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Madre América

Asediar al humanismo, una despreciable práctica

Héctor Alejandro Castañeda Navarro

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Médicos cubanos de regreso a Cuba tras prestar ayuda en la región de la Lombardía italiana. (Foto Ismael Francisco/Cubadebate)

Un nuevo intento por doblegar la férrea voluntad altruista de la Mayor de las Antillas se gesta desde sur de la Florida. Los senadores republicanos Rick Scott, Marco Rubio y Ted Cruz presentaron el pasado 17 de junio un proyecto de ley que busca sancionar a los países que contraten los servicios de profesionales médicos cubanos, todo bajo el infame argumento de que constituyen cómplices de un delito de trata de personas.

El recurso legal que lleva por nombre Detener las ganancias del régimen cubano, constituye una más en la larga lista de acciones del Departamento de Estado que buscan desprestigiar a las brigadas de galenos cubanos que en el mundo, con su labor humanista, alivian las penas de los más necesitados.

La agencia EFE en cable del día 18 de junio señala las declaraciones de Ted Cruz ¨Estas misiones médicas parecen gestos de buena fe, pero realmente no lo es…Este proyecto de ley aclarará quienes son sus cómplices internacionales”. Además, los legisladores indicaron que las naciones anfitrionas del personal médico cubano estarán excentas de las sanciones siempre y cuando depositen directamentente los salarios a los profesionales, hagan públicos los contratos y no realicen pagos adicionales a Cuba.

Evidentemente el legislador desconoce el destino del capital que ingresa el país en términos de exportación de servicios, una parte destinada al pago de dichos colaboradores, ninguno de los cuales son obligados a firmar dicho contrato y el resto utilizado en el mantenimiento de un sistema de salud bloqueado y maltratado por leyes extraterritoriales, pero que no sesga en su empeño de brindar un servicio gratuito y de calidad, aun en las actuales circunstancias del recrudecimiento de la política norteamericana contra la nación antillana.

¿Cuántos miles y millones de personas pudieran quedar desamparados al no contar con atención médica, si en definitiva este proyecto de ley es aprobado? Pues esto no parece importarles a estos señores senadores, que con mentiras y calumnias echan a un lado el titánico esfuerzo que realiza Cuba con su ayuda desinteresada, nación que da lo que tiene, no lo que le sobra. Sólo basta recordar las comunidades que quedaron al olvido en regiones apartadas del gigante sudamericano, cuando el actual mandatario Jair Bolsonaro decidió romper el acuerdo en materia sanitariasuscrito por la expresidenta brasileña Dilma Roussef y autoridades cubanas, como parte del programa Mais Médicos en 2013.

No hay otro objetivo detrás de estas medidas que no sea el de asfixiar económicamente al país. Quitar toda fuente de ingreso de divisas se ha vuelto una prioridad de la administración norteamericana, a la cual le preocupa que los galenos cubanos lleguen a los más intrincados rincones del orbe, tendiendo lazos diplomáticos y rompiendo barreras políticas.

Cuesta entender al poder imperial que cuando Cuba acude a los lugares más remotos del planeta no lo hace tras un yacimiento mineral o para apropiarse de otras riquezas, lo hace cumpliendo el más elemental deber del internacionalismo, como en una ocasión expresó el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

La confusión descarada entre salvar personas y la trata de personas. El imperio miente y trata de confundir, su falsa lista es ilegítima y unilateral, sin fuerza moral. No soportan el ejemplo de Cuba, afirmó recientemente el presidente cubano Miguel Díaz-Canel en su cuenta de Twitter refiriéndose a la indecorosa lista donde Estados Unidos incluye a Cuba unilateralmente por supuestamente apoyar la trata de personas, flagelo con el cual Cuba mantiene una política de tolerancia cero.

Fuente: Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba

Bajo absurdos pretextos de que el personal de salud cubano constituye personal de inteligencia en labores de espionaje e incluso de que algunos ni siquiera poseen el título de médicos, la campaña anticubana orquestada desde Washington con asesoría en el sur de la Florida, naufraga una vez más.

Se les olvida a estos senadores que muchas de estas misiones, principalmente las que son en países pobres de escasos recursos, o golpeados por graves epidemias o desastres naturales, es Cuba quien asume los gastos de la misma y en otras se comparten los gastos. En el caso de los países que están en condiciones de abonarle a Cuba divisas por los servicios prestados, estás no va a las arcas estatales para reprimir al pueblo cubano, ni para enriquecer a los funcionarios estatales, sino para garantizarle las necesidades básicas al pueblo. A eso sumémosle que la gran mayoría de estos convenios de salud posibilitan el ingreso de estudiantes de esas naciones a la carrera de Medicina en nuestro país.

Mientras Trump se dedica a boicotear los esfuerzos de Cuba por salvar vidas, la nación norteña enfrenta una crisis sanitaria sin precedentes en los últimos años, que la coloca a la cabeza en el número de contagiados y muertes por el nuevo coronavirus. Debería la administración norteamericana preocuparse un poco más por su situación interna y dejar de perseguir a las brigadas de galenos cubanos. El pequeño archipiélago del Caribe exporta médicos que acuden al llamado de los más humildes, al mismo tiempo que la nación de las barras y las estrellas se encarga de provocar caos, destrucción y muertes en todo a través de conflictos bélicos. Médicos, no bombas, como afirmara el Comendante en Jefe en el acto costitutivo de las brigadas Henry Reeve. La humanidad se encargará de juzgar y sabrá reconocer quien estaba en el lado correcto.

Estamos nuevamente ante el fracaso de otra maniobra difamatoria contra la nación caribeña. Según el portal web del Ministerio de Relaciones Exteriores, Cuba ha enviado al exterior un total 37 brigadas, las más recientes a Guinea Bissau y a los territorios insulares de Martinica y Anguila, por lo que ascienden a 30 los países a los que han llegados profesionales cubanos para ayudar a combatir la Covid-19, como parte del Contingente Internacional de Médicos Especializados en el Enfrentamiento a desastres y Graves Epidemias, Henry Reeve.

Cada vez son más las voces de organizaciones, gobiernos y reconocidas personalidades que se suman al pedido para otorgarle a los galenos cubanos el Premio Nobel de la Paz, galardón que no alcanzaría para reconocer la ardua labor desplegada contra la actual pandemia, que ya suma más de 10 millones 500 mil infectados y poco más de 500 mil muertes.

A pesar de los reiterados ataques que por razones políticas Estados Unidos lanza contra la mayor de las Antillas para obstaculizar la cooperación médica internacional, Cuba no abandonará su vocación solidaria, así lo afirmaba recientemente el mandatario cubano Miguel Díaz-Canel en la Cumbre Virtual del Movimiento de Países No Alineados.

Recordar que la colaboración de Cuba en materia de salud se remonta hacia los primeros años de la Revolución, en los años sesenta del pasado siglo, cuando partió hacia la República Popular de Argelia el 23 de mayo de 1963 una primera brigada compuesta por 56 colaboradores sanitarios.  A 57 años de aquel histórico comienzo, la Mayor de las Antillas continúa enarbolando la bandera de la cooperación y la hermandad.

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Madre América

La triste historia de Jean François y sus tropas en Campeche

Sergio Guerra Vilaboy

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En nota de Madre América contamos que tras la paz de Basilea (1795), España tuvo que entregar Santo Domingo a Francia, lo que obligó a sacar sus fuerzas militares, incluidas las Tropas Auxiliares Negras de Jean François y Georges Biassou. La negativa de las autoridades españolas y la elite de Cuba a recibirlas, por temor a su impacto en la población negra –que ya festejaba el próximo arribo del general Juan Francisco-, obligó a dispersarlas por España, Florida, Guatemala, Portobelo, Trinidad, la Costa de los Mosquitos y Campeche.

Poco se sabe de la vida de Jean François antes de la rebelión de los esclavos en agosto de 1791. Llegó a Saint Domingue, procedente de África, como esclavo y trabajo en la plantación de Patacu, nombre que adoptaría como apellido. Escapado de la dotación, vivió como cimarrón hasta unirse a la revolución esclava, en la que pronto sobresalió sobre los demás jefes: Georges Biassou, Jeannot Bullet y Toussaint Louverture. Imitando a los oficiales franceses, usó uniformes ornamentados con cintas, galones y condecoraciones. En noviembre de 1791 ordenó ejecutar a Jeannot por los injustificados asesinatos cometidos contra sus propios hombres y la población.

Atraídos por las ofertas de la Corona española, enfrentada a la Revolución Francesa, los principales generales negros apoyaron a Madrid desde principios de 1793, aunque al año siguiente, atraídos por la abolición de la esclavitud aprobada en París, Toussaint Louverture y otros jefes abandonaron su alianza con España y respaldaron a Francia. Al frente de las Tropas Auxiliares Negras sólo permanecieron Juan Francisco Patacu y Jorge Viason, ahora con sus nombres españolizados, aunque el prestigio del primero se vio resentido por la masacre cometida por sus hombres, en julio de 1794, al rendir la fortaleza francesa de Dauphin (Bayajá).

En virtud de lo acordado en Basilea, las Tropas Auxiliares Negras y sus familias, tuvieron que ser evacuadas de Santo Domingo. El primero en llegar a La Habana en tres navíos hispanos, el 1 de enero de 1796, fue Juan Francisco con once oficiales y más de un centenar de acompañantes, que enseguida fueron obligados a continuar para Cádiz, donde no eran esperados. Una semana después arribaron los demás barcos reales, menos uno que fue a parar a Virginia por una tormenta. Transportaban al resto de las tropas auxiliares y familiares, cerca de 700 personas, que como los de Juan Francisco fueron aislados en sus embarcaciones, ancladas en la orilla opuesta a la amurallada villa de La Habana, hasta su salida a un nuevo paradero.

El mayor contingente, más de 300 personas, fue enviado a la Costa de los Mosquitos y el más pequeño a La Florida, destino de Georges Biassou y su reducido séquito de poco más de veinte integrantes. Tras el restablecimiento de la soberanía española en Santo Domingo (1811), una parte de los asentados en Centroamérica, dirigidos por el brigadier Gilé (Gil Narciso), retornó a La Española con escala en La Habana, donde no pudo desembarcar. No obstante, estableció contacto con el artesano mulato José Antonio Aponte, quien era el líder de una conspiración igualitarista, abortada al año siguiente.

Los restantes miembros de las tropas negras, divididos en tres grupos de más de cien personas cada uno, fueron remitidos a la isla de Trinidad, entonces parte de la Capitanía General de Venezuela –que los devolvió de inmediato a Santo Domingo-; a Portobelo en Panamá, así como a Campeche en el Virreinato de Nueva España. Los 155 que arribaron al oriente de la península de Yucatán fueron ubicados en Aké, un sitio apartado y despoblado donde recibieron tierras para su cultivo. Allí levantaron el pueblecito de San Fernando, con chozas semejantes a las construidas por los mayas, que llegó a tener su propia iglesia. Al estallar en 1848 la guerra de castas, la mayoría de ellos buscaron refugio en Belice.

Por último, Juan Francisco Patacu y su numerosa comitiva arribó a Cádiz en marzo de 1796. A los oficiales no les fue reconocido su rango militar, ni recibieron compensaciones económicas, sufriendo muchas penurias. En 1813, el Consejo de Regencia acordó reenviarlos a la Costa de los Mosquitos, pero el general Jean François, unos de los líderes de la gran revolución de los esclavos de Saint Domingue, fallecido el 16 de septiembre de 1805, ya estaba enterrado en el cementerio de Puerta de Tierra como “Don Juan Piticu”.

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Madre América

Eusebio Leal nos enseñó a ver La Habana con nuevos ojos

MARIETA CABRERA

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El gesto de tributo a Eusebio Leal se inspira en la popular canción Sábanas blancas, del trovador cubano Gerardo Alfonso, que evoca con esa imagen el espíritu de La Habana: desinhibido, franco.

Sin reponerse de la partida física del hombre que tanto la amó, La Habana salió a los balcones y colgó sábanas blancas que esta vez anudó con tristeza. El gesto, multiplicado en las barriadas de la urbe pocas horas después de conocerse el fallecimiento de Eusebio Leal Spengler, el pasado 31 de julio, fue parte del tributo de los habaneros al Historiador de la Ciudad.

Poseedor del don de la oratoria, Eusebio supo contar como nadie la historia de La Habana y, más que eso: la de Cuba. Escucharlo era para cualquier auditorio, incluso para el integrado por conocedores del tema, un aprendizaje y, a la vez, un encantamiento.

Por estos días se ha recordado al muchacho de formación autodidacta que con apenas 25 años se convirtió en director del Museo de la Ciudad de La Habana, un camino en el que –como reconoció siempre Eusebio–, mucho debió a Emilio Roig de Leuchsenring, su maestro y predecesor, quien “abrió enormes puertas para mí y me regaló mis primeros libros de historia”.

Durante los más de cincuenta años que se dedicó a obrar por la ciudad, Leal enfrentó incomprensiones, el desaliento de algunos, la burocracia  –“mal que pervierte a la administración”, decía–, entre otras adversidades, pero nada lo detuvo en su proyecto de reconstruir el Centro Histórico, entendido no como el simple hecho de restaurar para exhibir la belleza del patrimonio, sino como un proceso cultural, participativo, cuyo centro es la gente que habita esos espacios.

Lo ilustran el hogar materno, la clínica de rehabilitación infantil y las instituciones dedicadas a la atención del adulto mayor que surgieron en esa parte de la ciudad, sin olvidar la editorial Boloña, la emisora Habana Radio, los museos, las escuelas… Entre las últimas, una en particular: la Escuela Primaria Rafael María de Mendive, institución que renace de los cimientos y el espíritu del otrora colegio San Pablo, donde una vez estudió José Martí.

En la calle del Prado, distinguida entre las que conforman esa parte antigua de la urbe, está la escuela.  El tres de septiembre de 2018, cuando se abrieron sus puertas y el patio fue colmado de niños y niñas, Eusebio se veía feliz.

Esta obra significa –había dicho minutos antes el doctor en Ciencias Históricas– “seguir la huella del magisterio cubano que tuvo a lo largo de siglos el papel de ser depositario de valores, de sentimientos, de pureza, abnegación, sacrificio, patriotismo; que tuvo su momento más alto en los años que precedieron al gran levantamiento del 10 de octubre, saludado por José Martí con emotivos versos-escritos probablemente sobre el pupitre de esta escuela-cuando recuerda que sobre el piano y con un plano del oriente de Cuba, el maestro Mendive y  algunos de los maestros y amigos, seguían con el índice la marcha del Padre de la Patria por el oriente de Cuba”.

Un año después, el 15 de noviembre de 2019, en una entrevista publicada en la revista BOHEMIA, al insistir en que la obra social nunca debe ser menor que la obra artística o la de restauración, expresó: “Me alegro que La Habana esté. Hay muchas ciudades en el mundo que en aras de una reinterpretación de la modernidad cambiaron completamente. Las conozco bellas pero desiertas, convertidas en ciudades fantasmas porque el uso y abuso de una determinada corriente de explotación las ha transformado, están como embalsamadas.

La Habana es una ciudad viva. Cuando comenzamos el proyecto del Centro Histórico hace tantos años, la idea de lo social estuvo y estará siempre. De manera que la ciudad viva, que la gente entre y salga, haga su vida cotidiana, establezca formas de trabajo, negocios, que no permitan que la ciudad muera”.

Pero esta tarea colosal –sabía el historiador– no puede ser realizada por un solo hombre: “Quien debe hacer algo como lo mío requiere una multitud”, admitía, y se mostraba agradecido por las legiones de arquitectos, urbanistas, obreros que durante años habían trabajado vinculados a la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Entre ellos, a pie de obra, se le vio muchas veces, convencido de que la única manera de solucionar los problemas es trabajando y uniendo a las personas. Mucho se ha de extrañar al intelectual, al patriota, al revolucionario que en un congreso de escritores y artistas cubanos, en la Asamblea Nacional–como diputado por varias legislaturas–, y en otras tribunas, expresó con valentía lo que pensaba sobre asuntos peliagudos de la realidad cubana. No era Eusebio hombre de andar con paños tibios. Y por eso también fue querido y respetado.

Duele la certeza de no hallarlo a la vuelta de una esquina, recorriendo las calles de la ciudad, la que quería más cuidada y amada por sus habitantes. Es esta, pues, una deuda que tenemos todos con La Habana y con el más Leal de sus admiradores, quien nos enseñó a verla con nuevos ojos.

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Bandeirantes y misiones jesuitas

Sergio Guerra Vilaboy

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Desde 1580, tras la unión de los tronos de España y Portugal, los límites fijados por el Tratado de Tordesillas (1494) entre Hispanoamérica y Brasil comenzaron a ser ignorados por los bandeirantes. Este era el nombre de bandas armadas, salidas del litoral brasileño, que penetraban al interior del continente enarbolando sus propias banderas o bandeiras en portugués. Al avanzar por los vedados territorios hispanoamericanos, prácticamente desconocidos para los europeos, los bandeirantes buscaban oro, plata, piedras preciosas o incluso indígenas, a los que vendían como esclavos en las plantaciones azucareras de Pernambuco.

Salidas de Sao Paulo, aunque algunas lo hacían de Bahía, estas bandas de aventureros criollos y portugueses, recorrían durante meses las tupidas selvas sudamericanas, aprovechando las redes hidrográficas del Paraná, el Sao Francisco y el Amazonas, hasta encontrar algo de valor que llevar a la costa de Brasil. Ese proceso expansionista coincidió con la aparición en la región de los jesuitas que, autorizados por la Corona española, reunían a los guaraníes en reducciones. En 1610 se fundó la primera misión (Loreto) en el Guairá, en el actual estado brasileño de Paraná. Otros jesuitas les siguieron y ya hacia 1630 la orden fundada por Ignacio de Loyola poseía en la cuenca del Plata cuatro amplias comarcas con miles de aborígenes agrupados en 27 misiones, ente ellas las del Guairá, Paraná medio (Paraguay), Entre Ríos y la del margen izquierdo del Uruguay (Siete Misiones).

Las reducciones del Guairá, por ser las más próximas a Sao Paulo, fueron las primeras amenazadas por los bandeirantes, que preferían apoderarse de los indígenas de las misiones, más valiosos y disciplinados que los que vivían dispersos en total libertad. Los jesuitas no sólo evangelizaban a los pueblos originarios y los concentraban en lugares de más fácil acceso, sino también los enseñaban a escribir en guaraní –para lo cual elaboraron incluso una gramática-así como técnicas y costumbres europeas para la agricultura y la vida cotidiana. En 1628 cientos de bandeirantes, encabezados por Manuel Preto y Antonio Raposo, atacaron y destruyeron varias reducciones jesuitas en la orilla izquierda del Paraná y se llevaron miles de indígenas para los mercados de esclavos de Sao Paulo y las plantaciones costeras.

Imposibilitados de detener las constantes depredaciones de los bandeirantes, los jesuitas alejaron las misiones lo más posible de Brasil. No satisfechos con la conquista del alto Paraná, los paulistaslospersiguieron con saña hasta sus reducciones del Paraguay, Entre Ríos y la Banda Oriental, haciendo caso omiso a las disposiciones oficiales que trataban de impedir sus razzias. Durante la primera mitad del siglo XVII no dieron tregua a los jesuitas ni dejaron de realizar sus incursiones en busca de esclavos, como bien recrea el laureado filme norteamericano La Misión (1986), protagonizado por Roberto de Niro. Incluso los jesuitas, que llegaron a armar y entrenar a los pueblos originarios para su auto defensa, enfrentaron al propio ejército portugués que pretendía desalojarlos de las Siete Misiones en las mal llamadas guerras guaraníes (1753-1756).

Desde 1640 la separación de España y Portugal había hecho más difícil la penetración de los paulistas en el territorio hispanoamericano, por lo que tuvieron que dejar sus ataques a las reducciones jesuitas y conformarse con llevar sus campañas al norte y al oeste, donde su suerte pronto cambió. A fines del siglo XVIII los bandeirantes encontraron los anhelados minerales preciosos en las márgenes de un tributario del río Sao Francisco –das Velhas- y en el río Doce, que desagua en el Océano Atlántico, al noroeste del Río de Janeiro. En las fuentes de ambas arterias, se fundó en 1690 la villa de Ouro Preto, convertida pronto en el centro de la explotación minera en la región que se llamó Minas Geraes. Desde entonces, las actividades de los bandeirantes quedaron en el pasado, dejando como herencia la desaparición de buena parte de los pueblos originarios y un Brasil mucho más extenso que el delineado en el tratado de Tordesillas.

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