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Madre América

La Guerra que estalló el Día del Amor

René Villaboy

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Este 14 de febrero se celebra el Día del Amor, de la Amistad, del Cariño y de muchas otras manifestaciones de afecto y pasión entre los seres humanos. La jornada de San Valentín, que se llena de globos, postales, corazones, besos y de los más inverosímiles gestos y regalos entre parejas, familiares y amigos, no puede en cambio impedir el recuerdo de un hecho que marcó la historia de tres estados de América Latina. Un Día del Amor, pero del año de 1879, inició un conflicto cuyas heridas siguen abiertas hoy: La Guerra del Pacifico o Guerra del Guano y el Salitre que enfrentó a Chile, Perú y Bolivia hasta 1883, estalló en esta fecha hace ya 141 años. A esta conflagración entre países hermanos, que cambió el mapa de Sudamérica y arrancó el Día del Amor, se dedica esta nota con el fin de enlazar de manera definitiva la solidaridad de estos pueblos.

El enfrentamiento bélico entre los surandinos estados de Chile, Perú y Bolivia fue resultado del desarrollo desigual que experimentaron las tres repúblicas después de la independencia. Chile como estado-nación vivió varias décadas de un auge económico basado en las exportaciones agrícolas y de manera ascendente de la explotación y comercialización del cobre y la plata. Esto permitió que, desde el punto de vista político e institucional, el país viviera una notable estabilidad basada a la vez en las alianzas entre los diferentes sectores liberales y conservadores. En cambio, a partir de 1873 la economía chilena entró en una profunda crisis motivada por la caída de los precios de sus principales productos exportables y por el agotamiento de los yacimientos de cobre y plata. Tan grave situación motivó que aumentara la colonización chilena de los territorios de Antofagasta y Tarapacá, que figuraban dentro de las fronteras de sus vecinos Perú y Bolivia. Allí en contubernio con inversionistas británicos fueron contralando la extracción del caliche o salitre. Ello, en cambio, no detuvo el agravamiento de la crisis; que llegó a su punto máximo en 1878 con el aumento de la deuda externa, contraída en su mayoría con Gran Bretaña.

Perú, por su parte, también logró un despegue económico desde la segunda mitad del siglo XIX, ante la demanda de fertilizantes en Europa. Los depósitos de excremento de aves marinas acumulados durante años en las costas e islas peruanas, conocido como Guano, se convirtieron en el principal renglón exportable del país de los Incas. Así se inició la llamada era del Guano en el Perú que contó desde 1842 con el exclusivo control del Estado. El auge guanero facilitó el ascenso de la reforma liberal en la figura de Ramón Castilla. Bajo este régimen se eliminó la esclavitud, el tributo indígena y se impulsaron otras medidas que aceleraron la modernización de aquella república. Para los años sesenta esta bonaza económica peruana llegó a su fin. Los depósitos de Guano fueron agotándose y con ellos aumentó el déficit fiscal. Fue así que Perú tuvo que reorientarse hacia la explotación del salitre que se concentraba al sur del país, y por tanto aparecieron las contradicciones con Chile y con los inversionistas extranjeros por la posesión y explotación de dichos recursos. Por último, Bolivia vivió un continuo estancamiento económico tras su creación como república. A lo cual se añadió la fragilidad política del estado y la estructura atrasada de su sociedad. Estas circunstancias facilitaron que Chile pudiera ocupar los yacimientos salitreros que se ubicaban en Antofagasta. La crisis económica de los años 70 también afectó a Bolivia y por tanto elevó los gravámenes a la extracción de caliche que ya había autorizado a compañías chilenas y británicas.

De esa manera los tres países coincidieron en el interés por el control de las ganancias de la explotación del guano y el salitre ubicadas en sus fronteras comunes. Fue esa la causa principal para que el 14 de febrero de 1879 la provincia boliviana de Antofagasta fuera invadida por el ejército de Chile, era el comienzo de la Guerra del Pacifico. En abril de ese mismo año el conflicto chileno-boliviano implicó al Perú, después de la declaración de guerra formulada por el gobierno de Santiago. Poco más tarde el puerto peruano de Iquique fue ocupado por tropas chilenas. La Guerra del Guano y el Salitre se extendió dramáticamente durante 5 años y atravesó por varias etapas que incluyeron enfrentamientos navales, ocupaciones de territorios, enfrentamientos armados terrestres, y la resistencia de los pueblos al agresor.

El Tratado de Ancón de 1883 puso fin al conflicto fratricida que enfrentó a esos países surandinos. Como resultado Chile aumentó considerablemente su extensión territorial a costa de Perú y Bolivia, razón por la cual este último estado perdió su única salida al océano Pacifico. En cambio, el gran vencedor de aquella guerra fueron los capitales ingleses que no tardaron en apropiarse de los recursos minerales peruanos y boliviano arrebatados por Chile. Fue aquella una penosa guerra la que coincidentemente estalló el Día del Amor.    

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Bandeirantes y misiones jesuitas

Sergio Guerra Vilaboy

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Desde 1580, tras la unión de los tronos de España y Portugal, los límites fijados por el Tratado de Tordesillas (1494) entre Hispanoamérica y Brasil comenzaron a ser ignorados por los bandeirantes. Este era el nombre de bandas armadas, salidas del litoral brasileño, que penetraban al interior del continente enarbolando sus propias banderas o bandeiras en portugués. Al avanzar por los vedados territorios hispanoamericanos, prácticamente desconocidos para los europeos, los bandeirantes buscaban oro, plata, piedras preciosas o incluso indígenas, a los que vendían como esclavos en las plantaciones azucareras de Pernambuco.

Salidas de Sao Paulo, aunque algunas lo hacían de Bahía, estas bandas de aventureros criollos y portugueses, recorrían durante meses las tupidas selvas sudamericanas, aprovechando las redes hidrográficas del Paraná, el Sao Francisco y el Amazonas, hasta encontrar algo de valor que llevar a la costa de Brasil. Ese proceso expansionista coincidió con la aparición en la región de los jesuitas que, autorizados por la Corona española, reunían a los guaraníes en reducciones. En 1610 se fundó la primera misión (Loreto) en el Guairá, en el actual estado brasileño de Paraná. Otros jesuitas les siguieron y ya hacia 1630 la orden fundada por Ignacio de Loyola poseía en la cuenca del Plata cuatro amplias comarcas con miles de aborígenes agrupados en 27 misiones, ente ellas las del Guairá, Paraná medio (Paraguay), Entre Ríos y la del margen izquierdo del Uruguay (Siete Misiones).

Las reducciones del Guairá, por ser las más próximas a Sao Paulo, fueron las primeras amenazadas por los bandeirantes, que preferían apoderarse de los indígenas de las misiones, más valiosos y disciplinados que los que vivían dispersos en total libertad. Los jesuitas no sólo evangelizaban a los pueblos originarios y los concentraban en lugares de más fácil acceso, sino también los enseñaban a escribir en guaraní –para lo cual elaboraron incluso una gramática-así como técnicas y costumbres europeas para la agricultura y la vida cotidiana. En 1628 cientos de bandeirantes, encabezados por Manuel Preto y Antonio Raposo, atacaron y destruyeron varias reducciones jesuitas en la orilla izquierda del Paraná y se llevaron miles de indígenas para los mercados de esclavos de Sao Paulo y las plantaciones costeras.

Imposibilitados de detener las constantes depredaciones de los bandeirantes, los jesuitas alejaron las misiones lo más posible de Brasil. No satisfechos con la conquista del alto Paraná, los paulistaslospersiguieron con saña hasta sus reducciones del Paraguay, Entre Ríos y la Banda Oriental, haciendo caso omiso a las disposiciones oficiales que trataban de impedir sus razzias. Durante la primera mitad del siglo XVII no dieron tregua a los jesuitas ni dejaron de realizar sus incursiones en busca de esclavos, como bien recrea el laureado filme norteamericano La Misión (1986), protagonizado por Roberto de Niro. Incluso los jesuitas, que llegaron a armar y entrenar a los pueblos originarios para su auto defensa, enfrentaron al propio ejército portugués que pretendía desalojarlos de las Siete Misiones en las mal llamadas guerras guaraníes (1753-1756).

Desde 1640 la separación de España y Portugal había hecho más difícil la penetración de los paulistas en el territorio hispanoamericano, por lo que tuvieron que dejar sus ataques a las reducciones jesuitas y conformarse con llevar sus campañas al norte y al oeste, donde su suerte pronto cambió. A fines del siglo XVIII los bandeirantes encontraron los anhelados minerales preciosos en las márgenes de un tributario del río Sao Francisco –das Velhas- y en el río Doce, que desagua en el Océano Atlántico, al noroeste del Río de Janeiro. En las fuentes de ambas arterias, se fundó en 1690 la villa de Ouro Preto, convertida pronto en el centro de la explotación minera en la región que se llamó Minas Geraes. Desde entonces, las actividades de los bandeirantes quedaron en el pasado, dejando como herencia la desaparición de buena parte de los pueblos originarios y un Brasil mucho más extenso que el delineado en el tratado de Tordesillas.

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Eusebio Leal Spengler

Eric Villanueva Mukul

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Sergio Acosta Salazar, Eric Villanueva Mukul, Eusebio Leal y Miguel Hernández en la Casa Benito Juárez en La Habana, Cuba. Septiembre de 2002.

Tuve la dicha y el honor de conocer a Eusebio Leal Spengler en el verano del 2001, cuando la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados de México, encabezados por su Presidente el Diputado Ricardo García Cervantes y un servidor como Vicepresidente, realizamos una visita a La Habana para entrevistarnos con la Asamblea del Poder Popular de Cuba.

La agenda incluía una serie de encuentros con nuestros homólogos cubanos, con el gobierno cubano, con su Presidente Fidel Castro Ruz y entre otros una visita a La Habana Vieja.

En la visita a La Habana Vieja fuimos recibidos por Eusebio Leal en el Palacio de los Capitanes Generales, en ese entonces, si la memoria no me traiciona, sede de la Casa del Historiador y de su Director. Después de una breve recepción y de mostrarnos los logros en la restauración de dicho Palacio, procedimos a realizar una visita por La Habana Vieja para constatar los avances en el rescate de los antiguos edificios, muchos de ellos deteriorados por el tiempo y la falta de mantenimiento, que en ese entonces se venía realizando con el apoyo de la UNESCO y el gobierno cubano, para salvar dichos edificios devolverles su belleza y muchos de ellos rescatarlos para su uso público y como vivienda popular. La  perseverancia y dedicación terminó transformando y dándole nueva vida a La Habana Vieja para disfrute de los habitantes de esa ciudad y como Patrimonio de la Humanidad. La restauración de La Habana Vieja sirvió como ejemplo de lo que se podía hacer en varias ciudades de América Latina y el Caribe.

De ese primer encuentro me habían impresionado varias cosas de Eusebio: su dominio del tema y la entrega en la realización de su labor, pero sobre todo la sencillez y la calidez de su trato.

El 16 de septiembre de 2002 en la Ofrenda Floral frente al Monumento de Miguel Hidalgo y Costilla en La Habana. Eusebio Leal, el Diputado cubano Ramón Pez Ferro y Eric Villanueva Mukul.
 

Un año después, en septiembre del 2002, durante el gobierno de Vicente Fox con motivo de las tensas relaciones existentes entre México y  La Habana, y ante la amenaza del rompimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países, en mi carácter de Vicepresidente y Presidente electo de la Cámara de Diputados, encabecé una delegación de diputados mexicanos que, como parte de la diplomacia parlamentaria, ayudara a mejorar dichas relaciones.

Dicha delegación asistió a las festividades que, con motivo de la independencia de México, nuestra Embajada realizaba cada año en la Isla. Ese año se había suprimido cualquier festividad, no obstante el gobierno cubano organizó una Gala en el Teatro Carlos Marx, con la asistencia de distinguidas personalidades de la cultura y el gobierno cubano encabezados por el propio Fidel Castro.

La agenda incluyó también la entrega de una Ofrenda Floral ante el monumento de Miguel Hidalgo y Costilla, así como una visita a la Casa Benito Juárez; en ambas actividades nuestro anfitrión fue Eusebio Leal, quien además de ser el Historiador de La Habana, era Diputado a la Asamblea del Poder Popular. Nuevamente Eusebio nos obsequió su gran conocimiento de la historia de México y de las relaciones históricas entre México y Cuba a través de los siglos. Nos mostró el gran rescate realizado en el edificio de la Casa Benito Juárez y la consagración de dicho espacio para fomentar la amistad y el intercambio cultural entre Cuba y México.

En julio del 2003 tuve el gusto de saludarlo durante la VI Interparlamentaria México-Cuba realizada en Morelia, Michoacán en la que ambos formábamos parte de nuestras respectivas delegaciones parlamentarias. Más allá de los resultados positivos que tuvo dicha reunión para mantener firmes las relaciones entre ambos países, Eusebio nos dejó un buen sabor de boca por su capacidad oratoria, su gran cultura y sobre todo su gran habilidad argumentativa.

Cuba y la humanidad han perdido al historiador, al asambleísta, al hombre culto, al polemista; pero su obra escrita y material plasmada en sus libros y sobre todo en el rescate histórico, arquitectónico y urbanístico de La Habana Vieja como Patrimonio de la Humanidad, lo va a trascender.


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Migrar: un pecado latino

Raciel Guanche Ledesma

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La libertad del hombre por conocer, viajar y hasta migrar en busca de mejores condiciones económicas o laborales es tan antigua como la propia existencia humana. En la antigüedad, y permítanme ser reiterativo en términos, los habitantes se movían con independencia y sin barreras estructurales de un lado a otro en busca de asentarse en lugares donde las condiciones naturales para el desarrollo agrícola o individual fueran propicias.

En América se registra como teoría más aceptada que sus primero pobladores llegaron luego de cruzar el Estrecho de Bering, un punto que distancia con un breve mar el extremo oriente de Siberia con el noroccidental de Alaska. Así fue entonces como la migración tocó por primera vez nuestras tierras y colocó los primeros asentamientos al norte. Luego progresivamente se extendió al sur y comenzaron a formarse las nacientes civilizaciones.

Después con el devenir histórico, el flujo migratorio se fue estrechando bajo las dolorosas riendas coloniales que, sobre todo en América, nos marcó por la injusta trata esclavista. Así llegaron a nuestro continente, por ejemplo, las tradiciones africanas, la transculturación y el tan rico mestizaje entre blancos y negros, algo que don Fernando Ortiz denominó muy acertadamente como “ajiaco”, haciendo referencia a la variedad de los componentes étnicos presentes en nuestra raza.

A este paso podríamos extendernos con incontables ejemplos de tránsito de un continente a otro, incluso, de japoneses e italianos que hasta nuestros días tienen descendencia en comunidades de Suramérica. Sin embargo, el objetivo no es continuar hablando de lo que fuimos, que es realmente meritorio, sino llegar a lo que somos tantos siglos después en plena modernidad y cargados de barreras estereotípicas.

Decir hoy que la migración ocurre como un proceso tan natural como el deseo del hombre por el elegir su futuro donde estime conveniente, es cuando menos dudoso. Pareciera que conceptos como los de “libertad migratoria” o “migración justa” se han retrotraído en el tiempo y divagan entre decisiones políticas y de orden discriminatorias en distintas partes del mundo.

Los nuevos preceptos han anticipado una crisis que se viene construyendo sobre una base de poder desde hace siglos. Muchas fronteras al norte, por lo general infranqueables, hacen funcional una filosofía selectiva de tránsito hacia esas naciones poderosas.

Y es que la migración ordenada entre los países desarrollados sucede por lo general sin inconvenientes, pero cuando ciudadanos de países empobrecidos o subdesarrollados desean emigrar por cualquier índole hacia ese primer mundo, no poseen el privilegio legal para hacerlo y es ahí donde comienza la irregularidad en el flujo migratorio.

De transgresor se pudiera calificar este desigual tratamiento que intentan justificar con una “carencias de valores sociales o violencia” que proviene del sur, algo que incluso, se ha llegado a estereotipar en distintos países. Es doloroso que el migrante latino en su empeño por llegar a los Estados Unidos o a Norteamérica que es generalmente el centro meta, tenga que arriesgar su vida entre acantilados de la selva, en trenes cargados de mercancía o drogas y entre mafias sanguinarias.

Si tienen éxito en su travesía quizás pueda alcanzar ese “sueño americano”, pero quien duda que de no ser así, el niño, el joven o los padres que lucharon durante meses para llegar a una frontera dividida por potentes aceros, jamás regresen a sus hogares.

Suena escalofriante de sólo pensar los riesgos a los que se exponen ahora mismo cientos y cientos de latinos, mientras la indolencia de quienes se aferran a muros y barreras cada vez más divisorias vuelve a tomar la palabra como en el más ridículo mitin electoral norteamericano.

Sin dudas, el saldo de la migración en Centroamérica es el que pagan miles de latinos con sus vidas. El desprecio a la fuerza laborar del capitalismo demoledor, que no es más que la sangre extranjera, esa a la que exprimen como a un despiadado animal, hace que las rutas de tránsito de un lugar a otro sean cada vez más hostiles e inseguras.

Nadie pensaría, ni los antepasados más conservadores, que el poder y la ambición hicieran de nuestro único planeta, un lugar donde el hombre no acepte al hombre sólo por no haber nacido en un pedazo de tierra común. Claro que no podemos ser absolutos y mucho menos hacer catarsis de los pueblos dignísimos con que contamos. Y es que los límites migratorios no son definidos en la mayoría de los casos por las sociedades, sino por los gobiernos y estados que interponen su voz por encima del sentido común.

Se entiende que para determinados países la sobresaturación en la densidad migratoria sea, incluso, un tema complicado. Pero entonces, ¿por qué no ordenar ese tránsito sin infundirle un carácter aberrante a la situación y sin proponer barreras millonarias que avergüenzan nuestros días? La respuesta a esta interrogante sigue divagando entre dos aguas, entre partidos políticos y en sectores poderosos, obviando así la voz de quienes sufren dentro y fuera del primer mundo.

Si bien hoy la migración debiera ser un derecho inalienable del ser humano, se ha convertido a fuerza de muros en una práctica riesgosa para miles de personas. Lo que no imaginarían nuestros antepasados cuando caminaban sin restricciones desde Alaska hasta la Patagonia es que con el tiempo, la “libertad” cobraría otro sentido y con ella las rutas hacia el río Bravo llevarían el distintivo sello de la frustración.

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