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Crónicas de Ixil

Cantinas y Parroquianos

Miguel Ángel Orilla

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A sugerencia de buenos amigos, que quizá desean ver reflejadas sus experiencias, he decidido abordar este húmedo tema: las cantinas y sus parroquianos en el interior del Estado. En primer lugar, no sé si usted conoce o ha visto una cantina de pueblo. Si no la ha hecho, está un poco atrasado, porque muchas personas lo hacen, sobre todo los fines de semana. En ella suceden casos y cosas que merecen comentarse.

Las cantinas pueblerinas tienen nombres muy curiosos que expresan los motivos por los cuales la comunidad los identifica: El Tropezón, La Oficina, El Plantel, La Escondida, Tu Hermana, El Gym, La Gloria, El Infierno, La Negrita, El Cerrito de Oro, La Casita de Paja, El Ratón, El Alimento, El Gallito, El Gato Negro, La Gatita Blanca, etc.

Generalmente a los propietarios o al mesero nadie los conoce por su nombre, sólo por su apodo: El triste, La jarra, El chino, El was, El mulix, El gato, El jarakiri, El pek, Colís, Tizimín”, Ucho etc.

Las botanas que mitigan el hambre de los numerosos clientes, servidas en pequeños platos, y son entre otras: charritos, chicharra con harto habanero, pepitas, mandarina, sal y limón, mango verde, sikil pack, tostadas, pepino, cacahuates y grosellas. Pura comida vegetariana, “vegana” dirían hoy día mis amigos hipsters, y nutritiva –me dice un informante- amiguísimo de Baco.

Muchas personas dicen que toman para olvidar alguna pena. Creo que por esa razón, en las cantinas siempre tienen colgado un letrero que dice: “Si tomas para olvidar, ¡Primero paga!”.

En el pequeño anaquel se pueden encontrar una muestra de dizque finos licores de muy sugestivas marcas: Chac-pol, Parras, Ron-petripas, Caribeño, Watachilib, Viejita, etc.

Detrás de la barra también se puede ver todo un arsenal de empeños: coas, cuchillos de corte, radios, celulares de dudosa procedencia y sobre todo relojes de marca. A propósito, ¿sabía que las deudas de cantina son consideradas deudas de honor? Puntualmente son pagadas cada quincena. Claro, para tener derecho a contraer una nueva.

En esos bebederos el personaje más popular es el dueño del negocio. Hasta se da el lujo de dispensar favores: “te voy a dar fiado sólo una tanda”. O le ordenan al mesero: “Nada con fulano, es mala paga el cabrón”.

A eso del mediodía, conocida popularmente como la “hora cristal”, las cantinas parecen verdaderos mercados; como si algo se estuviera regalando en ellas. El zumbido de conversaciones semeja un avispero. El mesero no se da abasto para servir a los parroquianos que muy orondos le ordenan: “Sirve aquí tres caguamas bien frías”, “Traite unos limoncitos”, “Quiero una mestiza y una campechana”, “Éstas ya las puedes bajar, ya las pagué”, “Una más, bien helodia”, “Botella con sus aguas”, ¿y la crisis? Bien gracias.

Por su parte, los parroquianos entre tanda y tanda, pretenden componer el mundo, se conversa de los más diversos asuntos. Desde quién brinco albarradas anoche, hasta los pormenores del juego de béisbol dominical. Y se aprovecha la ocasión para criticar a las autoridades: “Mare, fíjate que zutano se está llevando la maleta”. También al más “chayote” le recuerdan: “Da tu tanda, hija”.

Todo va bien hasta que los parroquianos comienzan a pasarse de copas. Los primeros síntomas son tirar el “jaibolito”, como cariñosamente le llaman a esa bebida etílica, o romper un vaso. Suenan chiflidos y gritos burlescos, entonces el compañero de otra mesa enseguida advierte el clásico: “¡Ninguna más!”. En las tabernas se puede ver a borrachines que reaccionan de diversas maneras. A unos les da por cantar, reír o llorar; otros bailan al ritmo de la rockola; los penosos comienzan a hablar a todo el mundo; los comunicativos se quedan mudos; los que no quieren pagar su tanda, se hacen a los dormidos sobre la mesa.

Pero lo bueno viene cuando a alguien le dan el “pitazo”: “Te busca tu esposa, está en la puerta”. Aquel valiente abandona la silla. Se hace silencio, porque sus compañeros piensan que el próximo puede ser alguno del grupo. De repente, surge un pleito entre los parroquianos y amenazan con romperse muchas cosas. El propietario del bar actúa de réferi y los manda a la calle a pelear; cuando esto sucede, nadie sabe de donde surgen muchos espectadores, lo cierto es que en un momento la vía pública se llena de gente con el consiguiente relajo, porque cada quien le va a su “gallo”. Los únicos que nunca se enteran son los policías. Brillan por su ausencia.

Al día siguiente, los pleitistas se ven felices, como si nada. Y para curar la “cruda”, temprano esperan que abra el bar para comentar los pormenores de la pelea: “Oye, si no estábamos mamaos”. Y pues adelante, piden que se sirvan las otras.

En las cantinas pueblerinas no se acostumbra dar propina al mesero y mucho menos las gracias. Eso es parte del ambiente que se vive en los bares, yo toco madera, y espero que mis amigos hayan quedado complacidos y que este articulo resulte ameno para mis amabilísimos lectores. ¡Salud!.

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Crónicas de Ixil

Antiguo retrato

Miguel Ángel Orilla

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Esta foto nos dice mucho a los ixileños. ¿Cómo era nuestro pueblo hace 77 años? Por lo pronto podemos distinguir que nuestro Palacio Municipal era un poco diferente: la fachada principal era de madera tallada y los  techos de láminas de zinc. Además, en el costado izquierdo, la casa que fue de los esposos Pedro Zapata y Carmen Baquedano, era de concreto y el techo de tejas rojas. A lado del mismo predio, está una tradicional casita de paja.

También se observa la plaza principal donde apenas se distingue a tres mestizas, que cargan sus palanganas de nixtamal, rumbo al molino de granos. ¿Qué les parece amables lectores? Disfruten de esta imagen como lo  hago yo, vale la pena.

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Estampas de Yucatán

Miguel Ángel Orilla

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Por estas épocas, se inicia la cosecha de ciruelas (abal, en maya) que hacen del paladar una delicia, con chile molido y sal. Hay diversas clases de estos deliciosos frutos: tuxpana, campechana, chíabal, etc.

Recuerdo que cuando viajaba por el sur de Mérida en la ruta a Timucuy, Tekik, y sobre todo en San Pedro Chimay, era bonito ver en los patios de las casas florecer los sembradíos de ciruelas.

 Aún hoy, las humildes campesinas abordaban el autobús llevando palanganas y cubetas de ese fruto para su venta en el mercado de San Benito, y con ello ayudan su modesta economía familiar. Bueno ¡a comer ciruelas¡ he dicho.

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Las últimas mestizas

Miguel Ángel Orilla

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Poco a poco, como le entra el agua al coco, las mestizas de mi pueblo, van desapareciendo del panorama campirano por la modernidad y otros motivos.

Pero qué bello es admirar a estas risueñas señoras, luciendo el colorido hipil o el terno regional. Por esta razón, me he dado a la tarea de dejar registrados sus rostros y su elegante vestimenta en este breve recuento de belleza.

Ixil, Yucatán. Mayo 2019.

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