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Arte y ciencia

Los parques, un blues que convoca

Rafael Gutiérrez

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Hermosa evocación del impacto cultural de rock en la ciudad de Mérida en los años setenta, en la pluma del poeta guatemalteco Rafael Gutiérrez, que residía en la capital yucateca durante esa álgida década

Éramos un puñado de amigos sumidos a un tiempo en el sosiego y en la intranquilidad de una provincia que comenzaba hervir, más allá de la temperatura ambiente, en aguas juveniles que braceaban entre el rock, el blues, y la jarana y la trova yucateca. No había conciertos de rock, y el alimento diario, los discos nuevos, de los que emanaban los riffs incomprensibles de Hendrix, como la voz santoral de Morrison,  los escuchábamos en los parques, verdaderos santuarios donde a fuerza de valentía y sentido tribal nos habíamos ganado cierta autonomía espacial. Ahí surgió el germen del rock y el blues, y ahí, a fuerza de testarudez y oído cada vez más aguzado, los primeros músicos que después tocarían en los pocos sitios, o acaso el único nicho decoroso, el Teatro de la Universidad. Ahí se darían los conciertos legendarios de Mike Manzur, Conrado Roche y sus secuaces.

Como toda rebeldía juvenil que busca irrespetarse, y como toda autoridad que busca imponer el respeto y el poder, ciertos aires de clandestinidad gravitaban en esos primeros conciertos. Yo estuve ahí, lo vi, lo olí, lo fumé y supe lo que ocurría y estaba por ocurrir. Y fue ahí donde conocí a Carlos Bojórquez Urzaiz, músico ya talentoso en esos tiempos. Antes, claro, habíamos sido compañeros de estudio. Buenos estudiantes, buenos futbolistas, buenos beisbolistas, buenos para lo que las instituciones ordenasen. Hasta que llegó el rock, en su segunda ola, Los Stones, Eric Burdon, y la psicodelia, Pink Floyd, Kim Crimson, Gallagher, Zepelin, Huria Heep, Black Sabatt. Lo cierto es que Carlos se prendió a la armónica, a la flauta transversal, siguiendo el largo y tortuoso camino de Anderson de Jethro Tul. Cierto, todos cargábamos nuestras armónicas bluseras en la bolsa trasera, un distintivo a través del cual,  como con los celulares de hoy, nos comunicábamos como cornos antiguos de parque a parque. Éramos decenas de jóvenes ya enganchados para siempre al blues, particularmente al blues. Pero sólo Carlos remontaría las procelosas corrientes aparentemente facilonas, pero en verdad  complejas, de la armónica. Hoy, muchos años luz después, él es un respetable académico en Yucatán y yo un poeta, Director de la Revista de la Universidad Nacional de Guatemala, mi país. Seguimos siendo cuates, compartiendo afanes por recobrar las opciones de un mundo digno y habitable, pero, esencialmente, seguimos atados, amarrados con soga hecha de puros nudos ciegos, como esos con los que cazaban a los negros en las plantaciones de algodón y cuya única arma requisada por los comisarios blancos era, justamente, la armónica, ese minúsculo pedazo de latón pero que rompe y hace estallar el alma humana como un arma poderosísima. Pues eso es Carlos, un hombre a mitad de la academia y el compañero que vuelve a correr por encima de las bancas de los parques agarrando su única tablita de salvación en las desvaídas noches de la Mérida de entonces. Mi hermano de siempre sabe a qué me refiero. Abrazo, de siempre, hermano.

La Habana

Un recuerdo, una calle

Adianés de los Ángeles Cruz Basallo

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Envuelta en tantísimos años, mantiene la destreza de su figura, la comodidad del asfalto y ese aire citadino que la distinguen. La Habana, mi Habana, queridísima madre de todo el que ponga un pie en ella.

Hace poco más de un año estudio en la capital cubana, y por ende vivo en una residencia estudiantil, perteneciente al Vedado, el barrio de las calles limpias y de olor a salitre. Mi apartamento tiene un balcón, con vista al mar, blanco perfecto para apostar la mirada sin importar el estado de ánimo que se tenga.

Aquel día de noviembre La Habana tenía una peculiaridad marcada en el calendario hace muchos años. Mis anisas de ver cómo ocurriría aquella celebración de alto renombre eran incontrolables. Las aguas del mar no tenían quietud, querían soltarse. La naturaleza también sabía de esto, y nadie pudo sentarse a contemplar las vistas grandiosas desde el malecón habanero, que aunque viejo, aquel día tenía sabor a juventud. En fin, las olas bailaban en el aire y rompían en pleno asfalto.

Cuando regresé de la Facultad, disfruté del paseo entre los citadinos, algunos nuevos, mientras otros ya dominaban las calles con su idioma, su cultura y su idiosincrasia de una ciudad repleta de letras, armonía, gente buena, guitarra para un bolero y botella de ron en mano.

Yo quería ser partícipe del movimiento en plena calle: comida criolla y chatarra, música, tribuna, libros, amigos. Todo aquel alboroto guardaba un amor por alguien, por ella, por La Habana. Pero contemplé el panorama desde el balcón, con mi café caliente y mi soledad, y el horizonte de la ciudad me permitía disfrutar a mi antojo de lo que acontecía minuto a minuto diez pisos hacia abajo.

Entrada la noche el bajo de las bocinas caló en mí con música de Moneda Dura, que mantenía a viva voz a todo un público al ritmo de “Sudeste”. ¡Joder, ya era tarde! todos mis amigos estaban allí, incluso los que ni remotamente lograré conocer. Toda una multitud al compás del Habana 500. Aún así, una llamada dio un vuelco a mis planes. ¡Mis padres estaban en la capital! Esperaban por mí, me dispuse y bajé, para disfrutar en su compañía y así mostrarles lo aprendido en dos meses.

Cuando creí pasar de aquella velada, ya me encontraba en medio del tumulto, dispuesta a andar la esquina de Tercera y G, contemplar una fuente que no se distinguía si emanaba luz o agua. Sólo sé de su hermosura porque la disfruté, y aún conservo la foto en mi galería. La sal del mar llegó hasta mis mejillas, doy fe. Luego mis padres se fueron, pero yo quise perderme en la magia de la ciudad.

Estuve en el Capitolio, tan antiguo y, a la vez, lleno de vida, de luces, rodeado de gente. En los altavoces me envolvió la melodía de un piano con la guía del maestro Frank Fernández.

Los tacones no me hicieron compañía, me dolían mucho los pies ya que me costaba trabajo caminar entre el tumulto. Quise echarlos a volar, pero también quería mantenerme glamurosa para mi Habana, prestada pero que de igual manera la sentía mía en su gran celebración.

Llegó la medianoche. Hubo estruendos en los cielos. Una magnificencia peculiar retumbaba por los aires. Vi la ciudad en aquel instante repleta toda de fineza. Lo más claro que pude percibir fue la cantidad de móviles dispuestos en el intento de captar, a través de sus lentes, una gloriosa Habana en el aniversario de sus 500 años. Esa fue mi experiencia por la parte de acá, pero se dice que en La Cabaña sucedieron muchas cosas lindas. Yo sólo pude ver, a través del mar, un pequeño reflejo que resultaba brillante.

Hoy ha pasado un año, y como la pandemia lo ha permitido, los habaneros celebran el cumpleaños 501. Pero aquella noche de tanta luz está guardada en mis historias, a decir verdad, como una de mis historias favoritas. He aquí esta nostalgia de una extranjera en medio de la localidad capitalina de Cuba. Me consumió su encanto. Hice bien en bajar al festejo, porque para conocer realmente la capital hay que andarla como su Leal Eusebio. Saberse entre los solares, los barrios recónditos, en toda ella y no sólo en un Vedado digno de una buena fotografía.

Cuando las personas sean capaces de ver a La Habana desde todas sus perspectivas, como un vórtice, y aun le queden deseos de volver, ese andante contará esta historia bajo la reafirmación de que la ciudad es el encanto de cada alma que llega hasta ella, sea con planes previos o por casualidad, pero casi siempre queda envuelto en ese aire inusual, que, en mi caso, me llena de perspectivas.

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Arte y ciencia

Galápagos de Kurt Vonnegut

Aracelly Guerrero Maldonado

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Leer a Vonnegut es similar a pegarse una muy buena borrachera, de esas épicas, que me hacen acordarme de las novatadas que se hacían en mi ex universidad, y despertar al día siguiente no muy seguro de saber qué hice la noche anterior. Al terminar de leer puede que usted se pregunte: ¿Pero qué diantres acabo de leer? A ver, espera, ¿Si leí bien? Pero uno lee correctamente, o bueno, uno descifra bien los signos y no pierde letras, o párrafos, pero lo que hay detrás de las palabras… bueno, eso sí, es otra cosa.

Y no es que Vonnegut use palabras rebuscadas o con pretensiones intelectuales, del tipo que nos obligue a buscar un diccionario, o por lo menos googlear el significado. Sin embargo las ideas son otra cosa.  Si bien es cierto que el dicho que señala que no hay nada nuevo bajo el sol, la originalidad como una fuente inagotable también puede ser novedosa, y si algo tiene Vonnegut es que es original, o díganme ustedes: ¿Dónde más encontraran una historia del fin del mundo narrada por el fantasma de un soldado desertor de la guerra de Vietnam fugitivo en Bélgica? Un testigo omnisciente, dado que puede verlo todo, y que es el espectador de la humanidad durante un millón de años.

Aquí la leyenda de que “cualquier parecido con la realidad…” es más bien absurda. Pero ¿qué realidad? ¿Es que esta serie de eventos desafortunados, pero magistralmente narrados son siquiera posibles?,  ¿Porque sigo leyendo esto? ¿Es por el humor? Y es que el humor abunda en el texto, no del tipo hilarante pero si uno que hace entender los absurdos de la vida de uno mismo, incisivo y agudo como la uña de un gato. 

Vonnegut examina el alma misma de la humanidad y concluye: bueno, eso que llamamos extraordinario, pues en realidad no lo es tanto, más bien es lo contrario.  Y hoy a 35 años de su publicación (1985) sigue pareciendo certero y que no se equivocaba.

En 1985, todavía no se hablaba del cambio climático, del calentamiento global, los microplásticos, y no habían ocurrido los incendios en Australia y el Amazonas. Sin embargo, ya se notaban las consecuencias de la desmedida avaricia post industrial y muy acertadamente, los conflictos de desigualdad que provocan las polarizaciones capitalistas.

Vonnegut nos describe un mundo muy familiar, demasiado familiar. Acaso uno podría reescribir este libro, cambiando las personalidades estrellas invitadas al “El crucero del siglo para el conocimiento de la naturaleza” y algunos detalles, sobre los años y la tecnología  y se pensaría que recién se publicó. Tal parece que 35 años es un mundo, pero para la historia de la humanidad es apenas una fracción de segundos.

Muchos autores de ciencia ficción, describieron distopías adelantadas en 50 o 100 años, o un par de siglos, pero Vonnegut no piensa en pequeño, se arriesga por la cifra de un millón de años. Puede que parezca gigantesca, pero si lo pensamos bien, los seres humanos como especie, no tenemos tanto tiempo sobre el planeta, los dinosaurios vivieron 13 millones de años aproximadamente y se extinguieron, nosotros como especie, aún no hemos recorrido la mitad de ese camino, y quién sabe si sobrevivamos.

Bueno, alerta de spoiler, los humanos no se extinguirán en este libro, al menos no en esencia, aunque tal vez algunos preferirían que sí. Personalmente me encanta el panorama retratado, siempre he creído que las narraciones post apocalípticas, son un poco ingenuas, por supuesto antropocéntricas, y por lo regular muestran un mundo donde si la humanidad termina, el mundo se acabará y la realidad es que el mundo está mucho mejor sin los humanos, quizás la vida, si la dejamos en paz, seguirá sobre este planeta y hasta prosperará.

Leer a Vonnegut no es leer al típico escritor de ciencia ficción, esperen la sorpresa y el asombro y por su puesto lo recomiendo como primera, segunda o tercera lectura, si es que están dispuestos a incomodarse con la brutalidad honesta de un pensamiento para nada ortodoxo.

Si se me permite insertar una nota personal en este punto: cuando yo estaba vivo, a menudo recibía consejos de mi propio voluminoso cerebro que, en relación con mi propia supervivencia, o la supervivencia de la raza humana, pueden describirse compasivamente como cuestionables. Ejemplo: hicieron que me inscribiera en el Ejército de los Estados Unidos y fuera a luchar a Vietnam. Un millón de gracias, voluminoso cerebro.”

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Arte y ciencia

Primeros lotes de vacuna contra Covid-19 estarán listos en próximas semanas: Hacienda

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Foto: EFE

Si las cosas salen bien, en las siguientes semanas se podrán tener en México los primeros lotes de la vacuna contra el Covid-19, informó este viernes el secretario de Hacienda y Crédito Público, Arturo Herrera, durante su participación en un evento virtual organizado por el Colegio de México y el Seminario sobre Violencia y Paz.

En el encuentro denominado “El pacto fiscal. Un diálogo con Arturo Herrera”, el secretario destacó que ante este anuncio se está analizando el mapa logístico, con el propósito de tener todos los insumos necesarios para la aplicación de la vacuna.

Recordó que en el pasado se han podido aplicar hasta 10 millones de vacunas por mes; esta no es una cifra menor y la capacidad del país va a ser mayor que el número de vacunas que vamos a recibir inicialmente.

No obstante, las vacunas no es lo único que se va requerir. “Necesitamos 200 millones de jeringas, necesitamos líquido salíneo para diluir algunas de las vacunas; una de las vacunas potenciales nos la van a dar a granel, así que necesitamos frasquitos”, indicó Herrera.

Además, en su intervención este viernes en la Reunión de Ministros de Finanzas del Grupo de los Veinte (G20), el secretario Arturo Herrera planteó que hay una complejidad muy importante alrededor de las vacunas que requiere que todos los países tengan planes financieros, presupuestales y logísticos.

En esta reunión también sostuvo que la vacuna contra el Covid-19 “es la principal esperanza para mitigar la crisis sanitaria e impulsar la recuperación económica”, pero admitió igualmente que esto presenta retos logísticos que hay que atender.

 

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