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Madre América: México

Sobre Gilberto Bosques, a propósito de la llegada a Cuba del nuevo embajador de México

Sergio Guerra Vilaboy

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Ahora que esperamos la presentación del nuevo embajador de México en Cuba, Miguel Díaz Reynoso, un antiguo amigo de los cubanos, pues fue un exitoso agregado cultural en la isla hace ya un cuarto de siglo, es bueno recordar a Gilberto Bosques Saldívar (1892-1995), un diplomático ejemplar en las relaciones entre los dos países.

Su misión en La Habana inició poco después del ataque de Fidel Castro y sus jóvenes compañeros al Cuartel Moncada, y permaneció como embajador de México casi al finalizar el sexenio del presidente Adolfo López Mateos (1964) cuando pidió su relevo. Según confesara en una entrevista a Graciela de Garay, lo hizo “para no darle a Díaz Ordaz ni la oportunidad de que me pidiera la renuncia. Le manifesté claramente a López Mateos que no quería verme en el caso de colaborar con ese señor.” Como bien preveía el sagaz embajador, las cordiales relaciones existentes hasta entonces entre México y Cuba se enturbiaron con la llegada al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, bordeando incluso la ruptura con el penoso incidente provocado en 1969 por el funcionario mexicano Humberto Carrillo Colón.

Para comprender la significación de la labor de Gilberto Bosques, hay que tener presente que las relaciones diplomáticas entre los dos países no fueron interrumpidas por el golpe de estado de Batista el 10 de marzo de 1952; aunque poco después su predecesor en La Habana, Benito Coquet, fue retirado y durante casi un año su puesto estuvo vacante.

No fue hasta mediados de 1953 que el gobierno mexicano, cediendo a los insistentes reclamos de La Habana, decidió nombrar otro representante, siendo entonces designado Gilberto Bosques, un experimentado diplomático que estaba acreditado en Suecia. El nuevo enviado de México, que llegó a la capital de la isla cuando arreciaba la lucha contra la dictadura batistiana, no ocultó desde el principio sus simpatías por los revolucionarios cubanos, las que supo combinar hábilmente con el mantenimiento de los requerimientos propios de su alto puesto diplomático.

Hay que decir que bajo su dirección, la embajada de México en La Habana, se convirtió en refugio seguro de decenas de opositores a la tiranía, a muchos de los cuales salvó la vida a riesgo de la suya propia. Eso explica las constantes amenazas contra el digno representante de México y el deterioro de las relaciones oficiales mexicano-cubanas en los últimos años del régimen batistiano, al que Bosques calificó de cruel. En su testimonio, dibuja el clima político asfixiante que imperaba en Cuba –“inseguridad, abuso, amenazas de persecución, tortura”- y la enorme influencia de los Estados Unidos en todos los aspectos de la vida cubana.

Tras el triunfo de la Revolución, la actuación de Bosques siguió siendo diáfana y las relaciones diplomáticas entre Cuba y México alcanzaron gran esplendor. Precisamente, por la valiente labor desarrollada por el singular embajador mexicano durante la lucha contra Batista y por su firme apoyo a la Revolución, este diplomático mexicano gozó de gran respeto y afecto entre los dirigentes revolucionarios cubanos. De ello da fe una foto tomada en su despedida en la sede diplomática de México en La Habana, en la que puede verse al embajador Bosques arropado por Fidel y Raúl Castro, Che Guevara, los comandantes Juan Almeida y Ramiro Valdés, entre otras figuras legendarias de la Sierra Maestra.

La huella indeleble de este vertical representante de México ha quedado registrada en la historia como verdadero paradigma en las relaciones de amistad, colaboración y hermandad entre los pueblos de Benito Juárez y José Martí y constituye un valioso legado para las presentes y futuras generaciones de cubanos y mexicanos.

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