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Gotero de letras

Lluvia de las ciruelas

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Desde hace unos días descubrí que las ciruelas brotaron antes de que caigan las lluvias, con su cáscara tan tenue que apenas cubre el amarillo de la pulpa de esta fruta, llamada de ese modo por carecer de la palabra adecuada en castellano para designarla. En lengua maya es abal, pero como el idioma de los colonizadores no registraba ese vegetal tan de nosotros, precisaron acudir a una voz que, por analogía, sirviera a los fines de un bautizo que cobró carta de naturalidad en el habla de los yucatecos.

Cada año celebro la floración de mi árbol de ciruela puesto que en Yucatán, este suceso sirve para anticipar la cercanía de las lluvias, y cuando después de los extenuantes días de seca y calor al fin cae la primera llovizna, los que saben explican que se trata de la lluvia de las ciruelas, en alusión no sólo al advenimiento de los deseadísimos aguaceros, sino también a que la monotonía del paisaje reinante desde inicios de marzo, pronto dará paso al brillo de esas frutitas que, con su gama de vivos rojos y diversos matices, colgarán de los gajos sin hojas de la arboleda que se hincha orgullosa en los solares.

Debo aclarar, sin embargo, que comprendo poco el misterio de las ciruelas, porque sorteando las peores hostilidades impuestas por la sequía, por la aridez que precede las aguaceros caudalosos, sin avisar recogen de quién sabe dónde los jugos necesarios para hacer brotar sus frutos, ácidos en extremo cuando verdes, pero de una dulzura celestial cuando maduran. Algo similar ocurre con las piñuelas — ch´om en lengua maya— una fruta casi extinguida del paisaje urbano, pero que en los años sesenta se podía localizar en cualquier monte aledaño a la ciudad de Mérida. Ellas, coloreadas con tonos inusitados, mientras más sequedad hubiera más suavidad derivaba de ese néctar agridulce que rodea las semillas aprisionadas en la brevedad de sus carnes.

Ciertamente nuestra ciruela no es ciruela y, para mayor enredo, el famoso abal, incluido el Chi’abal, que es la variedad más fina de esta fruta, pertenecen a la familia de los mangos, según se desprende de los estudios de don Alfredo Barrera Vásquez. Pero es nuestra, y al igual que el vino de pantano aceptado por José Martí como signo de identidad latinoamericana, las ciruelas yucatecas nos identifican en cierto sentido. Cuando menos yo así lo siento, sobre todo porque desde niño las saboreo verdes con sus toques de sal y chile, o maduras cuando rebosan de dulzura con sus increíbles jugos. Si alguien tiene un árbol de ciruelas en su patio, asegúrese de cuidarlo pues, como se ve, su posesión, si bien encierra misterios, ofrece ventajas, entre otras poder calcular con presición la caída de las lluvias.

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Rafael Gamboa, Ravachol

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Popular por sus discursos contra los patronos absurdos y la reacción yucateca, Rafael Gamboa, Ravachol, fue uno de los protagonistas que saltó a la arena política, con el respeto que se fueron granjeando los obreros de Mérida y Progreso, durante el derrocamiento de la dictadura porfirista y el triunfo de la Revolución. Corresponde recordar, en tal sentido, que la ciudad adornada para recibir al dictador en 1906, también estaba habitada por personas respetables que con su activismo e ideas, anticiparon el camino que recorrería el movimiento revolucionario en Yucatán. En ese entorno debe situarse a Ravachol, el barbero humilde que precisó transgredir reglas y personas que se negaban a admitir la voz de los obreros en el nuevo escenario que se urdía.

Como puede advertirse, su apodo hacía referencia a François Claudius Koënigstein, el anarquista francés que estremeció Barcelona, conocido con el mismo alias que le pusieron a Rafael Gamboa. Éste, por su parte, era un líder bilingüe que lo mismo arengaba en maya que en español, y que por su empuje e ideario emancipador, resultó electo presidente del Partido Socialista Obrero, integrado a mediados de 1916, cuando sus fundadores armonizaron los propósitos por los que lucharon desde varios años antes, con el orden revolucionario establecido por el general Salvador Alvarado. Uno de sus primeros discursos, “…pronunciado en términos candentes” en la Plaza Grande, según aseveraba un testigo, trató de entusiasmar a los presentes para que votaran en las elecciones municipales que se acercaban, y en las que el naciente Partido salió airoso con la elección de José Dolores Sobrino Trejo como alcalde de Mérida.

Pero Rafael Gamboa, de quien se ignora la fecha de su natalicio, debatía con todos y a través de todos los medios a su alcance, incluso con sus más cercanos correligionarios. En noviembre de 1916, por ejemplo, en de las páginas de La Voz de la Revolución, Ravachol atrajo la atención de los lectores con motivo de una polémica que sostuvo con el líder ferrocarrilero Héctor Victoria Aguilar, quien a pesar de haber compartido con él la fundación del Partido y otros designios, no concordaba en algunos aspectos que Rafael Gamboa consideraba que merecían discutirse en público. La propensión por el debate fue una característica de este fogoso trabajador, pues quienes lo conocieron se ocuparon de sacar a la luz este rasgo de su personalidad. Carlos Loveira, el novelista cubano que vivió exiliado en Yucatán, se refería a Rafael Gamboa como un “…vehemente y temerario sembrador de rebeldías, que disfrutaba con su camarada Arjona de una significativa homonimia: ambos llevaban el sobre nombre de Ravachol…”

En esta clara nota de Carlos Loveira, relacionada con la igualdad del alias atribuido a dos personas, quizás pueda hallarse el origen del vocablo en plural, ravacholes, que años más tarde fue de uso común en Mérida para describir a los obreros dispuestos a la discusión y a los emplazamientos de huelga, frente a la mínima injusticia. Lo anterior se colige a través de un diálogo de Antonio Ancona Albertos con Agustín Monsreal Gómez, sostenido en 1920, mientras urdían la idea de convocar a un movimiento de inquilinos contra los propietarios abusivos, por lo que Ancona sugiere: “A la huelga, don Agustín. Hay ravacholes para organizarla…”

Rafael Gamboa, el original Ravachol, merece ser recordado y acaso indagar más de su vida porque revolucionarios como él suelen pasar al olvido y vale la pena destacar su trayectoria ejemplar. Sépase, además, que Ravachol fue Diputado Constituyente, suplente de Enrique Recio Fernández, por el segundo distrito electoral de Yucatán, con cabecera en Progreso, y tomó parte activa en el Congreso Obrero de Izamal en 1921. Murió sin haber obtenido alguna gloria que no fuera la satisfacción de haber militado en la órbita socialista impulsada por Felipe Carrillo Puerto.

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Expresión martiana

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Con la luz de su verbo encendido, José Martí heredó caminos para trazar párrafos de una escritura que plante la elegancia y la certeza del lenguaje en el fondo de la oración, en esa melodía que nace de las frases sonoras o que revienta a la manera de un relámpago, según lo que se nombre y el tono con que se diga. Al respecto, en la Revista Venezolana de 1881, subrayo: “Con las zonas se cambia de atmósfera, y con los asuntos de lenguaje. Que la sencillez sea condición recomendable, no quiere decir que se excluya del traje un elegante adorno…no hay por qué invalidar vocablos útiles, ni por qué cejar en la faena de dar palabras nuevas a ideas nuevas”.

Para alcanzar la armonía necesaria entre las tradiciones formales y la búsqueda de expresiones nuevas, como cubierta musical de las ideas, Martí invitaba a explorar la raíz de las palabras, con el propósito de acercarnos a los significados y a la cadencia variada que brindan. En un Cuaderno de apuntes, correspondiente al propio año de 1881, señaló lo siguiente: “…no hay como esto de saber de dónde viene cada palabra que se usa, y qué lleva en sí, y a cuánto alcanza; ni hay nada mejor para agrandar y robustecer la mente que el uso esmerado y oportuno del lenguaje. Siente uno, luego de escribir, orgullo de creador…”

La lectura del Apóstol cubano, sin vacilaciones de ningún tipo, siempre puede asumirse como un recorrido por los rincones ilesos del lenguaje, lo que seguramente ayudará en la búsqueda de las libertades que encarna el verbo. Alguna vez el poeta de Nuestra América se preguntó: “¿… quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento y no su caballo?” En ese sentido, la originalidad de las ideas nos coloca de cara a la clave del ideario martiano relacionado con el lenguaje, a través de la lectura de una carta dirigida a María Mantilla, donde apuntó: “…que el vaso no sea más que la flor.”  Tal es el significado del equilibrio de la palabra, de las artes y de la vida, y por eso concluye recordando que “…es la palabra águila que no consiente tener plegadas las alas largo tiempo…” Nada vale tanto como explorar los regazos del verbo, es cosa de amor y disciplina, pero sobre todo deseos de atrapar el arte de la palabra. 

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La Aurora, inicio y derrumbe de una industria

Carlos Bojórquez Urzaiz

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El teatro situado en el ex telar La Aurora, y las mujeres mayas que pregonan sus bordados en el  parque principal, a salto de mata para burlar la vigilancia, forman parte de antiguas tradiciones de Valladolid, que si bien se recuerdan poco, nos trasladan a los tiempos dorados de la producción algodonera. Pero más allá de esta aparente separación entre la reminiscencia del pasado y presente palpitante, el ex telar y las bordadoras ambulantes, representan etapas y formas de vida de la actual Sultana de Oriente.

Por eso es bueno recordar que el edificio acondicionado como teatro, en el cruce de las calles 42 con 33 del Barrio de la Candelaria, originalmente fue asiento de la fábrica de hilos y tejidos de algodón La Aurora, que funcionó entre 1833 y 1847, con el impulso de Pedro Sániz de Baranda y los herederos de Juan L Mac-Gregor, prominentes campechanos que avizoraron nuevos horizontes para el algodón cultivado por los mayas de Valladolid.

Como se sabe, durante la dominación colonial, los españoles aprovecharon sin regulaciones el algodón en rama y las manufacturas tejidas y bordadas por las mujeres mayas, que llegaron a codiciarse tanto, que cuando se consumó la independencia y ocurrieron cambios económicos, Pedro Sániz y los herederos de Mac-Gregor decidieron fundar La Aurora, que fue el primer telar de vapor en México. La renovada tecnología, así como las instalaciones modernas, con máquinas para  secar, despepitar y tejer, y los más de  117 obreros que laboraban en La Aurora, no fue sino reflejo del sensible incremento de los cultivos algodoneros de los mayas, en tierras adyacentes a sus milpas, e incluso substituyendo el maíz, atraídos por la demanda  de esta fibra que  vendían a precios irrisorios a la flamante empresa asentada en Zací.    

El desmoronamiento de La Aurora hacia el año de 1847, seguramente estuvo relacionado con la gran rebelión del pueblo maya,  la mal llamada Guerra de Castas, que incluyó en sus filas insurrectas a los productores de algodón, quienes activaron su potencial de rebeldía contra la empresa que mal pagaba sus cultivos, ocasionando el cierre definitivo de la primera fábrica de algodón movida con vapor en el país. Y se ha dicho hasta el cansancio: la Historia es maestra de la vida, y debiera leerse este ejemplo para entender que para lograr empresas exitosas es necesario aparejar el éxito económico con el trato humano de las personas que laboran en ellas. Caso contrario, otras auroras terminarán cerrando sus puertas como ésta, que habiendo nacido en Valladolid y siendo pionera de la industria nacional, actualmente es apenas un recuerdo. 

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