fuerza. Poco más de 200 millones emigran voluntariamente, lo que constituye una realidad distinta y cuyas implicaciones económicas, emocionales, familiares y sociales resultan, incluso opuestas.

¿Qué puede llevar a 68 millones de personas a desprenderse de lo que les da identidad, de sus raíces, de su tierra, de su casa, de sus afectos, de sus costumbres, de su idioma, de sus amigos,  de su familia y hasta de sus hijos?  ¿A levantarse un día y saber que el amanecer jamás los volverá a encontrar en ese sitio y lo único que tienen por delante es la incertidumbre?

La Declaración de Nueva York para Refugiados y Migrantes de 2016 señala que la humanidad ha estado en movimiento desde los tiempos más antiguos y hay quien se desplaza buscando mejores condiciones de vida. “Otros lo hacen para escapar de los conflictos armados, de la pobreza, la inseguridad alimentaria, el terrorismo o las violaciones a los derechos humanos”

Pareciera que entre la pobreza extrema, los gobiernos represores y la delincuencia, los han despojado de todo cuanto se le puede quitar a una persona y sin embargo, aun en esas condiciones, debe haber algo de lo que les duela desprenderse. ¿Qué te resistes a dejar?, ¿Las personas a quienes amas o con quienes tienes una historia en común,  la familia,  los padres,  los hijos,  los amigos? ¿A los campesinos les afecta más dejar su tierra, a los artesanos sus materiales y sus herramientas? ¿A los niños sus amigos,  su mascota, algún pollito que vieron nacer, el becerro al que bautizaron y será  lo último que venderán antes de partir o fue lo último que perdieron?

¿Cómo se despiden? ¿Recorren su pequeña casa (debe ser pequeña porque este tipo de mudanza inapelable es siempre para los pobres) y le dicen adiós en silencio, reviviendo cada uno de los momentos que vivieron bajo ese techo? ¿O soy muy inocente pensando que les queda casa, tierra, herramientas, un becerro o un pollito, cuando ya  les han arrebatado todo?

¿De dónde se saca fuerza para  a dar ese primer paso hacia un viaje del que saben que no regresarán porque literalmente corren por su vida y cualquier  análisis, cualquier ejercicio de reflexión sería un lujo impensable?

Entre los migrantes forzados se incluyen 25 millones de refugiados, 3 millones de solicitantes de asilo y más de 40 millones de desplazados internos, de acuerdo con la Declaración de Nueva York para Refugiados y Migrantes del 15 de septiembre de 2016.

¿Ser desplazado interno, es decir, cambiar de ubicación en el mismo país es menos doloroso porque no eres un “ilegal” o duele todavía más porque estando  tan cerca del sitio que los  expulsó no pueden acercarse porque prevalece aquello que los ahuyentó: el crimen organizado, la amenaza de un cacique, la imposibilidad de alimentar a la familia?

Hoy, la migración es además un enorme negocio. Las personas que huyen son mercancía para los grupos criminales. En el caso de los centroamericanos que pretenden cruzar por México para llegar a Estados Unidos, representan un mercado de 6 mil millones de dólares al año, a razón de entre 3 mil 500 y 7 mil dólares por persona, informó el canciller Marcelo Ebrard, es decir, entre 68 mil y 136 mil pesos.

Y no puedo dejar de preguntarme ¿cómo consiguen esas cantidades quienes todo lo han perdido? ¿Una familia de 4 integrantes qué hace? ¿Es ese el motivo de que viajen tantos niños solos en las caravanas, ya que ante la limitación de recursos, los padres se sacrifican para que los hijos tengan una oportunidad? ¿Y si el dinero alcanza apenas para un miembro de la familia por quién se deciden, por el más joven, por el que tiene más posibilidades de sobrevivir, por la madre, por el padre?

 El documento de  Naciones Unidas precisa que el 48 por ciento de los migrantes fueron mujeres y el número de niños ascendió a 36 millones en 2017.

La cantidad que debe pagarse y la necesidad de negociar con un traficante al que se le confía la vida propia o la de algún familiar, supone un tiempo de espera entre el momento en que se toma la determinación de huir y aquel en el que se da ese primer paso de una caminata que debe parecer interminable, tanto por la enorme distancia, en algunos casos, como por las condiciones en la que se realiza el viaje.

Entre Honduras y Estados Unidos hay una distancia de 2604 kilómetros. Entre Siria y Alemania 3719 km. Por citar solamente un par de rutas de caravanas de migrantes en dos naciones que expulsan a sus hijos.

En su Declaración para Refugiados y Migrantes, los países miembros de las Naciones Unidas se comprometen a velar por el respeto de los derechos humanos de los migrantes, proporcionar las condiciones dignas en su trayecto, apoyar a los países de acogida o de paso, especialmente cuando se trata de naciones en desarrollo, a buscar el mejoramiento de los lugares de origen para que cese el éxodo.

¿Hasta el momento, se ha escuchado la voz de la ONU pronunciarse a favor de México como país de paso que, además, enfrenta el acoso del presidente de Estados Unidos? Si lo ha hecho debe haber sido en un volumen muy bajo, casi imperceptible, porque no nos hemos enterado.

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El color como idioma

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la exposición de la pintora Mariana Tirado Martin, en la Galería V&S de la Ciudad de México, que incluye acuarelas y acrílicos de pequeño formato y será inaugurada el próximo sábado, les comparto algunas reflexiones acerca de su trabajo.

A partir del color, Mariana Tirado Martin ha concebido un idioma, mediante el cual se expresa y establece su posición ante la vida, en el mundo y frente a los demás.

Atardecer

El rojo, el verde, el morado, el ocre, el bermellón, el malva, son  las palabras con las que manifiesta no sólo sentimientos  y emociones, sino anhelos, sueños, esperanzas, dudas, incertidumbres, desconciertos, certezas y decisiones.

De esta forma, cuando ha titulado algunas de sus obras como “El Cielo”, ya sea verde, café o rojo, no se refiere solamente a la parte de la atmósfera sobre nuestras cabezas, con sus nubes, sus estrellas, su sol y su luna, sino, fundamentalmente a una suerte de utopía, al  paraíso que se abre frente a ella en ese espacio de tela o papel  en blanco en el que todo es posible; en el que basta el movimiento de la mano para construir un universo que, a diferencia del cotidiano, le es accesible.

Con cada pincelada parece reclamar su sitio en el mundo. Cada trazo es una declaratoria, su derecho a ser, a estar, a participar, pero, sobre todo, a crear, a expresar y manifestarse.

Atisbo

Con el idioma que ha creado a partir de su vínculo con los colores, que constituyen  sus palabras; de la manera en que los hace convivir en el lienzo, como si fueran enunciados y la relación – emocional y analítica – que establece con cada obra durante el proceso y una vez terminada, realiza, indudablemente,  un acto poético.

Sombras

Y cada uno de esos elementos parece alzar la voz, desde el rectángulo que lo contiene para gritar “Esta soy yo”.

La Galería V&S se encuentra en el Eje 4 Sur, Xola 1662 col Narvarte, alcaldía Benito Juárez  y el trabajo de Mariana Tirado se exhibirá durante un mes.

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