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Editorial

La condición viral

Rodrigo E. De los Santos

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Los malestares se agudizan con el paso de los días. Los expertos ofrecieron diferentes remedios para tratar al paciente, pero la enfermedad siguió avanzando. Con sus recetas basadas en métodos probados por la ciencia económica, nos prometieron la pronta mejora, la anhelada salud bursátil del cuerpo y alma. Y seguimos sus indicaciones al pie de la letra, sin objeciones ni cuestionamiento: compramos, vendimos, prestamos, depositamos, acreditamos y privatizamos, todo para sacar adelante al paciente. Pero los breves periodos de bienestar enmascaraban el incesante deterioro generalizado. Algunas voces nos advertían los peligros de los efectos secundarios, pero decidimos tacharles de charlatanes, de pseudocientíficos, de traidores, de revoltosos y blasfemos. Mujeres y hombres de poca fe. Al parecer nos equivocamos. Ahora se nos dice que una mutación, un ‘error’ en el código genético de un viejo conocido es la responsable de la recaída. Nos ofrecen nuevos remedios bañados en subsidios corporativos, rescates financieros, fórmulas mágicas y modelos económicos que garantizan librarnos del coma que viene. Otros, los más ilustrados, nos venden desde sus lujosas bibliotecas privadas la píldora para la transición hacia un cambio de paradigma en la forma de pensar: ‘El cambio está en uno mismo’. Tal vez hemos sido engañados. Tal vez la cura ha sido un veneno. ¿No es posible que los médicos del mercado hayan buscado beneficiarse con la enfermedad crónica? No hay que escandalizarse. Después de todo así opera la ley de la oferta y la demanda, la mano invisible de Adam.

 El actual brote de enfermedad por coronavirus (COVID-19) avanza de manera implacable. En términos de salud pública no tengo mucho que escribir. Lo que vivimos es una crisis sanitaria global que afecta de manera catastrófica los sistemas de salud, revelando la fragilidad de la infraestructura pública. Las condiciones de trabajo del personal médico y el escaso apoyo gubernamental exponen las miserias intelectuales y morales de los líderes políticos, que con sus palabras vacías buscan aplazar la inevitable ira popular. En términos económicos es prematuro estimar la gravedad de la situación, pero las expectativas son sumamente negativas. Solamente en los Estados Unidos, la cuna del Capitalismo Imperial Tardío, se proyecta que la tasa de desempleo alcance hasta un treinta por ciento al final del año. En otros países la situación no es muy diferente. El descontento generalizado podría abrir nuevos canales para la normalización de la represión, el control social y la legitimación del monopolio de la violencia por parte del Estado. La fantasía totalitaria cautiva nuevamente las mentes de las élites y del complejo industrial militar. Y como siempre, el martillo pegará más fuerte sobre los oprimidos: las clases trabajadoras, las poblaciones marginadas, las minorías étnicas, raciales, y sexuales. Ellas serán las víctimas de las atrocidades usuales de los opresores, quienes han hecho de las crisis su pasatiempo favorito.

 Decir que el coronavirus es la enfermedad a vencer es caer de nuevo en el fraude de la homeopatía neoliberal. La enfermedad a tratar es más compleja. Su cura se encuentra lejos de los aparatos de poder, lejos de los médicos del mercado, de los gurús de la academia, de los medios de comunicación, y de las redes sociales. Tampoco se haya en aislamiento comunal y las guías de autoayuda o de supervivencia. El COVID-19 desenmascara la brutalidad de nuestras estructuras sociales, económicas y políticas. Es una suerte de aparato biocultural que nos permite descubrir una vez más los síntomas que en nuestras vidas cotidianas se esconden bajo la ilusión del progreso y la búsqueda de la felicidad. Los privilegiados que tenemos la oportunidad de aislarnos cómodamente en nuestras casas, tenemos el deber mínimo de hacernos la antigua pregunta ¿Cómo llegamos aquí? Nuevamente se nos plantea esta rebuscada reflexión, pero ahora los tiempos demandan atenderla con honestidad y valor.

 Se anuncia que ‘después de la pandemia no podremos ser los mismos’. No seamos inocentes. Si algo hemos aprendido de la historia humana es nuestra tendencia hacia la repetición. No. El cambio no va a ser un error aleatorio como ocurre en los nucleótidos de un virus. Los ensayos elocuentes sobre la condición humana, los tratados de las ciencias políticas y de los intelectuales de nuestros tiempos no materializarán el cambio que requerimos. Las ideas de cambio florecen en todas partes y en todos los periodos históricos, pero suelen disiparse en la atmósfera las tradiciones. De vez en cuando algunas se establecen como fuerzas dominantes, pero sólo después de una violenta oposición. Los opresores siempre buscarán ajustar los nuevos estilos de vida para su beneficio privado. Es por eso que la acción se vuelve ahora una necesidad de supervivencia colectiva.

 Es momento de volver a escuchar a aquellas voces que hace tiempo trataron de ofrecernos respuestas alternativas, aquellos que decían que la cura se encontraba en la acción prolongada de las minorías oprimidas. Ellos presagiaban que sólo así el espíritu de comunidad despertaría. En tiempos de temor e incertidumbre nos recuerdan que ‘el valor, la devoción, y el espíritu de sacrificio son tan contagiosos como la cobardía, la sumisión, y el pánico’. Tal vez la cura se encuentra en este tipo de pandemia.

Editorial

Estados Unidos o los signos de un desplome brutal

Mario Alejandro Valdez

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Hace unas semanas advertimos sobre la increíble paradoja de que, siendo el país más afectado por la pandemia de coronavirus, cientos de miles de médicos y enfermeros estaban desempleados en los Estados Unidos. Hoy, una tragedia mayor sacude a la nación más representativa del capitalismo: el asesinato del afroamericano George Floyd, a manos de un policía de Minneapolis, ante la complaciente presencia de otros tres agentes, ha desatado los disturbios raciales más fuertes de los últimos años, y la ola no ha hecho sino empezar. Cientos de miles de afroamericanos, hispanos y anglosajones han desafiado a las policías locales, estatales e incluso a la Guardia Nacional, pero sobre todo al amenazante virus que ya infectó a casi dos millones de estadounidense y ha dejado una estela de más de cien mil muertes, además de haber provocado la pérdida de cerca de 40 millones de empleos en poco menos de tres meses. Una danza de fatalidades que tampoco parece estar cediendo.

Por supuesto que el asesinato de Floyd es un crimen brutal. Pero detrás de las incendiarias protestas se esconde el colapso de una sociedad que ha hecho de la injusticia, la desigualdad, la represión, el cinismo y la mentira sus características más notables. Detrás de la furia de los cientos de miles de manifestantes, está la rabia de esos profesionales de la salud que no pueden cumplir con su trabajo por las condiciones del mercado; está la frustración de quienes no tienen acceso a la salud y la educación; está el coraje de quienes, habiendo votado por el “sueño americano” prometido por Trump, ahora ven pulverizados su patrimonio y expectativas.

Las élites entre tanto, claman por la intervención del Ejército para controlar las protestas, Trump balbucea sus incoherencias habituales y culpa a sus adversarios políticos, mientras por otro lado impulsa una apertura económica irresponsable y contra la opinión de sus asesores científicos. El Imperio, a pesar de que el dólar es la base monetaria del mundo y se ha fortalecido en esta crisis, apunta a sufrir el peor colapso económico de su historia. Y esto apenas comienza.

Como vemos, no se trata de crisis coyunturales ni desvinculadas. Desde nuestra perspectiva, estamos viendo los primeros actos de uno de los colapsos más dramáticos de la historia. Un proceso más profundo y violento que la caída del Imperio Romano, cuya crisis duró del siglo III al V, o el del derrumbe de las monarquías absolutas europeas, que tardó alrededor de cien años, entre fines del siglo XVIII y el último cuarto del siglo XIX. Los Estados Unidos emergieron como potencia dominante en el primer cuarto del siglo XX, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial, y alcanzaron la hegemonía en el mundo bipolar de la Guerra Fría. A principios de la década de 1990, tras el colapso del socialismo soviético, el país había sido proclamado como potencia única y líder del “fin de la historia”. A ojos de algunos analistas, las invasiones a Panamá, Irak y Afganistán habrían confirmado este diagnóstico, pero los acontecimientos de la última década –lo que incluye sangrientos fracasos en las intervenciones en Medio Oriente- muestran precisamente el signo contrario.

Significativamente, el gobierno de los Estados Unidos no encuentra como detener la pandemia del coronavirus ni el flagelo del racismo. El Imperio es el único país en el mundo que ha superado el millón de contagios y las cien mil muertes, y aun así ha comenzado a relajar su confinamiento, con la consigna de que el mercado no puede seguir cerrado y que es necesario continuar la guerra económica contra China. Al mismo tiempo, los policías que asesinaron a sangre fría a un afroamericano siguen libres y, lo que es peor aún, se preguntan extrañados porque les recriminan una acción legítima. No es casual que mientras esto ocurre en la nación que se dice líder del “mundo libre”, la socialista Cuba esté cumpliendo casi una semana sin registrar una sola muerte –la pandemia en la isla ha producido 82 lamentables decesos- y se mantenga como uno de los países más estables en un mundo cada vez más caótico y deshumanizado.

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A propósito de…

Jugar a la ruleta rusa en tiempos de Coronavirus

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las tumultuosas compras de cerveza que se verificaron la semana pasada en diferentes localidades de país, en muchos casos sin guardar las medidas de sana distancia, en filas de automóviles de hasta tres kilómetros y a pie, fuera de las tiendas formaciones de más de tres horas, no puedo dejar de preguntarme en este y otros casos similares ¿qué motiva a los seres humanos a participar en esta suerte de Ruleta Rusa?

Si bien es cierto que no se trata de las entidades con el mayor número de enfermos de SARS Cov-2, en Nuevo León, Sonora, Sinaloa, Chihuahua y Coahuila, los contagios van a la alza. Veracruz, donde también se verificó el fenómeno, es uno de los de los cinco estados que registran más de 3 mil casos positivos.

 Apenas inició la venta de la bebida en municipios como Apodaca, Escobedo, Ciudad Delicias, Ciudad Juárez, Hermosillo, Cajeme, Nogales, Los Mochis, Saltillo y Coatzacoalcos, entre otros, miles de personas acudieron a expendios y tiendas. En algunos lugares las existencias se terminaron en menos de 2 horas. No está de más recordar que en esos lugares las temperaturas rebasan los 30 grados en esta época.

Se trata del caso más reciente, pero no del único en que las personas han roto las medidas de prevención, reuniéndose multitudinariamente a fin de adquirir algún producto específico, en tiempos de la pandemia.

A mediados de marzo, en vísperas del inicio de la cuarentena en los Países Bajos, y ante el anuncio oficial de que cerrarían los coffe-shops, en los que se expende legalmente la mariguana, en ciudades como  Amsterdam, Rotterdam y Utrecht, se pudieron observar enormes filas de ciudadanos esperando comprar su dosis recreativa, no obstante que el Instituto Nacional de Salud Pública de este país informó del incremento de casos de 176 a mil 135 en la jornada.

El mismo mes, los estadounidenses también hicieron largas filas, pero el artículo que ansiaban adquirir antes del periodo de confinamiento no tenía fines recreativos como la cerveza o la mariguana. Marzo de 2020 se convirtió en el segundo mes en la historia con mayor venta de armas  en los Estados Unidos: 1.9 millones, de acuerdo con información de The New York Times. En enero de 2013, luego del tiroteo en una escuela de Connecticut y la reelección de Barak Obama, la cifra alcanzó los 2 millones.

Las otras dos fechas en las que también hubo un aumento significativo en la adquisición de tales artefactos  fueron, en enero de 2009, al iniciar el primer mandato de Obama, con 1,1 millones y tras los atentados del 11 de Septiembre con 754 mil.

Los días 9 y el 10 de abril, jueves y viernes santos,  a tres semanas de la declaración de emergencia sanitaria en la Ciudad de México, se registraron aglomeraciones difíciles de creer si no se contara con la evidencia de fotografías y vídeos: Decenas de miles de personas acudieron a los mercados La Viga y La Nueva Viga, especializados en la venta de pescados y mariscos, para abastecerse de tales alimentos en la cuaresma.

La secretaria de gobierno de la capital, Rosa Icela Rodríguez, aseguró que la afluencia de consumidores se cuadruplicó respecto a los años anteriores, y que por momentos se contabilizó la presencia de 4 mil personas dentro de las plazas y 4 mil en las calles aledañas. Fue necesaria la intervención de la policía para contener a la multitud.

El mercado de La Nueva Viga, dentro de la Central de Abastos, se encuentra en la alcaldía Iztapalapa, la de mayor número de contagios en el país, con un total de  4 mil 125  y 396 defunciones según los registros el pasado martes 26. 

En este punto, regreso a mi pregunta inicial ¿qué los motiva a tomar esos riesgos, más allá del deseo de un cigarro de mota, de una cerveza bien fría, de una mojarra al mojo de ajo?  El caso de las armas es una clara respuesta ante lo desconocido de un pueblo con inclinaciones bélicas en un país  propenso a las guerras, aunque las compras de pánico pueden obedecer a la misma causa.

Existe una interesante teoría respecto a la “mentalidad de rebaño”. Sociólogos, sicólogos, antropólogos y otros especialistas en el comportamiento humano se han ocupado de este fenómeno de imitación, que  explica también la adquisición de enormes paquetes de papel higiénico al principio de la pandemia en diferentes países. Me pregunto si ya lo terminarían o todavía mantienen parte de sus reservas en alguna habitación de su casa.

El sicólogo, sociólogo y antropólogo francés Gustave Le Bon, identificó tres mecanismos que desatan este comportamiento, desde 1895, y que, me parece, se mantienen vigentes: Uno, en una multitud, como el individuo es anónimo, pierde el sentido de la responsabilidad y participa en actos a los que normalmente no se hubiera prestado. Dos, el proceso de contagio hace que se reduzcan las inhibiciones, haciendo aceptables comportamientos distintos a los que tendrían las personas individualmente. Tres, el ser humano es mucho más susceptible a la sugestión dentro de una multitud, la cual ejerce un efecto hipnótico sobre el sujeto, lo que le hace más proclive a seguir a otros.

Mi última reflexión es en torno a la debilidad de las convicciones personales frente a la colectividad: ¿Hasta dónde es capaz de llegar una persona, para mantener el sentido de pertenencia, a poner en peligro su bienestar y el de su familia; a sacrificar a decenas de seres humanos; a morir?               

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La política en Yucatán

Introspección histórica, la mentalidad campesina

Mario Alejandro Valdez

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En estos días de pandemia, uno de los temas torales que han surgido en la opinión pública es el de las energías limpias; ello debido a un acuerdo federal para restringir temporalmente, justo durante la contingencia sanitaria, la participación privada en este rubro. En el curso del debate, uno de los tópicos adláteres que salió a relucir es el hecho de que en Yucatán una parte significativa de los espacios destinados a la producción de energía eólica había sido obtenida de manera ilegal e inmoral, a partir del despojo a los campesinos. Ello, a su vez, apuntó a otro tema aledaño, que es el que trataremos en esta introspección: la mentalidad del campesino yucateco.

En la discusión actual, se enfrentan dos posiciones antagónicas: la que pudiéramos llamar de izquierda o popular, que considera que las apropiaciones ilegales deben echarse para atrás, y que la gestión de la energía eólica debe realizarse de manera comunitaria, por los campesinos que son legítimos propietarios de las tierras; y la postura de derecha, pro-empresarial, que aduce que “palo dado, ni Dios lo quita”, y que, además, dado que el campesino yucateco “es flojo, ignorante, alcohólico, corrupto y conformista”, es absolutamente incapaz de gestionar una empresa, por lo que cualquier intento de apoyarlos en este sentido está de antemano condenado al más absoluto de los fracasos.

Evidentemente la primera postura tiene una sólida base ética y legal, pero la segunda, tristemente, está muy arraigada en el imaginario del yucateco urbano, tanto entre las élites como en la mayoría de la población citadina. ¿De dónde surge tal consideración? ¿Cuáles son sus bases? ¿Cuál su realidad? Veamos.

Para poder responder a nuestras preguntas, debemos remontarnos, nuevamente, a los orígenes del Estado moderno en Yucatán, es decir, a los inicios del establecimiento colonial. Recordemos que en la península se fundaron en el siglo XVI cuatro cabildos, a partir de los cuales se pretendió organizar el territorio: la ciudad de Mérida, capital de la provincia, situada al noroeste; el puerto de Campeche, principal vía de comunicación con el exterior, al suroeste; la villa de Valladolid, cabeza de la región nororiente; y la villa de Bacalar, en el extremo sudoriental. Esta última población, rodeada de un territorio inexplorado, en realidad no llegó a establecerse como un punto importante, y quedará, por el momento, fuera de este análisis.

Tenemos, entonces, tres regiones bien diferenciadas desde mediados del siglo XVI: Mérida, Campeche y Valladolid, dividiéndose prácticamente en tercios perfectos el territorio conquistado y colonizado por los españoles. La región de Mérida fue, desde un principio, la más rica y desarrollada, de acuerdo con los parámetros del incipiente capitalismo de la época, y muy pronto generó una economía invasiva de sus comunidades campesinas, que quedaron supeditadas a las propiedades y actividades de los colonizadores. La cultura campesina de la región fue fuertemente modificada desde el siglo XVI, dando paso, ya para el siglo XIX, a una cultura francamente mestiza, con escasos rasgos originarios. En esta región campearon las haciendas, con sus tiendas de raya, su dominio señorial y la proliferación del alcohol como un medio de control social. El porfiriato henequenero llevó estas características hasta sus mayores cuotas. Al triunfo de la Revolución, tras los episodios del carrillismo y el cardenismo, la política oficial dio continuidad, en gran medida, al control patriarcal de la hacienda, combatiendo lo que aún quedaba de autonomía en el campesinado y demás grupos sociales.

La situación de la región de Campeche fue muy diversa. El puerto, con fuertes intereses comerciales y la poderosa presencia del estamento militar, estableció su propia dinámica de desarrollo, independiente y en muchos casos confrontada con la de Mérida, pero con poca influencia en las áreas rurales. Éstas, a su vez, terminaron por dividirse en dos subregiones: el llamado camino real, la vía de comunicación con Mérida, con características similares a las ya mencionadas para la capital y sus alrededores; y el sur profundo, que mantuvo una fuerte autonomía durante el período colonial y la primera mitad del siglo XIX, con una vigorosa presencia de la cultura originaria en aspectos políticos, económicos e ideológicos. En tiempos de la Guerra de Castas, muchas de las comunidades de esta subregión se levantaron en rebelión, logrando ciertos acuerdos con el gobierno en el curso del conflicto. Hoy en día, la mayoría de estas comunidades continúan manteniendo su identidad cultural y autonomía económica, gestionando, en algunos casos con gran éxito, sus recursos naturales.

En torno a Valladolid encontramos de nuevo este fenómeno de las dos subregiones, incluso más marcado: la villa, hoy ciudad, se reconcentró en sí misma, mantuvo durante siglos su organización colonial inicial, y estableció las relaciones mínimas, pero suficientes, que le permitieran a las familias vallisoletanas disfrutar de cierta riqueza y prestigio. El resto del territorio era campesino, maya e indudablemente autónomo en la mayor parte de los aspectos de su vida interior. Esta fue la región de la Guerra de Castas, que se mantuvo en rebeldía durante décadas. Con el tiempo surgieron más poblaciones criollas y mestizas, pero los campesinos conservaron –y en muchos casos conservan aún- mucho del espíritu de sus antepasados.

Nos parece que NO es posible agotar el tema en una sóla introspección, pero podemos apuntar las siguientes consideraciones: 1. NO existe en Yucatán una única mentalidad campesina. Aún en un Estado relativamente pequeño y habitado por un sólo pueblo originario, la mentalidad es subregional y diversa; 2. ES UNA ENORME MENTIRA que el campesino yucateco no sea capaz de gestionar una empresa. Lo ha hecho, y con enorme éxito, durante milenios; 3. Ciertamente hay algunos sectores rurales a los que siglos de dominación, un severo paternalismo, una expandida corrupción y un control social exacerbado han golpeado fuertemente, pulverizando las antiguas solidaridades comunitarias y fomentando la dependencia y enfermedades sociales, como el alcoholismo. Culpar a la víctima de esta situación no sólo es perverso e injusto, es también erróneo.  

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