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Arte y ciencia

Acercar a los niños al arte, un reto posible

Paloma Reyes

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Las piezas de los 26 expositores se exhibirán hasta el 1° de marzo en la Galería del Callejón del Congreso perteneciente al Teatro Peón Contreras

Desde animales salvajes y personajes de películas, hasta íconos de la cultura pop como Marilyn Monroe o Audrey Hepburn, se integra la exposición “Matices de Color” que fue inaugurada este jueves en la Galería del Callejón del Congreso.

Los autores de las obras pictóricas son veinte niños y seis adultos, alumnos del taller de artes visuales “Terarte” que se encuentra a cargo de la maestra Teresita Pérez.

En entrevista posterior al corte de listón, la profesora comentó que la exhibición es el resultado de un semestre de clases y que las obras fueron realizadas mediante la técnica del óleo en las medidas de 70 x 100 centímetros.

Respecto al concepto principal, añadió que se le dió la libertad a los alumnos para que expresen su creatividad a través de la experimentación y así plasmarla en sus pinturas.

Al cuestionarle sobre el reto que implica el acercar a los niños al arte, en plena la era digital, comentó que es posible cuando los padres se involucran y les permiten expresarse a través de él:

“Agradezco mucho a los papás que me permitan trabajar con los niños, al tomar las clases de pintura lo que hacen es estar creando siempre y desarrollan habilidades, porque ellos ya vienen con un don especial”, concluyó.

Dibujo, pintura, acrílico y acuarela, texturizados, mixtas, son las técnicas que se imparten en el taller “Terarte” día a día y que se encuentra ubicado en la colonia San Pedro Uxmal de la capital yucateca.

Para más información sobre los costos y horarios, puede comunicarse a los teléfonos (999)-42-96-305 y (999)-17-23-782.

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Pablo Neruda

El sepelio inverosímil

Germán Rodas Chaves

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El 23 de septiembre de 1973 dejó para siempre el tráfago de la vida Neptalí Reyes Basoalto.  En sus instantes finales el poeta-conocido en la historia por su seudónimo de Pablo Neruda-no dejó de repetir “los están fusilando…los están fusilando”.

Doce días antes de su muerte, el bardo chileno-entre sollozos y aflicción-se enteró de los acontecimientos que provocaron la muerte de su amigo el Presidente Salvador Allende y, pese a su enfermedad, tuvo plena discernimiento de los sucesos que enfrentaba su Patria a propósito de la instauración de uno de los regímenes más nefastos en la historia de los pueblos latinoamericanos.

Neruda–quien inicialmente para ocultar a sus familiares su vocación literaria utilizó tal individualización en homenaje al escritor checo Juan Neruda, autor de los cuentos de la Mala Straná-nació en 1904 al sur de Chile, en Parral. Inició su carrera literaria produciendo, entre 1920 y 1923, su libro Crepusculario, de cuyo texto me estremece la lectura del poema Farewell, entre cuyos renglones cortos se lee: “Por esa vida que arderá en sus venas/ tendrían que amarrarse nuestras vidas…/”

En 1924 produjo un manojo de versos llamado “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”; aquel poemario que trae en una de sus carillas los versos que dicen: “Me gustas cuando callas, porque estas como ausente/ y me oyes desde lejos y mi voz no te toca…/   Luego, en el contexto de un trabajo arduo y fenomenal, siguió publicando su incomparable producción literaria que le condujo, en 1971, a ser galardonado con el premio Nobel de Literatura.  

Con los sucesos del 11 de septiembre de 1973, que provocaron todo tipo de persecuciones y prohibiciones, el sepelio de Neruda se constituyó en un acto inverosímil, pues su pueblo no solamente acudió a depositar sus restos en el Cementerio General y a llorar por su partida, sino que, además, se convocó, en el mismo lugar, para rendir homenaje a los caídos en el golpe militar–entre otros a Allende y a Víctor Jara-así como para denunciar al mundo la represión de aquellos días.

El sepelio de Neptalí Reyes fue, entonces, un desfile en homenaje a la vida, al poeta, a quienes le habían acompañado en sus ilusiones, a los militantes que entregaron su existencia víctimas de la furia dictatorial. Un cortejo fúnebre que adicionalmente desafió la muerte, a propósito de la presencia de la soldadesca que se apostó a lo largo de dicho cortejo.

Fue tal entierro, también, un acto de solidaridad con el poeta que días atrás soportó la humillante invasión a su casa en la Isla Negra, allí donde en medio de su agonía escribiera el “testamento de la acusación”.

El funeral de Neruda sirvió para que el vate siguiera combatiendo junto a Allende y a otros caídos-a pesar de estar orillados junto a la muerte- a favor de sus ideales y de la ilusión de una nueva alborada, conforme fueron y siguen siendo las expectativas de miles y miles de hombres y mujeres de su Patria y de toda “nuestra América”.

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Arte y ciencia

Felipe Blanco o el elogio a modestia

René Villaboy

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La inmensa modestia que caracterizó a Felipe Blanco me imposibilita empezar estas palabras reseñando su vida anterior a cuando lo conocí. Sólo supe por otros que fue cura, un sacerdote rebelde a la usanza de Hidalgo y Morelos. Como ellos, Felipe cambió los hábitos por las armas contra la injusticia, la miseria y la explotación. Así también pude oír que dedicó la mayor parte de su vida-incansablemente-a luchar por la causa de los pobres y el triunfo de las ideas justas en Centroamérica. Tuve referencias que fue un colaborador y guerrillero de los movimientos insurgentes de Guatemala y México, y que escribió varios textos sobre alimentación sana. Nunca, durante más de un mes en que tuve el privilegio de compartir con él, se jactó de su pasado y menos aun me impuso sus años y su increíble historia de vida frente a mi recién comenzada existencia académica. Siempre en mi oídos retumbaba su diáfana voz al llamarme Maestro.

Lo conocí en enero de 2012, cuando llegué por primera vez a Guatemala para impartir clases de Historiografía General y Latinoamericana en la Licenciatura en Historia que la Universidad de La Habana tiene allí, en colaboración con la Fundación Guillermo Torriello.  Era la primera vez que salía al extranjero, y de paso mi primer contacto con el mundo indígena y con las secuelas de los procesos revolucionarios frustrados en los años 90 del pasado siglo XX. Sólo hoy logro percibir que las incertidumbre que me causaba todo aquello, fueron percibidas en silencio por el personaje que centra estas notas.

Era un grupo diverso a los que unía la lucha revolucionaria, de izquierda, y sobre todo el compromiso social de interpretar y leer la historia desde los de abajo. En aquel colectivo, que asumió el nombre del verbo de la revolución guatemalteca, Manuel Galich, estaban presentes con la misma disciplina y avidez de conocimientos que el resto de los demás, dos personas adultas mayores.  Dos seres que tomaban la idea de graduarse como historiadores con la misma entrega y pasión con que habían asumido antes muchas otras pasiones de su vida. Incluidas las de colgar los hábitos de sacerdote y monja, respectivamente, y entregarse para siempre a la causa de los pobres desde la práctica revolucionaria. Eran Felipe Blanco y su inseparable compañera Isabel.

Felipe, como otros de aquel conjunto de estudiantes, se dedicó de manera muy a especial a disipar las tantas angustias que me embargaban al estar por primera vez-con 29 años-al frente de una materia cuyos discípulos en su mayoría eran mayores que yo. De su mano bebí café a lo chapín, demasiado ligero para nuestra intensa forma de consumirlo. Pero su amabilidad y la sonrisa con que acompañó siempre cada taza, me hacían disipar la añoranza por lo que creía como café verdadero.

Igualmente recuerdo que en su carro, que le quedaba inmenso, me llevó a varios pueblos en las afueras de la ciudad, al estadio de pelota, al mapa de Guatemala a relieve, todo con el simple propósito de que conociera otras realidades más allá de la vida urbana, o para que yo no estuviera solo mientras no daba clases. Jamás olvidaré los almuerzos que compartimos, algunos hechos por él bajo las reglas de la diabetes, y otros que le llevé a la casa que ocupaba. Siempre con una vitalidad que se sobreponía a sus años, se movía y me acompañaba con un celo y una bondad increíble a cada lugar que se le ocurrió o que yo le pedía.

Fui privilegiado testigo de su devoción por su Isabel, cuando incluso por esos días sufrió un accidente en la pierna que le impedía asistir a las clases. Escuchaba y copiaba las lecciones por los dos, y luego la instruía como si fuera el propio maestro. Conocí al Felipe cumplidor de cada seminario o evaluación que un bisoño profesor cubano le imponía, y pude comprobar cuanta claridad y conocimiento atesoraba con una modestia impecable. Fue Felipe Blanco, quien por primera vez me llevó a un Walt Mart, en Guatemala, y recuerdo como si fuera hoy que al estacionar su auto en los bajos de la imponente reciento, me advirtió: profesor va entrar a la boca del capitalismo.

Lamentablemente cuando volví años después a la tierra del Quetzal, para examinar los ejercicios finales del Colectivo Galich, Felipe ya no estaba. Supe que se había ido a México, con su amada Isabel. Extrañé entonces el poder verlo defender su título de historiador, y mucho más sentí su ausencia en el Aula Magna de la Universidad de La Habana cuando finalmente aquel grupo recibió sus títulos de graduados. Nunca más supe de Felipe, aunque sinceramente tampoco logré olvidarme de él.

A través de las redes sociales recibí la triste noticia de que ya se nos ha ido para siempre. Falleció el 24 de septiembre en una humilde comunidad de Chiapas, junto a su compañera de luchas y de la vida, y junto al pueblo que amo. Pero soy de los que piensa que su ministerio y su personalidad no terminan al cerrar los ojos, Felipe nos dio lecciones de vida que lo hacen inmortal.         

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LA VISIÓN DE CARONTE

Lo “mágico” de una infamia

Miguel II Hernández Madero

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 A mediados de septiembre se confirmó el hallazgo de los restos del primer barco de vapor usado “para el tráfico de esclavos” en Yucatán durante el siglo XIX y la Secretaria de Turismo Michele Friedman lo consideró como algo “mágico”; pero ni es “mágico”, ni es tan simple hablar de ese pasado.

Oficialmente no eran esclavos, porque la esclavitud no existía en México y, por ende, en la Península. Los indios mayas desterrados como consecuencia de la Guerra de Castas eran llevados a Cuba, bajo la forma de Contratas de trabajo, de cuyo contenido ellos no entendían, pues no sabían leer ni escribir, sólo ponían un trazo a tinta y ya era válido.

Reitero, es algo complejo. ¿Eran esclavos? Legalmente no, ¿tenían trato de esclavos? Tampoco, a veces era mucho peor, porque al no ser propiedad eran algo casi desechable. Las propiedades se cuidan. ¿Eran vendidos? Sí.

En marzo de este año se cumplieron 161 años de la salida legal de los primeros mayas rumbo a Cuba. Se desconoce la cifra exacta de cuantos mayas fueron vendidos en el lapso comprendido entre 1849 y 1861. La mayoría murió lejos de la tierra donde nacieron, arrancados de raíz del Mayab, sin que importara a las autoridades su extraordinario apego por la tierra natal.

Y aunque oficialmente se prohibió en 1861, existen los datos de que aún seguía realizándose esa actividad, y todavía en 1872 se tienen registros en Cuba de mayas y mestizos en esas condiciones.

Quizás el número de total de nativos yucatecos llevados a Cuba contra su voluntad no sea tan extraordinario como el que sería de los esclavos africanos o sus descendientes, o de los migrantes chinos hacia la isla, pero si mueve a indignación y vergüenza saber las condiciones en las que fueron llevados, la manera en que fueron tratados y, lo más alarmante, que hayan sido vendidos por las mismas autoridades a quienes apoyaron años atrás durante las revueltas internas.

Es un pasado que no se puede negar, aunque es parte de nuestra historia que no se difunde, que se pretende ignorar, e incluso muchos yucatecos niegan que haya existido o bien, algunos lo llegan a considerar “fascinante o mágico”. Eso es romantizar el sufrimiento humano.

Hablamos de algo que se disparó a consecuencia de la Guerra de Castas, iniciada en 1847, pero cuya práctica ya ocurría. Existen registros en el Archivo General del Estado, donde se señala la salida de familias rumbo a Cuba, llevando sirvientes mayas, pero regresaban sin ellos, presumiblemente vendidos o “cedidos para trabajar”,

La represión desatada por el régimen peninsular durante la Guerra de Castas avivó el fuego y llevó a una lucha de exterminio por ambas partes. Toda esa furia desatada tendió un velo que ha ocultado los alcances de la venta de yucatecos como esclavos, bajo el disfraz de contratos de trabajo.

La venta de mayas y mestizos se mantiene ignorada por la mayoría de los yucatecos y de los mexicanos en general. Las dimensiones de este comercio son incalculables pues no solamente se trató de aquellos que salieron por el puerto de Sisal con pasaporte y contratas temporales, sino que también hubo envíos desde otros puntos de la costa yucateca.

Además, había un comercio formal y otro informal que escapa de todo cálculo preciso. A tal grado que se persiguió por las autoridades yucatecas y cubanas, pero castigándolo como contrabando, por no pagarse los derechos respectivos. Al no perder de vista este detalle se puede estructurar la situación: el hombre maya y su familia era considerado un objeto, algo que existía peor que no era igual, no tenía derechos, solamente vivía para servir al “blanco”, y en este sentido lo mismo daba que fuera un indio o un mestizo. Ambos estaban obligados por igual a servir a los miembros de la sociedad decimonónica.

Pensar en ese panorama, cuando abiertamente se llegaba a ponerle precio a las personas, hombre, mujeres y, posteriormente, niños (al principio eran incluidos con sus padres), cuando podían ser secuestrados en las calles, e incluso hubo acusaciones de que se llegó a vender a soldados mexicanos enviados para apoyar al gobierno yucateco, sólo nos muestra rapiña, bajeza humana y no, de ninguna manera, puede considerarse como algo “mágico”.

Pero el tema da más. Hasta la próxima…

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