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La Habana

Un recuerdo, una calle

Adianés de los Ángeles Cruz Basallo

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Envuelta en tantísimos años, mantiene la destreza de su figura, la comodidad del asfalto y ese aire citadino que la distinguen. La Habana, mi Habana, queridísima madre de todo el que ponga un pie en ella.

Hace poco más de un año estudio en la capital cubana, y por ende vivo en una residencia estudiantil, perteneciente al Vedado, el barrio de las calles limpias y de olor a salitre. Mi apartamento tiene un balcón, con vista al mar, blanco perfecto para apostar la mirada sin importar el estado de ánimo que se tenga.

Aquel día de noviembre La Habana tenía una peculiaridad marcada en el calendario hace muchos años. Mis anisas de ver cómo ocurriría aquella celebración de alto renombre eran incontrolables. Las aguas del mar no tenían quietud, querían soltarse. La naturaleza también sabía de esto, y nadie pudo sentarse a contemplar las vistas grandiosas desde el malecón habanero, que aunque viejo, aquel día tenía sabor a juventud. En fin, las olas bailaban en el aire y rompían en pleno asfalto.

Cuando regresé de la Facultad, disfruté del paseo entre los citadinos, algunos nuevos, mientras otros ya dominaban las calles con su idioma, su cultura y su idiosincrasia de una ciudad repleta de letras, armonía, gente buena, guitarra para un bolero y botella de ron en mano.

Yo quería ser partícipe del movimiento en plena calle: comida criolla y chatarra, música, tribuna, libros, amigos. Todo aquel alboroto guardaba un amor por alguien, por ella, por La Habana. Pero contemplé el panorama desde el balcón, con mi café caliente y mi soledad, y el horizonte de la ciudad me permitía disfrutar a mi antojo de lo que acontecía minuto a minuto diez pisos hacia abajo.

Entrada la noche el bajo de las bocinas caló en mí con música de Moneda Dura, que mantenía a viva voz a todo un público al ritmo de “Sudeste”. ¡Joder, ya era tarde! todos mis amigos estaban allí, incluso los que ni remotamente lograré conocer. Toda una multitud al compás del Habana 500. Aún así, una llamada dio un vuelco a mis planes. ¡Mis padres estaban en la capital! Esperaban por mí, me dispuse y bajé, para disfrutar en su compañía y así mostrarles lo aprendido en dos meses.

Cuando creí pasar de aquella velada, ya me encontraba en medio del tumulto, dispuesta a andar la esquina de Tercera y G, contemplar una fuente que no se distinguía si emanaba luz o agua. Sólo sé de su hermosura porque la disfruté, y aún conservo la foto en mi galería. La sal del mar llegó hasta mis mejillas, doy fe. Luego mis padres se fueron, pero yo quise perderme en la magia de la ciudad.

Estuve en el Capitolio, tan antiguo y, a la vez, lleno de vida, de luces, rodeado de gente. En los altavoces me envolvió la melodía de un piano con la guía del maestro Frank Fernández.

Los tacones no me hicieron compañía, me dolían mucho los pies ya que me costaba trabajo caminar entre el tumulto. Quise echarlos a volar, pero también quería mantenerme glamurosa para mi Habana, prestada pero que de igual manera la sentía mía en su gran celebración.

Llegó la medianoche. Hubo estruendos en los cielos. Una magnificencia peculiar retumbaba por los aires. Vi la ciudad en aquel instante repleta toda de fineza. Lo más claro que pude percibir fue la cantidad de móviles dispuestos en el intento de captar, a través de sus lentes, una gloriosa Habana en el aniversario de sus 500 años. Esa fue mi experiencia por la parte de acá, pero se dice que en La Cabaña sucedieron muchas cosas lindas. Yo sólo pude ver, a través del mar, un pequeño reflejo que resultaba brillante.

Hoy ha pasado un año, y como la pandemia lo ha permitido, los habaneros celebran el cumpleaños 501. Pero aquella noche de tanta luz está guardada en mis historias, a decir verdad, como una de mis historias favoritas. He aquí esta nostalgia de una extranjera en medio de la localidad capitalina de Cuba. Me consumió su encanto. Hice bien en bajar al festejo, porque para conocer realmente la capital hay que andarla como su Leal Eusebio. Saberse entre los solares, los barrios recónditos, en toda ella y no sólo en un Vedado digno de una buena fotografía.

Cuando las personas sean capaces de ver a La Habana desde todas sus perspectivas, como un vórtice, y aun le queden deseos de volver, ese andante contará esta historia bajo la reafirmación de que la ciudad es el encanto de cada alma que llega hasta ella, sea con planes previos o por casualidad, pero casi siempre queda envuelto en ese aire inusual, que, en mi caso, me llena de perspectivas.

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