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Madre América: Cuba

Transformaciones de La Habana al triunfo de la Revolución

Sergio Guerra Vilaboy

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El triunfo de la Revolución Cubana, el 1 de enero de enero de 1959, significó en poco tiempo, una evolución radicalmente diferente de La Habana, así como de la vida de sus habitantes, sobre todo desde que se agudizó el enfrentamiento con Estados Unidos e inició la masiva emigración de la burguesía y una parte apreciable de las capas medias.  En cuestión de meses, La Habana dejó de ser un enclave norteamericano, destinado al esparcimiento de sus turistas y campo privilegiado de inversión de empresarios y mafiosos de Estados Unidos, para convertirse en la meca del movimiento revolucionario mundial, en especial de África y América Latina. También la capital cubana pronto devino en un centro de atención mundial por sus atractivas actividades culturales (festivales de cine, música, artes plásticas, ballet y muchos otros), así como eventos deportivos y políticos.

Uno de los primeros efectos de la Revolución fue un giro de 180 grados en la estrategia constructiva, promoviéndose la edificación de viviendas baratas para los trabajadores. A la vez, se redistribuían o destinaban a fines sociales, como residencias estudiantiles, instituciones culturales, oficinas gubernamentales, escuelas y dispensarios médicos, las lujosas mansiones y modernos edificios que habían pertenecido a los que se marchaban a los Estados Unidos. Los antiguos clubes exclusivos de la burguesía fueron convertidos en balnearios públicos y en muchos de ellos se organizaban bailables populares con las bandas y orquestas de moda como la de Pello el Afrokán o los Van Van.

Desde entonces, La Habana dejó de ser el centro de la actividad constructiva del país, priorizándose el desarrollo de otros pueblos y ciudades del interior, pues en los años cincuenta se había llegado al extremo de que el 75% de las edificaciones se hicieran en la capital y solo el 25% en el resto del país. El propósito de la política revolucionaria era alcanzar un mejor equilibrio con otras ciudades y poblados del país, priorizándose la elevación del nivel de vida en las zonas rurales y la desaparición de los barrios marginales.

Algunos altos edificios de la ciudad, que estaban sin terminar o sus apartamentos no se habían vendido, fueron acabados y destinados a viviendas, como fue el caso del Hermanas Giralt en la avenida 23 de El Vedado, o destinados a becas de estudiantes universitarios, tal como ocurrió con varias altas torres cerca del Malecón o en la calle Línea. Lo mismo ocurrió con las mansiones y grandes residencias de los repartos exclusivos de la burguesía.

El primer residencial popular construido por el Gobierno Revolucionario fue la confortable Unidad Vecinal de La Habana del Este (1960-1961), integrado por 2300 apartamentos en edificios de cuatro y diez pisos, al que siguieron otros, nutridos de viviendas para trabajadores, en diferentes zonas de la ciudad. El conjunto de La Habana del Este, que se basó en lo más avanzado de las tendencia urbanísticas –combinaba una diversidad de edificios y la separación del tránsito peatonal y vehicular- formaba parte de la vasta obra emprendida por el recién creado Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda (INAV) que, aprovechando la renta de la lotería, construyó hermosos repartos y funcionales edificios por distintas partes de la ciudad, como los fraccionamientos de Guiteras y Chibás. También en este periodo, en el que abundaron las construcciones sociales en la capital cubana, el campamento militar de Columbia, el mayor del país, fue transformado en la Ciudad Escolar Libertad, mientras varios cuarteles de la policía eran convertidos en escuelas o demolidos, como ocurrió con el siniestro recinto policial ubicado a la entrada de El Vedado sobre el puente de Almendares.

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Madre América: Cuba

Enrique Sosa y sus estudios sobre las relaciones entre Cuba y Yucatán

Sergio Guerra Vilaboy

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El historiador cubano Enrique Sosa Rodríguez (1930-2002) dedicó los últimos años de su vida al magisterio en Yucatán, ofreciendo cursos y formando doctores en Historia, así como a la investigación de los nexos entre la Mayor de las Antillas y la península yucateca. De sus indagaciones históricas y antropológicas nos quedan sus valiosos textos, Habanero campechano, en colaboración con Carlos Bojórquez Urzaiz y Luis Millet Cámara, Proyectos de invasión a Yucatán desde Cuba (1828-1829), ambos publicados por la Universidad Autónoma de Yucatán en 1996, y Vínculos históricos entre Yucatán y Cuba (inédito).

Licenciado en Historia y Doctor en Ciencias Históricas por la Universidad de La Habana, Sosa llegó a ser distinguido como Profesor Emérito de su Alma Mater y también de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. También fue Profesor Extraordinario de la Universidad Autónoma de Yucatán, donde además era miembro de la directiva de la Cátedra Extraordinaria Nuestra América. En Cuba presidió hasta su fallecimiento la sección de Historia de la Asociación de Escritores en la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC) y el Tribunal Nacional de Doctorados en Historia. También perteneció a la Sociedad Económica de Amigos del País y a la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC).

Compartí con Sosa por primera vez en 1968, cuando comenzaba a estudiar Historia y fui destinado al trabajo social en un ingenio azucarero de las afueras de La Habana por un fin de semana. Me impresiono la sencillez del profesor que nos guiaba, experto en investigaciones de campo en comunidades rurales, quien aprovechaba los escasos ratos libres para recluirse en la lectura de las Vidas Paralelas de Plutarco. Luego fue mi maestro de Historia Social del Arte y la Literatura y, más tarde, nos hicimos muy amigos, cuando entre 1974 y 1976 el Dr. Sosa dirigía el Departamento de Historia General y yo el recién fundado de Historia de América, que ocupaban un mismo salón, sólo separados por un simple librero.

Al implantarse en 1976 una nueva estructura en la educación superior cubana, y la Escuela de Historia fue atomizada en la Facultad de Filosofía e Historia, Sosa quedó sin su jefatura académica, al parecer por los criterios sectarios imperantes durante el “quinquenio gris” como le llamara Ambrosio Fornet.  De poco valió su temprana incorporación a las tareas de la Revolución, que lo habían compulsado a dejar su familia acomodada para marchar al oriente de la isla a impulsar la reforma agraria, así como tampoco su consagración a la docencia en el Instituto Pedagógico “Makarenko”, en la Escuela de Orientación Revolucionaria “Conrado Benítez” y, desde 1965, en la Universidad de La Habana.

La salida del cargo universitario estimuló la ya impresionante actividad intelectual de Sosa, de lo que fue muestra la obtención en 1982 del Premio de Ensayo Casa de las Américas con su obra, Los Ñañigos. Durante ceremonia de premiación lo acompañé con mi esposa por solicitud suya.Como dramaturgo ya había conseguido en 1968 otro Premio Casa con La insurrección de los negros, a los que debe sumarse la presea 26 de Julio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias con, USA contra USA (1971) y el de la UNEAC (1973) con El enjuague. Publicó más de dos decenas de libros, entre ellos, La economía en la novela del siglo XIX (1978) –basado en su tesis doctoral y que fuera mención en el concurso UNEAC de 1975-, El Cereball (1984); La conquista del oeste mexicano hasta California por destino manifiesto (1990) y los varios tomos de Historia de la Educación en Cuba, en colaboración con Alejandrina Penabad, publicado desde 1997. Su destacado papel como panelista del conocido programa de televisión Escriba y Lea, hicieron del doctor Enrique Sosa un hombre muy popular en Cuba, como pude comprobar en el Aeropuerto de La Habana en un viaje que hicimos juntos a su querida Mérida en el 2000 o cuando caminábamos por las calles de la capital cubana y las personas se detenían a saludarlo, hacerle alguna pregunta o sencillamente para darle su bendición. 

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Madre América: Cuba

La Habana “ciudad maravilla”

Sergio Guerra Vilaboy

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Desde la última década del siglo pasado también se levantaron en La Habana nuevos hospitales, entre ellos el Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas (CIMEQ), el Ortopédico Nacional Frank País, el Pediátrico de Marianao y el Quirúrgico de Centro Habana, junto a una extendida red de policlínicos barriales y casas para médicos y enfermeras a nivel de circunscripción que dan cobertura gratuita de salud a toda la población de la ciudad.

También se han construido, en áreas situadas al oeste de la ciudad, diversos centros de investigación científica avanzada, entre ellos el Carlos J. Finlay, el Instituto de Medicina Tropical Pedro Kouri (IPK), que es un complejo de diez edificios, el Centro de Inmunoensayo, de Hemoderivados, de Inmunología Molecular y el de Ingeniería Genética y Biotecnología, este último con varias torres de vivienda aledañas para sus trabajadores. Un lugar especial ocupa la conocida Escuela Latinoamericana de Medicina, inaugurada en 1999 como parte de las actividades de la IX Cumbre Iberoamericana, que aprovechó las edificaciones recién terminadas de la Escuela Naval, que las cedió para tan noble fin, ubicadas al oeste de la capital, donde se han graduado miles de becarios de todo el planeta.

En esta etapa más reciente, que ya corresponde a las postrimerías del siglo XX e inicios del XXI, se han levantado en la capital, además de nuevos edificios de viviendas populares, varios nuevos hoteles y edificios modernos de renta para extranjeros en distintas zonas de Miramar, como en el Club Habana. Esta nueva oleada dirigida al turismo internacional comenzó con la terminación del hotel Cohiba en 1995 y continuó con Parque Central, Meliá Habana, Telégrafo y Habana-Panorama, junto a otros más pequeños en La Habana Vieja (Armadores de Santander, Conde de Villanueva, El Comendador, Hotel Valencia, Los Frailes, Mesón de la Flota, Raquel y otros), hasta los más recientes como el Gran Hotel Manzana Kempinsky (2017) y el Packard (2018), sin duda los más lujosos y caros de La Habana actual. A estas significativas edificaciones hay que agregar los grandes centros comerciales, comenzando por Galerías de Paseo (1998) La Puntilla, el Centro de Negocios de Miramar, la remodelada Plaza Carlos III, así como la nueva Terminal #3 del Aeropuerto Internacional (1996), como parte de un estricto programa director para el desarrollo integral de la ciudad de La Habana dirigido a superar el crecimiento desordenado y desigual del pasado.

Sin embargo, las restricciones económicas y otros factores, entre ellos el bloqueo de Estados Unidos a Cuba, han limitado el alcance de estos objetivos e impedido evitar el visible deterioro de La Habana –que ha obligado a la demolición de muchos edificios como el Alaska en la céntrica La Rampa-, que ahora, en su quinto centenario, aspira a renovar su antiguo esplendor, poniéndose a tono con las transformaciones y avances de los tiempos que corren.

Hoy, a comienzos del siglo XXI, se sigue reconstruyendo y preservando el valioso legado arquitectónico y cultural de La Habana antigua, en lo que juega un extraordinario papel la Oficina del Historiador de la Ciudad. En 1982, esta urbe fue declarada por la UNESCO -junto a las viejas fortalezas coloniales- Patrimonio de la Humanidad. La urbe, cinco veces centenaria, hoy se moderniza y progresa sin perder su particular fisonomía y el legado de su belleza, acumulada y decantada a lo largo del tiempo, como fue reconocido en 2016 por la Fundación suiza New Seven Wonders, que por votación global de miles de personas, la declaró Ciudad Maravilla. La selección de La Habana se fundamenta, según dictamen de esa organización internacional, en su “atractivo mítico, lo cálido y acogedor de su ambiente, y el carisma y jovialidad de sus habitantes” y se le otorga “en reconocimiento a La Habana como una de las siete ciudades maravilla del mundo moderno, que se ha convertido en parte de la memoria global como una de las siete cosas que todo el mundo en el planeta puede y va a recordar”.

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Madre América: Cuba

La Habana a fines del siglo XX

Sergio Guerra Vilaboy

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Entre las construcciones de la primera etapa de la Revolución estaban también las nuevas playas populares, entre ellas Bacuranao, El Mégano y El Salado, así como la inconclusa Escuela Nacional de Arte (1960-1965), una verdadera joya arquitectónica, levantada en el antiguo Country Club, ahora redenominado Cubanacán. También debe incluirse la edificación de nuevos hospitales, como el Nacional Enrique Cabrera –que lleva el nombre de un destacado médico mexicano, descendiente del agrarista de la Revolución Mexicana Luis Cabrera, quien murió en la isla entregado a la salud pública.-,el Comandante Manuel (Piti) Fajardo, la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE), inaugurada en 1964.

También debe mencionarse el moderno centro de exposiciones Pabellón Cuba (1963), erigido en La Rampa, a la que se dotó de novedosas aceras de granito sembradas de placas con reproducciones de obras de los más afamados pintores cubanos contemporáneos. En esta relación tampoco pueden faltar la afamada heladería Coppelia, terminada en 1966, diseñada en forma de platillo, ubicada en la céntrica esquina de L y 23, convertida en foco de atracción popular y símbolo de la modernidad habanera, así como el edificio Girón en el Malecón habanero: una torre experimental de 17 plantas (1967), que utilizó por primera vez moldes deslizantes prefabricados.

Con posterioridad, en una mayor oleada constructiva iniciada en los años setenta, se levantaron centenares de nuevas edificaciones valiéndose de la misma tecnología, desde 6 y hasta 21 pisos, en diversos repartos de la ciudad -que ya sobrepasa los dos millones de habitantes- como Bahía, Centro Habana, Plaza de la Revolución y San Agustín, aunque el más populoso de todos fue el de Alamar, al este de la capital. No obstante, se considera que muchas de las profusas edificaciones de esta masiva ola constructiva, que sin duda contribuyó a atenuar el problema de la vivienda y a la eliminación de los barrios marginales, adoleció en general de una desigual calidad constructiva y trajo aparejado la monotonía arquitectónica a ciertas zonas del paisaje habanero. La última de estas grandes barriadas emergentes fue la Villa Panamericana de Cojímar, que intentó recuperar normas urbanísticas de El Vedado, surgida a un costado de las principales instalaciones deportivas creadas para los juegos continentales de 1991, entre ellas un stadium de campo y pista, utilizado para la ceremonia de inauguración, un velódromo y un gran complejo de piscinas.

También a fines de la década del setenta fue construido el Palacio de Convenciones, inaugurado en ocasión de la VI Cumbre de los Países No Alineados celebrada en a Habana en 1979, al que con posterioridad se le adicionó el Hotel Palco. Estas construcciones vinieron acompañadas de nuevos hoteles destinados al turismo nacional, como el Marazul (1971), en la playa de Santa María, y el complejo Tritón-Neptuno, cuya primera etapa concluyó en 1979.  A estas nuevas edificaciones debe sumarse el majestuoso edificio destinado al Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CENIC), inaugurado en 1970, y el Hospital Hermanos Ameijéiras, aprovechando el inconcluso edificio alto destinado al Banco Nacional ubicado donde estuviera la antigua Casa de Beneficencia y Maternidad.

Por esos años la ciudad fue rodeada por una autopista de circunvalación, conectada a la nueva carretera de “ocho vías” que enlaza a La Habana con las provincias orientales y occidentales.  En las inmediaciones de esta red de expeditas autopistas se instaló el Parque Lenin, que incluyó en sus extenso perímetro la gran Escuela Vocacional homónima (1974), un original anfiteatro en medio de una laguna, restoranes, rodeo, acuario y parque de diversiones, Jardín Botánico, el Zoológico Nacional  y un enorme recinto de exposiciones (EXPOCUBA).

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