De regreso a casa ponía en la balanza los
afectos y trabajos que más nostalgia me causaban, pero las palabras apacibles
de un hablante de maya, reanimaban algunas raíces de esta tierra donde aún se
construyen los colmenares apilando “troncos
huecos en que hacen sus panales las abejas…pequeñas y doradas”, como
escribió alguna vez Antonio Mediz Bolio, después de visitar los montes de
Valladolid.
Otros asuntos y aires diferentes fueron reduciendo mi añoranza por la Mérida de siempre, por los amigos bien queridos, por los compañeros de café, unas veces fáciles y otras mordaces, y aunque procuraba pensar sólo en el impulso a los estudiantes para que se formularan preguntas y buscaran respuestas, me asaltaba un extraño sentimiento por haber mirado la luz de Ramón Mendoza Novelo (1922-2008), el genial pintor vallisoletano que defendió como pocos el patrimonio arquitectónico de esa ciudad, en tanto iluminaba sus lienzos con rostros de yucatecos a quienes supo dibujarles el alma. Una galería imaginaria recorre el mapa de Valladolid y por los rumbos que me resultan familiares, Santa Lucia, Candelaria o el Centro, los cuadros de Ramón Mendoza me hacen recordar el lugar fundamental que amerita este artista en el recuento de vallisoletanos insignes. Siempre es benéfico pensar en los hombres y mujeres que dan lustre a su lugar de origen.
Durante más de un mes me había ocupado de la obra de José Inés Novelo, cuyos libros atraparon mi atención en horas que había dispuesto para averiguar más de su biografía asi como de los recuerdos de sus amigos y discípulos. Pero de pronto las cosas dieron un vuelco inesperado al repasar el juicio de Carlos Moreno Medina subrayando la certeza que tuvo Ramón Mendoza en la elección del difícil camino del retrato, puesto que pudo reunir sin dificultad el ingenio y los ensayos requeridos, antes de remontar con éxito ese camino. Los rostros de Ermilo “Chispas” Padrón, Eduardo Urzaiz Rodríguez, Leopoldo Peniche Vallado, por citar sólo algunos, son testimonio indiscutible de la verdad que envuelve la valoración que hizo de esta obra plástica el poeta Moreno Medina.
En
medio del aroma a monte que llega hasta mi mesa, concluyo que el silencio puede
ser la riqueza humana que mejor caracterizó a Ramón Mendoza, un valor supremo
que pudieron palpar sobre todo quienes lo quisieron bien y contaron con el
manto de su solidaridad, que aunada a las definiciones de su personalidad,
resumidas por su hijo Julio Mendoza Ayora, en mayo de 2008, cuando apunto que
las descripciones de su padre habían sido “…unas
muy agradables y otras no tanto…”, me conducen a asentar que supo vestirse
de silencio en horas definitivas, según evidencias de un querido amigo que gozó
de su ayuda, coronando la valentía
innata que lo definió como hombre comprometido. Ahora comprendo mejor porqué
varios amigos vallisoletanos y otros de Mérida se acercaron a la Universidad de
Oriente, para solicitar que el maestro Ramón Mendoza Novelo fuera honrado por esa
casa de estudios, donde un auditorio lleva su nombre desde 2012.