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Madre América: Bolivia

La Junta Tuitiva de la Paz y la Tea de la Libertad en Bolivia

René Villaboy

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La represión de las autoridades coloniales españolas en contra del movimiento indígena, encabezado por Túpac Katari a finales del siglo XVIII, parecía haber apagado la llama de la lucha política y social en la antigua real audiencia de Charcas-actual Bolivia. En cambio, la promesa de volver hecho millones lanzada por el líder aymara -en medio de suplicio que desmembró su cuerpo en una plaza pública de la Paz en noviembre de 1781- parecía cumplirse casi treinta años después. Los sucesos de inestabilidad política que interrumpieron el orden colonial de los Borbones españoles, después de la invasión de Napoleón Bonaparte a la Península, no tardaron en reavivar las contradicciones que subyacían en el complejo tejido social de las colonias hispanoamericanas.

La agitación de los criollos de la audiencia de Charcas ante la situación que tenía lugar en la metrópoli se manifestó desde el propio año de 1809. Dos puntos de aquel territorio fueron escenarios de la voluntad de los criollos por acceder al poder político a través de una junta de gobierno integrada por ellos, que encauzara de paso sus demandas históricas. En la rica y aristocrática Chuquisaca- actual ciudad boliviana de Sucre-se inició este movimiento juntista en el territorio andino. Allí el 25 de mayo de ese mismo año, un grupo de jóvenes vinculados a la Universidad de Charcas aprovecharon las divisiones en el seno de la administración local para crear un gobierno que actuó en nombre del rey depuesto Fernando VII. Este ejemplo pionero y que contó con la participación de figuras que tuvieron un destacado papel en las luchas independentista sudamericanas como los rioplatenses Bernardo Monteagudo y Juan Álvarez de Arenales motivó igual insurgencia en la Paz. Donde las características de la ciudad y de su población imprimieron un carácter muy singular al movimiento juntista en la zona, sin dudas mucho más popular y revolucionario que su predecesor.

Al contrario de lo ocurrido en Chuquisaca, en la ciudad de La Paz, el 16 de julio de 1809, Pedro Domingo Murillo, oficial mestizo quien participó como soldado en los combates contra los Katari, llamó a un cabildo abierto en la plaza pública, donde se depusieron a las autoridades locales- incluido el intendente y el Obispo- y se estableció la denominada Junta Tuitiva de los Derechos del Pueblo de La Paz. La junta tuitiva tuvo desde el comienzo varios rasgos que la distinguieron de sus similares de la propia audiencia y de otras que se establecieron en diferentes partes de Hispanoamérica. A diferencia de los primeros gobiernos criollos que se fundaron en esta parte del mundo a raíz de la ocupación napoleónica a España, la nueva administración de La Paz legisló en favor de otros sectores sociales que componían el entonces restrictivo concepto de pueblo. Abolió el tributo de los pueblos originarios y la servidumbre, hizo quemar los libros de deudas, e incluso creó una llamada diputación indígena.

El 27 de julio la Junta proclamó su programa de gobierno-llamado Proclama de Julio-donde puso en cuestionamiento de manera clara que sus objetivos iban muchos más allá de la simple fidelidad a Fernando VII. Al invocar por ejemplo un “sistema de gobierno nuevo basado en los intereses de los habitantes de américa, y lamentar la opresión que sufrían estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”. Precisamente la radicalidad social-enfocada en atraer el apoyo de los indígenas y mestizos y la política, enmarcada en un ambiguo discurso en el que lo único evidente era la voluntad de un autogobierno- sellaron el destino del proceso encabezado por Murillo. A lo cual se añade que varios elementos de la aristocracia local retiraron su apoyo a este, ante el rumbo que tomaba el proceso, y por ende dieron su respaldo al restablecimiento de las autoridades realistas.

En octubre de 1809 una ofensiva procedente del Cuzco integrada por casi 5000 efectivos, y encabezada por José Gabriel Goyeneche, aplastó a los seguidores de la Junta Tuitiva, y desató de paso una represión contra sus adeptos de origen humilde mayoritariamente indígenas y mestizos. Pedro Murillo fue ejecutado el 29 de enero de 1810, cuando ya todo el legado de las primeras juntas pioneras de la actual Bolivia había sido acallado a sangre y fuego. Pero la Tuitiva de La Paz fue al decir del propio Murillo la tea que quedó encendida y que no apagará nadie. Así Bolivia inició ese largo y complejo camino hacia la luz de la libertad hace ya 210 años.

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Madre América: Bolivia

Bolivia: La fiesta de la Cruz en Actara, Tinguipaya, Potosí

Consuelo E. Durán Gorostiaga

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El 3 y 4 de mayo se realiza el Tinku, palabra quechua que significa el “encuentro” de comunidades indígenas que se reúnen para celebrar la fiesta de la Cruz. Cada año, en estas fechas, la comunidad de Actara, convoca a las comunidades cercanas de Qanasa y Qaña para celebrar esta fiesta que tiene connotaciones religiosas y culturales propias de los ayllus indígenas (es el conjunto de individuos o familias unidas por ciertos vínculos culturales de origen común, a partir de su estructura organizativa, lengua materna, religión, entre otras, y se establecen en un determinado territorio).

El día 3 de mayo, pasando al medio día, las mujeres que viven en el lugar, acomoron sus carpas de plástico para acoger a los comensales y bebedores de la chicha (bebida que se hace del macerado de maíz y se mezcla con alcohol). A su vez, en las orillas del río que pasa por la comunidad, se colocan las cholitas jóvenes (mujeres de pollera) que superficialmente se lavan el cuerpo y mojan sus cabellos para hacerse dos trenzas. Adornados sus cabellos con flores de colores encendidos y luciendo su ropa nueva (pollera, corta, blusas, chompa, mantillas y sandalias), se retiran del río para acoplarse al baile. Los varones, ‘por su parte, observan desde sitios diferentes, el arreglo de las mujeres para la fiesta.

A las 5 de la tarde se puede ver la llegada de un grupo de danzarines y músicos que bajan por el Este del cerro de Acsara; el brillo de pequeños espejos en los atuendos de las mujeres solteras, permitían advertir a larga distancia el recorrido del baile. Mientras los esperábamos que lleguen a la iglesia colonial de la comunidad, los pobladores del lugar decían: ya “bajaran del norte y del oeste” también. Mujeres y hombres de la comunidad Actara esperaban con sus trajes de fiesta la llegada de los demás grupos para incluirse.

Dos jilacatas (autoridades originarias), un profesor del colegio, tres policías y el alcalde municipal se dirigieron a darle alcance al primer grupo y entregarles una notificación: Habló el Principal y explicó “la importancia de esta fiesta para la cultura porque últimamente está disminuyendo por la migración de los jóvenes a la ciudad”, luego dio lectura en español, a la notificación que le entregaron, en cuyo renglones decía: Las autoridades originarias del Actara han determinado las siguientes Sanciones:

  1. Las personas que realicen riñas, peleas, sanciones físicas, fisiológicas en estado de ebriedad se sancionarán la multa de 600 Bs. (90 dólares aproximadamente) de manera individual,
  2. Las personas que realicen riñas, peleas, sanciones físicas, fisiológicas en estado de ebriedad en grupo serán sancionados con 5000 Bs. (700 dólares aproximadamente), bajo la comisión de la policía de Actara.
  3. Daños materiales como, por ejemplo, sanciones del agua o domicilios particulares, serán sancionados con la multa de 6000 bs. (850 dólares aproximadamente)

Quedan cordialmente notificados a la fiesta de la Cruz, firman todas las autoridades originarias del corregimiento de Actara.

En seguida de la lectura, el grupo de danzarines y músicos aceptaron las sanciones, se comprometieron a no causar problemas y aplaudieron todos como muestra del acuerdo. Empezó la música, el baile y otros del grupo bebían la chicha para embriagarse.

    Entrega de la Notificación al Principal

Se pudo observar que en los tres grupos de danzarines y músicos la mayoría de los integrantes eran jóvenes entre 14 a 30 años. Lo interesante del grupo, es que, en el interior del mismo se establecían los roles en la danza. Por ejemplo, “El principal”, representado por el chicote, controlaba al grupo en la danza; bailaba con el grupo, pero a veces se salía del mismo para controlar y castigar a los que no bailaban. Por su parte, las mujeres en la danza estaban vestidas de dos formas: de cholitas (con faldas cortas- plisadas, blusas escotadas, sandalias y enjoyadas), y las mujeres de la comunidad, (vestidas con acsu, q’epi -tejido para cargar en la espalda-; sombreros cubiertos de cintas; algunas de ellas llevaban bandera blanca), se distinguían porque cantaban junto a los músicos y encabezaban el grupo. A la mujer más joven y adornada, el grupo debía proteger porque es la que se ofrece para la fiesta; es decir, en el desarrollo de la fiesta (que dura toda la noche) se produce el suwanaku, que quiere decir, el robo de la mujer por hombres de otra comunidad para hacerla suya.

Respecto a los músicos, eran todos los jóvenes, unos pocos tocaban charango y la mayoría zampoñas (elaboradas por ellos), la música era cantada en quechua (lengua materna) y era propia del lugar. La danza se dividía en dos momentos: uno era el soqco, cuya música era producida por los instrumentos de viento de distinto tamaño, donde todos tocaban para que suene fuerte y conforme a su sonido caminaban como si fuera una procesión. Al sonido del orqo (especie de silbato), todos empezaban a girar, las mujeres y los músicos que se ubican al medio giraban por la derecha y los varones se colocaban a su alrededor, dando vueltas por la izquierda. El sonido de este instrumento de viento, daba la señal para que giren en sentido contrario, quien se equivocaba era castigado con un chicotazo por El Principal. Al anuncio de El Principal, inmediatamente dejaban de girar y se ponían a zapatear, haciendo un sonido uniforme y agradable. A la señal del soqco, nuevamente caminaban y se trasladaban a otro lugar para seguir bailando y cantando.

La llegada a la Iglesia de Actara

Llegar a la iglesia, era lo principal, porque además de ingresar con el soqco, se acercaban a la puerta de la misma y se arrodillaban, como una forma de pedir perdón y permiso para disfrutar de la fiesta. Sólo un grupo llevó como emblema una Cruz, vestida de poncho y montera. La cual fue dejada en la puerta de la iglesia y se pusieron a bailar y cantar, como una forma de veneración a Cristo y luego se la llevaron a la comunidad para continuar su devoción religiosa.

El Señor de la Cruz

Transcurría la noche y aparecían mujeres y hombres sentados en las calles de tierra ofreciendo alcohol, hoja de coca y cigarros. Era la oportunidad de vender lo que se podía a los visitantes de las comunidades aledañas. Así también la policía estaba haciendo la vigilancia para impedir cualquier agresión. Era muy difícil controlar las peleas entre los miembros de cada grupo, porque las estrechas y desuniformes calles de Actara, oscuras en su mayor parte, era el espacio propicio para los tinkus y ajustes de cuentas de anteriores fiestas. El Alcalde de Actara Juan Carlos, indicaba que la fiesta duraría toda la noche, que los grupos amanecerían bailando, bebiendo y cantando. Asimismo, Martín Saavedra, señaló “que la noche es la oportunidad para el ajuste de cuentas, es decir, si el año pasado alguien le ha pegado a algún familiar o amigo, aprovechan la noche para pegar al agresor, sino se puede, se roban a su hija o su mujer para abusarlas. El año pasado hubo varios muertos y quizás hoy día se cobren por eso. Ellos, no confían en la cárcel sino hacen justicia por ellos mismos, esperan el momento y se cobran.

El valor principal para don Martín Saavedra, es la sangre que se derrama, como ofrenda a la Madre Tierra (la Pachamama), “pues es mayo, es la época más importante para la cosecha, por eso debe correr sangre para que sea un buen año agrícola”. Efectivamente, al día siguiente, en el hospital, había una larga fila de hombres y mujeres que esperaban ser atendidos para la curación de heridas que fueron ocasionados por la fiesta.

Esta fiesta de la Cruz, como señalamos, tiene sus connotaciones religiosas y culturales construidas en el imaginario social de los pobladores de Actara y de las comunidades cercanas, que lo hace muy particular por la producción de la música, el canto y la representación de la Cruz en la danza, cuyo propósito final es afianzar el sincretismo religioso entre Cristo y la Pachamama, con la esperanza de una mejor producción agrícola.

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