La
elegancia es como un capullo que abre sus pétalos sin prisa, refresca el alma,
la prepara, sobre todo si la abrazamos sin artificios ni trampas. Se mira clara
cuando su color presagia el alivio del llevarse a los ojos una festividad que
abraza como el agua sin sofocarnos tanto. La he visto llegar portando alpargatas,
vistiendo manta cruda o ropa de gala, sin hacer ruido, luminosa y sin perder la
calma. Su imperio está en la palma pero entona su melodía en el balconcillo más
alto y se ciñe al raigón de la casa, a la raíz que nos sujeta a la morada. A
veces se presenta incolora, incluso algo deslucida, pero en un instante supera su
condena porque el brillo, el resplandor que la caracteriza, le nace en las
entrañas. Es arbolada, verde y húmeda como las tardes de mayo que acumulan lluvias
para regar el fondo de la tierra. Pero cuando la elegancia deviene palabra,
acuarela o canto, en ella se eterniza la esencia de los ojos que acarician el
hilo ligero que advierte la belleza.
Quizás
habitó en el pórtico antepuesto a los poemas de Leopoldo Lugones, aquel poeta
argentino heredero de Rubén Darío, quien supo exceder las fronteras impuestas
al Modernismo por el gran nicaragüense. De Lugones recuerdo este fragmento que
resume su tributo a la elegancia:
Deja caer las rosas y
los días
una vez más, segura
de mi huerto.
Aún hay rosas en él,
y ellas, por cierto,
mejor perfuman cuando
son tardías.