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Intimidad

Una gala

Carlos Bojórquez Urzaiz

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en

La elegancia es como un capullo que abre sus pétalos sin prisa, refresca el alma, la prepara, sobre todo si la abrazamos sin artificios ni trampas. Se mira clara cuando su color presagia el alivio del llevarse a los ojos una festividad que abraza como el agua sin sofocarnos tanto. La he visto llegar portando alpargatas, vistiendo manta cruda o ropa de gala, sin hacer ruido, luminosa y sin perder la calma. Su imperio está en la palma pero entona su melodía en el balconcillo más alto y se ciñe al raigón de la casa, a la raíz que nos sujeta a la morada. A veces se presenta incolora, incluso algo deslucida, pero en un instante supera su condena porque el brillo, el resplandor que la caracteriza, le nace en las entrañas. Es arbolada, verde y húmeda como las tardes de mayo que acumulan lluvias para regar el fondo de la tierra. Pero cuando la elegancia deviene palabra, acuarela o canto, en ella se eterniza la esencia de los ojos que acarician el hilo ligero que advierte la belleza.

Quizás habitó en el pórtico antepuesto a los poemas de Leopoldo Lugones, aquel poeta argentino heredero de Rubén Darío, quien supo exceder las fronteras impuestas al Modernismo por el gran nicaragüense. De Lugones recuerdo este fragmento que resume su tributo a la elegancia:

Deja caer las rosas y los días

una vez más, segura de mi huerto.

Aún hay rosas en él, y ellas, por cierto,

mejor perfuman cuando son tardías.

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