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Madre América: El Salvador

Monseñor Óscar Romero en la memoria de El Salvador

René Villaboy

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Desde que se aterriza en el principal aeropuerto de la República de El Salvador, un nombre acompañará de manera reiterada al que visita este país centroamericano. La más importante terminal aérea se llama, San Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, (1917-1980) en honor a quien fuera Arzobispo de San Salvador, asesinado mientras celebraba la Eucaristía y considerado Santo por la Iglesia Católica, desde octubre de 2018. A partir de ese primer acercamiento a un hombre inseparable de la historia reciente de aquel país, será difícil no encontrar su imagen, su nombre y sus huellas por los más disimiles rincones de San Salvador, y seguramente por muchos otros lugares de los departamentos que conforman al llamado Pulgarcito de América. 

Y es que Monseñor Óscar Arnulfo Romero es un símbolo que se inmortaliza en la memoria de los salvadoreños y las salvadoreñas, y de todos los pueblos de América Latina y el Caribe, a causa del martirio provocado por la cruenta historia del enfrentamiento armado, la represión y la abierta violación de los derechos humanos provocados por el estado salvadoreño contra su población, entre 1980 y 1992. Como otros líderes y movimientos sociales que se organizaron para combatir con la lucha cívica y luego con las armas, Monseñor Romero levantó la voz desde el púlpito,  pronunciándose contra la oligarquía local, el mando castrense, y la impiedad de querer eliminar a sangre y fuego la resistencia de un pueblo ante la opresión y la pobreza. 

Óscar Romero nació el 15 de agosto de 1917, en la ciudad de Barrios, del Departamento oriental de San Miguel. Después de practicar varios oficios, en función del sustento familiar, abrazó la vocación religiosa en 1937 como seminarista del Seminario Menor de San Miguel de los padres Claretianos y en el Seminario San José de la Montaña con los jesuitas. Completó sus estudios en Roma, al recibir la ordenación sacerdotal en la sede pontificia cinco años después. De regreso a su país, se consagró al servicio de los otros a través del sacerdocio y se acercó a las calamidades de su pueblo, sin romper vínculos con los sectores poderosos que conformaban la élite económica local.

Al quedar vacante el arzobispado de San Salvador, Monseñor Romero es ya una figura destacada de la curia salvadoreña, y fue nombrado para ocupar el cargo episcopal en 1977. En cambio, el Obispo apoyado desde el poder por sus visiones conservadoras y por el acercamiento a las llamadas 14 familias que controlaban la nación, no tardó en revelar su alejamiento total en obra y palabra de la causa de los oprimidos, de los excluidos y sobre de todos con aquellos que sentían la represión de las armas que cobraba más víctimas. En este entorno adverso, Romero y Galdámez convirtió las homilías que ofrecía desde la Catedral Metropolitana de la ciudad capital en auténticas “balas” morales contra el totalitarismo y la impunidad de los uniformes que apoyaban a los gobiernos de facto usurpadores de las instalaciones del Palacio Nacional.

La riqueza, el poder y el irrespeto a la vida se convirtieron en los argumentos de Romero para acusar a los sectores de poder salvadoreño. Encarnado éste en un ejército que a nombre de la libertad y el anticomunismo se ensañó contra su propio pueblo. A ese cuerpo castrense un día Monseñor Romero exigió: les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión ¡ Fue además un difusor de la situación trágica que tenía lugar en su país ante mundo! Por eso el gobierno del General Carlos Humberto Romero desató una campaña de desprestigio y difamación en su contra, que caló profundo en los sectores oligárquicos más conservadores de El Salvador. De ahí que el Arzobispo Romero se convirtió para ellos en un peligro tan temible como el marxismo, la impronta de la Revolución Cubana o la Teología de la Liberación. Con esa saña fraguaron su suplicio, llevado a efecto el 24 de marzo de 1980, al recibir un mortal disparo en el justo momento en que oficiaba una misa en la capilla del hospital La Divina Providencia, en la capital salvadoreña.

Después de aquel día funesto, el nombre de Romero, se convirtió en símbolo de rebeldía y oposición, que debió ocultarse en la privacidad de los armarios o al resguardo de la ropa interior.  Después de los acuerdos de Paz en 1992, se inició la causa de su canonización, que no pudo contener su posición al lado de los pobres, de la justicia y del derecho a la vida. Y se convirtió en Santo, San Romero de El Salvador y de América que aún habita por todos los rincones de las ciudades y pueblos salvadoreños en una eterna lucha por la reconciliación, la no violencia y un nuevo rostro para el gran pueblo salvadoreño.  

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