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El pasado nos alcanzó

Mauricio Clark: mordimos el anzuelo

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Hace aproximadamente un año Mauricio Clark anunció públicamente que su vida homosexual había quedado en el pasado. Con argumentos inverosímiles que mezclaban drogas con ciertas prácticas sexuales, el comunicador concluía haber sanado por obra divina. Desde entonces ha sido el centro de una polémica incesante, puesto que se ha vuelto portavoz de un mensaje que lleva implícita la posibilidad de “curar” la homosexualidad y que ofrece en cualquier espacio donde halle público.

El rechazo a su mensaje, por parte de las organizaciones LGBTI y de los profesionales de la psicología, ha sido contundente. Está ampliamente documentado que las terapias de reorientación sexual, además de ser un timo, pues no se puede cambiar la orientación sexual de una persona, constituyen una agresión a su autodeterminación, una violación a los derechos humanos y frecuentemente están asociadas a tratos crueles, denigrantes e inhumanos. La ONU, la APA, el Conapred y la Federación Mexicana de Psicología, han recomendado prohibir las terapias de reorientación sexual. Pese a la claridad de esta postura, quienes la compartimos hemos tenido un error de cálculo: el cuestionamiento ha sido, primordialmente, a Mauricio Clark, no a quienes están detrás de él.

Clark es sólo el rostro mediático de los grupos integralistas. El integralismo, descrito por historiadores como Jean Meyer o Roberto Blancarte, es la expresión de un catolicismo intransigente que, en los albores del siglo XX, pretendía influir en las leyes y las instituciones públicas para restaurar el cristianismo como fundamento del Estado mexicano. El integralismo ha llegado hasta nuestros días como un activismo religioso incrustado en elites empresariales y políticas que no dudan en valerse de cualquier recurso para imponer su visión, combatiendo causas sociales que perciben ajenas a sus creencias más ortodoxas, como la legalización del aborto o el matrimonio igualitario. Sus redes han crecido con el involucramiento de grupos evangélicos que hoy tienen más peso que nunca.

Bajo esta óptica macroestructural, Mauricio Clark se percibe pequeño y efímero, pero altamente estratégico para los fines del integralismo. Su voz es efectiva para captar audiencias porque, a diferencia de Jorge Serrano Limón o Juan Dabdoub, se asume como alguien que fue homosexual y, por tanto, se arropa de una falsa autoridad para hablar de la diversidad sexual. Además, su formación de comunicador ha sido fundamental para generar mensajes provocadores, simples de entender para las mayorías y atractivos para los jóvenes que marcan los flujos de información en las redes sociales. Un ejemplar sinigual.

Pero lo perverso de esta estrategia es que, para los grupos integralistas, Clark es sólo un recurso. Basta escucharlo una vez para identificar la incoherencia de sus argumentos, la causalidad absurda entre drogas y orientación sexual, el reciclaje de los mitos más denostados acerca de la diversidad sexual, así como una paranoia ansiosa que involucra a un supuesto “lobby gay”, una agenda política denominada “ideología de género” y hasta una conspiración comunista. ¿Por qué ante la afectación notoria de sus facultades se le sigue dando espacio? En parte, porque atrae más audiencia para los medios, pero, también, porque así conviene a los grupos integralistas. La polémica hace fluir el mensaje y hemos mordido el anzuelo.

Clark es un callejón sin salida. Si se le niegan espacios, es por la imposición de la “ideología de género”, si se le cuestiona, es un ataque del “lobby gay”, si desvaría, es culpa de las drogas y de la “heterofobia”, y si atentara contra su vida, sería igual por el hostigamiento de los colectivos de la diversidad sexual. Es el mártir perfecto. De ninguna manera pretendo victimizarlo, pues él debe estar consciente de sus decisiones e intereses, pero considero necesario trascender su persona y poner el foco en los grupos integralistas que han orquestado esta campaña homofóbica y transfóbica. Responderle a Clark es un equívoco, hay que empezar a responderle a las instituciones, los funcionarios públicos y las empresas que le ofrecen espacio y lo financian, pues mientras estos actores estructurales comandan el ejército, el primero apenas es carne de cañón.

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El pasado nos alcanzó

El Congreso de Yucatán perdió la brújula

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Cuando el Congreso del Estado de Yucatán decidió votar nuevamente la iniciativa para ampliar la figura del matrimonio a las parejas del mismo género, alimentó la expectativa de un resultado diferente, pero, como en una especie de laberinto sin salida, retornamos al mismo punto. Los números de hoy, fueron exactamente los del pasado mes de abril: 15 votos en contra, 9 a favor. En un sentido práctico, esto complica la posibilidad de lograr el matrimonio igualitario en la actual legislatura, pues la postura de ciertos disputados y diputadas parece inamovible. Dado que el tema ha sido ampliamente abordado, solo me resta compartir algunas conclusiones.

Quienes votaron en contra no lo hicieron por desconocimiento de los derechos humanos o la jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia, tampoco por representar el sentir de la población, lo hicieron por sus nexos con grupos ultra conservadores, cuyos intereses económicos y políticos se entrecruzan con los de los partidos políticos, o porque pertenecen a esos mismos grupos, que se erigen en defensores de una visión monolítica y ahistórica de familia. Existen legisladores que siguen colocando el poder y su rechazo a la diversidad, por encima de los derechos humanos de las personas.

Quienes votaron en contra se empeñan en sustraer al estado del reconocimiento pleno de los derechos de los colectivos LGBTI. Tanto la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos se han pronunciado en favor del matrimonio igualitario. Además, es reconocido en 18 estados de la República, donde habita la mitad de la población mexicana. Mientras el mundo se torna más abierto e inclusivo, el Congreso de Yucatán muestra el lado más intransigente de nuestra sociedad.

Pese a su rotundo rechazo al matrimonio igualitario, quienes votaron en contra temen a la sanción pública. Saben perfectamente que su decisión puede ser calificada de homofóbica, que su voto es un atropello contra colectivos históricamente discriminados y que carecen de argumentos sólidos para sostener su postura. Por eso votaron en secreto; tiraron la piedra y escondieron la mano. Sin embargo, subestiman a la ciudadanía y la velocidad de las redes sociales. Es claro que hubo diputadas y diputados del PAN, PRI y Morena que votaron en contra. Es simple aritmética. Esto desprestigia aún más el papel de los partidos políticos, entre cuyos integrantes existen personas que pasan por alto las leyes, así como los ideales y estatutos de sus propios partidos (salvo el PAN, que siempre ha sido de corte conservador).

La votación en contra del matrimonio igualitario perpetúa la nociva influencia de los credos religiosos en la palestra pública. La aparición de dogmas religiosos en los argumentos contra el matrimonio igualitario, algunos maquillados como pseudociencia, nos recuerdan que en México no se ha separado totalmente las iglesias del Estado y que, permitir que las asociaciones religiosas ganen espacios públicos, representa un riesgo para los derechos de las personas que han sido castigadas y perseguidas por tales dogmas. Hoy se impuso otra vez una visión religiosa de matrimonio que ha justificado el abuso y la marginación, ha dividido familias y provocado sufrimiento.

Por último, concluyo que el camino hacia el matrimonio igualitario en Yucatán, aunque largo y extenuante, llegará a su término. Se logrará el reconocimiento del matrimonio igualitario en nuestro estado porque, con una actitud más resiliente que optimista, hay una ciudadanía consciente y organizada, que plantea una y otra vez la necesidad de modificar nuestra constitución local. Quienes votaron hoy en contra del matrimonio igualitario, además de pisotear los derechos humanos, demostraron que han extraviado la brújula de los cambios políticos, lo que, a mediano plazo, los condenará al ostracismo. Quienes votaron hoy en contra ignoraron los signos de nuestros tiempos: nuestra sociedad será diversa o no será.

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VIH, ¿nuevo paradigma?

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Durante los meses de marzo y abril se alertó de posible desabasto de fármacos para tratar el VIH en el Seguro Popular, debido a que la Secretaría de Hacienda y Crédito Público aplazó las adquisiciones, para revisar posibles actos de corrupción. Si bien hubo casos de falta de medicamentos, la movilización de la sociedad civil y de actores clave en el gobierno ha impedido que el escenario sea de desabasto generalizado, al menos hasta hoy. En medio esta amenaza, un grupo de expertos clínicos plantearon un cambio en los esquemas terapéuticos denominado “nuevo paradigma”, cuyo propósito es mejorar el tratamiento de los pacientes y, a la vez, ahorrar en la compra de medicamentos.

Para comprender el paradigma, es necesario tomar en cuenta sus antecedentes. Al inicio de la epidemia no existía tratamiento para el VIH. Las investigaciones permitieron la introducción de los primeros antirretrovirales, pero eran poco efectivos y tenían muchos efectos adversos. En 1996 se dio a conocer la terapia antirretroviral altamente activa, consistente en la combinación de varios medicamentos. Con esto, la infección por VIH pasó a ser crónica y, con el descubrimiento de más y mejores antirretrovirales, se ha elevado la proyección y calidad de vida de los pacientes.

Actualmente hay decenas de fármacos para tratar el VIH que pueden agruparse, según orden de aparición, en las siguientes familias: inhibidores nucleósidos de la transcriptasa reversa, inhibidores no nucleósidos de la transcriptasa reversa, inhibidores de proteasa, inhibidores de la fusión, antagonistas de los correceptores CCR5 e inhibidores de integrasa. La terapia antirretroviral altamente activa combina al menos tres fármacos de diferentes familias. En términos prácticos, el nuevo paradigma propone reemplazar varios medicamentos de las primeras tres familias, por inhibidores de integrasa, primordialmente, el dolutegravir y el bictegravir. Incluso se contempla a dichos inhibidores como inicio de terapia. Se ha demostrado que medicamentos en uso desde hace años tienen menor barrera genética y más efectos adversos.

A decir del Dr. Florentino Badial, Director Médico de la Clínica Especializada Condesa Iztapalapa, lo anterior supone una compra simplificada de medicamentos, toda vez que, con una menor variedad de ellos se pretende cubrir a un mayor número de pacientes. También se plantea que adquirir un volumen más grande del mismo medicamento posibilita la negociación de mejores precios. Además del Dr. Badial, el nuevo paradigma está respaldado por especialistas de notable trayectoria como Gustavo Reyes Terán, Juan Sierra, Andrea González y Patricia Volkow.

Aunque la actualización de esquemas antirretrovirales se recibe con beneplácito, hay cabos sueltos que es preciso exponer. En primer lugar, que el nuevo paradigma no es del todo novedoso. Hace unos años que actores de la sociedad civil y personal médico pugnan por extender los beneficios de los inhibidores de integrasa a un mayor número de pacientes. Lógica que tampoco es reciente, pues en México ha sido constante la lucha por renovar los medicamentos, por ejemplo, cuando se exigió la adquisición inhibidores de proteasa para rescatar a pacientes con falla terapéutica. Cuando haya nuevos antirretrovirales, ¿habrá que instaurar otro paradigma?

Ahora bien, además de inhibir la replicación del virus, la atención integral de personas con VIH implica dar seguimiento a padecimientos asociados, como alteraciones hepáticas, renales y neurocognitivas, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 o cáncer. El Seguro Popular no los cubre todos. ¿Qué solución ofrecerá la Secretaría de Salud para subsanar tal carencia? También se insiste en que el nuevo paradigma contribuirá a lograr un ahorro sustancial del gasto en fármacos. ¿A cuánto se comprarán el dolutegravir y el bictegravir? ¿Habrá un menor costo de otros medicamentos que seguirán en uso, como atripla, raltegravir o darunavir? ¿El ahorro será producto del cambio de esquemas terapéuticos o del combate a la corrupción? ¿Qué pasa si el mercado no ofrece precios competitivos o si el combate a la corrupción no redunda en un mayor presupuesto?

También hay pacientes con VIH en otras instituciones públicas de salud, a saber, IMSS, ISSTE, SEDENA y PEMEX. ¿Qué medidas se están tomando en ellas para obtener medicamentos a mejores precios, sin afectar la atención de los pacientes? Por ejemplo, el pasado 13 de junio, frente a las oficinas centrales del ISSSTE, un grupo de activistas protestó por la falta de darunavir de 600 mg y la manipulación dudosa de las recetas. ¿Podría estarse conteniendo, mas no solucionando el problema? ¿Podrían surgir escenarios como el del Seguro Popular en otras instituciones? ¿A dónde se va el dinero del sector salud? La diferencia de perspectivas radica en que, desde el gobierno, estas preguntas tienen una respuesta eminentemente financiera, mientras que, desde las personas con VIH, tienen una respuesta de vida.

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Epílogo electoral

Ricardo Maldonado Arroyo-

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En estos días han aparecido publicaciones que dan una lectura triunfalista a los resultados de las elecciones del 2 de junio. Llamaron mi atención unas que resaltan el avance del PAN como oposición a la avalancha morenista, comparando las elecciones locales de este 2019 con las elecciones federales de 2018, en las que la figura de López Obrador redituó a Morena millones de votos, relegando a otras fuerzas políticas. Además de tratarse de una comparación incorrecta, es aventurado celebrar la preferencia electoral de votantes que, en su generalidad, prefirieron no acudir a las urnas.

Para empezar, hay que comparar lo que es comparable, es decir, votos para los mismos puestos de elección popular. Este mes hubo votaciones en 6 estados, a saber, Aguascalientes, Baja California, Durango, Puebla, Quintana Roo y Tamaulipas, donde, exceptuando regidurías, estaban en juego 2 gubernaturas, 60 alcaldías, 54 diputaciones de mayoría relativa y 32 de representación proporcional (plurinominales). Los resultados son comparables con las elecciones de 2013 en Baja California, cuando eligieron a su actual gobernador, las de 2016 en Aguascalientes, Baja California, Durango, Quintana Roo y Tamaulipas, donde hubo relevo de ayuntamientos y congresos locales, y las de 2018 en Puebla, que se han tenido que repetir por la muerte de la gobernadora y la anulación de las elecciones en 5 municipios. En adelante, cuando me refiera a “elecciones anteriores”, será a los votos acumulados en estas tres, para los mismos puestos de elección.

De manera global, el 2 de junio se usaron casi 6 millones de boletas electorales. El evidente avance de Morena, partido que obtuvo 31 puestos de elección directa y 8 diputaciones plurinominales, ha dejado fuera de foco su punto de partida: hasta antes de estas elecciones, Morena no había obtenido un solo puesto de los disputados este año. Apenas contaba con 2 diputaciones plurinominales en Baja California y 1 en Tamaulipas. Dado que es un partido nuevo, todo es ganancia, todos los cargos son tierras por conquistar. No obstante, la cantidad de votos obtenidos en 2019, superior a 1 millón 800 mil, no representan un crecimiento desproporcionado respecto a los votos de las elecciones anteriores, cercanos a 1 millón 400 mil. Por ejemplo, en 2018 Miguel Barbosa perdió las elecciones para gobernador de Puebla con alrededor de 1 millón de votos (aunque el PREP lo ubicaba en algo más de 600 mil), mientras que este año las ganó con menos de 400 mil. ¿Será que Morena no es tan arrollador como aparenta? ¿Por qué ahora con menos votos logró más?

Parte de la respuesta se halla en el retroceso del PRI y el PAN. El PRI pasó de obtener 44 puestos de elección directa, con 2 millones 200 mil votos (26.2% de la preferencia electoral) en elecciones anteriores, a obtener 22 puestos, con 700 mil votos (11.8% de la preferencia electoral) en 2019. El PAN, por su parte, pasó de obtener 55 puestos de elección directa, con 3 millones 200 mil votos (37.3% de la preferencia electoral), a obtener 46 puestos, con 1 millón 600 mil votos, (28.5% de la preferencia electoral). Esto significa que el PRI apenas obtuvo la tercera parte de los sufragios de las elecciones anteriores y, el PAN, la mitad.

El PRI continúa eclipsándose, aunque mantiene presencia política por ser el partido con mayor número de gubernaturas, hasta que el sufragio popular diga lo contrario. De hecho, han sido bocanada de oxígeno las 8 diputaciones plurinominales que le asignaron. El PAN tampoco debería lanzar campanas al vuelo pues, además de reducir su número de votos, perdió las 2 gubernaturas que se disputaban. Estas derrotas han tratado de matizarlas destacando que en Tamaulipas lograron 21 de las 22 curules de elección directa, sin mencionar que, con las curules de representación proporcional, tendrán 22 diputaciones del total de 36 del Congreso local… cuando antes tenían 21. Ha costado admitir que en Puebla y Baja California el PAN fue, prácticamente, anulado.

Pero el factor más importante de la debacle electoral ha sido el abstencionismo. En términos globales, únicamente el 30% de los votantes participaron en la jornada electoral. Esto explica, con mayor contundencia, por qué los futuros representantes populares han llegado con poco respaldo popular. Pero, más que arrojar piedras a un partido político, habría que comprender que es el sistema partidista el que ha perdido credibilidad. No fue la lluvia, ni el calor, ni los moscos, fue el enorme desencanto por el sistema de partidos, al que se percibe como un laberinto sin salida de la democracia, pues, sin importar quién resulte electo(a), para buena parte de la ciudadanía la violencia forma parte de su cotidianidad, el trabajo es precario e incierto, las instituciones públicas siguen deteriorándose y, el costo de la vida, incrementándose.

Así las cosas, Morena tampoco debería soslayar la experiencia de los partidos históricos, pues corre el riesgo de interpretar incorrectamente la buena racha. Las elecciones de 2019 fueron atípicas debido al gran descontento con el régimen político, lo que el presidente López Obrador supo capitalizar. Por ahora, Morena solo conoce el triunfo electoral, pero una vez que tenga posiciones qué defender, igual conocerá la derrota y las presiones al interior del partido. Adicionalmente, las decisiones tomadas por el gobierno federal comienzan a sembrar descontento. Ante los ojos del electorado, los partidos se mimetizan, así que ninguno es digno de confianza. Ese es el mensaje de las urnas. Si los partidos políticos no lo entienden, podría ser que un domingo, como en novela de Saramago, triunfe el voto en blanco.

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