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Madre América: Cuba

La Habana, surgimiento y desarrollo del barrio El Vedado

Sergio Guerra Vilaboy

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La proximidad a los comercios, industrias y viviendas humildes, junto a la intensificación del tránsito automotor, compulsó a la burguesía a dejar sus viejas residencias del centro de La Habana, en la zona de El Cerro o al emergente barrio de El Vedado, de unas cuatrocientas hectáreas. Aquí se diseñó una urbanización con un ordenamiento vial jerarquizado y normas estrictas en cuanto a la subdivisión de las manzanas, siguiendo patrones anglosajones.

Esta zona se venía desarrollando desde el siglo XIX, en particular entre 1880 y 1895, como un lugar de veraneo, con chalets o villas aisladas, beneficiadas por sus cercanías a los nuevos baños del litoral, que la propaganda de una revista presentaba en 1904 como los “más higiénicos de la Isla”, tras la parcelación de fincas particulares de El Carmelo (1859), El Vedado (1860) y la Ampliación de Medina (1878).

Además del Trotcha –donde se hospedó la oficialidad norteamericana durante la ocupación de 1899 a 1902- El Vedado tenía otros hoteles: El Arana, La Chorrera, el Nandin, el Litoral, y el Carneado, así como dos parroquias –una fue la iglesia de El Carmelo, conocida como El Derrumbe, abierta al culto en 1883- y el primer gran hospital de La Habana: Nuestra Señora de las Mercedes (1886).  No obstante, el verdadero despegue de El Vedado ocurrió después del establecimiento de la República.

Esta emergente urbanización supo aprovechar la ventilación natural gracias a la orientación dada a sus calles adoquinadas, que garantizó la debida circulación del aire y las brisas marinas, junto a una adecuada y armónica arborización en parques avenidas y jardines particulares. Las estrictas normas establecidas en El Vedado obligaban a que todo inmueble tuviera un jardín entre la acera y el portal. Además, la forma ortogonal de las manzanas permitió el trazado regular, semejante a un tablero de ajedrez, con calles nombradas con números y letras, que diferenciaban las perpendiculares de las horizontales en relación con el mar.

Pero el entramado uniforme de El Vedado, inspirado en el modelo del ensanche de New York, fue imperfecto, por las limitaciones interpuesta a la urbanización por la Calzada de los carruajes –durante mucho tiempo fue su vía principal-  y la Línea del Ferrocarril, las grandes áreas edificadas ya existentes, en particular la Necrópolis de Colon y el Castillo del Príncipe, así como por los profundos hoyos dejados por las canteras que proporcionaron material para la construcción de las grandes fortalezas de los siglos anteriores. Aquí, favorecidas por la danza de los millones de la economía cubana, iniciada con la Primera Guerra Mundial, se edificaron suntuosas mansiones, como el palacio afrancesado de la Condesa de Revilla Camargo (1926). En menos de quince años aparecieron decenas de lujosos palacetes de estilo ecléctico pertenecientes a las familias más acaudaladas del país: Upmann, Sarrá, Gelats, Lobo, Conill, Tarafa, Cortina, Ferrara, Baró, Marqués de Avilés y Gómez Mena, entre otros.

También en El Vedado se erigieron otras notables edificaciones, entre ellas las parroquias del Sagrado Corazón de Jesús y San Juan de Letrán, el refinado teatro Auditorium (1928), con el hermoso Parque Villalón a un costado, el aristocrático Vedado Tennis Club (1912) y los elegantes hoteles Presidente (1926), de ocho pisos, y Nacional (1930), este último de trascendente resonancia en el paisaje arquitectónico de la ciudad. Al mismo tiempo, se abrieron parques y hermosas avenidas arboladas, como Los Presidentes (G) y la de los Alcaldes (Paseo), donde se ubicarían después, entre 1930 y 1932, sendos hospitales: el Hospital Municipal de la Infancia –hoy demolido- y el Hospital Materno América Arias.

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Madre América: Cuba

Nuestra América de Antonio Núñez Jiménez

Sergio Guerra Vilaboy

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Algo parecido a lo que me sucedió con Juan Bosch, que la valoración de una obra de su autoría me permitió conocerlo en persona, me ocurrió con Antonio Núñez Jiménez (1923-1998), destacado científico y político cubano. A principios de 1990, el Ministerio de Educación de Cuba me solicitó una opinión sobre un libro inédito suyo, titulado Nuestra América, para usarlo de texto escolar. Aunque me pareció una obra muy útil, por su original combinación del análisis histórico y el geográfico, le hacía algunas observaciones puntuales.

A los pocos días, Núñez Jiménez me llamó y me invitó a su casa. Allí me recibió su hija Liliana, a la que había dirigido su tesis de Licenciatura sobre el gobierno del general Juan Velasco Alvarado en Perú, donde su padre había sido embajador (1972-1978). La comunicación con Núñez Jiménez fluyó expedita, mientras me mostraba la edificación levantada al fondo de su casa, donde funciona desde 1994 la Fundación de la Naturaleza y el Hombre que el creara. Rodeado de libros, grabaciones en casettes de sus conversaciones con Fidel Castro y de un cuadro que Guayasamín le había pintado, hablamos largo rato sobre diversos temas, incluyendo la obra que había valorado. En la primera edición de Nuestra América (1992) me agradece, junto a los historiadores Julio Le Riverend y Manuel Moreno Fraginals, y al poeta Roberto Fernández Retamar, “por la revisión total de los manuscritos de este libro y sus atinadas observaciones que lo enriquecieron”.

Antonio Núñez Jiménez

Núñez Jiménez realizó numerosos aportes al conocimiento de la geografía y la arqueología del archipiélago cubano. Graduado en la Universidad de La Habana en Filosofía y Letras, comenzó sus exploraciones en 1939 y al año siguiente fundó la Sociedad Espeleológica de Cuba. Encabezó la Expedición Geográfica al oriente que por primera vez llegó a la cima del Pico Suecia en la Sierra Maestra, explorando el caudaloso río Toa y haciendo novedosos trabajos arqueológicos (1945). Una década después descubrió la Gran Caverna de Santo Tomás, en la Sierra de Los Órganos en Pinar del Río, la mayor del país.

Fue profesor de la cátedra de Geografía e Historia en el Instituto de Segunda Enseñanza de El Vedado, en La Habana, y su Geografía de Cuba, publicada en 1954, estuvo censurada por la dictadura de Batista. En la recién fundada Universidad Central de Las Villas obtuvo la Cátedra de Geografía Regional y Geomorfología y muchos años después fue considerado Profesor Emérito (1982). Incorporado a fines de 1958 a la columna del Ejército Rebelde comandada por Che Guevara, sus conocimientos de la zona facilitaron la rendición de la ciudad de Santa Clara y le valieron el ascenso a capitán.

Al triunfo de la Revolución, fue director ejecutivo del Instituto Nacional de Reforma Agraria, y en 1962 Núñez Jiménez fue designado al frente de la Academia de Ciencias de Cuba, cuyas funciones se ampliaban con numerosos institutos de investigación y centros científicos. También se desempeñó como director de la Escuela de Artillería de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (1960-1962), viceministro de Cultura (1978-1989) y diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular (1976-1993).

Publicó innumerables artículos, folletos y libros, entre estos La Liberación de las Islas (1959), Cuba con la mochila al Hombro (1963); Cuba: Dibujos Rupestres (1975); Cuba la Naturaleza y el Hombre: El Archipiélago. (1982, inicio de esta colección); En Marcha con Fidel 1959 (1982) –seguido de otros tomos sobre los primeros años de la Revolución; Cristóbal Colón en Cuba (1994); El Che en Combate (1998); Cuba Subterránea (2018) y Wifredo Lam (2018). Realizó investigaciones arqueológicas en Perú, Guatemala y la península de Yucatán, sitio donde exploró en noviembre de 1991 las cuevas del Venado (Actun ceh en maya) con la ayuda del espeleólogo mexicano Carlos Evia Cervantes, bajo  auspicio de Carlos Bojórquez Urzaiz, entonces director de la Facultad de Ciencias Antropológicas. Además, participó en expediciones científicas a diversas partes del planeta, incluido el Polo Norte, la Antártida, las Islas Galápagos y la Isla de Pascua, las que cerró con broche de oro con la expedición denominada En canoa del Amazonas al Caribe, que, bajo su dirección, recorrió veinte países.

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Madre América: Cuba

Francisco Pérez Guzmán: el más modesto de los historiadores cubanos

Sergio Guerra Vilaboy

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Hace sólo unos meses, en una defensa de doctorado en la Universidad de La Habana del profesor panameño Luis Acosta, el coronel retirado Manuel Rojas, me habló de Panchito, como sus amigos llamábamos a Francisco Pérez Guzmán (1941-2006), con quien en 1961 había estudiado en la Escuela de Aviación de Sen Yang, en Manchuria, China. A Rojas lo identifiqué enseguida como el heroico piloto cubano derribado en tierras angolanas a fines de los ochenta, quien permaneció durante diez meses prisionero de la llamada Unión Nacional por la Independencia Total de Angola (UNITA), pues recordaba una entrevista por televisión a su hermano Pedrito Calvo –el conocido cantante de los Van Van– que lo mencionaba.

En un libro que me obsequió, titulado Las alas crecieron en China (2016), Rojas menciona a Pérez Guzmán entre los más de doscientos jóvenes cubanos que junto con él estudiaron aviación en la gran nación asiática. Entre ellos también iba un hombre algo mayor, Francisco Repilado Muñoz, cuyo nombre artístico era Compay Segundo, lo que me hizo recordar las jocosas anécdotas que contaba Panchito del famoso músico, quien en China se comportó como un severo Comisario Político.

Pero Francisco Pérez Guzmán no hizo carrera en la aviación, pues con el correr del tiempo devino destacado historiador, especializado en la historia militar de las guerras de independencia de Cuba. Procedía de una humilde familia campesina de Güira de Melena, al sur de la ciudad de La Habana, y con mucho esfuerzo y sacrificio personal fue superándose, ayudado inicialmente en la Biblioteca Nacional por los historiadores Zoila Lapique, Luis Felipe Le Roy y Jorge Ibarra Cuesta. Con posterioridad matriculó la carrera de Historia en los cursos nocturnos para trabajadores. 

Allí lo descubrí en la segunda mitad de los años setenta vestido con su uniforme de oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en un aula repleta de estudiantes y donde tenía, entre otros condiscípulos, a Eusebio Leal, quien ya entonces dirigía el Museo de la Ciudad de La Habana. A Panchito le precedía su modestia proverbial, la calidad humana y el prestigio profesional. Ya había obtenido Premio en el Concurso 26 de Julio de las FAR (1972) con su libro La Guerra en La Habana. Muy pronto nos hicimos muy amigos y colaboradores en diversos proyectos. Juntos fundamos, a mediados de los ochenta, bajo la batuta de Francisco Pividal, la Sección Cubana de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), de la que fue su primer presidente.

Después de graduado, Pérez Guzmán trabajó como investigador en la Academia de Ciencias y el Instituto de Historia de Cuba, etapa en que defendió su doctorado, presidió los tribunales estatales de la carrera de Historia y publicó  sus enjundiosos libros La Batalla de las Guásimas (1975); La Guerra Chiquita (1982); La guerra de liberación (1986); Bolívar y la independencia de Cuba (1987); La aventura cubana de Cristóbal Colón (1992); La Habana, clave de un imperio (1997); Herida profunda (1998) y Radiografía del Ejército Libertador (2005). Por esa sobresaliente labor intelectual recibió muchos reconocimientos, como el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas.

En abril del 2006 me despedí de Panchito en su casa de Güira de Melena, donde lo visité por última vez junto con Oscar Zanetti, pues sabíamos de su grave enfermedad. Recuerdo nítidamente lo que conversamos esa triste mañana, sus quejas sobre cierto personaje, nefasto para el gremio, y el esfuerzo que hizo para despedirnos de pie en el umbral de la puerta. No nos volveríamos a ver, pues unos días después viaje a México. Al año siguiente en la Academia Dominicana de la Historia tuve la agradable sorpresa de ver su foto enmarcada en la galería de los grandes historiadores dominicanos fallecidos pues, por sus indiscutibles méritos, Francisco Pérez Guzmán era Miembro Correspondiente de esa institución hermana.

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Madre América: Cuba

Una apasionada martiana: Nydia Saravia

Sergio Guerra Vilaboy

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No recuerdo bien cuando conocí a Nydia Saravia, aunque me parece que fue mi maestro y gran amigo Francisco Pividal quien me la presentó cuando trabajábamos en la creación de la Sección Cubana de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC), de la que ella fue fundadora en 1986 y dos años después su presidenta, hasta que en 1997 me pidió la sustituyera. Bajo su dirección, la ADHILAC-Cuba brilló en concurridas reuniones académicas respaldadas por Jorge Enrique Mendoza, entonces director del Instituto de Historia de Cuba. Por ello, en el encuentro de Sao Paulo (1990), Nydia resultó elegida vicepresidenta internacional de ADHILAC, cargo en el que fue reelegida en Querétaro en México (1990) y que mantuvo hasta el congreso de Pontevedra (2001) en España.

Nos hicimos muy amigos cuando ella dirigía la Sección Cubana de ADHILAC, cuya directiva se reunía en su apartamento de la calle Línea, donde sus hermanas se desvelaban por atendernos. Habitualmente hablábamos por teléfono o me visitaba en el Departamento de Historia en la Casa Fernando Ortiz. Me encantaba escuchar sus fascinantes anécdotas de los más disímiles temas.

En una ocasión le pregunté si el teniente Pedro Sarria, un oficial negro de la dictadura de Batista que salvó a Fidel Castro después del ataque al Moncada, había estado vinculado al Partido Socialista Popular (Comunista). Me respondió que nunca había oído eso, a pesar de que Sarria le había contado su vida en un largo viaje en autobús de un extremo a otro de la isla. Sin darle mayor importancia, agregó que lo conoció cuando irrumpió, con Fidel Castro y otros dos detenidos, en el Vivac de la capital oriental, donde disparó al aire para dispersar a los periodistas. Así fue como me enteré que Nydia, que ya se había graduado en La Habana (1951) en la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling y ejercido como maestra rural en Puerto Boniato, también había estado en el juicio del Moncada, como reportera de Radio Santiago. Impactada con el alegato de defensa de Fidel Castro, quedó convertida para el resto de sus días en una martiana fidelista.

El levantamiento armado de Santiago de Cuba el 30 de noviembre de 1956 la condujo a las filas del Movimiento 26 de Julio. Colaboró en diversas misiones, entre ellas la de intentar llevar al afamado escritor inglés Graham Greene a la jefatura rebelde (1957), a la vez que escribía en la prensa clandestina. Al triunfo de la revolución tuvo responsabilidades en el diario Sierra Maestra, hasta que se mudó a La Habana en 1961, donde laboró para diferentes periódicos nacionales y extranjeros.

Fue investigadora del Instituto de Historia de la Academia de Ciencias de Cuba y fundadora, a propuesta de la secretaria de la presidencia Celia Sánchez, de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, donde tuvo a su cargo la papelería de José Martí. La propia Celia la alentó a escribir su primer libro: Ana Betancout (1970). Su labor historiográfica había comenzado en Santiago de Cuba con el escritor peruano Ciro Alegría, a principios de los cincuenta, con la historia del ron Bacardí. En su bibliografía también pueden anotarse Historia de una familia mambisa. Mariana Grajales (1974); Tras la huella de los héroes (1980); Noticias confidenciales sobre Cuba. 1870-1895 (1985); La patriota del silencio: Carmen Miyares (1990) –que le ocasionó una injusta reprimenda pública del Centro de Estudios Martianos-;Voces en su época (2003); Perfiles. Mujeres de la Guerra Civil Española en Cuba (2006); Días cubanos de Lorca (2007); Pura del Prado, una voz de océano (2011); Martí, más allá de la ternura (2013) y Albores históricos: Cuba-Venezuela (2011), al que a petición suya le hice el prólogo. Muy poco antes de su fallecimiento, el 15 de julio de 2017, la visité con Pedro Pablo Rodríguez, el primero de nuestros martianos, para darle el pésame por la reciente muerta de una hermana y le escuchamos con verdadero deleite algunas de sus fabulosas historias. Siempre me reprocharé no haber grabado los testimonios que retenía en su extraordinaria memoria, que conservó intacta hasta el final.

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