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Madre América

EUSEBIO LEAL, UN CUBANO UNIVERSAL

Ariel Avilés Marín

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El Dr. Eusebio Leal con el pintor yucateco Jorge Roy Sobrino, una de sus últimas fotografías en vida. Foto de Salvador Peña L.

“Qué sucede cuando se resquebraja y se derrumba
la vieja sociedad, y emerge con toda potencia y fuerza
la figura hechizante de Fidel a la cabeza”
Eusebio Leal.

Al calor del triunfo de la Revolución Cubana, surgen figuras que van tomando talla universal en el concierto de la cultura. Nicolás Guillén, el poeta nacional de Cuba, gesta una revolución cultural a partir de la publicación de “Motivos del Son”. Miguel Barnet, en el campo de la novela, que ya se consideraba totalmente cubierto, asombra al mundo al lanzar un género nuevo, la novela testimonial, con “Biografía de un Cimarrón”. Raúl Roa García, en el plano de la diplomacia, cimbró a organismos como la OEA y la ONU con sus vibrantes disertaciones: “Me voy con mi pueblo, y con mi pueblo se van también los pueblos de Nuestra América”. Roberto Fernández Retamar, quien concibe una nueva teoría literaria para las letras de Nuestra América. Eusebio Leal Spengler, quien revoluciona el concepto y funciones del cronista de una ciudad, e impulsa el rescate de los patrimonios históricos y arquitectónicos, de las ciudades a cargo de personajes como él. Estos ilustres cubanos, tienen por derecho propio, la distinción innegable de ser llamados ciudadanos universales del mundo.

Eusebio Leal, nace el 11 de septiembre de 1942 en La Habana, Cuba. Viene al mundo en el seno de una familia muy pobre, por lo que estudia con profundas dificultades la educación básica. Muy pronto empieza a trabajar, pero por su propia voluntad, va adquiriendo una amplia y profunda formación autodidacta. Es coyuntural en su vida, la cercanía e influencia de Emilio Roig, quien lo hace tocar con la punta de los dedos la fascinante labor de Historiador de la Ciudad, que marcará en forma definitiva el rumbo de su vida y la trascendencia de su obra. Es apenas un adolescente de diecisiete años al triunfo de la revolución, que le sorprende en las calles de La Habana. “Un día, iba caminando por la calle, y sentí de repente, un movimiento telúrico. Era el 1 de enero de 1959. La Revolución Cubana había triunfado y entraba en La Habana”. Años después, definiría su posición revolucionaria, en una conferencia sobre sus crónicas, en el local del periódico “Granma”, en la que dijo con toda certeza: “Así, es cómo miraba el mundo un niño de mi generación”.

En medio de opiniones encontradas, por no contar con el sustento de una formación académica normada, es nombrado Historiador de la Ciudad, al fallecer su maestro Roig y quedar vacante el cargo. Muy pronto, con sus formidables labores de rescate y restauración, dará un mentís a las voces descalificadoras. En 1979, logra el rescate y rehabilitación total del Palacio de los Capitanes Generales, antigua casa de gobierno de Cuba. Eusebio Leal, recorre el mundo con la mano extendida para buscar el apoyo de agrupaciones de la sociedad civil, que son solidarias con el rescate de patrimonio y monumentos de gran importancia histórica, como es el caso de La Habana Vieja. Su incansable peregrinar, ha rendido frutos brillantes; ahí están como mudos testigos, la soberbia fuente de mármol de la Plaza Vieja, en La Habana Vieja, el Palacio de los Tres Reyes y las fortificaciones del Morro, el Gran Teatro Nacional “Alicia Alonso” y, desde luego, la larga y titánica obra de restauración total del Capitolio. La fiebre de rescate y restauración de edificios valiosos de La Habana, es obra de Eusebio Leal, y es su pase innegable a la posteridad; y la ciudad le debe la conquista de la calificación por la que fue declarada en 1982, “Patrimonio Cultural de la Humanidad” por la UNESCO. El estipendio que acompañaba a varios premios y reconocimientos que recibió, lo destinó todo al rescate de edificios de su ciudad.

Estudioso incansable, retoma su formación académica en 1975, y se matricula en la Licenciatura en Historia en la Universidad de la Habana, después de haber acreditado a suficiencia sus conocimientos adquiridos de manera informal. Pero sus estudios no quedan ahí. Es Doctor en Ciencias Históricas por la Universidad de la Habana. Becado por un ministerio del gobierno de Italia, estudia el Post Grado sobre Restauración de Centros Históricos en 1980. En su patria se desempeñó como Historiador de la Ciudad y director del Museo de la Ciudad, desde 1967, hasta su muerte en días pasados. Fue Embajador de Buena Voluntad de la ONU en 1996. Funda la Academia de Historia de Cuba en 2010 y  también la Unión Nacional de Historiadores de Cuba. Su brillante labor fue reconocida dentro y fuera de Cuba, le fueron otorgados veintidós Doctorados Honoris Causa, en las más diversas universidades del orbe. Escribió importantes libros como: Regresar en el Tiempo, Detén el paso Caminante, Verbo Volante, Carlos Manuel de Céspedes, El Diario Perdido, La Luz Sobre el Espejo, Poesía y Palabra (tomos I y II), Para no Olvidar, en tres tomos; Fundada Esperanza, Patria Amada, Hijo de mi Tiempo y Aeterna Sapiencia.

Su desaparición física, me causa un profundo dolor, y también una profunda frustración. Deseaba intensamente hacerle una entrevista. En agosto de 2015, fui tres veces a la oficina del Historiador de la Ciudad, en el Palacio de los Capitanes Generales; no lo encontré. Repetí esto en 2016 y 2017, con el mismo resultado. Le platiqué mi intención a Miguel Barnet, y me dijo: “Está muy delicado; no recibe a nadie. Pero voy a hablar con él para que haga contigo una excepción”. Nunca se concretó el encuentro, la entrevista queda pendiente ya para otro plano. Nuestra península, tiene también una deuda de honor con Eusebio Leal; pocos saben que, al ser declarada en 2006, la ciudad de Campeche, como Patrimonio Arquitectónico de la Humanidad por la UNESCO, esto fue posible merced a un plan de rescate de la ciudad amurallada, que Eusebio elaboró y que fue aplicado puntualmente por el gobierno del Estado de Campeche. Su benéfica labor, llegó también a nuestros lares. ¡Qué bueno hubiera sido hacer algo semejante con Mérida!

Una de las últimas actividades de la fértil vida de Eusebio, fue la organización en el mes de febrero de este año, de dos exposiciones de artes plásticas del pintor yucateco Jorge Roy Sobrino. Estos importantes eventos culturales, se llevaron a cabo en La Habana Vieja. Una exposición fue montada en la Casa Benito Juárez, y la otra en el Museo de África; ambas tuvieron un éxito muy significativo y tuvieron también una resonancia internacional. La última vez que vi su imagen, fue en el documental por los funerales de Rosita Fornés, al cual asistió apoyado en un bastón y muy delgado ya. Al verlo así, me impresioné y pensé: Ya le queda poco tiempo a Eusebio. No sabía que tan cercano estaba el fin de este gran hombre.

Eusebio se fue el día de ayer, con él se va una época de grandes cambios en Cuba y en la humanidad. Revolucionario convencido y convincente, mantuvo una voluntad inquebrantable y una lealtad, como su nombre, a su amada Revolución Cubana. ¡Descansa en paz Eusebio! ¡ERES UN CUBANO UNIVERSAL!

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Alemanes en la conquista de América

Sergio Guerra Vilaboy

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La presencia alemana en la conquista de América es poco conocida y se remonta a 1520, cuando Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, obtuvo el título de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Para conseguirlo, tuvo que hacer erogaciones a los príncipes electores, endeudándose con los banqueros Welser y Fugger, a quienes ofreció concesiones en sus nuevos dominios americanos. A diferencia de los Fugger, que nunca se interesaron por la Nueva Toledo (Chile), los Welser se dejaron tentar por el lejano territorio asignado, llamado Venezuela por los primeros navegantes europeos, sorprendidos por los palafitos aborígenes del litoral que compararon con los canales de Venecia.

En Alemania se le conocería como Welserland, o sea, la tierra de los Welser, pues los derechos de estos banqueros de Augsburgo sobre esa región sudamericana habían sido plasmados en la capitulación de 1528, negociada por el suizo Heinrich Ehinger y Hieronymus Sailer, y firmada por el propio Carlos V. La colonización alemana tuvo su centro en el golfo de Coro, donde existía desde 1527 un fortín levantado por el capitán español Juan de Ampíes. El primer contingente enviado por los Welser, que salió de Sevilla el 7 de octubre de 1528 con más de doscientas personas, encabezado por Ambrosio Talfinger, llegó a Coro, tras escala en Santo Domingo, el 24 de febrero de 1529.  A Talfinger, que después fundó Maracaibo y se dedicó a expoliar cruelmente a los indígenas, le sucedieron como gobernadores Juan Seissenhofer, Nicolás de FedermannGeorg von Speyer y Philipp von Hutten.

Bajo la dirección de colonos como von Hutten o Horge Horhemut, los primeros habitantes de Nueva Augsburgo (Coro) intentaron fomentar una de las primeras economías de plantación del continente americano, trayendo cientos de esclavos africanos para al cultivo de la caña de azúcar; aunque los alemanes se sentían más atraídos por las riquezas y productos que arrebataban a los pueblos originarios. Las enfermedades tropicales y la obstinada resistencia de los indígenas, con los que chocaban en sus constantes incursiones en busca de oro por Maracaibo, Cumaná y los llanos del Apure y Casanare, hicieron estragos entre los ávidos conquistadores al servicio de los Welser.

De esas voraces exploraciones por el interior de Venezuela conocemos el pormenorizado relato de la efectuada a fines de 1530 y principios de 1531 por Nicolás Federmann. En 1555, trece años después de su muerte, el texto fue publicado por su cuñado Hans Kiefhaber como Historia Indiana. Una preciosa y amena historia del primer viaje de Nicolás Federman, el joven natural de Ulm, emprendido desde España y Andalucía a las Indias del mar Océano, y de lo que allí le sucedió hasta su retorno a España. Escrito brevemente y de amena lectura. De gran valor etnográfico, la obra describe los diferentes pueblos indígenas que conoció en el interior de Venezuela. 

Federmann también estuvo al frente de la más increíble de todas las expediciones alemanes, de la que no dejó testimonio. Nos referimos a la que condujo por los Andes, entre 1536 y 1539, en busca del mítico El Dorado y que culminó en el territorio de los muiscas o chibchas. La leyenda de un cacique que se espolvoreaba oro en una laguna y ofrecía piedras preciosas a sus dioses, despertó también la codicia de dos partidas de españoles procedentes de Quito y Santa Marta, dirigidas respectivamente por Sebastián de Benalcázar y Gonzalo Jiménez de Quesada. En los alrededores de la actual ciudad de Bogotá, fundada el 6 de agosto de 1538, tuvo lugar el triple encuentro fortuito, que obligó a un compromiso entre las tres expediciones, cada una con más de cien personas, para repartirse el botín.

Las riquezas arrebatadas a los chibchas por Federmann y sus hombres no pudo salvar de la crisis a la única colonia alemana en América, fracasada en su intento de imitar a las exitosas factorías portuguesas. En 1546, Carlos V le asestó el golpe final al cancelar la concesión a los banqueros de Augsburgo. El último gobernador de Welserland, von Hutten, seguido por Bartholomeus Welser y unos cuantos sobrevivientes, se refugiaron entonces en un valle al sur de Quibor, en el actual estado Lara, donde surgiría en 1554 el poblado de Cuara. Todavía hoy algunos de sus habitantes llevan apellidos alemanes y conservan características fenotípicas y costumbres de sus ambiciosos ancestros.

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Madre América

Reformas y Milicias en siglo XVIII hispanoamericano

René Villaboy

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La Guerra de los Siete Años (1756-1763) que enfrentó inicialmente a Inglaterra y sus aliados contra Francia y otro conjunto de reinos europeos, fue la evidencia más reveladora de que la fortaleza militar de España era cosa de un pasado remoto. Consciente de sus debilidades la monarquía española se mantuvo neutral en el conflicto hasta 1761. Después de la firma del tercer pacto de familia entre los Borbones, Madrid le declaró la guerra a Londres ese mismo año. La entrada a la contienda bélica, aun en sus últimos tiempos, demostró al monarca español, Carlos III, el débil estado de las capacidades ofensivas de sus ejércitos. Sin duda, la desastrosa defensa de La Habana, que cayó con facilidad en manos inglesas en 1762 fue una de las mayores pruebas.

Inglaterra también dominó con desenvoltura varias islas y territorios en el Caribe, que antes eran ocupadas por Francia o por la propia España. A la vez, atacaron puntos de la América continental, entre ellos Cartagena de Indias. De esa manera la guerra finalizó con la victoria británica en 1763.  El oneroso Tratado de París firmado ese mismo año devolvió La Habana a España pero a cambio, tuvo que ceder La Florida a la potencia vencedora. De este modo la corona de Londres afianzó su presencia en Las Antillas y ratificó su hegemonía en la parte norte de América. 

La catástrofe militar de 1762 y sus consecuencias precipitaron al rey Carlos III y a sus asesores-entre los que descolló Pedro Pablo Abarca, Conde de Aranda-a profundizar en los cambios que demandaba la estrategia de defensa del mundo colonial. Bajo la premisa de implicar mucho más en él a las pujantes sociedades de las tierras de ultramar.

En 1763 llegaron a La Habana dos de los hombres designados por la corona para planificar y ejecutar las necesarias reformas al sistema defensivo americano. Ambrosio de Funes y Villalpando, Conde de Ricla-investido al frente de la Capitanía General de Cuba-se hizo acompañar del Mariscal de Campo, Alejandro O´Reilly, como subinspector general de Milicias, del Ejército de América y su sustituto en caso de ausencia. Ambos militares de carrera formaban parte del grupo ilustrado que reunió el Conde de Aranda, y eran portadores de ideas modernizadoras aplicadas a la administración pública y por supuesto a las fuerzas armadas. A partir de 1764 O’Reilly puso en práctica su detallado y extenso “Reglamento para las Milicias de Infantería y Caballería de la isla de Cuba”, que recibió la aprobación del Rey en enero de 1769. Estas instrucciones se constituyeron en la directriz para fundar las Milicias Disciplinadas en casi todo el continente. Sucesivamente las transformaciones del modelo cubano de milicias disciplinadas se instrumentaron en la Nueva España en 1765; en Venezuela, Cartagena, Panamá, Yucatán y Campeche en la década de 1770; en el Perú y el Nuevo Reino de Granada a principios de la década de 1790, y en Buenos Aires en 1802.

 El reglamento de O’Reilly se dividió en 11 capítulos, donde se detallaron la estructura, funciones, disciplina, uniformes, armas, derechos y obligaciones para el funcionamiento interno de tales cuerpos. Los requisitos esenciales para integrar las milicias fueron ser hombre y libre, que cumpliera la condición de vecino, tener entre 15 años y 45 años, no ejercer como abogado, escribano, médico, boticario, procurador de número, cirujano, administrador de rentas  u otras ocupaciones que por su función social impedían estar disponible en caso necesario.

O’Reilly incorporó un rasgo muy peculiar de su concepción al Reglamento. La idea de convertir a las Milicias Disciplinadas en un órgano corporativo, donde su reclutamiento y sentido de pertenencia se basara en el honor, la distinción y el orgullo de participar activamente en la defensa del Rey y sus dominios. Por ello las armas, los estandartes y los uniformes tuvieron un valor simbólico extraordinario; enfocado hacia el reconocimiento individual y social de los milicianos como militares de hecho y de derecho.

Uno de los recursos más atractivos de la nueva condición de miliciano fue el disfrute del llamado fuero militar. A pesar del conjunto de amplias prerrogativas que incluía esta disposición jurídica para los hombres de armas era muy especial el derecho de llevar las causas ante los tribunales militares en lugar de los reales y ordinarios. Tal prebenda colocó a los miembros de las milicias americanas en una ventajosa posición al sustraer a sus miembros de la autoridad de la justicia civil e incluso de la jurisdicción de los cabildos y de los gobiernos locales. De ese modo con el fuero las milicias surgidas desde la segunda década del siglo XVIII devinieron en importantes espacios para la subversión del orden estamental implantado por el reino en Hispanoamérica.

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Madre América

La efímera República Mayor de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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En vísperas del primer centenario de la independencia de Centroamérica resurgió con fuerza inusitada el movimiento unionista, como no se veía probablemente desde la época de Francisco Morazán, tema al que dedicamos una nota de Madre América. En realidad, la idea de la reunificación de los países de la región nunca había desaparecido, como demostraron el fallido intento de imponerla manu militari por el presidente guatemalteco Justo Rufino Barrios en 1885, que le costó la vida, y los esfuerzos finiseculares del mandatario de Nicaragua José Santos Zelaya.

Compulsada por el desastre telúrico de 1917, el movimiento unionista brotó en Guatemala entre los opositores a la larga dictadura de Manuel Estrada Cabrera, iniciada en 1898. Este personaje, como Porfirio Díaz en México, se había reelegido en forma ininterrumpida (1904, 1910 y 1916) con el apoyo irrestricto de la oligarquía cafetalera y Estados Unidos, cuyos intereses representaba, en especial los del monopolio frutero norteamericano United Fruit Company, al que concedió grandes extensiones de tierras y exenciones tributarias.

Al frente de la lucha antidictatorial estaba la debilitada elite conservadora, desplazada del poder por la revolución liberal de 1871, y la minúscula burguesía industrial, dueña de una fábrica de cervezas y otra de cemento en la capital, así como algunas pequeñas manufacturas en Quezaltenango. El movimiento contestatario, cuyos líderes eran todos de familias acaudaladas, no alcanzó verdadera fuerza hasta conquistar a las masas populares, en especial a los reducidos núcleos de obreros y artesanos, bajo influencia mutualista.

En 1919 los opositores a Estrada Cabrera fundaron el Partido Unionista, que se proponía el derrocamiento de la dictadura y el restablecimiento de la federación centroamericana al acercarse el centenario de su independencia de España (1821). El programa de esta agrupación incluía también la elevación del nivel de vida de la población, mejorar la instrucción pública y convocar a elecciones para formar un gobierno parlamentario. Con estas banderas, el movimiento unionista creció rápidamente, mientras se incrementaba el descontento por el incesante deterioro de la economía. Huelgas obreras, protestas públicas y motines, pusieron en crisis al régimen que, tras resistir durante toda una semana, cayó el 9 de abril de 1920. Estrada Cabrera fue declarado “enfermo mental” y encarcelado—moriría en prisión tres años después—y en su lugar asumió la presidencia el magnate azucarero Carlos Herrera.

Su gobierno constituyó un breve paréntesis democrático: fue disuelto el congreso cabrerista y se convocó a una Asamblea del Estado, llamada así pues Guatemala, siguiendo el ideario unionista, pasaba a integrarse a la denominada República Mayor de Centroamérica, a la que también se habían adherido El Salvador y Honduras. Otras medidas de Herrera, dictadas bajo la presión del nuevo parlamento, fueron la anulación de los contratos de 1908 con la UFCO, cancelándose además la bochornosa entrega de la antigua planta eléctrica alemana a la Electric Bond and Share. Las posturas soberanas del mandatario, quien tampoco aceptaba las recomendaciones de la Comisión Kemmerer para una reforma monetaria, le granjearon la hostilidad de Estados Unidos y sus aliados guatemaltecos.

Cuando el presidente Herrera se negó a contraer un nuevo empréstito con la banca norteamericana, mientras empeoraba la situación económica por la indetenible caída de los precios del café, el ejército, encabezado por el general José María Orellana, lo derrocó el 5 de diciembre de 1921. A renglón seguido se sucedieron tres gobiernos militares que sacaron a Guatemala del efímero Pacto Federal, derogaron todas las disposiciones nacionalistas, aplicaron la cuestionada reforma bancaria, pagaron una jugosa compensación a la empresa estadounidense que monopolizaba los ferrocarriles, exonerando a la UFCO del pago de impuestos, y legalizaron sus plantaciones en el litoral atlántico (1924). Las endémicas tiranías volvían a la tierra del quetzal, como pronto confirmó el ascenso al poder de un dictador todavía más sanguinario, Jorge Ubico, pero en el imaginario de los pueblos de la región persistiría el ideal de la antigua unidad centroamericana.

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