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Madre América: Argentina

Los dos Fernández y el destino argentino

René Villaboy

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La Argentina vuelve a respirar aires albicelestes por la añorada, y tan llevada y traída necesidad de un cambio. Se condiciona una vuelta de tuercas que pueda dar marcha atrás a las políticas antisociales que Mauricio Macri implementó desde su llegada a la Casa Rosada en 2015. Esta vez se abre una nueva posibilidad de revertir el tropezón que con votos se reservaron para sí mismos los argentinos. Ha llegado para los compatriotas de José de San Martín el momento de deshacerse de Macri o de chocar con la misma piedra dura del neoliberalismo neoconservador que este representa.

La opción que se vislumbra en lo inmediato es, al menos eso se advierte, una variante nueva del sector más progresista del peronismo, que a diferencia de las experiencias anteriores no lleva a un Kirchner como candidato principal al poder ejecutivo. La visión política de Cristina Fernández, que gobernó el país de 2007 a 2015, sobre todo su comprensión de la realidad actual de su país y de América Latina, la llevaron a optar por el segundo puesto de la dupla presidencial. Cristina aspira en esta oportunidad a la vicepresidencia en un nuevo y prometedor ciclo electoral argentino.  

Para encabezar la fórmula fue escogido Alberto Fernández (1959), abogado y veterano militante del Partido Justicialista- Peronista, quien fuera jefe del gabinete de Ministros bajo una parte de los gobiernos de Néstor y Cristina entre mayo de 2003 y julio de 2008. Un hombre del Kirchnerismo, pero a la vez de su disidencia crítica. De manera que su propuesta descansa en una clave política evidente: de una parte, se busca con él la concertación y reconstrucción de los distintos sectores seguidores o vinculados a los Kirchner. Y por otra, se logra la oxigenación y el cambio de imagen en el liderazgo de esta corriente política. En cambio, no puede obviarse frente a esas razones que Alberto Fernández tendrá el desafío de gobernar, si resulta electo, a la sombra de su segunda, y ello será potenciado desde la propia campaña por la oposición y por los elementos más reticentes del progresismo argentino.

Cristina Fernández, en cambio, asediada actualmente por las estructuras de justicia de su país, que como en Brasil, y en otros lugares de Nuestra América ha devenido en el lobo feroz de los ex gobernantes populares, encuentra en esta nueva posición más triunfos que derrotas. En primer lugar, descarta las reiteradas acusaciones y críticas en contra del personalismo argentino y latinoamericano- el mismo que no se aplica con la misma rigurosidad en Europa donde, por ejemplo, Ángela Merkel ocupa el premierato alemán desde 2005, y en segundo orden prepara su terreno para un retorno futuro a la jefatura del estado argentino en condiciones tal vez distintas tanto en plano nacional como en el regional. A lo cual se añade que la exmandataria lanza un mensaje de cohesión y cordialidad para todos sus seguidores, para los que aún se mantienen fieles y sobre todo para los que abandonaron el Frente para la Victoria derrotado en el 2015.   

Dejo fuera de este breve acercamiento a lo que se avecina en la tierra de Jorge Luis Borges, la cuestión del partido porque esta vez como antes, se apela a la alianza de diferentes fuerzas políticas agrupadas bajo un mismo paraguas, donde algunas se cuidan de la lluvia, otras del sol y algunas de la tormenta de arena. Pero es el “mal necesario” de los juegos electorales de hoy: o te alias o pierdes. En resumen, los dos Fernández y esa estructura política de alianzas que a ratos cambia de nombre, vuelve a agitar las banderas del cambio para los próximos comicios argentinos, y desde la historia presente sólo resta decir que será la sociedad y su conciencia ética y cívica la que decida su propio destino.   

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Madre América: Argentina

El 25 de mayo de los argentinos y de América Latina

René Villaboy

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En la hoy emblemática Plaza de Mayo de Buenos Aires, se erige el viejo edificio del Cabildo, justo frente a la Casa Rosada-; sede del poder ejecutivo de esa nación sudamericana. Allí, tuvieron lugar- hace ya 209 años-los acontecimientos que precipitaron el proceso de luchas por la independencia en la capital del entonces Virreinato del Río de la Plata. El 25 de mayo de 1810, los criollos porteños aprovechando el desconcierto socio-político generado por la ocupación napoleónica a España, la ausencia del legítimo rey, Fernando VII, y el clima de contradicciones que comenzaban a separar a los españoles de ambas orillas del Atlántico decidieron tomar en sus manos las riendas del gobierno local.

Desde hacía días antes de aquella jornada fundacional de mayo de 1810, varios sectores de la población bonaerense presionaron para la formación de una junta de gobierno local; semejante a las que se instituían en toda España; como resultado de la lucha contra los ocupantes franceses, y también en varios territorios de la América hispana. La élite criolla-integrada por estancieros, productores de carne salada, y comerciantes- que conducía aquellas manifestaciones sociales, asistió al cabildo abierto que finalmente presionó al Virrey, Baltasar Cisneros, para que renunciara a su cargo y con ello diera paso a una nueva administración local. Así quedó establecida la Junta de gobierno de Buenos Aires, integrada en su inmensa mayoría por nacidos en América. Se cumplía con ello una de las mayores aspiraciones de las aristocracias criollas : hacer coincidir su ascendente poder económico con la participación efectiva y directa en el poder político, sin alterar la estructura social vigente.

Pero la Junta de Mayo fue desde el inicio un reflejo de la diversidad ideológica y política que caracterizó a los criollos americanos. En su seno se concentraron al mismo tiempo grupos conservadores que reducían sus anhelos a la toma del gobierno y sectores democráticos y radicales que aspiraban que en América rigieran los principios de libertad e igualdad enarbolados por la Revolución Francesa de 1789. Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan José Castelli, fueron algunos de los representantes de aquella intelectualidad progresista que imprimió la esencia revolucionaria al gobierno de mayo de 1810 y que tuvo que enfrentarse desde el mismo salón de sesiones al propio presidente Cornelio Saavedra. En cambio, ambos sectores por razones contrapuestas no abogaron desde el principio, ni abiertamente, por la ruptura con España, sino por un autogobierno al que cada cual añadió sus propios pensamientos políticos y sociales.

La junta de mayo como muchas otras de sus semejantes en América dejó al pueblo “esperando en la plaza”. O lo que es lo mismo, no incluyó en su legislación las demandas de los amplios sectores marginados de la libertad, la propiedad y la riqueza. Libre Comercio y preferencias a los criollos para ocupar cargos, fueron las normativas que el gobierno porteño se apresuró en disponer, ignorando las numerosas problemáticas de un vasto territorio diferenciado no solo por los ríos, ciudades y los paisajes sino por una palpable diversidad étnica, racial y sobre todo social. No puedo, por el contrario, dejar de destacar que frente a esta regla general hubo en el seno de aquel primer gobierno criollo de Buenos Aires intenciones revolucionarias, redistributivas y democráticas como las de Moreno con su Plan de Operaciones, las disposiciones en favor de los pueblos originarios tomadas por Castelli en las ruinas de Tiahuanaco en 1811, o el Reglamento para el gobierno de los 30 pueblos de Misiones enarbolado por Belgrano en el Paraguay. Pero todas ellas se desvanecieron frente a la reacción oligárquica que fue apagando la luz encendida por la Revolución de Mayo. Y, sobre todo, frente a las luchas intestinas, tapizadas por sentimientos centralistas o federalistas, que marcaron el proceso de liberación anticolonial en las tierras del Plata.

A 209 años del establecimiento del primer gobierno criollo en la capital del entonces virreinato, y cuando los argentinos celebran el día de una independencia que en rigor no fue proclamada hasta 1816, los acontecimientos de mayo siguen aportando lecciones para toda América Latina.  Una de ellas sin dudas es que las revoluciones sin pueblo siempre terminan en el fracaso o en el mejor de los casos pierden el rumbo y olvidan su punto de partida. Tal vez por eso aún conviven día y noche el edificio del cabildo y la Casa Rosada en la misma Plaza de Mayo.

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