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Gotero de letras

Diego Rivera y José Vasconcelos en Yucatán

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Durante el gobierno revolucionario de Felipe Carrillo Puerto incorporó a sus proyectos al doctor Eduardo Urzaiz Rodríguez, ilustre cubano radicado en Mérida, quien formuló la idea de establecer una universidad pública al Ministro de Educación, José Vasconcelos, que en 1921 visitó la capital yucateca, acompañado de Diego Rivera y el poeta Jaime Torres Bodet, entre otros. La Universidad Nacional del Sureste, en la actualidad UADY, fue resultado de esas conversaciones, donde Urzaiz Rodríguez actuó como voz autorizada del gobierno carrillista para establecer el Alma Mater, fundada en 1922. Como anécdota de aquel episodio, el médico cubano, quien también era un aventajado pintor, bosquejó un pequeño dibujo donde revela el accidentado viaje de Diego Rivera a Chichén Itzá que culminó con el desplome de la carreta que lo transportaba, accidente atribuido al sobrepeso del gran muralista mexicano. Fábula o producto del humor que caracterizó a Eduardo Urzaiz, en cualquier caso su memorable dibujo es una pequeña joya que pongo a la vista de quienes quieran deleitarse con él.  

Como se sabe, el doctor Eduardo Urzaiz Rodríguez fue el rector fundador de la Universidad que en la actualidad mantiene vivo el anhelo de ser portadora del alma popular de nuestro pueblo. En víspera del establecimiento de la Secretaría de Educación Pública, durante un congreso celebrado en la Ciudad de México, José de la Luz Mena y el doctor Urzaiz, debatieron de frente con José Vasconcelos la idea de mantener el carácter regional de las instituciones de educación pública, puesto que el proyecto nacional no debía ignorar la especificidad de los yucatecos, como fue el caso del Alma Mater y la Educación Racionalista.  En estos días que se anuncian cambios en el ámbito educativo, bien valdría la pena que las autoridades no hicieran tabla rasa de la historia, ya que ésta es maestra de la vida, según señaló Herodoto.

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Gotero de letras

La mano que sigue al intelecto

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Los párrafos escritos por José Martí en 1880 sobre la edificación del monumento al poeta nacional ruso Alexander Pushkin, y el congreso literario de Moscú realizado para honrar su figura, abrieron una discusión respecto a la correspondencia que debe existir entre el pensamiento literario, sus altas expresiones creativas, y las actitudes políticas y hasta personales de los autores, cuya unidad en la obra y actuación del Apóstol cubano, le otorgaron plena autoridad para expresar las críticas que formuló. “La mano debe seguir la inspiración del intelecto,” exigió Martí en sus notas publicadas en The Sun de Nueva York, que a modo de pauta condujeron sus valoraciones del poeta ruso nacido 1799, en el seno de una familia aristocrática, pero quien por afinidad de ideas, en su juventud entabló amistad con otros intelectuales liberales, adhiriéndose al grupo Lámpara Verde, en el cual reprobaron la actuación del zarismo que encabezaba Alexander Primero, y donde proclamaron esperanzas en las reformas políticas y sociales de su país durante la revolución de 1825. Derivado de estas actividades que forzaron el exilio de Pushkin a Ucrania y Crimea, Martí escribió:

“El poeta fue desterrado, pero al nutriese con el amargo pan del exilio, su sarcasmo resultó más fuerte… Los monárquicos no querían que él les infiltrara vida nueva a las masas muertas…Hermosos son los cantos de los poetas que sufren. Hacerlos sufrir es hacerlos cantar más dulcemente. Fue en el exilio que Pushkin escribió su El prisionero de Cáucaso. Su Fuentes de Bajchisarai y su Freies Brigands. También escribió una soberbia y preciosa tragedia Boris Godunov…”

Pero si bien el cubano llegó estimar que sin Pushkin quizás no habría florecido la tradición de escritores que incluía a Tolstoi, Dostoievski y Chejov, ni el alma rusa se habría manifestado de manera tan completa, uno se pregunta: ¿por qué juzgó la obra de este poeta fundacional desde la perspectiva de su actuación política y personal? ¿Qué determinó ese examen implacable en el que unificaba creación, actitudes y militancia? Indudablemente en el divorcio de estas esferas, abiertamente fundidas en su propio ideario y en su praxis, Martí hallaba aspectos culturales que perturban la delicadeza del poema y que él incluía en su crítica literaria. Así lo manifestaba cuando anotó:

“El pueblo conocía a Puschkin de memoria, pero deseaba castigar su falta de carácter. Fue un castigo sin piedad. Al convertirse en historiógrafo del zar ya dejó de ser amigo abierto del pueblo. Había besado el látigo que había tratado de quebrar. Los rusos insisten en que las acciones del genio deben corresponder a las promesas de sus cantos.”

Y es que sobre el ruso José Martí llegó a considerar que como poeta era superior a Byron, pero como hombre no, ya que si bien el inglés “…veía la injusticia, y la azotaba. Puschkin alzó la voz contra ella, y luego se convirtió en su chambelán e historiador.” Esto ocurrió justo cuando Nicolás accedió al trono de Rusia y absolvió al gran Pushkin. Entonces “…se paseó con él, y pagó sus deudas, pero al mitigar su pena- concluyó el Apóstol- rompió su lira. Su amistad envileció al poeta.”

La severidad de la crítica martiana que valoró la necesaria correspondencia que debe existir entre el pensamiento literario y la práctica política, fue enunciada con más claridad, y sin metáfora alguna, cuando escribió en la Revista Venezolana del primero de julio de 1881: “Hacer, es la mejor forma de decir”, idea cenital de José Martí que mantiene sorprendente actualidad.

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Rafael Gamboa, Ravachol

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Popular por sus discursos contra los patronos absurdos y la reacción yucateca, Rafael Gamboa, Ravachol, fue uno de los protagonistas que saltó a la arena política, con el respeto que se fueron granjeando los obreros de Mérida y Progreso, durante el derrocamiento de la dictadura porfirista y el triunfo de la Revolución. Corresponde recordar, en tal sentido, que la ciudad adornada para recibir al dictador en 1906, también estaba habitada por personas respetables que con su activismo e ideas, anticiparon el camino que recorrería el movimiento revolucionario en Yucatán. En ese entorno debe situarse a Ravachol, el barbero humilde que precisó transgredir reglas y personas que se negaban a admitir la voz de los obreros en el nuevo escenario que se urdía.

Como puede advertirse, su apodo hacía referencia a François Claudius Koënigstein, el anarquista francés que estremeció Barcelona, conocido con el mismo alias que le pusieron a Rafael Gamboa. Éste, por su parte, era un líder bilingüe que lo mismo arengaba en maya que en español, y que por su empuje e ideario emancipador, resultó electo presidente del Partido Socialista Obrero, integrado a mediados de 1916, cuando sus fundadores armonizaron los propósitos por los que lucharon desde varios años antes, con el orden revolucionario establecido por el general Salvador Alvarado. Uno de sus primeros discursos, “…pronunciado en términos candentes” en la Plaza Grande, según aseveraba un testigo, trató de entusiasmar a los presentes para que votaran en las elecciones municipales que se acercaban, y en las que el naciente Partido salió airoso con la elección de José Dolores Sobrino Trejo como alcalde de Mérida.

Pero Rafael Gamboa, de quien se ignora la fecha de su natalicio, debatía con todos y a través de todos los medios a su alcance, incluso con sus más cercanos correligionarios. En noviembre de 1916, por ejemplo, en de las páginas de La Voz de la Revolución, Ravachol atrajo la atención de los lectores con motivo de una polémica que sostuvo con el líder ferrocarrilero Héctor Victoria Aguilar, quien a pesar de haber compartido con él la fundación del Partido y otros designios, no concordaba en algunos aspectos que Rafael Gamboa consideraba que merecían discutirse en público. La propensión por el debate fue una característica de este fogoso trabajador, pues quienes lo conocieron se ocuparon de sacar a la luz este rasgo de su personalidad. Carlos Loveira, el novelista cubano que vivió exiliado en Yucatán, se refería a Rafael Gamboa como un “…vehemente y temerario sembrador de rebeldías, que disfrutaba con su camarada Arjona de una significativa homonimia: ambos llevaban el sobre nombre de Ravachol…”

En esta clara nota de Carlos Loveira, relacionada con la igualdad del alias atribuido a dos personas, quizás pueda hallarse el origen del vocablo en plural, ravacholes, que años más tarde fue de uso común en Mérida para describir a los obreros dispuestos a la discusión y a los emplazamientos de huelga, frente a la mínima injusticia. Lo anterior se colige a través de un diálogo de Antonio Ancona Albertos con Agustín Monsreal Gómez, sostenido en 1920, mientras urdían la idea de convocar a un movimiento de inquilinos contra los propietarios abusivos, por lo que Ancona sugiere: “A la huelga, don Agustín. Hay ravacholes para organizarla…”

Rafael Gamboa, el original Ravachol, merece ser recordado y acaso indagar más de su vida porque revolucionarios como él suelen pasar al olvido y vale la pena destacar su trayectoria ejemplar. Sépase, además, que Ravachol fue Diputado Constituyente, suplente de Enrique Recio Fernández, por el segundo distrito electoral de Yucatán, con cabecera en Progreso, y tomó parte activa en el Congreso Obrero de Izamal en 1921. Murió sin haber obtenido alguna gloria que no fuera la satisfacción de haber militado en la órbita socialista impulsada por Felipe Carrillo Puerto.

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Expresión martiana

Carlos Bojórquez Urzaiz

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Con la luz de su verbo encendido, José Martí heredó caminos para trazar párrafos de una escritura que plante la elegancia y la certeza del lenguaje en el fondo de la oración, en esa melodía que nace de las frases sonoras o que revienta a la manera de un relámpago, según lo que se nombre y el tono con que se diga. Al respecto, en la Revista Venezolana de 1881, subrayo: “Con las zonas se cambia de atmósfera, y con los asuntos de lenguaje. Que la sencillez sea condición recomendable, no quiere decir que se excluya del traje un elegante adorno…no hay por qué invalidar vocablos útiles, ni por qué cejar en la faena de dar palabras nuevas a ideas nuevas”.

Para alcanzar la armonía necesaria entre las tradiciones formales y la búsqueda de expresiones nuevas, como cubierta musical de las ideas, Martí invitaba a explorar la raíz de las palabras, con el propósito de acercarnos a los significados y a la cadencia variada que brindan. En un Cuaderno de apuntes, correspondiente al propio año de 1881, señaló lo siguiente: “…no hay como esto de saber de dónde viene cada palabra que se usa, y qué lleva en sí, y a cuánto alcanza; ni hay nada mejor para agrandar y robustecer la mente que el uso esmerado y oportuno del lenguaje. Siente uno, luego de escribir, orgullo de creador…”

La lectura del Apóstol cubano, sin vacilaciones de ningún tipo, siempre puede asumirse como un recorrido por los rincones ilesos del lenguaje, lo que seguramente ayudará en la búsqueda de las libertades que encarna el verbo. Alguna vez el poeta de Nuestra América se preguntó: “¿… quién no sabe que la lengua es jinete del pensamiento y no su caballo?” En ese sentido, la originalidad de las ideas nos coloca de cara a la clave del ideario martiano relacionado con el lenguaje, a través de la lectura de una carta dirigida a María Mantilla, donde apuntó: “…que el vaso no sea más que la flor.”  Tal es el significado del equilibrio de la palabra, de las artes y de la vida, y por eso concluye recordando que “…es la palabra águila que no consiente tener plegadas las alas largo tiempo…” Nada vale tanto como explorar los regazos del verbo, es cosa de amor y disciplina, pero sobre todo deseos de atrapar el arte de la palabra. 

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