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A propósito de…

Rézale al santo de tu devoción.

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la noticia del  quebranto económico del ISSSTE, seguramente  cada uno de los más de 13 millones de derechohabientes tiene una experiencia que contar de sí o de algún familiar en esa institución.

La mía tuvo lugar en septiembre de 2016 en el hospital Darío Fernández de la Ciudad de México.

En Urgencias, contrario a la lógica, todo parece estar concebido para demorar la atención a los enfermos, a los heridos, a quienes acuden en busca de ayuda. El ingreso está resguardado por vigilantes cuya prioridad inalterable es registrar al paciente y a quién lo acompaña.  Sin importar la gravedad de la dolencia, lo profuso de la hemorragia, la potencia del dolor, el tamaño de la fractura, la frecuencia o intensidad de las contracciones, lo fundamental  es recoger la identificación.

Luego habrá que atravesar el estacionamiento de ambulancias, unos 50 metros, sin más ayuda que el apoyo del familiar. Nada más alejado de las escenas de los programas de televisión en los que un grupo de médicos y enfermeras acuden presurosos, provistos del todo tipo de instrumentos, a recibir al paciente.  Ese no es el caso: ni camillas, ni sillas de ruedas. Pude observar a un hombre que entraba literalmente saltando “de cojito” por una lesión en la pierna, apoyándose en la pared, mientras los vigilantes exigían la credencial de elector de su acompañante.

Podría pensarse que el quicio es la meta y al traspasar la puerta llegará la ayuda ¡craso error!, la antesala de Urgencias constituye un escenario de película de Buñuel del que todos quisieran alejarse lo más pronto posible, pero el anhelo de presenciar la aparición de una bata blanca pronunciando el nombre que interesa, se convierte en una especie de imán que mantiene a enfermos, lesionados, parturientas y familiares atados a una interminable espera, empeorada por los terribles olores que despiden los baños insuficientes para el público.

Como en los hospitales del ISSSTE suele tener mejor resultado pedir ayuda divina que médica, a la entrada de la antesala del lado derecho se encuentran dos altares en un solo aparador, el reservado a la Virgen de Guadalupe, al Santo Niño o “Niñopa” y a San Charbel, el libanés “santo patrono de los que sufren en cuerpo y alma”, cuyos devotos acostumbran colgarle un listón con su petición escrita, y el destinado a los teléfonos celulares, porque precisamente ahí se encuentra el tomacorriente para cargar la batería de una decena de aparatos, iluminados por las llamitas de veladoras variadas.

A la mujer encargada de realizar el aseo parece no afectarle el desagradable olor de los baños que  limpió apenas; tampoco se le nota inquieta ante el dolor de una mujer que se aprieta el vientre y gime, ni el hecho de que el hombre que entró brincando en un solo pie, con la rodilla inflada como un balón, permanezca parado porque no hay una silla disponible. En cambio, al encontrar una botella de agua casi vacía en el altar,  al costado del Santo Niño, su paciencia se agota y con intenso fervor católico empieza a vociferar, dirigiendo su mirada acusadora a cada uno de los presentes “¡Qué puercos, ya no respetan nada, el lugar de nuestra señora no es basurero…”

Los asientos, como todo en esos lugares, son insuficientes y las esperas prolongadas, por lo que devienen en un bien altamente cotizado. Se dejan encargados para ir al baño o para estirar un poco las piernas, se prestan si se trata de una persona con buenos sentimientos y es sólo por corto tiempo y hasta  se heredan, cuando el paciente al que se acompaña es dado de alta o transferido a un área diferente. Oiga – llama una mujer a otra que antes la invitó a unos cacahuates japoneses – le dejo mi silla, porque ya pasaron a mi abuelita a piso.

Todos los usuarios de ese servicio médico –directos o indirectos- saben que mantener guardia las 24 horas es una obligación, desventuradas las familias chicas o aquellas cuyos enfermos permanezcan hospitalizados por largas temporadas.

Durante uno de mis turnos, me mantuve firme 8 horas, sin abandonar mi sitio, como buena vigía, atenta a  la aparición de la bata blanca, pendiente de los listados de nombres, sin escuchar el de mi familiar. En cambio, era molesta la insistencia con que voceaban “familiares de Vázquez Méndez Carmen”, una y otra y otra vez.

Al día siguiente, recibiría la severa reprimenda de la doctora responsable del área de terapia intensiva: ¿Que no les interesa su enfermita, ayer los estuvimos llamando toda la mañana y no había nadie? – regañó.

-Pero, si aquí estuve toda la mañana,  me defendí sin mucho éxito a juzgar por su mirada incrédula.

-Bajó la trabajadora social, bajaron las enfermeras y hasta yo bajé una vez a buscar a los familiares de – buscó en la lista de ingresados a terapia intensiva y leyó – Vázquez Méndez Carmen.

¿Cuántos errores de lectura y escritura se habrán sumado hasta convertir a Carmen Urzaiz Mediz en Carmen Vázquez Méndez?, no lo sé. Mi conclusión es que cuando te veas en la desafortunada situación de acudir a un hospital del ISSSTE, encomiéndate al santo de tu devoción, porque puede suceder que pierdas hasta el nombre.

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A propósito de…

El hubiera sí existe

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la extendida creencia de que el hubiera no existe, encuentro una prueba definitiva de que no sólo existe, sino que es una de las más extraordinarias herramientas para vislumbrar infinitas posibilidades. ¿Qué sería de nosotros, los pobres seres humanos sin la opción de entrever lo que hubiera podido suceder si…?  ¿Y si en lugar de dar vuelta a la derecha hubiera girado a la izquierda? ¿Y si hubiera dicho que no en vez de decir que sí? ¿Y si hubiera llegado temprano a esa cita o por el contrario, hubiera faltado? ¿Si en lugar de estudiar una carrera hubiera tomado una mochila para lanzarme a la aventura? ¿Si no le hubiera hecho caso a un consejo o si hubiera atendido aquél que ignoré?

El hubiera nos acompaña siempre, por más que nos esforcemos en evitarlo como la peste, con esta manía pragmática de ser realistas, de aferrarnos a lo que constituye la verdad. El pretérito imperfecto, tiene la ventaja de que es infinito, a diferencia del efímero presente.

Sin embargo, esos sabios o necios artistas, creadores empeñados en convencernos de que el hubiera sí existe porque –como me dijo hace poco una persona  inteligente –la verdad literaria siempre es cierta.

Uno de ellos es el escritor estadounidense Paul Auster, que con su novela “4 3 2 1” nos demuestra que el hubiera existe, tan cierto como existe la tierra que pisamos (si es que de verdad existe y realmente la pisamos, y nosotros mismos estamos y no somos solamente el resultado del pretérito imperfecto de la imaginación de alguien) y nos muestra todas las posibilidades en la vida o en las 4 vidas de Ferguson, su personaje.  

A lo largo de su vasta producción, Auster nos ha compartido su gran calidad literaria, reconocida por decenas de premios en diversos países, con una obra traducida a muchos idiomas. Con “4 3 2 1” supera con creces lo que sus lectores frecuentes esperábamos. Su capacidad de contarnos una historia o de desplegar todas las historias posibles es sorprendente.

Ya nos demostró que no teme apartarse de la ortodoxia literaria, o de las modas narrativas,  al darle el estatus de protagonista a un perro callejero, Mister Bones en “Timbuktú” o a un objeto en “La historia de mi máquina de escribir”. En su novela reciente, incluye una alucinante narración acerca de un par de zapatos, que en sí misma, podría considerarse una novela corta, dentro de otra más larga.

“4 3 2 1” es, sin duda, autobiográfica. Todas las referencias encajan con la historia del escritor, el origen de sus antepasados, el grupo al que pertenecen, la localización geográfica, la edad y la vocación literaria, por supuesto. Y la coprotagonista, por llamarle de alguna manera, es la siempre presente ciudad de Nueva York, a la que incluso dedicó ya una Trilogía, compuesta por “Ciudad de Cristal”, “Fantasmas” y “La Habitación Cerrada” y en la que transcurre gran parte de su trabajo y su vida.

Aunque, a diferencia del transitar de Ferguson por todos los mundos posibles, las referencias de Nueva York están definidas por el rigor histórico. “4 3 2 1” le requirió 3 años de trabajo, 7 días a la semana, según refiere.

Hace un recorrido por la historia de los Estados Unidos de la segunda parte del Siglo XX, lo que incluye la posguerra, la guerra fría, la guerra de Vietnam, el asesinato de Martin Luther King y el de John Kennedy, pero además, se trata de un registro atento y detallado de la sociedad estadounidense de la época, así como de sus motivaciones, sus expectativas, sus sueños, sus esperanzas, su  visión del mundo y esa especie de ensimismamiento que los lleva a rechazar las diferencias. Y como el propio Auster, siempre crítico de los procesos de su país-en este momento es uno de los opositores al régimen de Donald Trump, por ejemplo-Archi Ferguson se coloca del lado de quienes protestan por la Guerra de Vietnam y de quienes apoyan el movimiento de Luther King, porque aunque existe un abanico de posibilidades en su vida, el plegarse cómodamente a las decisiones del poder, no es una de ellas.

Es un ejercicio de inmersión al fondo del ser, porque tal vez se necesita vivir la misma vida 4 veces o verla desde 4 diferentes perspectivas para comprender a un ser humano. Como todo proceso autobiográfico, requiere la valentía de exponerse, de desnudarse de cuerpo y alma porque Ferguson es Auster.

 Por si eso no fuera suficiente, el escritor se sumerge en la historia de su país y el modo de ser estadounidense, por lo que la novela se convierte en explicación y referencia de lo que son hoy los Estados Unidos. 4 3 2 1, Paul Auster, editada por Seix Barral en 2017, y traducida por al español Benito Gómez Ibáñez, es una lectura necesaria.

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A propósito de…

Del mercado al supermercado

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los tratados internacionales de comercio, con la consecuente importación de hábitos de consumo que nos han dañado en muchos sentidos, vale la pena reflexionar en cuánto hemos modificado nuestra forma de vida en pos de una pretendida modernidad, que se constriñe a imitar la forma de vida estadounidense en deterioro de nuestra salud física y social.

Hace 25 años entré por primera vez a un supermercado en los Estados Unidos. La experiencia fue atemorizante. La vista de lo que me pareció un muro completo construido con cajas de cereales me produjo el deseo de salir corriendo de ahí sin mirar atrás para no quedar convertida en estatua de sal, como Edith, la esposa de Lot. Hoy, después de la firma de acuerdos de integración económica con aquel país, tenemos en cada colonia una sucursal metafórica de Gomorra en México. Cadenas de supermercados que exhiben cientos de productos procesados  que nos venden como si fueran alimentos.

Murallas de sopas enlatadas, de pan empacado en plástico, de bebidas elaboradas con colorantes y saborizantes artificiales contenidas en envases también de plástico, cajas de leche entera, descremada, baja en grasa, light, deslactosada y ahora – cuando se  considera que la obtenida de las vacas, además de ser poco amigable con esos animalitos, nos perjudica –  los sustitutos de coco, almendra, avena, arroz, soya.

Podría continuar hasta el hastío enumerando los productos que adquirimos en esas tiendas que cada día se vuelven más hostiles con los compradores, porque en la insensata competencia por ofrecer mayor variedad de mercancía se achican los pasillos, hasta el punto en que difícilmente transita un carro, de seguir así, dentro de poco tiempo se establecerán sentidos como en las calles, para no causar embotellamientos.

A lo que apuestan hoy esas súper tiendas es a los clientes a distancia, los que hacen las compras desde aplicaciones en su teléfono celular, su tablet o su laptop. Cada día son más los compradores virtuales de las tiendas y el envío a domicilio salva del tráfico, del pago del estacionamiento, de las largas filas en las cajas, de la propina a los empacadores de la tercera edad y a los “viene viene”.

La consecuencia inmediata de estas nuevas formas de comercio es la pérdida de un tipo de empleos, como los despachadores, mientras que se genera otro, los encargados de recolectar  los pedidos, empleados que literalmente hacen el “súper” para otros. Para ellos el reto está en la velocidad con que llenan los carritos.

Parecería que todo es un “gana gana” como definen hoy los procesos en los que aparentemente todos salen beneficiados: los consumidores no necesitan apartarse de sus dispositivos ni siquiera para comprar alimentos y las tiendas siguen vendiendo toneladas de productos.

Se calcula que en México uno de cada dos empleos puede ser “realizado” por un robot. Un ejemplo clarísimo es el de los estacionamientos de esos mismos centros comerciales, donde se ahorran los salarios y las obligaciones laborales con una máquina cobradora. Hay casos en los que inclusive el artefacto te despide amablemente “gracias por su visita, vuelva pronto”, se escucha.

Sin pretender que todo tiempo pasado haya sido mejor, es evidente que las formas de consumo anteriores eran más saludables en todo sentido. Las personas caminaban desde su casa al mercado y recorrían los puestos llenando de frutas y verduras sus canastas o sus bolsas del mandado, sin necesidad de usar plástico.

Había un intercambio de saludos y una conversación rápida para ponderar la calidad de los duraznos o los mangos. El pollo, la carne y el pescado se empacaban en papel. No se había declarado la epidemia de diabetes.

Los alimentos eran alimentos, no se generaba basura y se establecía una relación humana. El vendedor y el comprador, eran “marchantes”, se conocían de tiempo atrás, sabían sus nombres y hasta sus gustos.

Recuerdo claramente a la enfermera del pediatra de mi colonia. De lunes a viernes auxiliaba al médico en la aplicación de vacunas, toma de temperatura, control del peso de los bebés y de los niños mayores y hasta a alcanzar a los que huían, ante la terrible visión de la mano blandiendo una jeringa. Los había que emprendían la carrera aun sabiendo que no tenían escapatoria.

Esa enfermera, cuyo nombre no recuerdo ya, atendía la cremería de sus padres en el mercado los fines de semana y, como era una magnífica persona que odiaba asustar a los niños enfermos, cuando alguno de sus pacientes pasaba frente al local, se apresuraba a regalarle una paleta, lo que simbólicamente representaba  fumar la pipa de la paz, por lo menos hasta la siguiente consulta.

 Lo que era cotidiano hace poco, hoy no pasa de anécdota nostálgica, aunque pretendan dotar de características humanas a las máquinas con una grabación que nos invita a volver pronto.

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A propósito de…

La Ciudad de México vive

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las múltiples maneras en que la Ciudad de México se expresa, entre el viernes y el  lunes tuvieron lugar tres concentraciones que son la clara demostración de que está viva.

I.- Sábado 29 de junio a mediodía. Las principales calles del centro de la ciudad se vistieron de los colores del arcoíris y se convirtieron en fiesta, en carnaval, en celebración de la diversidad. Fue la marcha LGTBTTTI, es decir Lesbiana, Gay, Bisexual, Transexual, Transgénero, Travesti, Intersexual. Ahí me detengo porque cada vez le agregan una sigla  y lo importante es que los seres humanos somos distintos y tenemos derecho a serlo.

Se trató, en esta ocasión, de la diversidad sexual, donde me parece que podrían utilizarse completas las letras del alfabeto porque ¿quién vive su sexualidad exactamente igual que otro? ¿Habrá dos que tengan, por ejemplo, fantasías exactas, o que respiren sincronizados en ritmo e intensidad?

Este año –las cifras van de 60 mil a 150 mil dependiendo de la fuente– decenas de miles de personas realizaron el recorrido del Angel de la Independencia al Zócalo, tanto para reivindicar su derecho a vivir como les plazca, como para demandar un alto a los crímenes de odio y la discriminación.

La marcha recuerda la redada que realizó la policía neoyorkina en el bar Stonewell hace 50 años, y  donde los parroquianos, muchos de ellos gays, presentaron resistencia. De ahí el lema “ser es resistir”, porque fue a partir de ese momento que empezaron a exigir el respeto a sus derechos en todo el mundo.

La del sábado 29 fue, en nuestro país,  la marcha 41, número que se relaciona con la comunidad homosexual debido al llamado “baile de los 41”, aunque eran 42. Porque aquí, en la Ciudad de México, también hubo una redada. En 1901, la policía irrumpió en un baile en el que participaban hombres vestidos de mujer. Debido a que uno de ellos, José Ignacio Mariano Santiago Joaquín Francisco de la Torre y Mier estaba casado con Amada Díaz, la hija de Porfirio Díaz, no llegó a la cárcel de Belén, a donde fueron llevados los otros 41.

II.- Domingo 30 de junio, 11 de la mañana. Marcha ANTIAMLO. La movilización inició en el Monumento a la Revolución y concluyó en el Monumento a la  Independencia.

Vestidos de blanco, al grito de “Fuera AMLO” un grupo de capitalinos  – entre mil 500 y 5 mil, dependiendo de la fuente – se reunieron en el Monumento a la Revolución, donde iniciaron con un enfrentamiento en el templete, porque uno de los participantes se colocó una máscara con el rostro de López Obrador y llamó a votar a mano alzada “si me voy a la chingada”. Su participación provocó enojo entre los presentes quienes aseguraron que le quitaba seriedad al evento: “han matado al movimiento”, clamaba alguien. La cantidad de personas se redujo a partir de ese momento y el contingente que llegó al Angel fue mínimo.

Con el nulo sentido autocrítico que los caracteriza, los ex panistas Vicente Fox y Felipe Calderón se erigieron como convocantes a la marcha, lo que repercutió en sentido contrario al que perseguían, porque disminuyó significativamente la asistencia comparada con la del 5 de mayo anterior, cuando se calcularon 15 mil personas en un evento con el mismo objetivo.

Porque una cosa es repudiar a López Obrador y otra muy distinta hacerles el caldo gordo a esos dos personajes.  Lo prueba el hecho de que en Guanajuato, en un acto paralelo, los participantes echaron a Fox quien, ¿cómo podría reaccionar de otra manera?, respondió: “ni madre que me voy”

III.- Lunes 1 de julio 5 de la tarde. El llamado AMLOFEST, la celebración al cumplirse un año del triunfo electoral del presidente López Obrador, quien dio un primer informe a 7 meses de gobierno, fue precedido por algunos números musicales.  Iniciaron el flautista Horacio Franco y el contrabajista Víctor Flores.

Imposible imaginar que un evento convocado por el presidente no colme el zócalo. Millones de capitalinos acudieron a apoyarlo ante la amenaza del desafuero en 2005; la Plaza de la Constitución volvió a saturarse en el 2006, a raíz del fraude electoral consumado por los panistas Fox y Calderón, y en múltiples ocasiones retumbó el grito  de “voto por voto casilla por casilla”

Durante las campañas presidenciales de 2012 y 2018 entre los edificios coloniales del centro de la ciudad volvió a resonar el grito unísono de millones: “presidente, presidente” “es un honor estar con Obrador” o “no estás solo, no estás solo”. La multitud derramándose hacia las calles adyacentes.

Así que decir que López Obrador llenó el Zócalo, resulta casi un pleonasmo, pero hay de llenos a llenos. La saturación de otros tiempos, donde era imposible moverse unos centímetros, incluso cambiar de posición el cuerpo contenido por los otros cuerpos, hasta sentir una suerte de sofocación, una desesperación, ante la imposibilidad de salir de un sitio atiborrado, no fue la del domingo pasado cuando se vislumbraban algunos claros, algunos pasillos entre los que se podía transitar.

¿Por qué había algunos huecos en la plaza? Tal vez porque en esta ocasión los capitalinos no sintieron que debían defender algo, porque no percibían la intención de arrebatarles lo que legítimamente han ganado o porque, si bien la historia de amor entre el presidente de la República y la ciudad que gobernó para bien durante casi 6 años, no es tan incondicional o fanático como algunos creen y sus habitantes están a la espera de resultados más decisivas, de que la justicia, que no la venganza, alcance a aquellos que tanto daño hicieron al país.

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