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Cine

Aunque se vista de seda, inmigrante se queda

Penélope Orozco Ortega

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Nueva York de madrugada. Los agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) tocan a las puertas de un apartamento en un barrio de la ciudad, dicen que están haciendo una investigación y piden entrar. Sin mayores detalles comienza una serie de atropellos a indocumentados llegados de la Ciudad de  México. Es 2017 y el nuevo presidente de EE UU, Donald Trump, acaba de firmar una orden ejecutiva para endurecer la política migratoria del país. Las detenciones quedan grabadas por las cámaras de Christina Clusiau y Shaul Schwarz para lo que se ha convertido, tres años más tarde, en el show del año.

La administración del mandatario movió cielo y tierra con tal de evitarlo, pero todo cooperó para que este 3 de agosto Netflix estrenara Immigration Nation (Nación de Inmigrantes) lo que no pocos consideran un bombazo a poco tiempo de las elecciones presidenciales. La serie documental recoge seis capítulos donde muestra la cara de la tan discutida problemática de inmigración.

La crisis migratoria mundial ha tenido en Estados Unidos a un férreo opositor. Desde que Donald Trump asumió la presidencia de ese territorio, ha aplicado “tolerancia cero” para quienes viven indocumentados. Ha dado la orden de deportar a todos aquellos cuyos papeles no estén en regla.

Desde proponer disparar a las piernas de quienes lleguen de México, hasta patrocinar un proyecto para que en el muro que divide a ese país de EE.UU. haya un foso de agua con caimanes, llegan las inhumanas y descabelladas ideas del gobernante. Ni siquiera la pandemia del covid-19 ha impedido las malsanas y silenciosas tácticas para expulsar a más de 128.765 mexicanos durante su mandato.

Dos caras de una compleja realidad

En cada emisión de esta serie, las terribles situaciones a las que son expuestos los indocumentados y sus familias, son contrapuestas con entrevistas a funcionarios como su vocero Brian Cox, quienes justifican de diversas maneras su conflictiva labor.

Dos caras de una realidad que bajo los mandatos de Trump ha multiplicado sus cifras. Si en 2003, cuando fue creado, el ICE contaba con ocho unidades, hoy suma 129; de la misma forma son más de 50,000 las personas que a diario ahora vigila en sus centros de detención. Una realidad que no lograron censurar en Nación de Inmigrantes y que no dejará indiferente a nadie.

Cruda y contundente, la serie le pone nombre, apellido y, sobre todo humanidad a muchas de las historias sobre padres separados de sus hijos, a los relatos de esos hijos obligados a vivir con el miedo constante de ser deportados y a esos corajudos que intentan “cruzar el muro”. En algunos casos también viaja al país de origen de algunos de los inmigrantes para aportar el contexto de sus decisiones, que suelen faltar cuando se cuentan sus experiencias. Y, sobre todo, expone un entramado burocrático tan despiadado como efectivo para quienes lo llevan adelante.

Uno de los puntos más interesantes de la serie es el foco en muchos de esos oficiales que, convencidos de la necesidad de cumplir las órdenes del gobierno, también llegan a discernir, son nada más que peones en el juego de las disputas políticas y partidarias. Que muchos de ellos provengan además de familias de inmigrados, en su gran mayoría  mexicanos, le agrega un nuevo matiz a todo el entramado que la serie documental despliega. Sin embargo, no se detiene a hacer concesiones ni pierde de vista las violaciones a los derechos humanos que atraviesan cada uno de los episodios.

De hecho, en uno de los capítulos primeros, un investigador de Arizona, en un raro momento de autoconciencia captado por las cámaras, explica que para hacer bien su trabajo debe dejar de lado sus sentimientos personales sobre los inmigrantes. “Que probablemente haya sido lo que se decían los nazis, ¿no?”, dice luego para confirmar su convicción de mantener controladas las fronteras de su país.

Tres años estuvo filmándose el documental por parte de los cineastas Christina Clusiau y Shaul Schwartz. Al principio, ellos presentaron un proyecto de serie a tono con lo expuesto por Trump durante la campaña que lo llevó a la  presidencia: “Evitar que el país se siga llenando de los no nativos”, a los cuales con frecuencia suele colocar al paralelo de “vagos, ladrones, violadores y asesinos.” Para esto era indispensable que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) se apretara el cinturón y se lanzara a la caza de los “indeseables”.

La disposición de los cineastas de acompañar a la aguerrida tropa del ICE se recibió con euforia y facilidades de todo tipo, algo impensable para una entidad que desdeña las miradas inoportunas y los comentarios adversos.

A través de ocho familias en riesgo de ser deportadas, la serie corre veloz y cuenta historias, aunque con rudeza, sin caer en demasiado sentimentalismo. Ejemplos de ello son la historia de una mexicana que lleva 20 años como ilegal en Estados Unidos, país donde se casó con un militar y tiene dos hijas, pero aun así tiene orden de ser expulsada. Y la de una joven israelita, quien lleva 18 años en la nación y ha fundado una exitosa empresa, pero vive escondida y es su socio quien debe representar legalmente lo que con tanto sudor ella construyó

La dupla de directores tiene un evidente punto de vista, es un acierto que casi todos los relatos traten de gente que lleva años viviendo ilegal. ¿Es sensato no otorgarle residencia y nacionalidad a quienes llevan 10 ó 20 años viviendo en EE.UU, pagando sus impuestos y tiene hijos nacidos en ese país? La pregunta que recorre todos los episodios, no tiene respuesta pero sí un origen: el 11 de septiembre de 2001, cuando los atentados a las Torres Gemelas provocaron el endurecimiento sobre la estadía de extranjeros.

Estar ahí en el momento justo donde un funcionario de ICE le pregunta a un grupo de mexicanos detenidos en una celda a cuántos habían separado de sus hijos, y que 18 de 20 levantaran la mano… Quedas impactado y sorprendido de que esa sea la realidad”, dice Clusiau en referencia a la política de “tolerancia cero” de 2018.

Las súplicas de los inocentes

El llanto desconsolado de dos niños mexicanos se convirtió desde este 3 de agosto en símbolo del drama que viven los hijos de inmigrantes indocumentados detenidos por el ICE. En este caso el escenario fue Misisipi. Entre un día y otro las escenas de los menores que quedaron desamparados hicieron eco en los espectadores.

“Por favor, por favor, ¿puedo estar con mi mamá?, por favor”, pedía ella, con sus apenas 6 añitos, entre lágrimas, mientras desde el suelo veía como se alejaba su madre.

En la grabación, se oyen explicaciones banales y sollozos desgarradores. Otro niño de 12 años, aparece ante las cámaras rogando por su padre.

“Mi papá no hizo nada, no es un criminal, déjenlo por favor”, repetía él mientras miraba hacia uno y otro lado en busca de consuelo.

Desde el otro costado del país, la abuela Rosa llega desde Yucatán y espera al infante que viene solo, el de los hoyuelos en las mejillas y el pelo negro azabache. A su nieto al cual no ha visto en 11 años y de quien se va a encargar de ahora en adelante. Han pasado más de dos horas y no llega. Se observan las cámaras buscándolo en diferentes direcciones.

Entre la multitud, finalmente aparece. “Es Benito*”, dice Rosa. “Es mi chamaco”.

“Abuela”, le dice aferrándose a ella. Pasajeros a su alrededor le toman fotos y varios preguntan a Christina Clusiau y Shaul Schwarz si es él uno de los niños separados de sus padres por Donald Trump.

Benito* no dijo apenas palabras. Durante los 45 minutos del capítulo segundo de Nación de Inmigrantes, solo se le escuchó decir: “¿yo que le he hecho a la vida abuela? A mi mamá la matan, mi papá viene solo por salvar mi vida y me apartan de él, es injusto, devuélvanmelo por favor, por favor se los pido.”

Un nuevo frente de batalla

Los adelantos que ofreció Netflix, a ritmo vertiginoso, dieron una idea de lo que se vería en la serie: abusos, mentiras, violencia, manipulaciones, allanamientos de viviendas, madres que lloran, niños presos en jaulas, trabajadores sin antecedentes penales registrados como asesinos en los documentos del ICE y todo por el banal objetivo de aumentar las cifras de una mal llamada «purificación humana»

Meses antes de concluirse el documental, un representante del ICE se asomó al ojo de la cerradura y comprobó que lo preparado por los cineastas estaba lejos del proyecto original. ¡Traición!, se expandió el desconcierto, y con él las presiones y amenazas de toda índole por parte del Gobierno. «Ni siquiera imágenes del documental podían ser exhibidas», dijeron entonces. Y en cuanto al estreno, «ni pensarlo».

La agencia de deportaciones ha mostrado su malestar porque el resultado final muestra las dos caras de la inmigración: el verdugo y la víctima. Según los cineastas, la agencia creyó que el documental sería solo sobre los agentes y ha protestado porque se haya dedicado buena parte a las historias de los indocumentados

Al no cristalizar las medidas de carácter legal para evitar la presentación del documental, el Gobierno estadounidense jugó hasta la última carta buscando aplazar el estreno hasta después de las elecciones presidenciales de este año. Sin embargo, como hasta hoy aún no llueve plomo, la carga de denuncia que trae consigo Immigration Nation se convirtió en un triunfo inmune a las réplicas. Cabe preguntarse ahora hasta qué punto la realidad vivida por los cineastas durante tres años, hizo que el proyecto original se le convirtiera al Gobierno en otro tiro por la culata.

Una perspectiva diferente

Cadenas y brazaletes electrónicos enganchados en las piernas de decenas de detenidos ponen en la palestra a la policía de inmigración. “Siempre pensé que los gringos eran buenos, pero ahora pienso ¿dónde están los gringos buenos?”. Es esta la constante más repetida por los inmigrantes y que un hondureño sacó a la luz mientras rodaban el documental.

En la mayoría de los casos, las series documentales tienen un tono político y acá resulta evidente, aunque no es partidista sino exponencial. Expone un problema que no parece tener solución. Los mismos involucrados hacen mea culpa, delante de las cámaras, sobre cómo entraron ilegalmente al país, de las innumerables veces que intentaron vía abogados lograr una visa de residencia, acostumbrándose a tener una vida de miedo sin cese. En ese sentido, Nación de Inmigrantes es un material de protesta implícito, da voz a cientos de familias separadas, con historias contadas de a poco, intercaladas unas de otras, con una música leve que no busca la lágrima fácil pero la logra.

Tras las historias, y es lo más relevante de la serie, está la denuncia a un país que se formó con inmigrantes, con presidentes sin la disposición de regularizar los papeles de quienes han hecho una vida entera sobre ese suelo, dejándolos como apátridas. Como bien dice el relato de una mujer mexicana, a quien el ICE le ha dicho que debe “regresar a su casa” y ella les responde: “¿Cuál casa? Mi casa está acá desde hace 20 años”.

Finalmente, aunque no se considera un activista, Schwarz anhela que esta obra genere algún tipo de respuesta positiva. Esta es y ha sido siempre una nación de inmigrantes, y hay mucha gente que todavía tiene un sueño, aunque se haya dado cuenta de que no es como lo imaginaron, a la manera antigua de Hollywood.

“Este documental es duro, sí, y puede ser difícil de ver, pero nos interesa que la gente lo vea y diga ‘¡ya basta!, ¡no más! Lo que está pasando no responde al espíritu real de este país. Ojalá que la izquierda y la derecha dejaran por un momento de lado sus diferencias y respondieran al llamado que les hace la Humanidad”, exponen los periodistas, cineastas y realizadores de National Inmigration, en una de tantas entrevistas.

Publicado en Alma Mater
http://www.almamater.cu/

Cine

¿ES MOMENTO DE ESTABLECER UNA ESCUELA DE CINE EN YUCATÁN?

Lilia Balam

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El investigador Mario Barro y el coordinador de Planeación y Desarrollo del CIBEF, Eduardo Jácome precisaron que es momento de generar ejercicios para profesionalizar los trabajos cinematográficos que se realizan en el estado.  

Mérida, Yucatán, 10 de marzo del 2020.- Ante el creciente interés por parte de la población yucateca en el séptimo arte, es momento de que se generen ejercicios académicos o se establezca una escuela de cine en la entidad para profesionalizar los proyectos cinematográficos realizados en el estado, indicaron el investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Mario Barro y el coordinador de Planeación y Desarrollo del Centro Iberoamericano de Estudios de Foto y Cine (CIBEF), Eduardo Jácome.

Eduardo Jácome

Entrevistados en la capital yucateca, los expertos confirmaron que cada vez hay más espacios de acceso al cine en la entidad, además que han incrementado las producciones audiovisuales y son notables “las ganas de  la población joven por contar sus propias historias”.

En la opinión de Jácome, es buen momento para comenzar a implementar ejercicios para mapear las necesidades de la región y generar proyectos académicos de cinematografía acordes a ellas. Sin embargo, Barro puntualizó que las condiciones son ideales para tener no una, sino varias escuelas de cine que permitan profesionalizarse a quienes deseen incursionar en ese ámbito.

“Se presta perfectamente para tener escuelas de cine, las que hagan falta. Hay una población muy creativa, está creciendo la población joven con muchas inquietudes, con ganas de contar sus propias historias y eso lograría que el cine de México se descentralice. Eso abriría la posibilidad de que los jóvenes que quieran hacer cine se formen y tengan a la mano herramientas y contactos”, sostuvo.

Contar con un centro para capacitar a quienes incursionen en el cine permitiría corregir una de las faltas detectadas en las nuevas generaciones de cineastas: la carencia de una “voz propia”, agregó.

“Muchos jóvenes intentan hacer cine imitando los esquemas industriales, comerciales, que ya existen, impuestos por la industria hollywoodense que lo aplasta todo. Recomiendo en todas partes que intenten no seguir la corriente mainstream y que busquen sus propios referentes culturales, sociales, artísticos y los plasmen en historias originales”, señaló

Cabe mencionar que Barro impartió una clase sobre análisis y lenguaje cinematográfico como parte del Seminario de Cine Contemporáneo, organizado por el CIBEF en el Centro Cultural “La68”. Dicho curso tiene como objetivo brindar a los participantes una introducción a las técnicas y procesos fundamentales de producción, realización y consumo de cine contemporáneo, informó Jácome.

En el seminario, que se prolongará hasta el 28 de marzo, también se abordarán temas como el guión cinematográfico, con una clase impartida por el director de cine, Xavi Sala; la producción y realización cinematográfica, con una sesión encabezada por Juan Francisco Andrew, del Centro de Capacitación Cinematográfica; y la postproducción y distribución, tópico que estará a cargo de la productora Elsa Reyes.

De acuerdo con Jácome, ya se están planeando más actividades referentes a la producción cinematográfica y audiovisual, que serían impartidas en “La68”, así como en universidades y otros centros culturales. Para más  información, se pueden consultar las redes sociales del CIBEF y de “La68”. (Lilia Balam)

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Cine

Para los cuenta cuentos

María Bello

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“Lo que más me importa en este mundo, es el proceso de la creación. ¿Qué clase de misterio es ese que hace que el simple deseo de contar historias, se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, de frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?”

Gabriel García Márquez

A veces vemos películas que nos impactan por sus efectos especiales, acciones dinámicas y grandes personajes que nos llevan a ser grandes consumidores de las historias, pero detrás de un actor, un productor, un director y un Set de filmación, se encuentra él o la guionista, quien enriquece a los personajes y alimenta la imaginación del director, es también una persona generalmente introvertida que vive en constante conflicto con un ego e inseguridad, pensando “¿Qué dirán cuando lean mi guión? Pero seguro es una gran historia”. Definitivamente, uno no se levanta un día sabiendo cómo escribir una película, pero a veces un sueño increíble o una experiencia inolvidable nos hace pensar: “Esto lo vería en el cine”.

Gabriel García Márquez, una de las figuras más importantes e influyentes de la literatura universal y ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982, era además cuentista, ensayista, crítico de cine y guionista, escribe tres libros que redactan las experiencias del taller de cine coordinado por él en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba, transcribiendo todas las ideas que no estaban desarrolladas por los talleristas y que a través de la retroalimentación en grupo, se aprendía a contar historias.

Los nombres de estos libros son: La Bendita Manía de Contar, Cómo se cuenta un cuento Y Me alquilo para soñar. Libros que te invitan a participar en la discusión de ideas que se generan en el aula, destruyendo para construir grandes historias que, los asistentes presentan.

Uno no tiene que saber de tecnicismos para plantearse una historia, el día cotidiano que uno vive está lleno de conflictos; desde una mañana con lluvia y uno olvida meter la ropa que se quedó afuera, hasta una visita inesperada que puede cambiar el día.

Estos libros narran la intriga y los métodos para darle forma cinematográfica a sucesos personales y a aterrizar la imaginación, a una posible realización.

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