Pocos
lugares me recuerdan tanto a mi padre como el parque de San Cristóbal, ese
rincón de Mérida donde la luz tenue de sus lámparas y la relativa dispersión de
los vecinos que antaño paseaban por su entorno, contrastan con las palabras que
papá empleaba para describir la alegría que reinaba en su barrio. Siempre
admiré sus referencias al suburbio, sus recuerdos indelebles que ahora lo
relacionan con el lugar, como si fuera un territorio tan personal que nunca
pudimos experimentar en
carne propia alguno de sus relatos.
“Mi
barrio” fue acaso su
expresión constante para decir que era el espacio singular al que pertenecía,
suyo y no de mis hermanos o de mi madre, menos mío, que habiendo nacido y
crecido en otras partes de la ciudad, veíamos San Cristóbal a través del
cristal de su mirada. Valiéndose de esas palabras, sin titubeos mi padre se
trasladaba al rumbo de su nostalgia, como quien retorna en peregrinación al
lugar largamente añorado, venerable y hasta cierto punto santo, pues a muchos
consta que antiguamente este barrio daba para presumir esas y otras cosas más,
influidos por la ternura de sus calles sin pavimento pero imborrables por el
croar de la ranas que nos adormecían cuando pasábamos la noche en casa de los
abuelos.
Por diferentes razones papá podía
reducir-más nunca cancelar- sus visitas a su barrio, o acaso tenía que alternarlas
un sábado sí y otro no, debido sobre todo a que por línea materna San Cosme
reclamaba también nuestra presencia, aunque debo reconocer que las alusiones
que hacía mi madre a su suburbio eran mucho más discretas. Este rumbo llegué a
considerarlo como el más vegetal de Mérida y quizás lo era y lo siga siendo,
sin embargo, su ámbito se circunscribía a lo familiar, ya que todo era más
consanguíneo y las menciones que hacíamos señalaban directamente el hogar de
tal o cual tío. San Cristóbal, en cambio, comprendía una extensión más amplia,
era como si habláramos de un municipio, con parroquia, cine, feria y un mercado
bastante cercano.
De antemano sabíamos que la noche de
cada 11 de diciembre mi padre recogería una muda de ropa, porque asistiría
desde la víspera al día de la Virgen de Guadalupe, a cuya devoción se erigió la
iglesia del barrio de San Cristóbal. Había verbenas y no sé cuántos festejos
que antecedían, y que hasta
la fecha anteceden, las festividades religiosas a las que papá asistió puntual
hasta el día de su muerte. Tenía muchos amigos de procedencia libanesa que
habitaban las casas aledañas a la suya desde que se asentaron en la ciudad de
Mérida.
Estos recuerdos que reponen un pasado
hermoso, pero que veo poco cuando atravieso las calles de San Cristóbal,
guardan relación con una realidad de Valladolid, ciudad donde residí varios
años, y donde la alegría infantil irrumpía en los parques recién rehabilitados,
cuya vitalidad estaba presente todas las tardes, debido a que los vecinos
continúan habitando sus antiguas casas. Alguna vez conversé el tema con Gonzalo
Escalante Alcocer, quien siendo alcalde de esa ciudad tuvo la visión de reanimar
los parques, y comentó que su intención era tratar de impedir que los barrios
vallisoletanos fueran abandonados para mudarse a la prefiriera de la Sultana de
Oriente, donde se construyen modernos complejos habitacionales. Recuerdo haber
felicitado a Gonzalo Escalante por tratar de evitar que los vallisoletanos
tuvieran la necesidad de acudir a la nostalgia para revivir los tiempos que se
fueron, como trato de hacer en estos párrafos dedicados al barrio de San
Cristóbal.