Los bioindicadores son organismos o comunidades que
a través de su presencia indican el nivel de preservación o el estado de un
ecosistema. Existen distintos tipos de bioindicadores, de acuerdo a su
respuesta a variadas situaciones en el ambiente. Por ejemplo, los
bioindicadores ambientales detectan cambios sustanciales en el medio donde
habitan; entre ellos se encuentran los animales costeros y macroinvertebrados;
otros bioindicadores como plantas vasculares, insectos, peces, mamíferos y aves
permiten detectar presencia de contaminantes en un ecosistema; y los ecológicos
que detectan el impacto que ocurre en un entorno natural (hábitat).
Un buen bioindicador debe ser medible y proveer
información útil sobre el estado, calidad o cambios en un ecosistema y los
factores que lo afectan. Por consiguiente, los organismos utilizados como
bioindicadores indican una respuesta al estrés que puede ser extendida a otros
grupos de organismos y pueden ser utilizadas para reflejar el estado biótico y
abiótico del ambiente.
Los organismos utilizados como bioindicadores son
diversos y entre los más importantes están las plantas vasculares, líquenes
(asociación mutualística entre hongos y algas), anfibios, peces, aves,
mariposas, abejas, coleópteros, plancton, zooplancton, crustáceos, moluscos,
ácaros, entre otros.
Los bioindicadores presentan ciertas
características: indican efecto o respuesta, respuesta individual o
comunitaria, sensibilidad al estrés, respuesta con variabilidad baja, escala
temporal larga y alta relevancia ecológica.
De acuerdo a los criterios para seleccionar
bioindicadores, se pueden dividir en tres etapas: por su relevancia biológica,
metodológica y social. En la primera etapa de relevancia biológica, se
considera: la advertencia temprana al efecto, cambio en respuesta al factor de
estrés, cambio medible y atribuible a una causa, indicación de efectos en
niveles tróficos más altos y centinela para efectos en humanos; en torno a la
relevancia metodológica se incluyen criterios como: la facilidad de uso en
campo, con datos fáciles de analizar e interpretar, útil para probar hipótesis
propuestas, que permita realizar un estudio en un tiempo razonable, que sea
poco costoso y replicable; y la última etapa considera el aspecto social que
permite: ser de interés público y legislativo, fácilmente entendible, que se
relacione con la salud humana y ecológica, y que sea poco costoso.
A manera de ejemplo, los líquenes pueden ser
utilizados como bioindicadores en diversas situaciones. Estos organismos pueden
detectar contaminantes ambientales tales como: lluvia ácida, metales pesados,
hidrocarburos clorados, dióxido de azufre, óxidos de nitrógeno, entre otros.
En el caso de las plantas, son indicadores de
muchas características en el ecosistema donde habitan, como la presencia de
metales pesados en el suelo, acidez en el suelo y la lluvia, alteraciones
climáticas, intervención humana y presión ganadera y agrícola.
Los anfibios son buenos bioindicadores por requerir
microhábitats específicos, presentar poblaciones estables en ecosistemas sin
disturbios, estadios larvales prolongados, aportan una biomasa importante en
sus comunidades, son depredadores y presas en la cadena trófica, y son sencillos
de capturar y manipular.
Finalmente, es importante mantener los ecosistemas
balanceados e integrados, que poseen una composición de especies, diversidad y
organización funcional comparables a un ambiente natural y que reflejen sus
procesos evolutivos.