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Arte y ciencia

A 40 años de la historia institucional en Yucatán

Edgar A. Santiago Pacheco

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El próximo octubre de 2020 se celebran los cuarenta años de que se empezó a impartir la historia como especialización en la entonces Escuela de Ciencias Antropológicas de la UDY. Incluso en estos días he leído un aviso sobre un Seminario para conmemorar tal acción, en el marco de los 50 años de fundación de la Facultad. A vuelo de pájaro no puedo dejar de recordar el activo papel en esta empresa de la terna formada por Carlos Magaña Toledano, José Tec Poot y Carlos Bojórquez Urzaiz, bajo la guía de Salvador Rodríguez Losa. Los Carlos estoy seguro tienen mucho que decir en dicho Seminario.

En la convocatoria, me llamó la atención una afirmación que hacen los responsables del Seminario: “En el último tercio del siglo XIX, personajes como Eligio Ancona y otros fueron transformando la práctica de historiografía, pero hubo que esperar un siglo para que la disciplina adquiriera su carácter científico y ocupara un lugar dominante en la Universidad”.

Tengo serias dudas en la parte de la afirmación que se subraya, pues el carácter científico de la escritura de la historia en Yucatán, se puede rastrear en obras que se escribieron antes del establecimiento de la especialidad. Entendemos que se quiera asociar la práctica científica de la disciplina con la fundación de la especialidad de historia en la Universidad, pero hay que ampliar la mirada analítica y evitar caer en un reduccionismo conceptual o en un posible anacronismo histórico.

Y es que mucha de la historiografía practicada en nuestro terruño, fue científica, aunque, no hubiese instituciones en la localidad para formar historiadores. El razonamiento sobre esta afirmación se afianza en el hecho de que existía una noción moderna de la historia, que se plasmó en nuestra historiografía regional. Esto si entendemos la noción de modernidad a partir de dos diferencias básicas con la tradición historiográfica anterior: a) No tiene el fin de moralizar sino de instruir sobre la naturaleza de la historia como una apuesta al futuro, y b) busca ser científica, y por ello basarse en evidencias interpretadas con objetividad, lo cual brinda una mirada de especialista y no de retórico.

Dicho de otro modo, en palabras de Karla Alejandra Pinal Rodríguez, en su libro Vivir para historiar, historiar para vivir. La profesionalización de la historiografía en México editado en 2016: en la noción moderna de la historia el “historiador [tiene] una actitud científica y un distanciamiento en la observación; su fin debe ser la verdad y, si acaso, orientar con base en ella, no el convencimiento por sí mismo. En ese sentido, es una historiografía para el futuro y no para el presente, del que intenta separarse” (p.35). Sin duda, encontramos estos elementos en mucha de la obra histórica escrita antes del establecimiento de la especialidad en la Escuela de Ciencias Antropológicas en 1980.

Siguiendo a Pinal, y queremos ir un poco más allá en nuestra reflexión, el establecimiento de la especialidad en historia en 1980 no es el inicio de la profesionalización historiográfica, si se ve la profesionalización como un proceso y no como un acontecimiento. En el caso de Yucatán el proceso de la profesionalización de la historia ya era evidente antes de 1980, basta con hacerse un análisis historiográfico anterior a esa década, y no confundir la profesionalización con la institucionalización. Lo que nos mostraría que es posible considerar que parte de producción historiográfica anterior puede considerarse científica y profesional porque cumplió con los cánones de la historiografía científi­ca contemporánea y porque manó de un grupo reconocido en el ejercicio de una disciplina.

Entonces la pregunta sería ¿Qué cambió la fundación de la especialidad de historia en la Escuela de Ciencias Antropológicas? Una respuesta básica sería que estableció un espacio particular al interior de la profesión histórica: la investigación, que se reconoció en los términos de grupos académicos y oficiales. Desde esta posición es pertinente distinguir primero, la instauración de la prácti­ca científica de la historia; segundo, la institucionalización de la práctica científica de la historia en las universidades y, tercero, la oficialización de la investigación científica en historia. (Pinal 2016:15). En nuestro terruño los dos últimos puntos se expresaron al mismo tiempo.  

Siguiendo esa línea de pensamiento es posible explicar que “la transición de una idea moderna de la historia a una práctica contemporánea, que incluye la investigación, la difusión y la docencia financiadas por el erario público como un reconocimiento oficial de que esas actividades son profesionales y contribuyen al desarrollo social”. ¿No es lo que se hizo con la fundación del Departamento de Historia y el posterior establecimiento de la especialidad en la ECAUDY?

Por ello ¿no sería más pertinente? para entender la práctica histórica de la historia en Yucatán y el papel de las instituciones formadoras de historiadores, hablar de grupos profesionales desde la perspectiva interaccionista como lo propone la autora citada; pues el interaccionismo define lo profesional en función de los profesionales frente a la sociedad y no de la profesión en sí. La profesión se reconoce como mutable, construida culturalmente y como un producto de relaciones sociales. Alejémonos un poco de la definición clásica de profesión de la sociología funcionalista que en cierto sentido reduce las posibilidades de análisis y reflexión.  Esta no ayuda mucho al analizar y definir lo profesional a partir de que cumple los criterios de ser ejercida a jornada completa y en función de una serie de reglas específicas, practicada por individuos formados ex profeso en escuelas especializadas, con protección legal (oficial) para el monopolio del ejercicio, o que debe contar con un código deontológico. Conceptualizarla así, sin duda es ahistórico pues parte de una valoración referida a un presente, pero que no ayuda necesariamente a entender lo que antes significaba. Su aplicación lleva una carga de anacronismo pues se impone a realidades que no se refieren a aquella desde la que fue enunciada–una sociedad y tiempo específico-. Si entendemos la profesionalización como un concepto y no como un sustantivo este no puede ser definido en términos inamovibles como se ha hecho desde una concepción funcionalista de las profesiones.

No se puede limitar el análisis histórico de la profesionalización de la historia a un momento y lugar, la realidad es más compleja y aunque precisamente el establecimiento de la especialización en 1980 en la Escuela de Ciencias Antropológicas pone una X en un lugar y momento, esta X no es más que una expresión coyuntural de un proceso que aún hoy continua. Los jóvenes estudiantes de historia se merecen nuestra preocupación por ampliar horizontes y no cerrarlos, la historia de hoy lo exige.

Valdría la pena una discusión abierta e incluyente sobre la Historia y su futuro en la Universidad Autónoma de Yucatán, que no es otro que la lucha del humanismo por surfear las violentas olas del individualismo empujado por un capitalismo salvaje. Para que estos primeros cuarenta años no sean los únicos, el riesgo está presente.

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Arte y ciencia

Un alegre paseo por el tiempo, el tercer concierto de la OSY

Ariel Avilés Marín

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Foto de Salvador Peña L.

Con alegres ejemplos de tres corrientes artísticas, el concierto semanal de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, nos alegró la noche del viernes 16 de octubre. Con la magia que la música es capaz de imprimir a la imaginación, pasamos en alegres saltos por tres épocas diferentes, correspondientes, cada una, a una corriente y un período diferentes. La primera obra, toca los tiempos crepusculares del Siglo XIX, y toca los albores del XX, el impresionismo con su delicadeza proverbial, nos dio la probada inicial del delicioso platillo; dimos un salto atrás, al luminoso Siglo XVIII, para encontrar en él a Mozart; y de nuevo para adelante, para poner pie en pleno romanticismo, y con él, hacer vibrar las almas con delicados sentimientos, llenos de alegría por la vida. Tuvimos la visita de un violinista de polendas, joven y talentoso, con un arco magistral que sabe acariciar dos cuerdas al unísono, o saltar de una a otra para buscar el efecto preciso que la partitura exige del ejecutante que camina por la senda de Mozart. William Harvey, ha ocupado ahora el atril de Shari Mason en la Sinfónica Nacional, y exhibió las cartas credenciales de por qué ocupa ese atril de distinción.

En diferentes tiempos, en Yucatán hemos tenido el privilegio de recibir a notables violinistas, casi siempre, concertinos de importantes orquestas. Mi inolvidable primo, Juan Campos Casares, me platicaba con exaltado ánimo las incursiones a Yucatán, del notable violinista mexicano Higinio Ruvalcaba. Ya como asiduo asistente a las salas de concierto, me toca en suerte escuchar a Luz Vernova, en 1970; a Rasma Lielmane, en 1971; a Héctor Olvera, en 1973; al rescatar y ser reinaugurado el Teatro Peón Contreras, tuvimos como concertino, al notable violinista yucateco, Daniel Burgos Samada, que era concertino de la Sinfónica del Bajío; ya en tiempos de la OSY, nos han visitado, dos veces, Shari Mason, y Sebastian Kwapisz, gran concertino de la OFUNAM. Ahora, en esta segunda temporada 2020, tenemos que agregar, con toda justicia, a William Harvey.

Abre programa, una joya del impresionismo francés, “Pavana para una Infanta Difunta” de Maurice Ravel. Ravel, junto con Debussy, revolucionan la música al presentar en sus partituras, complicadas formas de medir los compases, ritmos de 7/2 y otros de complicada ejecución; incluyen en sus obras, armonías nunca antes puestas en práctica por compositor alguno, y hacen rabiar a la crítica de su época al lograr bellezas nunca antes escuchadas, tanto que, posteriormente, se habla de sus obras como: “delicadas telarañas de cristal”. Pues eso fue lo que escuchamos el viernes por la noche, una delicada telaraña de cristal, en la pavana de Ravel. La dulzura del corno de Juanjo Pastor, le añadió brillantes gotitas de agua a la delicada telaraña, que la hizo más bella, con los suaves acentos del arpa de Ruth Benet, así como los sensibles detalles del violín de Christopher Collins, nuestro maravilloso concertino. Inicia la obra la suave voz del corno, al que responden las cuerdas, canta el oboe dulce y sentido y las cuerdas abordan suave pasaje, la música sube ligeramente y entran a dúo flauta y oboe; de nuevo el corno con dulzura y flauta y oboe dialogan de nuevo, sube ligeramente la emoción y la flauta canta con los delicados acentos del arpa, es ahora el clarinete con el arpa, el oboe toma la voz cantante, y el violín concertino desparrama una gran dulzura y llegamos al suavísimo final de la obra. ¡Qué falta nos hizo la merecida ovación para la orquesta!

Foto de Salvador Peña L.

En seguida, pasamos a escuchar uno de los cinco conciertos que Wolfgang Amadeus Mozart escribió para violín y orquesta, precisamente el No. 5, popularmente conocido como “Turco”, por el aire oriental de su último movimiento. William Harvey sale al escenario a tono con la obra, pues luce una hermosa camisa de seda con ornamentos de estilo oriental, muy ricos, e incluso su cubrebocas es de este estilo. La obra es plenamente representativa del rococó o clásico, y delicada, alegre y muy amena. El concierto se compone de tres movimientos: Allegro-Adagio, Adagio y Rondó-Minuetto. El primer movimiento, lo inicia el solista con marcada alegría, las cuerdas le acompañan y el corno le pone dulces acentos, el solista aborda notas muy delicadas y dulces, el violín solista aborda un tema muy conocido, alegre y gustado, luego notas agudas y muy claras, el tutti responde con alegría; al solista canta alegre y con él el oboe, el solista ataca un rápido cabio de cuerdas y el oboe canta, responde el tutti y el solista retoma el tema inicial que el tutti replica y hace variaciones al tema, el solista ejecuta notas agudas y rápidas y en seguida aborda cadencias, ágiles, hace notas a doble cuerda de rica armonía y canta con gran agilidad con fuertes y enérgicas arcadas y en seguida escalas ricas y canta con mucho sentimiento y hace armónicos de una gran delicadeza; entra el tutti con gran alegría y nos lleva al alegre final del movimiento.

El segundo movimiento lo inicia el solista delicado y lento y el oboe acentúa, canta grave y dulce el solista y va subiendo con emotividad; el solista nos pasea por un remanso de dulzura y arranca al instrumento delicadas notas y trinos y entra el tutti con delicadeza, solista y oboe entablan un diálogo muy sentido, el solista ejecuta notas verdaderamente aterciopeladas y va subiendo con emotividad, canta el oboe con el tutti y el solista canta con notas largas y delicadas, con una suave intimidad y luego alegre, entra el tutti suave y el oboe eleva la voz, el solista ejecuta dulcísimas cadencias, sentidos armónicos y notas a doble cuerda, el tutti responde y nos lleva a un plácido final del movimiento. El tercer movimiento, inicia el solista con gran agilidad y el tutti responde, cantan el oboe y el solista melódicos y alegres, ágilmente van subiendo, el solista aborda un pasaje alegre a tiempo de danza que el oboe replica y entablan un diálogo, se aborda un pasaje con aire oriental que parece remitirnos a “El Rapto del Serrallo” del propio Mozart; y que da nombre al concierto, oboe y violín cantan con agilidad y se retoma el tema oriental subiendo rápido y ágil, entra el tutti y el solista aborda las cadencias del movimiento, y son con ágiles cambios de cuerdas, delicados armónicos, y arranca de nuevo la alegre danza, entra el tutti y la alegría va subiendo para irse desbordando y llegar a alegre y sonoro final del movimiento y la obra. Desde nuestro lugar, nos pusimos de pie y gritamos: ¡Bravo!

Cierra programa la Sinfonía No. 6 en Do mayor, conocida como “Pequeña”, pues la No. 9, en la misma tonalidad se le llama “La Grande”. La música de Franz Peter Schubert, transmite una gran alegría por la vida, lo cual contrasta fuertemente con la vida misma del compositor, que fue dura y trágica, llena de pobreza y de una infelicidad extrema. Ejemplo de ello, es un pasaje de su vida, en que, por carecer de recursos, acepta vivir en la perrera de la mansión de una familia aristócrata, la cual le pide que deje el espacio, pues ha comprado un perro y es echado a la calle. Su padre, le obliga a estudiar para maestro de escuela, y luego a trabajar en ello, lo que fue un verdadero calvario para Schubert, quien odiaba rabiosamente ese oficio y los niños eran una tortura para él. Muere a los treinta y un años, no se sabe si de sífilis o tuberculosis, pues ambas enfermedades lo atacaron cruelmente al final de sus días. Asiste con un gran dolor a los funerales de Beethoven, llorando amargamente, sin saber que un año y medio después, se cumpliría su voluntad de ser enterrado cerca de él, su gran ídolo. Sólo la música, ponía una nota alegre en su vida, cuando estaba con amigos y tocaba, su alma se llenaba de felicidad. Por todo esto, es muy contrastante la gran alegría por la vida que su música lleva. Como si ese mal fario le siguiera después de muerto, su bellísima música es poco ejecutada en las salas de concierto, con excepción del “Ave María” que tiene una gran difusión universal diaria.

La Sinfonía No. 6, está integrada por cuatro movimientos: Adagio-Allegro, Andante, Scherzo-Presto y Allegro Moderato. El primer movimiento, es solemne pero fuerte, transcurre entre diálogos entre flauta y oboe que se alternan con el tutti, su tema principal es alegre; las maderas dialogan entre sí, y alternan en pasajes con las cuerdas, el tutti nos lleva al final del movimiento que es una verdadera fiesta sonora. El segundo movimiento, es suave y delicado, en él los diálogos se dan entre flauta y oboe, y entre flauta y clarinete, la voz cantante recae en las maderas, y responden las cuerdas, el tutti pone la fuerza en sus pasajes y es quien nos lleva al suave final del movimiento. El tercer movimiento, es la fuerza y la alegría desbordadas; es el tutti el que lleva el sostenimiento de este movimiento, todo él tiene fuerte acento, hay ricos diálogos entre flauta y oboe, flauta y clarinete, hay un pasaje pausado, pero se retoma la fuerza y el final del movimiento es alegre y desbordado. El cuarto y último movimiento, las cuerdas retoman el papel protagónico, alternando con diálogos flauta oboe, también hay diálogos entre cuerdas y maderas, y al final el tutti va subiendo con fuerza y nos lleva al tremendo y alegre final del movimiento y la obra. Nos desborda el deseo de escuchar la gran ovación y escuchar los gritos de ¡Bravo! Tan merecidos.

Nos quedamos en nuestro lugar, añorando los domingos de sinfónica en el Teatro Peón Contreras. Mérida, Yuc., a 21 de octubre de 2020.

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Arte y ciencia

Presentación del libro “Nuestra América. Prolegómenos para una historia continental” del Historiador ecuatoriano Jorge Núñez Sánchez

Jorge E. Retamal Hidalgo

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Es posible que sea el mejor momento histórico para presentar este libro, ya que nuestra América se asoma a la segunda década del siglo XXI con un proceso social de profunda reflexión descolonizadora, desbaratando todas las figuras simbólicas de desplazamiento cultural que introyectaron en la identidad de nuestros pueblos, dejándonos en pleno olvido de nuestras propias formas de concebir lo histórico y construirlo. El libro del historiador ecuatoriano, Dr. Jorge Núñez Sánchez, lleva por título Nuestra América. Prolegómenos para una historia continental (Ediciones A89, 2020), dedica profundos cuestionamientos a la labor historiográfica e introduce nuevos caudales para la interpretación de lo que somos.

En este libro hemos seleccionado tres artículos del autor que han sido dispuestos en tres capítulos que se complementan coherentemente, estructurando una sólida base teórica para el estudio de las conciencias históricas de la variedad de sujetos que brotan por doquier en nuestra América. Puede entenderse este libro como una introducción a un macizo cuerpo teórico que precede a próximas publicaciones de autores de nuestra América.

De esta manera, los problemas que aquí quedan planteados se refieren a la configuración de una escritura historiográfica realizada naturalmente por historiadores e historiadoras siempre situados, atravesados, de una u otra manera, por los conflictos sociales, las tensiones, los intereses; no existiendo con ello la escritura impoluta de la historia, siempre queda expresado en ella el sitio desde el cual se escribe y, ante ello habría una responsabilidad ética consustancial a la labor historiográfica.

La conciencia historiográfica sería la posibilidad constante del examen de sí frente a la problemática que estudia. Siempre expuesta la escritura historiográfica a la introyección colonialista, esto es el modo en que la escritura desliza una simultaneidad de voces que perviven impajaritablemente en la formación de quien realiza la escritura, gruesos caudales colonialistas son los principales elementos que le quitan la interpretación de sí a la escritura situada, y en este ejercicio de dejar hablar a un máximo volumen los principios colonialistas, siempre ensordecen las voces de quienes en realidad padecen esa historia. El examen de la conciencia histórica debe conducirnos al agenciamiento de prácticas culturales situadas, de emergencias identitarias, de develamiento de símbolos de liberación y dominio, una práctica historiográfica sometida al examen de los pueblos en su propio entendimiento de sí.

Asimismo, el quiebre independentista, en sus tres procesos emancipatorios, quebró la estructura de robusta data y por sus grietas asomó la rebeldía de identidades silenciadas; la diversidad se hizo carne en la realidad interpretada, y aun así se enfrentó al estricto modelo de Estado Nación en un permanente conflicto por el orden y el desborde.

Este permanente conflicto es el eje condicionado de una escritura que se desarrolla en la búsqueda de diversas voces disonantes, de esta manera lo latinoamericano deja de ser solo un espacio geográfico para adquirir la condición de categoría analítica, que en su propia definición operó como un dispositivo de unificación de toda diversidad, con núcleo identitario en lo latino como introyección de occidente en la pluralidad sociocultural. Bajo lo latinoamericano subyace por ejemplo la herencia afro e indígena, como también toda la multiplicidad de lo mestizo, de género, de mitos ancestrales, la comunión de cosmogonías y cosmovisiones múltiples, y todas sus mezclas, quedando debajo, ocultamente tras la sombra que despliega lo latino, toda la diversidad que logra emerger con la categoría de nuestra América.

Agradecemos la colaboración del historiador chileno Leonardo Mellado por sus oportunos detalles, a Felipe Cubillos por su colaboración en la circulación chilena de este libro, también le agradecemos a Verónica Mendoza por poner a disposición este libro para nuestros lectores mexicanos en la Librería Carlos Fuentes de la Universidad de Guadalajara y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, versión online 2020, para la venta a todo el mundo entre el 28 de noviembre y 7 de diciembre, al historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy, presidente de ADHILAC, Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe, que a través de sus redes sociales podemos dar a conocer este estudio a un público continental, y felizmente a Carlos Bojórquez Urzaiz, por permitirnos difundir estos libros dedicados a la Historia Latinoamericana.

El libro “Nuestra América. Prolegómenos para una historia continental” del Historiador ecuatoriano, Dr. Jorge Núñez Sánchez (Ediciones A89, 2020), es una excelente introducción para la formación de nuevos historiadores, como también para los más eruditos que les llama a reflexionar sobre los orígenes metodológicos emancipatorios de la disciplina de la historia.  Huichahue, Provincia de Valdivia, Chile.

Título del libro: “Nuestra América. Prolegómenos para una historia continental”
Autor: Jorge Núñez Sánchez
Nacionalidad: ecuatoriano
Colección: Fama y Fortuna #10
Materia: Historiografía
(1° Edición, abril 2020)
N° de páginas: 171
Dimensiones: 15×21
Venta para TODO EL MUNDO online: Feria Internacional del libro de Guadalajara / Librería Carlos Fuentes de Guadalajara.
Venta PARA CHILE: www.a89.cl

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Cine

Aunque se vista de seda, inmigrante se queda

Penélope Orozco Ortega

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Nueva York de madrugada. Los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) tocan a las puertas de un apartamento en un barrio de la ciudad, dicen que están haciendo una investigación y piden entrar. Sin mayores detalles comienza una serie de atropellos a indocumentados llegados de la Ciudad de  México. Es 2017 y el nuevo presidente de EE UU, Donald Trump, acaba de firmar una orden ejecutiva para endurecer la política migratoria del país. Las detenciones quedan grabadas por las cámaras de Christina Clusiau y Shaul Schwarz para lo que se ha convertido, tres años más tarde, en el show del año.

La administración del mandatario movió cielo y tierra con tal de evitarlo, pero todo cooperó para que este 3 de agosto Netflix estrenara Immigration Nation (Nación de Inmigrantes) lo que no pocos consideran un bombazo a poco tiempo de las elecciones presidenciales. La serie documental recoge seis capítulos donde muestra la cara de la tan discutida problemática de inmigración.

La crisis migratoria mundial ha tenido en Estados Unidos a un férreo opositor. Desde que Donald Trump asumió la presidencia de ese territorio, ha aplicado “tolerancia cero” para quienes viven indocumentados. Ha dado la orden de deportar a todos aquellos cuyos papeles no estén en regla.

Desde proponer disparar a las piernas de quienes lleguen de México, hasta patrocinar un proyecto para que en el muro que divide a ese país de EE.UU. haya un foso de agua con caimanes, llegan las inhumanas y descabelladas ideas del gobernante. Ni siquiera la pandemia del covid-19 ha impedido las malsanas y silenciosas tácticas para expulsar a más de 128.765 mexicanos durante su mandato.

Dos caras de una compleja realidad

En cada emisión de esta serie, las terribles situaciones a las que son expuestos los indocumentados y sus familias, son contrapuestas con entrevistas a funcionarios como su vocero Brian Cox, quienes justifican de diversas maneras su conflictiva labor.

Dos caras de una realidad que bajo los mandatos de Trump ha multiplicado sus cifras. Si en 2003, cuando fue creado, el ICE contaba con ocho unidades, hoy suma 129; de la misma forma son más de 50,000 las personas que a diario ahora vigila en sus centros de detención. Una realidad que no lograron censurar en Nación de Inmigrantes y que no dejará indiferente a nadie.

Cruda y contundente, la serie le pone nombre, apellido y, sobre todo humanidad a muchas de las historias sobre padres separados de sus hijos, a los relatos de esos hijos obligados a vivir con el miedo constante de ser deportados y a esos corajudos que intentan “cruzar el muro”. En algunos casos también viaja al país de origen de algunos de los inmigrantes para aportar el contexto de sus decisiones, que suelen faltar cuando se cuentan sus experiencias. Y, sobre todo, expone un entramado burocrático tan despiadado como efectivo para quienes lo llevan adelante.

Uno de los puntos más interesantes de la serie es el foco en muchos de esos oficiales que, convencidos de la necesidad de cumplir las órdenes del gobierno, también llegan a discernir, son nada más que peones en el juego de las disputas políticas y partidarias. Que muchos de ellos provengan además de familias de inmigrados, en su gran mayoría  mexicanos, le agrega un nuevo matiz a todo el entramado que la serie documental despliega. Sin embargo, no se detiene a hacer concesiones ni pierde de vista las violaciones a los derechos humanos que atraviesan cada uno de los episodios.

De hecho, en uno de los capítulos primeros, un investigador de Arizona, en un raro momento de autoconciencia captado por las cámaras, explica que para hacer bien su trabajo debe dejar de lado sus sentimientos personales sobre los inmigrantes. “Que probablemente haya sido lo que se decían los nazis, ¿no?”, dice luego para confirmar su convicción de mantener controladas las fronteras de su país.

Tres años estuvo filmándose el documental por parte de los cineastas Christina Clusiau y Shaul Schwartz. Al principio, ellos presentaron un proyecto de serie a tono con lo expuesto por Trump durante la campaña que lo llevó a la  presidencia: “Evitar que el país se siga llenando de los no nativos”, a los cuales con frecuencia suele colocar al paralelo de “vagos, ladrones, violadores y asesinos.” Para esto era indispensable que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) se apretara el cinturón y se lanzara a la caza de los “indeseables”.

La disposición de los cineastas de acompañar a la aguerrida tropa del ICE se recibió con euforia y facilidades de todo tipo, algo impensable para una entidad que desdeña las miradas inoportunas y los comentarios adversos.

A través de ocho familias en riesgo de ser deportadas, la serie corre veloz y cuenta historias, aunque con rudeza, sin caer en demasiado sentimentalismo. Ejemplos de ello son la historia de una mexicana que lleva 20 años como ilegal en Estados Unidos, país donde se casó con un militar y tiene dos hijas, pero aun así tiene orden de ser expulsada. Y la de una joven israelita, quien lleva 18 años en la nación y ha fundado una exitosa empresa, pero vive escondida y es su socio quien debe representar legalmente lo que con tanto sudor ella construyó

La dupla de directores tiene un evidente punto de vista, es un acierto que casi todos los relatos traten de gente que lleva años viviendo ilegal. ¿Es sensato no otorgarle residencia y nacionalidad a quienes llevan 10 ó 20 años viviendo en EE.UU, pagando sus impuestos y tiene hijos nacidos en ese país? La pregunta que recorre todos los episodios, no tiene respuesta pero sí un origen: el 11 de septiembre de 2001, cuando los atentados a las Torres Gemelas provocaron el endurecimiento sobre la estadía de extranjeros.

Estar ahí en el momento justo donde un funcionario de ICE le pregunta a un grupo de mexicanos detenidos en una celda a cuántos habían separado de sus hijos, y que 18 de 20 levantaran la mano… Quedas impactado y sorprendido de que esa sea la realidad”, dice Clusiau en referencia a la política de “tolerancia cero” de 2018.

Las súplicas de los inocentes

El llanto desconsolado de dos niños mexicanos se convirtió desde este 3 de agosto en símbolo del drama que viven los hijos de inmigrantes indocumentados detenidos por el ICE. En este caso el escenario fue Misisipi. Entre un día y otro las escenas de los menores que quedaron desamparados hicieron eco en los espectadores.

“Por favor, por favor, ¿puedo estar con mi mamá?, por favor”, pedía ella, con sus apenas 6 añitos, entre lágrimas, mientras desde el suelo veía como se alejaba su madre.

En la grabación, se oyen explicaciones banales y sollozos desgarradores. Otro niño de 12 años, aparece ante las cámaras rogando por su padre.

“Mi papá no hizo nada, no es un criminal, déjenlo por favor”, repetía él mientras miraba hacia uno y otro lado en busca de consuelo.

Desde el otro costado del país, la abuela Rosa llega desde Yucatán y espera al infante que viene solo, el de los hoyuelos en las mejillas y el pelo negro azabache. A su nieto al cual no ha visto en 11 años y de quien se va a encargar de ahora en adelante. Han pasado más de dos horas y no llega. Se observan las cámaras buscándolo en diferentes direcciones.

Entre la multitud, finalmente aparece. “Es Benito*”, dice Rosa. “Es mi chamaco”.

“Abuela”, le dice aferrándose a ella. Pasajeros a su alrededor le toman fotos y varios preguntan a Christina Clusiau y Shaul Schwarz si es él uno de los niños separados de sus padres por Donald Trump.

Benito* no dijo apenas palabras. Durante los 45 minutos del capítulo segundo de Nación de Inmigrantes, solo se le escuchó decir: “¿yo que le he hecho a la vida abuela? A mi mamá la matan, mi papá viene solo por salvar mi vida y me apartan de él, es injusto, devuélvanmelo por favor, por favor se los pido.”

Un nuevo frente de batalla

Los adelantos que ofreció Netflix, a ritmo vertiginoso, dieron una idea de lo que se vería en la serie: abusos, mentiras, violencia, manipulaciones, allanamientos de viviendas, madres que lloran, niños presos en jaulas, trabajadores sin antecedentes penales registrados como asesinos en los documentos del ICE y todo por el banal objetivo de aumentar las cifras de una mal llamada «purificación humana»

Meses antes de concluirse el documental, un representante del ICE se asomó al ojo de la cerradura y comprobó que lo preparado por los cineastas estaba lejos del proyecto original. ¡Traición!, se expandió el desconcierto, y con él las presiones y amenazas de toda índole por parte del Gobierno. «Ni siquiera imágenes del documental podían ser exhibidas», dijeron entonces. Y en cuanto al estreno, «ni pensarlo».

La agencia de deportaciones ha mostrado su malestar porque el resultado final muestra las dos caras de la inmigración: el verdugo y la víctima. Según los cineastas, la agencia creyó que el documental sería solo sobre los agentes y ha protestado porque se haya dedicado buena parte a las historias de los indocumentados

Al no cristalizar las medidas de carácter legal para evitar la presentación del documental, el Gobierno estadounidense jugó hasta la última carta buscando aplazar el estreno hasta después de las elecciones presidenciales de este año. Sin embargo, como hasta hoy aún no llueve plomo, la carga de denuncia que trae consigo Immigration Nation se convirtió en un triunfo inmune a las réplicas. Cabe preguntarse ahora hasta qué punto la realidad vivida por los cineastas durante tres años, hizo que el proyecto original se le convirtiera al Gobierno en otro tiro por la culata.

Una perspectiva diferente

Cadenas y brazaletes electrónicos enganchados en las piernas de decenas de detenidos ponen en la palestra a la policía de inmigración. “Siempre pensé que los gringos eran buenos, pero ahora pienso ¿dónde están los gringos buenos?”. Es esta la constante más repetida por los inmigrantes y que un hondureño sacó a la luz mientras rodaban el documental.

En la mayoría de los casos, las series documentales tienen un tono político y acá resulta evidente, aunque no es partidista sino exponencial. Expone un problema que no parece tener solución. Los mismos involucrados hacen mea culpa, delante de las cámaras, sobre cómo entraron ilegalmente al país, de las innumerables veces que intentaron vía abogados lograr una visa de residencia, acostumbrándose a tener una vida de miedo sin cese. En ese sentido, Nación de Inmigrantes es un material de protesta implícito, da voz a cientos de familias separadas, con historias contadas de a poco, intercaladas unas de otras, con una música leve que no busca la lágrima fácil pero la logra.

Tras las historias, y es lo más relevante de la serie, está la denuncia a un país que se formó con inmigrantes, con presidentes sin la disposición de regularizar los papeles de quienes han hecho una vida entera sobre ese suelo, dejándolos como apátridas. Como bien dice el relato de una mujer mexicana, a quien el ICE le ha dicho que debe “regresar a su casa” y ella les responde: “¿Cuál casa? Mi casa está acá desde hace 20 años”.

Finalmente, aunque no se considera un activista, Schwarz anhela que esta obra genere algún tipo de respuesta positiva. Esta es y ha sido siempre una nación de inmigrantes, y hay mucha gente que todavía tiene un sueño, aunque se haya dado cuenta de que no es como lo imaginaron, a la manera antigua de Hollywood.

“Este documental es duro, sí, y puede ser difícil de ver, pero nos interesa que la gente lo vea y diga ‘¡ya basta!, ¡no más! Lo que está pasando no responde al espíritu real de este país. Ojalá que la izquierda y la derecha dejaran por un momento de lado sus diferencias y respondieran al llamado que les hace la Humanidad”, exponen los periodistas, cineastas y realizadores de National Inmigration, en una de tantas entrevistas.

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