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478 Aniversario

Por la fundación Mérida

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Cualquier tarde resulta insuperable si nos sentamos bajo los arcos de la sorbetería Colón a disfrutar de su variedad de sabores que no son sino reflejo del gusto y la fragancia que rodean una visión espléndida de Mérida. Incluso poco importa, a quien se deleita con un sorbete de crema morisca o de guanábana, averiguar si los datos históricos referentes a los edificios que circundan la Plaza Grande son verdaderos o falsos, dado que el aire vespertino sopla suave y desvanece el bullicio que salpica los sentidos. A su vez, poco o nada interesa la impronta que causó estragos por el entorno arquitectónico plazagrandino, o al menos es lo que deseo pensar y sentir en un momento como éste, alucinado por la belleza de mayor dignidad que posee Mérida: la gente, ustedes, nosotros y los otros, los incluidos y los excluidos, todos los que habitamos esta ciudad, nacidos o avecinados en ella, cada uno de los que somos parte de este enjambre de diversidades y contradicciones que nos identifica y aspiramos a la armonía, sin dejarnos vencer por la insondable distancia social y ética  que nos ha separado  desde el día en que la ciudad empezó a construirse en torno de una gran plaza que resultó de arrasar los cerros mayas de la antigua T ho.

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En lugar de tener siempre a la mano el registro meticuloso de las mansiones y edificios en ruinas, acaso pudiéramos imaginar una Mérida reanimada por la esperanza, ecuménica y plural, capaz de redimir a la colectividad despreciada a lo largo de los siglos, intentando siquiera deshacer la herida que aún nos causa mirar el pórtico de la Casa de Montejo, donde la bota del conquistador posa despiadada sobre la cabeza de un maya, fijando una huella que nuestra ciudad asume como la más brutal metáfora del dolor, dolor ciertamente vivo en muchísimos sentidos, cuando menos en las personas y los lugares en quienes nadie piensa en esta fecha gloriosa de aniversario para nuestra muy noble y leal ciudad de Mérida. Con  todo fervor quisiera que reinventáramos la celebración de la ciudad, para que el festejo sea visto más como el día de la fecundación de los gérmenes de una cultura perdurable, de la nuestra, que a pesar de la feroz espada de los españoles, fue y es enriquecida con el infinito devenir de personas diversas que, parodiando los Versos Sencillos de José Martí me orillan a decir que vienen de todas partes y hacia todas partes van.  

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