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Madre América: Cuba

La Habana en su quinto centenario

Sergio Guerra Vilaboy

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Primeras edificaciones y fortalezas

El título que distinguiría a la villa habanera, como La llave del Nuevo Mundo tuvo que ver, como anotara Irene Wright en 1927, con que desde la segunda mitad del siglo XVI: “Las flotas que se reunían en el puerto de La Habana procedentes de Nombre de Dios, de Vera Cruz, de Santo Domingo y de las islas Canarias, denunciaban los grandes negocios que se hacían. En determinadas temporadas desembarcaban muchos miles de personas en La Habana para muchas semanas y a veces muchos meses.”

Desde entonces, la villa se fue consolidando al final del canal de entrada de la bahía, donde la especial configuración de la rada habanera la protegía de los nortes. En sus comienzos era sólo un pequeño caserío de rústicos bohíos de yaguas y guano de palma, abastecido de agua desde 1592 por la Zanja Real, en cuyas márgenes surgieron trapiches de azúcar y molinos de tabaco, trigo y maíz, único acueducto que tuvieron sus moradores hasta 1835. Con el tiempo aparecieron sus primeras calles –Mercaderes, Oficios, etc.- y plazas -de Armas, de San Francisco y Plaza Nueva (hoy Plaza Vieja)-, así como las primitivas edificaciones de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas: la Iglesia Parroquial Mayor, situada detrás de las instalaciones de los dominicos, donde después estaría el Palacio de los Capitanes Generales, la Cárcel, la Aduana y el Convento de San Francisco.

Al principio, La Habana creció con mucha lentitud: de menos de 200 habitantes de origen europeo en 1544 –a los que habría que agregar unos 120 aborígenes y 200 esclavos negros- pasó a unos 300 en 1553, pues la mayoría de los conquistadores la usaban como trampolín para saltar a la más atractiva Tierra Firme. Sin embargo, el traslado del gobernador de la naciente colonia desde Santiago de Cuba a La Habana en 1553, cumpliendo lo dispuesto por la corona española, “por ser el lugar de reunión de las naves de todas las Indias y la llave de ellas” impulsaron su rápido desarrollo desde la segunda mitad del siglo XVI que le permitió obtener en 1592 la condición de ciudad por Real Cédula de Felipe II.

Convertida la villa en un inmenso garito, posada y burdel de tripulaciones y viajeros alcanzó hacia 1590 unos 4 mil habitantes y en 1660 se acercó a los 10 mil. Ya entonces La Habana se distinguía de otras ciudades portuarias hispanoamericanas, como Veracruz y Panamá, ambas fundadas también en 1519, no sólo por ser eslabón fundamental de las rutas comerciales, sino también por su condición de capital de toda una colonia, condición obtenida en 1607.

La importancia que adquirió el puerto habanero la convirtió en presa codiciada de corsarios, piratas y las flotas de las potencias rivales de España. Por eso las autoridades coloniales se preocuparon por su defensa y levantaron las primeras fortificaciones, después que fue desolada por los piratas en 1538. Entre ellas estaba La Fortaleza (1539), rudimentaria edificación que no pudo resistir la primera embestida y fue fácilmente destruida por los corsarios (1555).

Ese resultado reveló el peligro que corrían las riquezas que eran transportadas a través de La Habana. Para conjurarlo, se comenzó en 1558, con fondos procedentes del Virreinato de Nueva España, la construcción de su primera gran fortaleza: el Castillo deLa Real Fuerza, que sería también sede del gobierno. Ubicado a unos cien metros de la boca de la bahía y contiguo a la Plaza de Armas, la obra se terminó en 1577. Más tarde, en 1632, su torre fue coronada con una pequeña veleta de bronce o giralda, a la que se llamó Giraldilla, la escultura documentada más antigua que se conserva en Cuba y que se considera símbolo de la ciudad de La Habana. Su dibujo aparece como emblema del conocido ron cubano Havana Club.

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Madre América: Cuba

Los barrios nuevos de La Habana a inicios del siglo XX

Sergio Guerra Vilaboy

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Las aspiraciones de segregación social y racial concebidas para el emergente barrio habanero de El Vedado no se consiguieron plenamente, pues al lado de las regias casonas volvieron a aparecer viviendas humildes, muchas de ellas de trabajadores negros y mulatos. Por eso, después de la apertura de dos puentes sobre el río Almendares, uno por la Calzada de Columbia (1914) y el otro por la Avenida de las Américas, más conocida como Quinta Avenida (1920) -de hierro, levadizo y con dos arcos-, se parcelaron nuevos barrios exclusivos en Miramar y la zona alta (Kohly).

El puente de Almendares también facilitó la comunicación entre la antigua Calzada de Medina en El Vedado y la de Columbia que conducía al principal campamento militar del país, del mismo nombre, y pasaba junto al stadium (1930) de la cervecería La Tropical y los nuevos colegios exclusivos: Candler College (1913), de la iglesia metodista norteamericana, y Belén, en un impresionante edificio de los jesuitas, terminado en 1925. Muy cerca de Columbia, devenido en la segunda mitad de los treinta en una verdadera Ciudad Militar –que incluía aeropuerto, hospital, viviendas y otras instalaciones-, se enclavó un Hospital de Maternidad (1939) estilo art deco.

A ambos lados de la espléndida y arbolada Quinta Avenida o de las Américas se vertebró el lujoso reparto de Miramar, cuyo trazado rectangular copió el de Manhattan, con cuatro avenidas longitudinales y 19 calles transversales, todas nutridas de árboles y jardines, enmarcando 54 manzanas. Al extremo occidental de la Quinta Avenida fue establecida la nueva zona recreacional de La Playa de Marianao -antecedida del Hotel Almendares, con su propio Country Club y campo de golf-, donde se instalaron en 1928 el Gran Casino Nacional –ornamentado con la sugerente fuente de las musas (1920), trasladada en 1952 a Tropicana– y el balneario público La Concha, de arquitectura seudomudéjar; además de bares y nights clubs populares como el Rumba Palace y el famoso de El Chori, junto a centros exclusivos, como el Havana Yatch Club (1924).

Desde 1915 el tranvía de la Havana Electric Railway de El Vedado llegaba a la Playa de Marianao, lo que contribuyo sin duda al auge de esta zona de recreación, que llegó a contar además con un teatro. No muy lejos de allí surgió desde 1915 el Country Club Park, fraccionamiento de 21 manzanas que siguió un esquema urbanístico romántico de trazado sinuoso y aspecto campestre, donde surgieron las mansiones más exclusivas de La Habana y que incluía un pequeño lago artificial. Aún más al oeste se situó el aristocrático Havana Biltmore Yatch and Country Club (1927), con campos de golf, tennis, marina y playa privada.

En contraste con el estricto trazado de El Vedado y Miramar, se desarrollaron casi paralelamente los nuevos barrios de las capas medias, adaptados a las irregulares vías preexistentes y la accidentada topografía: Luyanó y Santos Suárez (1912) –con sus elegantes mansiones en la loma de Chaple-, La Víbora (1914) –y su prolongación Los Pinos-, Lawton (1915), al sureste; o los repartos Columbia (1904), Buenavista (1912), Almendares (1914), Querejeta (1915), La Ceiba (1918), en Marianao; así como las vistosas residencias veraniegas, de madera y tejas, de la playa de Santa Fe, al extremo oeste. Aquí también brotaron nuevas urbanizaciones como Loma de Llaves (1906), Buen Retiro (1912), Oriental Park (1915), La Coronela y Floral Park (1916). Tanto en la zona más cercana al río Luyano, como en las proximidades de algunos de los repartos mencionados, como también fueron los casos de Buenavista o La Ceiba en Marianao o Martín Pérez en Guanabacoa, fijaron sus residencias familias de las capas medias y un sector de la burguesía, aunque también se conformaron barrios de trabajadores humildes, aprovechando la cercanía a sus fuentes de empleo.

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Madre América: Cuba

La Habana en vísperas de la Primera Guerra Mundial

Sergio Guerra Vilaboy

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En esta etapa de febril expansión habanera que precedieron a la Primera Guerra Mundial, entre 1911 y 1914, se construyeron las emblemáticas edificaciones de La Habana republicana como la Lonja del Comercio, la Cámara de Representantes, el Instituto de Segunda Enseñanza #1, el Hospital General Freyre de Andrade, la Aduana –con sus tres espigones de acero y hormigón armado-, junto al puerto y frente a la Plaza de San Francisco, y la Universidad de La Habana.

La máxima casa de estudios del país abandonó en 1902 su recinto original en el viejo convento de San Juan de Letrán de los dominicos, en el casco histórico, para ubicarse, junto al hospital universitario Calixto García (1896), en la colina de la antigua Pirotecnia Militar. Ya en 1911 se inauguró su Aula Magna, con siete paneles decorativos del pintor Armando Menocal.  La Universidad de La Habana tendría en dos décadas un campus tipo acrópolis sembrado de impresionantes edificios neoclásicos. Su amplia y prolongada escalinata de acceso, terminada en 1928, fue embellecida con la estatua simbólica de su Alma Mater.

Esos cambios espectaculares explican la sorpresa de un español R. López, que había dejado La Habana al fenecer la dominación colonial, quien al regresar a la ciudad escribiera admirado sus Impresiones de un viajero, publicadas el 18 de abril de 1915 en la revista El Hogar:

“El Prado esta reluciente por el asfalto. El Parque ha crecido en extensión y en arbolado. Las oficinas públicas son suntuosas. Las tiendas y almacenes han mejorado. La indumentaria de la capital es otra. Se va al Vedado por una buena calzada, y el Vedado es otra ciudad de cachet distinto donde las construcciones de las villas o chalets rodeados de jardines se han multiplicado. Son tan nuevas y tantas las edificaciones de corte moderno que se han hecho en todos los barrios, que me ha parecido pisar una capital distinta.”

Otra de esas nuevas edificaciones, a las que alude el testimonio, fue la Estación Central del Ferrocarril (1912), ubicada en el sitio del vetusto Arsenal, que unificó los dispersos ramales y cuya comunicación se facilitó mediante un elevado de estructuras de hierro, mientras los envejecidos muelles eran remplazados por modernos docks y almacenes del puerto, ubicados a todo lo largo de la Habana Vieja. Desde entonces, los depósitos de mercancías, las playas de maniobra de los ferrocarriles y muchas industrias -como la termoeléctrica de Tallapiedra- quedaron integrados a la zona portuaria de la ciudad.

A estas primeras décadas del siglo XX corresponde también la instalación en La Habana del tranvía eléctrico (1901) y el sistema de teléfono automático (1910); en 1913 se completó la red de alcantarillado -separó las aguas albañales de las pluviales- y en 1922 se inauguraron las transmisiones de radio. Con el inicio del siglo XX comenzaron también a circular los primeros automóviles y se extendieron profusamente las salas de cines, que pronto convertirían a La Habana en la ciudad del mundo con la mayor cantidad de ellos, en proporción a su población. Entre los más conocidos estuvieron entonces el Actualidades, inaugurado en 1906, el Fausto (1915), remodelado en la década del treinta –cuando la ciudad ya tenía cerca de cuarenta cines- como el viejo Payret, que databa de 1877, y el Campoamor, donde se estrenara en Cuba, el 15 de febrero de 1928, la primera película sonora: The Jazz Singer.

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Apología de las siete de la mañana

René Villaboy

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En el año académico 1950-1951 un eminente profesor impartió a sus estudiantes de la Escuela de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana la conferencia inaugural de su curso sobre Historia de Cuba. El reconocido catedrático, Elías Entralgo Vallina (1903-1966) ofreció aquel primer día de clases una de las lecciones pedagógicas, éticas y cívicas más importantes del siglo XX: Apología de las siete de la mañana. Han transcurrido casi 70 años de las enseñanzas que legó Entralgo en su célebre clase, pero el mensaje formativo que ellas encerraban mantiene plena vigencia. En tiempos en que el conocimiento que trasmite el maestro alterna y hasta compite con la fuerza de los medios de comunicación, y donde las dinámicas sociales alejan a los estudiantes del pensamiento crítico, y del compromiso con su realidad, es necesario recordar esta célebre conferencia. A propósito del Día del Maestro en México, en las notas que siguen apunto tres ideas sobre Apología de las siete de la mañana que actualmente pueden seguir siendo guía para los que se dedican al noble oficio de enseñar.

La década del 50 fue un momento determinante para la sociedad cubana. Los efectos de la crisis generada por el modelo neocolonial, se aceleraron con las políticas de los gobiernos del Partido Revolucionario Cubano-Auténtico. De los debates nacionales en torno a la necesidad de un cambio en la realidad que vivía la Isla no escapaba el de la educación superior. La Universidad de La Habana era un hervidero donde las nuevas generaciones expresaban de diferentes formas sus visiones sobre las condiciones y problemáticas de su tiempo. En medio de esa situación nacional convulsa llegó el Dr. Elías Entralgo aquella mañana para abrir su curso de Historia de Cuba como lo hacía desde 1937. La primera lección que entregó a sus alumnos fue la imperiosa necesidad de ser puntuales. Cualidad que desde entonces, en Cuba como en toda América Latina, afectaba y afecta todavía el buen funcionamiento de numerosas esferas de la vida pública y privada.  Al exigir la obligatoria presencia de sus discípulos a las 7 de la mañana  para el inicio de su clase, el profesor invocaba el sentido del tiempo en las sociedades modernas y, sobre todo, el respeto que los seres humanos deben a sus semejantes siendo puntuales. Decía Entralgo: La puntualidad, a mi juicio, no consiste sino en ponernos a tono con el tiempo, y ponernos a tono con el tiempo no es más que ser normales”. Por eso advirtió desde aquella primera clase que a la hora señalada se cerrarían las puertas del aula y ya nadie podría entrar. En cambio, no hacía esto último como método de coerción o severidad sino como enseñanza moral que impartía con su ejemplo diario. Infundir en sus estudiantes la exactitud como parte de la disciplina en las salas de clase y -sobre todo- en la vida social, eran el fin último de la rigurosa apertura de aquel curso a las 7 de la mañana.

 La segunda lección que subrayo, es que su autor no separó la puntualidad de la forma en que debían transmitirse los conocimientos. Para él- devoto seguidor de José Martí-los remanentes del colonialismo y del cambio de espíritu que no generó la independencia en nuestros pueblos llegaban y llegan a los sistemas educativos. Por eso, en su primera clase advirtió a sus alumnos que su forma de aprendizaje y la evaluación del mismo no se asentaban en la memorización y la reproducción de los saberes. Su método proponía una enseñanza participativa; donde el alumno construyera junto al maestro el conocimiento en constante interacción con la práctica y el entorno que los rodeaba.

Por último, la tercera idea que exalto de aquella conferencia inaugural es el llamado de Entralgo a los maestros a valorar como única diferencia entre sus discípulos la dedicación y el esfuerzo. Pasando por encima de diferencias raciales, étnicas, políticas y sociales, el docente se debía limitar a evaluar -con la correspondiente justicia- el rendimiento y la consagración al estudio. Ese esfuerzo que demandaba de sus estudiantes en la construcción del conocimiento, con responsabilidad y puntualidad era a una forma de prepararlos cívicamente para la vida.

Cerrar la puerta del aula hoy a las siete, a las ocho o cualquier hora de la mañana fijada por la escuela o el maestro, es dejar afuera entonces la indisciplina, el irrespeto y la irresponsabilidad moral y social que se pueden mal formar desde las edades tempranas del ser humano. Quedaran entonces- con esta práctica cotidiana- dentro de los salones de clases la constancia, el anhelo crítico al conocimiento, y la formación activa de estudiantes comprometidos con sus maestros, pero sobre todo con su tiempo. Estas fueron algunas de las tantas lecciones que el Dr. Elías Entralgo aportó a sus alumnos de entonces y a los maestros de hoy en su imprescindible Apología de la siete de la mañana

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