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Madre América

Militares desarrollistas y reformistas

Juan J. Paz y Miño Cepeda

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Después de la independencia, la mayoría de países latinoamericanos iniciaron su vida republicana con gobiernos militares. Sus caudillos formaron parte esencial de la historia de la región, bien como dictadores o patrocinando gobernantes civiles, al servir de instrumento en las confrontaciones por el poder entre las elites liberales y conservadoras.

El caudillismo militar cambió con el avance del siglo XX, por una serie de factores. De modo que las intervenciones de los militares se volvieron institucionales. En países como Ecuador, con la Revolución Juliana (1925); en Chile, con el “Comité Militar” (1924); o en Brasil, con el “tenentismo” (iniciado en 1922, culminó con la Revolución de 1930 que llevó al poder a Getulio Vargas), la joven oficialidad jugó un papel fundamental para iniciar procesos históricamente destinados a superar el régimen oligárquico, que se caracterizó por la hegemonía despótica de la elite terrateniente, comercial y financiera en el poder, que impedía la modernidad capitalista. Esos militarismos tempranos fueron socialmente reformistas, nacionalistas, con orientación popular. Incluso hubo militares socialistas.

Las orientaciones institucionales cambiaron con la guerra fría. Bajo el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, 1947), los militares latinoamericanos pasaron a formar parte de las estrategias de seguridad continental de los EEUU, fueron técnicamente asesorados e ideológicamente orientados en el anticomunismo, especialmente a raíz del triunfo de la Revolución Cubana (1959), cuando las fuerzas armadas de todos los países quedaron preparadas para impedir cualquier proceso parecido. De modo que durante la década de 1960 las dictaduras militares que se sucedieron en distintos países (como Argentina, 1962 y 1966; Ecuador, 1963; Brasil, 1964; Bolivia, 1966) estaban convencidas del cumplimiento de una trascendental misión anticomunista y, al mismo tiempo, desarrollista. El surgimiento de una serie de guerrillas en varios países latinoamericanos parecía justificar las posturas militares. Sin embargo, el desarrollismo, convertido en modelo económico por esas mismas dictaduras, sirvió doblemente: de un lado, para superar los vestigios del régimen oligárquico; de otro, para impulsar la definitiva consolidación del capitalismo en sus países.

El rasgo anticomunista se reprodujo, en forma brutal, una década más tarde: en Chile, con la implantación de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), en Argentina, con Jorge Videla (1976-1981); Uruguay, con Juan María Bordaberry (1972-1976); Bolivia, con Hugo Banzer (1971-1978), a quienes hay que sumar Alfredo Stroessner (1954-1989) en Paraguay. Los estudios sobre la época han calificado, con exactitud, de dictaduras terroristas a las que dominaron el Cono Sur del continente, mediante la institucionalización de los asesinatos, torturas, desapariciones y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. La perniciosa “Doctrina de la Seguridad Nacional” sirvió de fundamento para encontrar “enemigos internos” (siempre las izquierdas y especialmente el marxismo), lo que incapacitó a los militares para comprender las dinámicas políticas derivadas de las sociedades civiles latinoamericanas, profundamente fraccionadas por diversos intereses de clase. En consecuencia, las dictaduras terroristas inevitablemente atacaron a los sectores populares, clases medias y laborales, para consolidar una vía capitalista de exclusivo beneficio para las elites empresariales y los capitales transnacionales.

 Pero hubo dos dictaduras que se colocaron lejos de esos modelos de terrorismo de Estado: una fue la “Revolución Peruana” encabezada por el general Juan Velasco Alvarado entre 1968 y 1975; y otra, el “Gobierno Revolucionario y Nacionalista de las Fuerzas Armadas” en Ecuador, presidido por el general Guillermo Rodríguez Lara, entre 1972 y 1976. La dictadura de Omar Torrijos (1968-1981) en Panamá, no tuvo los rasgos que caracterizaron a las del Perú y Ecuador, si bien impulsó parcialmente el desarrollismo y algunas políticas sociales, aunque su logro más trascendente fue el acuerdo con los EEUU para la “panameñización” del canal. Su muerte, en un raro accidente de aviación (31/julio/1981), ha sido comparada con el similar accidente aviatorio que sufriera el expresidente ecuatoriano Jaime Roldós (24/mayo/1981), lo que despertó las sospechas de que estas dos personalidades fueron víctimas del “Plan Cóndor”, orquestado por el dictador Augusto Pinochet.

El gobierno peruano se orientó por las “Bases Ideológicas” y el ecuatoriano por la “Filosofía y Plan de Acción” inspirada en los conceptos de sus vecinos. Ambos proclamaron “ni capitalismo, ni comunismo”; pero el que pasó a llamarse como “socialismo peruano” adquirió rápidamente fama internacional; y, si se lee con detenimiento, la “Filosofía…” de los militares ecuatorianos sorprende, porque, sin utilizar un lenguaje marxista, prácticamente contiene principios que habían sido reivindicados por las izquierdas. De modo que los militares de los dos países resultaron ejecutores históricos de la liquidación definitiva del régimen oligárquico tradicional, impulsaron la industrialización y afianzaron un tipo de capitalismo social, pues claramente llevaron adelante políticas que favorecieron el mejoramiento de las condiciones de vida y de trabajo de la amplia población, aunque bajo un marco autoritario, jerárquico y controlador, que nunca llegó a los extremos antihumanos de las dictaduras del Cono Sur.

Los dos gobiernos fortalecieron al Estado, formularon planes de desarrollo, colocaron los sectores estratégicos en manos estatales y coincidieron en llevar una política nacionalista en materia petrolera, que despertó las reacciones de los EEUU: Perú nacionalizó al sector, claramente afectó a la International Petroleum Co. y creó PETROPERÚ; en Ecuador se revisaron contratos petroleros, concluyó la refinería, el Estado controló las exportaciones petroleras, también la mayoría accionaria del consorcio Texaco-Gulf y se creó CEPE. En los dos países, el “estatismo” requirió de numerosas entidades públicas que aumentaron la burocracia; pero también sirvieron para proveer amplios servicios públicos y para desarrollar infraestructuras que, de otro modo, no se habrían logrado. En Perú se hizo una reforma agraria que afectó a la oligarquía serrana y particularmente a la azucarera costeña; en Ecuador esa reforma ya fue iniciada por la Junta Militar de 1963-1966, pero el Nacionalismo Revolucionario todavía la planteó para suprimir los últimos vestigios del sistema hacienda (aunque suspendió la aplicación de uno de los artículos radicales de la ley). Perú fue más lejos: nacionalizó la banca, estatizó la industria pesquera, impuso el control estatal sobre la radio, la televisión y llegó a nacionalizar todos los medios de comunicación; creó el “Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social” (SINAMOS) e incluso las “comunidades industriales”, con participación de los trabajadores en la administración de las empresas. Además, estableció relaciones diplomáticas con la URSS (adquirió allí adelantadas armas de guerra), la República Popular China, Corea del Norte y los países socialistas de Europa del Este.

Resultan coincidentes las reacciones oligárquicas y de las elites empresariales contra los dos gobiernos militares, así como las sensibilidades despertadas en los EEUU que, en cambio, respaldaban abiertamente a los otros regímenes terroristas en la región. La política petrolera nacionalista de Rodríguez Lara, que había frenado la voracidad privada, fue combatida permanentemente. En los dos países no faltaron acusaciones de “comunismo” y  “estatismo”. La relativa crisis económica por el derrumbe de los precios del petróleo llegó en 1975. En agosto de ese año, un golpe de Estado colocó en el poder al general Francisco Morales Bermúdes (1975-1980), quien abandonó la “revolución” y se propuso erradicar a la izquierda radical que supuestamente había adquirido excesiva influencia. En Ecuador, el 1 de septiembre de ese mismo año el general Raúl González intentó un golpe de Estado, que, pese a su fracaso, fue determinante para que las fuerzas armadas decidieran el recambio a través de un “Consejo Supremo de Gobierno” (1976-1979), que dio un giro derechista, pues abandonó la filosofía nacionalista en materia petrolera, adoptó políticas represivas e inició el endeudamiento externo que repercutió gravemente sobre los gobiernos constitucionales iniciados en agosto de 1979.

La década de los setenta resultó inédita en Ecuador porque el crecimiento económico fue espectacular (las exportaciones petroleras de dos años y medio, a partir de agosto de 1972, equivalen a los ingresos del comercio externo del país durante su vida republicana) y ciertamente mejoraron las condiciones de vida y de trabajo, por el desarrollismo, el reformismo y hasta el “populismo” militar. Pero mientras el proceso peruano ha merecido múltiples libros e investigaciones, el ecuatoriano apenas ha sido estudiado. Desde luego, su “estatismo” continúa atacado por las elites económicas, que solo admiten como válido un modelo basado en el mercado y el reinado absoluto de la empresa privada que, sin embargo, como se demostró durante las décadas finales del siglo XX e inicios del XXI, así como en la actualidad, solo ha servido para liquidar capacidades estatales, perjudicar el desarrollo nacional, reconcentrar la riqueza y deteriorar la calidad de vida y de trabajo en el país.

De otra parte, el reformismo desarrollista militar en Ecuador y Perú ha dado otra lección histórica para las mismas filas militares latinoamericanas: cuando la institución se ha colocado del lado de la población y no de las elites oligárquicas y empresariales, no solo se ha logrado avances económicos y cambios sociales, sino que se ha evitado caer en los traumáticos sistemas de represión brutal, como los que caracterizaron a las dictaduras del Cono Sur, varios de cuyos responsables, aunque sea años más tarde, fueron conducidos ante cortes internacionales y a juicios por delitos de lesa humanidad.

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La triste historia de Jean François y sus tropas en Campeche

Sergio Guerra Vilaboy

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En nota de Madre América contamos que tras la paz de Basilea (1795), España tuvo que entregar Santo Domingo a Francia, lo que obligó a sacar sus fuerzas militares, incluidas las Tropas Auxiliares Negras de Jean François y Georges Biassou. La negativa de las autoridades españolas y la elite de Cuba a recibirlas, por temor a su impacto en la población negra –que ya festejaba el próximo arribo del general Juan Francisco-, obligó a dispersarlas por España, Florida, Guatemala, Portobelo, Trinidad, la Costa de los Mosquitos y Campeche.

Poco se sabe de la vida de Jean François antes de la rebelión de los esclavos en agosto de 1791. Llegó a Saint Domingue, procedente de África, como esclavo y trabajo en la plantación de Patacu, nombre que adoptaría como apellido. Escapado de la dotación, vivió como cimarrón hasta unirse a la revolución esclava, en la que pronto sobresalió sobre los demás jefes: Georges Biassou, Jeannot Bullet y Toussaint Louverture. Imitando a los oficiales franceses, usó uniformes ornamentados con cintas, galones y condecoraciones. En noviembre de 1791 ordenó ejecutar a Jeannot por los injustificados asesinatos cometidos contra sus propios hombres y la población.

Atraídos por las ofertas de la Corona española, enfrentada a la Revolución Francesa, los principales generales negros apoyaron a Madrid desde principios de 1793, aunque al año siguiente, atraídos por la abolición de la esclavitud aprobada en París, Toussaint Louverture y otros jefes abandonaron su alianza con España y respaldaron a Francia. Al frente de las Tropas Auxiliares Negras sólo permanecieron Juan Francisco Patacu y Jorge Viason, ahora con sus nombres españolizados, aunque el prestigio del primero se vio resentido por la masacre cometida por sus hombres, en julio de 1794, al rendir la fortaleza francesa de Dauphin (Bayajá).

En virtud de lo acordado en Basilea, las Tropas Auxiliares Negras y sus familias, tuvieron que ser evacuadas de Santo Domingo. El primero en llegar a La Habana en tres navíos hispanos, el 1 de enero de 1796, fue Juan Francisco con once oficiales y más de un centenar de acompañantes, que enseguida fueron obligados a continuar para Cádiz, donde no eran esperados. Una semana después arribaron los demás barcos reales, menos uno que fue a parar a Virginia por una tormenta. Transportaban al resto de las tropas auxiliares y familiares, cerca de 700 personas, que como los de Juan Francisco fueron aislados en sus embarcaciones, ancladas en la orilla opuesta a la amurallada villa de La Habana, hasta su salida a un nuevo paradero.

El mayor contingente, más de 300 personas, fue enviado a la Costa de los Mosquitos y el más pequeño a La Florida, destino de Georges Biassou y su reducido séquito de poco más de veinte integrantes. Tras el restablecimiento de la soberanía española en Santo Domingo (1811), una parte de los asentados en Centroamérica, dirigidos por el brigadier Gilé (Gil Narciso), retornó a La Española con escala en La Habana, donde no pudo desembarcar. No obstante, estableció contacto con el artesano mulato José Antonio Aponte, quien era el líder de una conspiración igualitarista, abortada al año siguiente.

Los restantes miembros de las tropas negras, divididos en tres grupos de más de cien personas cada uno, fueron remitidos a la isla de Trinidad, entonces parte de la Capitanía General de Venezuela –que los devolvió de inmediato a Santo Domingo-; a Portobelo en Panamá, así como a Campeche en el Virreinato de Nueva España. Los 155 que arribaron al oriente de la península de Yucatán fueron ubicados en Aké, un sitio apartado y despoblado donde recibieron tierras para su cultivo. Allí levantaron el pueblecito de San Fernando, con chozas semejantes a las construidas por los mayas, que llegó a tener su propia iglesia. Al estallar en 1848 la guerra de castas, la mayoría de ellos buscaron refugio en Belice.

Por último, Juan Francisco Patacu y su numerosa comitiva arribó a Cádiz en marzo de 1796. A los oficiales no les fue reconocido su rango militar, ni recibieron compensaciones económicas, sufriendo muchas penurias. En 1813, el Consejo de Regencia acordó reenviarlos a la Costa de los Mosquitos, pero el general Jean François, unos de los líderes de la gran revolución de los esclavos de Saint Domingue, fallecido el 16 de septiembre de 1805, ya estaba enterrado en el cementerio de Puerta de Tierra como “Don Juan Piticu”.

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Eusebio Leal nos enseñó a ver La Habana con nuevos ojos

MARIETA CABRERA

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El gesto de tributo a Eusebio Leal se inspira en la popular canción Sábanas blancas, del trovador cubano Gerardo Alfonso, que evoca con esa imagen el espíritu de La Habana: desinhibido, franco.

Sin reponerse de la partida física del hombre que tanto la amó, La Habana salió a los balcones y colgó sábanas blancas que esta vez anudó con tristeza. El gesto, multiplicado en las barriadas de la urbe pocas horas después de conocerse el fallecimiento de Eusebio Leal Spengler, el pasado 31 de julio, fue parte del tributo de los habaneros al Historiador de la Ciudad.

Poseedor del don de la oratoria, Eusebio supo contar como nadie la historia de La Habana y, más que eso: la de Cuba. Escucharlo era para cualquier auditorio, incluso para el integrado por conocedores del tema, un aprendizaje y, a la vez, un encantamiento.

Por estos días se ha recordado al muchacho de formación autodidacta que con apenas 25 años se convirtió en director del Museo de la Ciudad de La Habana, un camino en el que –como reconoció siempre Eusebio–, mucho debió a Emilio Roig de Leuchsenring, su maestro y predecesor, quien “abrió enormes puertas para mí y me regaló mis primeros libros de historia”.

Durante los más de cincuenta años que se dedicó a obrar por la ciudad, Leal enfrentó incomprensiones, el desaliento de algunos, la burocracia  –“mal que pervierte a la administración”, decía–, entre otras adversidades, pero nada lo detuvo en su proyecto de reconstruir el Centro Histórico, entendido no como el simple hecho de restaurar para exhibir la belleza del patrimonio, sino como un proceso cultural, participativo, cuyo centro es la gente que habita esos espacios.

Lo ilustran el hogar materno, la clínica de rehabilitación infantil y las instituciones dedicadas a la atención del adulto mayor que surgieron en esa parte de la ciudad, sin olvidar la editorial Boloña, la emisora Habana Radio, los museos, las escuelas… Entre las últimas, una en particular: la Escuela Primaria Rafael María de Mendive, institución que renace de los cimientos y el espíritu del otrora colegio San Pablo, donde una vez estudió José Martí.

En la calle del Prado, distinguida entre las que conforman esa parte antigua de la urbe, está la escuela.  El tres de septiembre de 2018, cuando se abrieron sus puertas y el patio fue colmado de niños y niñas, Eusebio se veía feliz.

Esta obra significa –había dicho minutos antes el doctor en Ciencias Históricas– “seguir la huella del magisterio cubano que tuvo a lo largo de siglos el papel de ser depositario de valores, de sentimientos, de pureza, abnegación, sacrificio, patriotismo; que tuvo su momento más alto en los años que precedieron al gran levantamiento del 10 de octubre, saludado por José Martí con emotivos versos-escritos probablemente sobre el pupitre de esta escuela-cuando recuerda que sobre el piano y con un plano del oriente de Cuba, el maestro Mendive y  algunos de los maestros y amigos, seguían con el índice la marcha del Padre de la Patria por el oriente de Cuba”.

Un año después, el 15 de noviembre de 2019, en una entrevista publicada en la revista BOHEMIA, al insistir en que la obra social nunca debe ser menor que la obra artística o la de restauración, expresó: “Me alegro que La Habana esté. Hay muchas ciudades en el mundo que en aras de una reinterpretación de la modernidad cambiaron completamente. Las conozco bellas pero desiertas, convertidas en ciudades fantasmas porque el uso y abuso de una determinada corriente de explotación las ha transformado, están como embalsamadas.

La Habana es una ciudad viva. Cuando comenzamos el proyecto del Centro Histórico hace tantos años, la idea de lo social estuvo y estará siempre. De manera que la ciudad viva, que la gente entre y salga, haga su vida cotidiana, establezca formas de trabajo, negocios, que no permitan que la ciudad muera”.

Pero esta tarea colosal –sabía el historiador– no puede ser realizada por un solo hombre: “Quien debe hacer algo como lo mío requiere una multitud”, admitía, y se mostraba agradecido por las legiones de arquitectos, urbanistas, obreros que durante años habían trabajado vinculados a la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Entre ellos, a pie de obra, se le vio muchas veces, convencido de que la única manera de solucionar los problemas es trabajando y uniendo a las personas. Mucho se ha de extrañar al intelectual, al patriota, al revolucionario que en un congreso de escritores y artistas cubanos, en la Asamblea Nacional–como diputado por varias legislaturas–, y en otras tribunas, expresó con valentía lo que pensaba sobre asuntos peliagudos de la realidad cubana. No era Eusebio hombre de andar con paños tibios. Y por eso también fue querido y respetado.

Duele la certeza de no hallarlo a la vuelta de una esquina, recorriendo las calles de la ciudad, la que quería más cuidada y amada por sus habitantes. Es esta, pues, una deuda que tenemos todos con La Habana y con el más Leal de sus admiradores, quien nos enseñó a verla con nuevos ojos.

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Bandeirantes y misiones jesuitas

Sergio Guerra Vilaboy

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Desde 1580, tras la unión de los tronos de España y Portugal, los límites fijados por el Tratado de Tordesillas (1494) entre Hispanoamérica y Brasil comenzaron a ser ignorados por los bandeirantes. Este era el nombre de bandas armadas, salidas del litoral brasileño, que penetraban al interior del continente enarbolando sus propias banderas o bandeiras en portugués. Al avanzar por los vedados territorios hispanoamericanos, prácticamente desconocidos para los europeos, los bandeirantes buscaban oro, plata, piedras preciosas o incluso indígenas, a los que vendían como esclavos en las plantaciones azucareras de Pernambuco.

Salidas de Sao Paulo, aunque algunas lo hacían de Bahía, estas bandas de aventureros criollos y portugueses, recorrían durante meses las tupidas selvas sudamericanas, aprovechando las redes hidrográficas del Paraná, el Sao Francisco y el Amazonas, hasta encontrar algo de valor que llevar a la costa de Brasil. Ese proceso expansionista coincidió con la aparición en la región de los jesuitas que, autorizados por la Corona española, reunían a los guaraníes en reducciones. En 1610 se fundó la primera misión (Loreto) en el Guairá, en el actual estado brasileño de Paraná. Otros jesuitas les siguieron y ya hacia 1630 la orden fundada por Ignacio de Loyola poseía en la cuenca del Plata cuatro amplias comarcas con miles de aborígenes agrupados en 27 misiones, ente ellas las del Guairá, Paraná medio (Paraguay), Entre Ríos y la del margen izquierdo del Uruguay (Siete Misiones).

Las reducciones del Guairá, por ser las más próximas a Sao Paulo, fueron las primeras amenazadas por los bandeirantes, que preferían apoderarse de los indígenas de las misiones, más valiosos y disciplinados que los que vivían dispersos en total libertad. Los jesuitas no sólo evangelizaban a los pueblos originarios y los concentraban en lugares de más fácil acceso, sino también los enseñaban a escribir en guaraní –para lo cual elaboraron incluso una gramática-así como técnicas y costumbres europeas para la agricultura y la vida cotidiana. En 1628 cientos de bandeirantes, encabezados por Manuel Preto y Antonio Raposo, atacaron y destruyeron varias reducciones jesuitas en la orilla izquierda del Paraná y se llevaron miles de indígenas para los mercados de esclavos de Sao Paulo y las plantaciones costeras.

Imposibilitados de detener las constantes depredaciones de los bandeirantes, los jesuitas alejaron las misiones lo más posible de Brasil. No satisfechos con la conquista del alto Paraná, los paulistaslospersiguieron con saña hasta sus reducciones del Paraguay, Entre Ríos y la Banda Oriental, haciendo caso omiso a las disposiciones oficiales que trataban de impedir sus razzias. Durante la primera mitad del siglo XVII no dieron tregua a los jesuitas ni dejaron de realizar sus incursiones en busca de esclavos, como bien recrea el laureado filme norteamericano La Misión (1986), protagonizado por Roberto de Niro. Incluso los jesuitas, que llegaron a armar y entrenar a los pueblos originarios para su auto defensa, enfrentaron al propio ejército portugués que pretendía desalojarlos de las Siete Misiones en las mal llamadas guerras guaraníes (1753-1756).

Desde 1640 la separación de España y Portugal había hecho más difícil la penetración de los paulistas en el territorio hispanoamericano, por lo que tuvieron que dejar sus ataques a las reducciones jesuitas y conformarse con llevar sus campañas al norte y al oeste, donde su suerte pronto cambió. A fines del siglo XVIII los bandeirantes encontraron los anhelados minerales preciosos en las márgenes de un tributario del río Sao Francisco –das Velhas- y en el río Doce, que desagua en el Océano Atlántico, al noroeste del Río de Janeiro. En las fuentes de ambas arterias, se fundó en 1690 la villa de Ouro Preto, convertida pronto en el centro de la explotación minera en la región que se llamó Minas Geraes. Desde entonces, las actividades de los bandeirantes quedaron en el pasado, dejando como herencia la desaparición de buena parte de los pueblos originarios y un Brasil mucho más extenso que el delineado en el tratado de Tordesillas.

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