Narrativa
El camaleón vigilante
Publicado
hace 5 añosen
El popular padre Bernal Urtuzástegui, disfrutaba profundamente los últimos sorbos de su espeso chocolate, en el salón comedor del Colegio de San Cosme Nonato, cuando entró, con una evidente contrariedad e inquietud, el mismísimo venerable padre rector, Dr. Germán Soler y Goicochea. El padre rector jaló la silla al lado del padre Bernal, se sentó y se arrimó junto a él en actitud de gran confidencia. – ¡Mire usted padre Bernal, vea este infame libelo! – y le extendió un cuadernillo evidentemente impreso en mimeógrafo y coloreado probablemente a mano. El padre rector, superior de la orden de los Calicinos, se apretaba el mentón con los dedos de la mano derecha, símbolo inequívoco de su gran preocupación. El padre Bernal se ajustó los lentes de lectura y fue recorriendo el contenido del cuadernillo, y conforme lo hacía, sus ojos se agrandaban, sus cejas se arqueaban, y en otros momentos se aguantaba la risa.
Al terminar su rápida inspección del impreso, comentó: – ¡Pero qué barbaridad, si esto es una radiografía de las cosas que sabemos, pero que nunca se hablan en el colegio! Con desacostumbrada furia, el padre rector casi gritó, él, que nunca levantaba la voz: – ¡Calumnias, esto no son más que calumnias! Esto está orquestado contra el honorable padre prior, el Lic. Gamaliel Riquelme, que por su ser estricto, no es bien estimado por los muchachos. – Padre Bernal, usted tiene gran cercanía con los alumnos, así que a usted le voy a comisionar para aclarar este asunto y traer ante mí a los responsables. Buenas noches.- Y el padre rector salió del comedor con la misma rapidez con que había llegado.
El padre prefecto se levantó, tomó la revista y salió del salón aporreando el impreso en la palma de su mano, en su interior, el buen padre Bernal se decía: – Si estas cosas todo el mundo las sabe, pero nadie lo cometa, sólo se habla de ellas por lo bajo. Qué ocurrencia de hacer públicas estas cosas. Bueno, pero hay que admitir que la revista está muy bien redactada e ilustrada, su redacción es impecable, así que, esto no lo hizo cualquier gente; creo saber más o menos por dónde anda la cosa. Y se encaminó a su dormitorio, estirando en el camino la cintura y el faldón de su sotana, como queriendo ajustarlos a su voluminosa anatomía. – ¡Ay, este padre rector!, si Gamaliel es un pillo, lo tiene engañado con su ser servil y su lambisconería, y muy discretamente controla muchas cosas sucias del colegio. Pero que se le va a hacer, habrá que hacer la averiguación que me encomendó.
La revista, que los muchachos más críticos y audaces habían concebido y elaborado se llamaba “El Camaleón Vigilante”, y en sus líneas denunciaba muchas cosas que todo mundo sabía, pero que nadie tocaba públicamente. Con ingenio y sorna, los chicos hacían burla de algunos maestros cuyo desempeño académico no era de lo mejor, pero que eran intocables, por gozar de la protección del prior. Escudados en el anonimato de la publicación, los chicos se habían dado gusto poniendo apodos hirientes y ridículos a estos profesores poco aptos y si, un tanto deshonestos; también habían gozado narrando situaciones en las clases, en las que estos maestros, por no tenerlas todas consigo, se habían visto en aprietos ante los grupos de alumnos que, guardaban compostura y respeto, pero por lo bajo se reían de ellos. El grupo de chicos conjurados en la revista, estaba encabezado por Pepillo Laucirica, joven brillante y audaz, se le habían unido Licho Manterola, el Venado Pizarro y el Iguano Armenta. El equipo de audaces socios, había decidido bautizar a la revista como “El Camaleón Vigilante”, haciendo alusión a la cualidad de este pequeño animal de poder rotar sus ojos, independiente el uno del otro, y de girar trescientos sesenta grados alrededor de su órbita, lo cual le daba la cualidad de ser un observador idóneo. La revista tenía el propósito de ser un activo vigilante, presto a denunciar en sus columnas las deshonestidades e incapacidades de los profesores que en ello incurrieran.
El impreso, que tanto indignaba al venerable padre rector, había aparecido misteriosamente regado sobre las sillas y pupitres de los salones de clase, la mañana de un jueves, día en que las actividades se iniciaban con una reflexión general en todas las aulas, y que era presidida de grupo en grupo, por el mismo prior, Lic. Gamaliel Riquelme, quien al tener entre sus manos la revista, materialmente echó espuma por la boca, fuego por los ojos, y sin dilación de ninguna especie, corrió a la rectoría de la venerable institución, blandiendo en el camino el impreso, como si llevara consigo las tablas de la ley entregadas a Moisés en el Sinaí. Traspuso la puerta del rector y sin ambages, le externó su indignación e inconformidad con lo sucedido. – Dr. Soler, no creo merecer esta clase de calumnias. ¿Este es el ingrato pago a todos mis esfuerzos y desvelos por este amado colegio?–Clamaba con vehemencia Riquelme, ante un estupefacto rector, que no acababa de entender de qué se trataba el asunto. Después de concienzuda lectura de la revista, el padre rector, tomó un color encendido en el rostro y, recuperando rápidamente la serenidad, dijo: – Padre Gamaliel, no pase pena por este pasquín, se encontrará al o los responsables, y pagaran muy caro su atrevimiento.– Un poco más calmado, el prior salió de la rectoría y regreso a cumplir su misión a los salones de clase.
La noche anterior, los jóvenes conjurados del Camaleón, se dieron cita en el taller donde se había impreso la revista en el mimeógrafo electrónico del colegio, con la complicidad comprada de uno de los vigilantes. Amparados por las sombras de la noche, se encaminaron a la arboleda cargando cada uno un buen cerro de revistas, después, saltar la tapia que separaba el lugar de los edificios donde están los salones de clases y, en seguida, con la mayor velocidad posible, correr de un salón a otro asentando las revistas para que el amanecer las sorprendiera ahí, al alcance de la comunidad estudiantil y también de los personajes aludidos en sus páginas. Después de recorrer todos los salones, los chicos se dieron un fuerte apretón de manos y corrió cada uno por su lado, para acceder a su dormitorio sin que nadie lo viera, lo cual era una precaución indispensable. Pasaron el resto de la noche con el corazón latiendo muy fuerte, por la tensión vivida los instantes anteriores, y así se durmieron esperando ver logrado su objetivo la mañana siguiente. Su conciencia les decía que habían obrado bien y que con su conjura buscaban el beneficio del colegio, al que todos amaban profundamente.
Unas tardes después, los cuatro miembros del Camaleón estaban entregados al ejercicio en el gimnasio del colegio, cada uno en el uso de una máquina, buscaba fortalecer algún músculo del cuerpo. El sudor, que resbalaba profusamente por sus cuerpos, resaltaba que eran jóvenes sanos de cuerpo y alma. Entregados como estaban a sus rutinas, no se percataron de una presencia que entró al galerón de las máquinas, y a la distancia se puso a observar su entrega al ejercicio, silenciosamente, el observador miraba con mucha atención todos sus movimientos. Los chicos terminaron sus rutinas y con gran jolgorio se fueron a las regaderas. Un momento después, con la misma algarabía, estaban saliendo de los baños, cuando de pronto, escucharon una voz que les dijo: – Chicos, necesito hablar con ustedes un momento – con gran sorpresa los conjurados descubrieron la corpulenta figura del padre Bernal Urtuzástegui semioculta junto a la entrada del gimnasio, que les dijo: – ¿No tienen ustedes algo que contarme? CONTINUARÁ. Mérida, Yuc., a 15 de diciembre de 2020.
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Como en un presagio intuido mucho tiempo atrás, Marcelo vio caer del cielo y surgir de la nada en calles y paredes, hormigas aladas de todos tamaños, pequeñas, grandes y medianas. Con ellas caían también girasoles, anémonas, dictadores, astrolabios, y estelas con jeroglíficos mayas.
Buscó en su memoria cuándo tuvo aquella intuición, y al percibir que también surgían y caían langostas, recordó el Éxodo, pero estaba seguro que eso no era una repetición apocalíptica de las plagas de Egipto y continuó hurgando en sus recuerdos.
Quiso despertar a Andrea que dormía a su lado para mostrarle aquello, pero no lo hizo, porque sabía del temor e incredulidad que ella sentía al mismo tiempo, por lo sucedido en tiempos ancestrales a su tía Isabel. Y es que cuando Isabel se casó, nunca imaginó que su principal ocupación sería la de enhilar los sueños de Bernal, además de sus días y sus trabajos, ya que cada mañana de todos los días que vivieron juntos, él le contaba entre divertido y despreocupado, el sueño que había tenido.
–Isabel, anoche soñé que tú y yo caminábamos por una ciudad extraña y que para ir a visitar a unos amigos nuestros, que en realidad no existen pero en mi sueño sí, teníamos que atravesar los patios de las casas y brincar los muros para después bañarnos en un campo deportivo, mientras unos peces practicaban salto de altura y otros corrían entrenándose para competir en los cinco mil metros.
O bien:
–Soñé que estábamos bajo una lluvia de arcos iris y cuando abriste tu paraguas, el campo se transformó en una sala de música y la orquesta comenzó a tocar melodías tradicionales de tribus perdidas del Amazonas, África, India y las Islas de los Mares del Sur.
O bien:
–No recuerdo que soñé. Cuando desperté tuve la sensación de que habían huido de mí las figuras, los paisajes, como una película cuando termina rápidamente y no alcanzas a retener bien las imágenes.
Y así, entre mañanas que a Isabel le parecieron alucinantes madrugadas por los relatos oníricos de Bernal, y los esfuerzos para terminar las labores domésticas, inagotables como los sueños que a diario escuchaba, se le ocurrió un día, fabricar un costal para guardar ahí los sueños que él le contaba.
Tejió la resistente bolsa y con ese mismo hilo, por las mañanas fingía ocuparse en remendar telas o ropas mientras Bernal hablaba, para ir engarzando una a una las palabras y al final del relato anudar el cáñamo, y una vez que él salía de la casa ponía en el saco el nuevo sueño.
Al cabo de unos años Isabel había reunido varios costales que guardaba en una pieza, la cual les servía de bodega en su enorme casa. Bernal le había preguntado en repetidas ocasiones qué guardaba ahí y ella respondía siempre, que ropas viejas o ropas para remendar que las flojas vecinas llevaban y no recogían después.
–Esto parece un depósito de ropavejero y no otra cosa –se burlaba él para añadir– Un día voy a tirar todo esto porque ya me hastió.
–No lo hagas, ellas pueden pedir sus prendas en cualquier momento porque yo les he dicho que las tengo y me han pagado por ello –mentía Isabel.
Pero en una ocasión él no soportó más la curiosidad y la leve contrariedad y, aprovechando que Isabel no estaba en la casa en ese momento, acudió a la improvisada bodega y abrió uno de los sacos. Al instante salieron edificios, ocasos, árboles, perros meneando la cola, mercados llenos de gente y frutas, Isabeles desnudas, pueblos al amanecer, niños y niñas suyas, libros con las aventuras del sargento Cometa y sus amigos, palomas caminando en la mañana de un parque, Isabeles embarazadas, cuadros, calles, alas de pájaros, desconocidos rostros amigos, noches con luna y noches sin luna, y miles de cosas más.
Cuando Isabel llegó a la casa y abrió la puerta, y un paisaje marino salió volando seguido por columnas dóricas, comprendió lo que había ocurrido. Avanzó entre un sol cuadrado y mamá Oca que atisbaba el interior de una casa desde el ático, en algo que no se entendía: si mamá Oca era una gigantesca mamá Oca, o si la casa era una diminuta casa, y luego de pasar junto a un león que deshojaba unas flores, y evitar un grupo de turistas que bajaba a toda prisa de las montañas, encontró a Bernal sentado en el jardín de un ex–convento que él había soñado años atrás y que ella también recordaba, como si el día anterior se lo hubiese contado. Ahí estaban la banca, los dos jardines, los pórticos, y el otro jardín con su hermoso y cuidado prado que se extendía a la izquierda de él, o sea hacia el sur, porque hasta esos detalles de orientación habían sido registrados por Isabel quien siempre había deseado conocer ese jardín, segura como estaba de que el sueño de Bernal era el presagio de un lugar que en alguna ocasión conocería.
Por eso, cuando Marcelo le contaba a Andrea sus intuiciones, ella sentía una ligera aprehensión y fingía no escucharlo, recelosa de que le ocurriera algo parecido, luego que unos gitanos le leyeran la mano cuando tenía quince años.
–Bastante hay con la tía Isabel para que a mí me suceda lo mismo, sería cono si el destino me persiguiera –le dijo en una ocasión a Marcelo sin referirle lo de los gitanos, para nunca más volver a hablar del tema.
