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Editorial

El impuesto de seguridad ¿una rectificación tardía?

Mario Alejandro Valdez

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Lo advertimos hace un par de semanas, pero la realidad se ha precipitado de un modo mucho más ágil de lo esperado. El alud de impuestos impulsado por el gobernador Mauricio Vila, en acuerdo con diputados de su partido y de la oposición, germinó en una masiva protesta mediática, sobre todo a través de la red social Facebook, que sigue liderando el mercado comunicativo. Ante la amenaza de vigorosas movilizaciones, y el dictamen jurídico contrario de varios constitucionalistas, que señalaron la improcedencia del impuesto al ser materia federal, Vila reculó hace apenas unas horas, por la mañana del miércoles 15, aunque de forma opaca e incompleta.

Aquella mañana, apenas amaneció, se comenzó a filtrar, ambiguamente que, ante la imposibilidad de cobrar el mentado impuesto por el recibo de la CFE, Vila había decidido anularlo. Como la justificación era improcedente y absurda, en rueda de prensa, el gobernador en persona anunció la medida, aunque nuevamente sin aclarar los mecanismos. Finalmente, el jueves se difundió que sería por decreto, por el cual, sin facultades para derogar la disposición del Congreso del Estado, el Jefe del Ejecutivo optó por eximir su pago, pero sin reconocer públicamente que se trató de  un error político y una burrada jurídica, que con casi toda seguridad le iba a reventar en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. De esta manera, Vila se quedó sin los miles de millones de pesos que pretendían recaudar, y, lo que es peor, sin la última oportunidad de recuperar al menos parcialmente su prestigio.

¿Qué habrá podido más para que nuestro joven gobernador cometiera este nuevo y doloroso yerro? ¿Su orgullo, que le impidió reconocer que se equivocó, o su terquedad, que le hace negar el fracaso de la visión neoliberal? De cualquier modo, pudo haber salvado la cara con una conferencia de prensa melancólica, en la que se enjugara las lágrimas y pidiera disculpas. No lo hizo, y ello le representará cargar con la penitencia.

Malos modos de rectificar y, pensamos, tardíos. Surgió ya la convocatoria a la primera mega-marcha de protesta en su contra, y dos importantes gremios –los profesores y los trabajadores de la salud- han confirmado su presencia. Para colmo -¿habrá sido casual? nos advierte el radar conspiranoico-justo minutos después de terminada la conferencia de Vila, estalló un nuevo escándalo, pues cientos, tal vez miles de profesores de educación básica no recibieron su pago quincenal, lo que fue arreglado en horas de la tarde, pero después de otro mar de protestas mediáticas y sin fin de mentadas para nuestro otrora popular gobernante. Otro escándalo más, que aún no ha llegado plenamente a los medios, se gesta, pues a muchos funcionarios que no pertenecen al PAN, pero que se mantienen en sus cargos, se les disminuyeron sensiblemente sus ingresos, sin que hasta ahora hayan recibido la menor explicación. Antes, en los últimos días de diciembre, la guillotina volvió a funcionar contra los NO panistas, cercenando muchas cabezas muy valiosas, sin la  menor consideración.

No dudamos, sin embargo, que los operadores panistas estén negociando a marchas forzadas, en un intento desesperado por desbarrancar la mega-marcha de protesta, convocada para este domingo. También es cierto que algunos de los líderes de los gremios que se han mostrado más activos, ya en otras ocasiones han pasado de las amenazas al silencio, sin que se sepa exactamente porque. Pero también es indudable que, al menos a nivel mediático, miles ya comprometieron su asistencia, en tanto que en las plataformas virtuales ya ha surgido el movimiento “renuncia Vila”, algo que nos parece desaforado, pero que da cuenta del sentir de un importante sector popular, que está, por cierto, fuera de los partidos políticos.

¿Logrará el anuncio de Vila y las negociaciones de sus partidarios minimizar el movimiento de protesta? ¿Será que la bola de nieve ya se puso en marcha, y no se detendrá tan fácilmente? Los signos son confusos, y las movilizaciones en los frágiles tiempos del internet, absolutamente impredecibles. Poco vivirá quien no lo vea; entre tanto, las expectativas se van cumpliendo, con mucho más vigor y dinamismo del previsto.

El pasado nos alcanzó

La irresponsabilidad mata

Ricardo Maldonado Arroyo-

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La frase que sirve de título al presente texto es lema de una campaña del Gobierno del Estado de Yucatán relacionada con el Covid-19. Apareció en espectaculares de varios puntos de la ciudad, acompañada de imágenes de personas hospitalizadas con mensajes como “¿ya no aguantabas el encierro?”, “¿tantas ganas tenías de ir a la playa?”, “¿disfrutaste esa fiesta con amigos?”. En un principio consideré desafortunado que gastaran nuestros impuestos en una estrategia de comunicación cuyo objetivo es echar más leña al fuego en una sociedad polarizada, temerosa y en duelo, y que tampoco proporciona información valiosa para prevenir el Covid-19.

Sin embargo, tras reflexionar con detenimiento, me inclino a pensar que quizá el lema describe muy bien las decisiones tomadas por el Gobierno del Estado en los últimos meses de confinamiento. Esta es mi lectura:

La irresponsabilidad mata porque ciega ante las condicionantes socioeconómicas que impiden protegerse de los contagios. Para diseñar estrategias contra la pandemia, no bastaba con reunir a secretarias y secretarios de gobierno, encumbrados líderes de cámaras empresariales o la crema y nata de la política local. Era necesario que aquellas reflejaran la voz de obreros, amas de casa, pequeños comerciantes, albañiles, carniceros, trabajadoras domésticas, secretarias, entre otros miembros de una clase trabajadora cuya realidad es sensiblemente diferente a la de quienes están tomando decisiones. Hay consecuencias prácticas de tales decisiones que cualquier usuario(a) de transporte público con jornada completa de trabajo pudo prever. Es ahora, no sólo durante las campañas políticas, que es preciso recoger sus inquietudes.

La irresponsabilidad mata porque antepone intereses empresariales y políticos a la salud de la clase trabajadora. La insistencia en reportar disponibilidad en hospitales donde el personal de salud llevaba semanas clamando auxilio, sacó a flote los intereses que prevalecen en Palacio. El Gobierno del Estado montó un teatro mediático para anunciar la habilitación del Centro de Convenciones Siglo XXI como hospital temporal, pero omitiendo que no contaba con personal de salud. ¿De qué sirven las camillas y los ventiladores sin profesionales que atiendan? La escenografía se cayó con las contradicciones entre los semáforos del gobierno federal y local, hasta que el Gobernador admitió que los hospitales estaban saturados. En medio de la polémica, grandes empresarios aprovecharon el semáforo naranja para reactivar la producción y los servicios que les generan ganancias, sin garantizar condiciones óptimas para los trabajadores.

La irresponsabilidad mata cuando fomenta la perversa clasificación de personas en responsables e irresponsables, buenas y malas, conscientes e inconscientes. Esta visión reduccionista del Covid-19 ignora deliberadamente que nadie desea “matar” a sus seres queridos ni hay forma de saber la circunstancia exacta en que se dio el contagio. La sociedad yucateca está herida y los próximos años seguirá llorando a sus muertos. ¿Qué pensarán los familiares de las personas fallecidas cuando vean esos espectaculares? ¿Cómo se sentirán quienes visitaron a familiares o amistades, por razones que no podemos juzgar sin conocer sus motivaciones? ¿Qué sentirá la persona que estuvo encerrada a piedra y lodo y, sin embargo, fue hospitalizada de gravedad? ¿Desea el Gobierno del Estado añadir encono y remordimiento a un proceso de enfermedad que de por sí es confuso y trágico? ¿Se le habrá olvidado su otro lema: “unidos como uno solo”?

Ni sociedad civil ni gobierno causaron esta pandemia; además, nuestra respuesta es un complejo entramado de acciones individuales y colectivas. Por tanto, al Gobierno del Estado no le corresponde erigirse en juez de las primeras, sino en líder de las segundas. Es honesto admitir que ha tomado decisiones sensatas, como suspender clases o entregar despensas y apoyos económicos a personas desempleadas, pero se opacan con su displicencia ante las condiciones en que vive la mayor parte de la sociedad yucateca que, definitivamente, no se encuentra en playas ni fiestas con amigos. Estoy de acuerdo, sembrar discordia en medio de una crisis sanitaria global es irresponsable.

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Editorial

Tiempos de oscuridad y oscurantismo

Mario Alejandro Valdez

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Nuestra imagen de la Edad Media está vigorosamente vinculada con tres elementos concomitantes: el predominio de la religión, una extendida ignorancia y la abrumadora presencia de enfermedades epidémicas, la peste en particular. Es, por antonomasia, el tiempo de la oscuridad y el oscurantismo, del que, si nos atenemos a una lectura superficial, fuimos arrancados en primera instancia por el humanismo renacentista, y luego por el racionalismo ilustrado. Ingenuo optimismo: como lo está demostrando contundentemente la actual pandemia, el temor a lo desconocido y, sobre todo, el miedo a la muerte, nos llevan como humanidad, al abandono de la ciencia y el progreso, conduciéndonos a refugiarnos en explicaciones sobrenaturales, actitudes irracionales y teorías descabelladas.

Ahora que las redes sociales nos permiten una ventana inmediata y con escasa censura a los diferentes imaginarios, nos encontramos con la reaparición de conductas y pensamientos que consideramos superados, o impropios de personas preparadas y comprometidas con el progreso. Así, cuando el gobernador Mauricio Vila anunció en días pasados sus jurídicamente cuestionables medidas de control nocturno de la movilidad, las esperadas y legalmente sustentadas protestas de un abigarrado grupo de ciudadanos fueron rabiosamente contestadas, no por el gobernador y sus simpatizantes, sino por un amplio grupo de profesionales de la salud, quienes, en términos generales, esgrimieron los argumentos de su absoluto agotamiento físico y el drama de la pérdida de compañeros para justificar la violación legal. Al cuestionarse que el control de la movilidad por unas pocas horas nocturnas no tendría mayores efectos –algo que ya estamos observando, lamentablemente- la respuesta resultó incomprensible, y se puede resumir de la siguiente manera: efectivamente las medidas no servirán, y el gobierno miente, pero ustedes son PEOR que el gobierno en su afán de salir a todas horas, hacer fiestas y emborracharse sin parar. ¡Quitemos los derechos, pues, aunque no sirva de nada!

Por otro lado, diversas iglesias han continuado, generalmente con el ilegal apoyo de los gobiernos municipales, realizando actos religiosos, si bien en menor cuantía y con algunas medidas de higiene y distancia social, pero sin duda con un efecto significativo en el crecimiento de la pandemia. Procesiones, rituales y asambleas se realizan en templos, calles y domicilios, en abierto desafío a las disposiciones sanitarias, con lo que sacerdotes y pastores mandan a su feligresía mensajes incongruentes y falsos. La idea de que una fiesta de alcohol es irresponsable, pero una asamblea religiosa es pertinente es una soberana estupidez que sólo se actualiza ante la ignorancia generalizada sobre los mecanismos de transmisión de la enfermedad que ahora nos agobia.

En el fondo, lo que encontramos es que una gran cantidad de personas se niega a reflexionar seriamente sobre esta amenazante patología, prefiriendo pensar que “portándose bien” se mantendrá al margen de la pandemia, y que sólo se contagian y mueren los irresponsables, egoístas y pecadores. Desde esa perspectiva, se niega el que enfrentemos una pandemia peligrosa por su novedad y la ausencia de vacunas y tratamientos, reduciéndose el hecho, como tantas otras veces en la historia humana, al expediente del castigo divino. Muy convenientemente, los líderes religiosos abonan a esta percepción, que les permite situarse de nuevo por encima de la ciencia y de los derechos humanos.

La situación parece insuperable. Los gobiernos están demasiado ocupados en resolver el problema sanitario y en defender y/o acrecentar su capital político. El personal sanitario está al borde del colapso; el sistema educativo se encuentra paralizado; las iglesias, en el ejercicio de sus funciones, amplían el horizonte de su influencia. Cada día nos vamos convenciendo de que la duración de la coyuntura se contará por meses y años, y aunque nos preocupe en grado sumo el retroceso generalizado que observamos en el campo de las ideas, el compromiso por sobrevivir y seguir luchando por los nuestros consume la mayoría de nuestros afanes. Tiempos oscuros, y de oscurantismo, que nos remontan a lo que vivieron nuestros antepasados medievales y nos convence de que NO SIEMPRE la Historia es magistra vitae.

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A propósito de…

Sobreviviendo Ayotzinapa

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los nuevos datos de las investigaciones respecto a la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos, luego de casi seis años, resurge la pregunta: ¿Cómo han podido sobrevivir los padres, las familias y las comunidades de la zona a un golpe tan demoledor, a la incertidumbre acerca de la situación de los hijos, a la indiferencia y desprecio de las autoridades de todos los niveles de gobierno durante el sexenio pasado?

Los padres de los jóvenes desaparecidos han resistido con una fuerza y una perseverancia difíciles de explicar en sus circunstancias, en medio de un dolor capaz de devastar a cualquier ser humano ¿Qué mantiene su determinación, a qué se aferran para enfrentar una lucha de tales dimensiones cada hora durante más de 2 mil días? Solamente lo puedo explicar porque tienen un propósito: encontrar a sus hijos con vida, saber la verdad y cerciorarse de  que la justicia se aplique.

Con esta pregunta en la mente, me encuentro con el estudio de FUNDAR, Centro de Análisis e Investigación AC, “Yo sólo quería que amaneciera. Impactos Psicosociales del Caso Ayotzinapa”,  de un grupo interdisciplinario integrado por psicólogos, médicos, antropólogos, coordinado por  Ximena Antillón Najilis, quien se ha especializado en acompañamiento psicosocial de víctimas de graves violaciones a los derechos humanos.

Se trata de una serie de testimonios de las familias de los jóvenes heridos y  de familiares de los 43 estudiantes, así como la interpretación psicológica frente a las diversas etapas: el intento de  criminalización de los normalista por parte del gobierno; la búsqueda individual de madres y padres que los llevó a recorrer cerros y minas; la inacción de las autoridades para encontrarlos; la premura por cerrar el caso; el invento de la llamada “verdad histórica” y la lucha por conocer la verdad-verdad y por difundir lo sucedido, “para que no se repita

Los relatos de madres y padres dan cuenta de que el ingreso de sus hijos a la normal rural responde a la necesidad de acceder a una de las pocas oportunidades de educación superior, además de no representar una carga económica durante su formación, pues la escuela contribuye a la manutención de los estudiantes.

Los hechos – exponen los autores – sobrepasan la capacidad psíquica de elaboración de los familiares y aparece la negación como un mecanismo de defensa, que posteriormente da paso a la aceptación de los hechos, con una enorme dificultad para darles sentido.

Aquí, algunas de las dolorosas expresiones de los familiares:

 “Después de esto pues fue como una pesadilla y aún sigo pensando que es una pesadilla, que quisiera yo despertar de esa pesadilla y que todo eso no fuera”.

Sí, porque es un martirio de todos los días estar pensando, que si ya comerían, que si no estarán pasando frío, que si no los estarán torturando o qué pasa, o sea en la cabeza te vuelve loca, ya no sabes ni qué pensar

Siempre tenemos así como un nudo, como que nos falta algo, y la verdad que sí nos falta. Nada comparable con lo de antes, antes estábamos contentos, si una vez comíamos al día estábamos muy contentos. Hoy, aunque comemos las tres veces al día, no estamos contentos. Es por eso que así vamos llevándola, así vamos viviendo

Pues pensando que dónde estarán o qué les estarán haciendo, ¿tendrán de comer, tendrán alguna ropa para taparse? Uno qué sabe pues

“¡Qué diera yo porque ya llegara mi hijo, verlo llegar, bajar de ese carro, que ya viene! Porque siempre cuando estaba en la escuela, en la Prepa, él siempre paraba el carro ahí al frente, ya veía yo que se paraba la camioneta y ya veía que se bajaba él. Y ahora así pasa, a veces se paran luego los carros y digo: “¿Vendrá mi hijo ahí?”. Y así me la paso, pensando, esperándolo y esperándolo, por eso digo yo que esto es lo peor que le puede pasar a una madre que uno está sufriendo

“Yo sólo quería que amaneciera. Impactos Psicosociales del Caso Ayotzinapa” dedica un capítulo a la forma en que los hechos afectaron a niñas y niños.

Antes no dormían – manifiesta un menor respecto a sus padres – esperaban que él llegara, todos estábamos dormidos menos ellos. Ya jamás duermen. Mis papás estaban tristes, nosotros nos quedábamos con mi abuelita. Ahora no nos dejan platicar de él. Yo juego para extrañarlo menos.

Respecto a la pregunta inicial acerca de cómo han podido sobrevivir las familias de los normalistas a un golpe tan devastador, los autores del estudio de FUNDAR sostienen que la búsqueda de justicia es una forma de afrontamiento del duelo traumático y se convierte en el motor y el centro del proyecto de  vida.

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