Cualquier tarde
resulta insuperable si nos sentamos bajo los arcos de la sorbetería Colón a
disfrutar de su variedad de sabores que no son sino reflejo del gusto y la
fragancia que rodean una visión espléndida de Mérida. Incluso poco importa, a
quien se deleita con un sorbete de crema morisca o de guanábana, averiguar si
los datos históricos referentes a los edificios que circundan la Plaza Grande
son verdaderos o falsos, dado que el aire vespertino sopla suave y desvanece el
bullicio que salpica los sentidos. A su vez, poco o nada interesa la impronta
que causó estragos por el entorno arquitectónico plazagrandino, o al menos es lo
que deseo pensar y sentir en un momento como éste, alucinado por la belleza de
mayor dignidad que posee Mérida: la gente, ustedes, nosotros y los otros, los
incluidos y los excluidos, todos los que habitamos esta ciudad, nacidos o
avecinados en ella, cada uno de los que somos parte de este enjambre de
diversidades y contradicciones que nos identifica y aspiramos a la armonía, sin
dejarnos vencer por la insondable distancia social y ética que nos ha separado desde el día en que la ciudad empezó a
construirse en torno de una gran plaza que resultó de arrasar los cerros mayas
de la antigua T ho.
…….
En lugar de
tener siempre a la mano el registro meticuloso de las mansiones y edificios en
ruinas, acaso pudiéramos imaginar una Mérida reanimada por la esperanza,
ecuménica y plural, capaz de redimir a la colectividad despreciada a lo largo
de los siglos, intentando siquiera deshacer la herida que aún nos causa mirar
el pórtico de la Casa de Montejo, donde la bota del conquistador posa
despiadada sobre la cabeza de un maya, fijando una huella que nuestra ciudad
asume como la más brutal metáfora del dolor, dolor ciertamente vivo en
muchísimos sentidos, cuando menos en las personas y los lugares en quienes
nadie piensa en esta fecha gloriosa de aniversario para nuestra muy noble y
leal ciudad de Mérida. Con todo fervor
quisiera que reinventáramos la celebración de la ciudad, para que el festejo
sea visto más como el día de la fecundación de los gérmenes de una cultura
perdurable, de la nuestra, que a pesar de la feroz espada de los españoles, fue
y es enriquecida con el infinito devenir de personas diversas que, parodiando
los Versos Sencillos de José Martí me
orillan a decir que vienen de todas partes y hacia todas partes van.