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La política en Yucatán

Introspección histórica: Iglesia y Poder

Mario Alejandro Valdez

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En enero de 1847, el padre Manuel López Constante, vicario de Valladolid -en aquella época, una de las posiciones eclesiásticas más importantes de Yucatán- fue asesinado a machetazos por un grupo de campesinos encabezados por el comerciante mestizo Bonifacio Novelo. Eran los prolegómenos de la Guerra de Castas, y Novelo se convertiría, con el tiempo, en uno de los principales caudillos de la rebelión. ¿Qué agravios se cobró Bonifacio de aquella terrible forma? No lo sabemos, pero es fama que López Constante, que para entonces era un anciano, era un sacerdote enérgico, autoritario y tenía una profunda animadversión a todo lo que oliera a maya. Una década antes de su violenta muerte, López Constante había bloqueado el ascenso de su teniente de cura, el Pbro. Santiago Canché, uno de los primeros mayas que alcanzó el presbiterio en Yucatán, con el argumento de que era un sacerdote mediocre y demasiado interesado en el dinero. No sería difícil que sus prejuicios raciales fueran el pecado que pagó dolorosamente con su vida en aquel enero de 1847.

Lo interesante del caso es que López Constante era considerado, como actor político, un liberal progresista, y durante un tiempo militó en el mismo grupo que el padre Vicente María Velázquez, otro sacerdote famoso y metido a la vida pública. Sobre Velázquez, el escritor Justo Sierra creó la fábula, no documentada por ninguna otra fuente, de que era partidario de la igualdad entre todos los hombres, e incluso que pensaba que los españoles deberían retirarse de Yucatán para dejarle a los mayas sus tierras y su libertad. ¿Será? Las fuentes dicen otra cosa, por supuesto, pues don Vicente era un terrateniente de mediano alcance, y en su testamento legó a sus hermanos varias casas y haciendas, y nada dejó para los mayas. Pero la fábula de Justo Sierra ha llegado viva hasta el siglo XXI, e incluso historiadores laureados la han reproducido hasta la saciedad.

Casi tres siglos antes del asesinato de don Manuel López Constante, fray Diego de Landa encabezó el célebre y crudelísimo auto de fe de Maní, un episodio que, además de destruir cientos de códices mayas, costó la vida, en medio de terribles torturas, a varias decenas de personas. En una anterior introspección recordamos el evento, cuya violencia pareciera haber nacido no tanto del celo religioso del franciscano, sino de haberse sentido engañado por algunos de los batabo’ob a los que personalmente había convertido-o había creído convertir, mejor dicho- a la fe católica.

Entre Diego de Landa y Manuel López Constante mediaron casi 300 años y un mundo de acontecimientos. Y durante ellos, la actuación de la Iglesia Católica -la única permitida en Yucatán hasta fines del siglo XIX-fue diversa y significativa. Ni todos fueron Landa, ni todos fueron Velázquez, ni todos fueron López Constante. Pero sin duda muchos jugaron un papel principal en los acontecimientos de nuestro Yucatán.

Al iniciar nuestra introspección sobre este enorme y multifacético cuerpo de poder, presentamos algunas consideraciones generales:

  1. La Iglesia no fue, de ningún modo, única e indivisible. Por el contrario, fue diversa y multiforme. Hubo en su conformación grupos internos que en ocasiones pelearon entre sí, en ocasiones establecieron alianzas, en ocasiones actuaron simplemente por separado.
  2. En su diversidad, sin embargo, jugaron un papel fundamental en la política de los tiempos coloniales, decimonónicos, e incluso hasta la actualidad. Baste recordar, para los años más recientes, el papel protagónico del ex cura José María Sabín Sabín, quien fuera durante muchos años rector de una de las universidades privadas más importantes del sureste, y formara parte del equipo de transición del entonces gobernador electo Rolando Zapata Bello, en lo que probablemente fuera una maniobra para lograr la plena aceptación de los grupos más tradicionalistas de Yucatán. Con el tiempo, Sabín salió prácticamente huyendo del Estado y del país, acusado de abusos sexuales contra jóvenes seminaristas en la Ciudad de México, escándalo que fue rápidamente acallado por sus amigos y correligionarios de la poderosa orden de los Legionarios de Cristo.
  3. La Iglesia de Yucatán fue, y sigue siendo, una Iglesia pobre pero muchos de sus sacerdotes-nuevamente Sabín es un ejemplo emblemático- han sido ricos, incluso asombrosamente ricos. No hay sólo una explicación a este contrasentido, pues si bien muchos ministros religiosos se aprovecharon de su prestigio e influencia para echar a andar importantes y lucrativos negocios, también muchos otros “nacieron en pañales de seda”, pues, al menos desde el siglo XVI al XIX, las familias pudientes asumían prácticamente como obligación “entregar” al menos a uno de sus hijos al “servicio de Dios”.
  4. El destino de los capitales de estos eclesiásticos es uno de los grandes misterios de la historia de Yucatán, como, seguramente de otras muchas latitudes. Acaso la vida del ya mencionado Justo Sierra, hijo no reconocido del padre José María Domínguez, nos alumbre un tanto al respecto. Muerto su padre cuando aún era un infante, la educación de Justo, como la de su hermano Manuel Antonio, quedaron a cargo, por vía testamentaria, del padre Antonio Fernández de Montilla, quien les dio la mejor formación que era posible en aquel Yucatán de inicios del siglo XIX. El padre Domínguez entonces, con el concurso de su colega Fernández, invirtió en su familia los bienes que logró en vida. Y Justo fue, además de un gran periodista y literato, un político de primer nivel precisamente en los tiempos de la Guerra de Castas. A su hermano Manuel Antonio le correspondió sustituir al asesinado López Constante en la importante vicaría de Valladolid, prueba de la influencia de la que gozaba la familia. ¿Cuántos otros casos, hasta ahora desconocidos, no habrán tenido un devenir semejante?

Como consejeros, como acaudalados empresarios, como padres de familia velados o como líderes de su comunidad, los ministros de la Iglesia Católica de Yucatán han sido actores políticos protagonistas de nuestra historia. En próximas introspecciones compartiremos algunas de estas actuaciones.

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Introspección histórica: ¿liberal o conservadora? La Iglesia yucateca en los albores de la Independencia

Mario Alejandro Valdez

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Verano de 1808. A Yucatán, como a todos los confines del Imperio Español, llegan noticias infaustas: la familia real se encuentra prisionera de Napoleón Bonaparte, tropas francesas controlan Madrid y las principales ciudades metropolitanas, muchos pueblos se han levantado en armas para resistir la invasión. Pero en América ¿dónde está el poder? ¿dónde está la legitimidad? Incluso los gobernantes y las élites criollas que controlan los ayuntamientos se harán estas preguntas a todo lo largo de Nuestra América, en un tiempo en que no pocos se decidieron por la Independencia y la libertad. También la Iglesia se cuestionó su proceder, y así como de su seno salieron patriotas como Hidalgo, Matamoros y Morelos, también hubo muchos religiosos que se mantuvieron fieles a la Corona y combatieron la insurgencia.

La Iglesia yucateca no fue la excepción. Al contrario: fue de las más distinguidas en aportar al debate y a la acción, si bien en nuestras tierras no hubo combates ni declaratorias abiertas hasta la consumación de 1821. En cambio, la gran cuestión fue el rumbo que debería tomar la Nación ante el vacío de poder. Unirse al francés fue una opción con pocos adeptos. Además de significar traición, para algunos significaba algo mucho peor: novedad. Porque los franceses, jefaturados por José Bonaparte-el célebre “Pepe Botella”, hermano de Napoleón- introdujeron a España sus leyes libertarias, su constitución, su parlamento, su laicismo. Muchos se inclinaron por la expectativa: guardar las formas para cuando regresara el Rey Fernando, al que llamaban “el deseado”. Ninguna novedad, ningún movimiento, conservadurismo total, con respeto irrestricto al absolutismo, aunque faltare la cabeza. En Yucatán esta fue la postura del Obispo Pedro Agustín Estévez y Ugarte, y de muchos de sus curas españoles y criollos. Pero también hubo otros que, a despecho de pertenecer a un cuerpo tradicional y privilegiado, buscaban el cambio, la libertad, la discusión de las ideas y, sobre todo, la renovación social y política, según las tendencias que primaban en la Europa Ilustrada, el liberalismo pues.

Dos sacerdotes yucatecos destacaron sobremanera como padres del liberalismo político en nuestra región: Vicente María Velázquez y Manuel Jiménez Solís, dos jóvenes presbíteros que brillaron en aquellos tiempos por su elocuencia y entusiasmo. Velázquez, que era capellán de la Ermita de San Juan, alojó en la sacristía de su templo una apasionada tertulia, en la que durante varias tardes y noches a la semana se leían y discutían las noticias y las ideas llegadas de Europa. Poco a poco aquella tertulia se fue formalizando en una agrupación conocida como Los Sanjuanistas, que buscaban, en aquellas condiciones de vacío de poder, ensanchar las libertades y la participación popular en las decisiones públicas, luchando por transformar a los súbditos en ciudadanos. Otros miembros destacados del foro Sanjuanista fueron José Matías Quintana-padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala.

El Obispo Estévez no veía con buenos ojos esas manifestaciones, y ordenó el cese de las reuniones en un espacio eclesiástico. Entonces el grupo se trasladó a una casa particular del mismo barrio, y hasta ella concurrían Velázquez y Jiménez, participando activamente en las primeras discusiones auténticamente políticas que tuvieron lugar en el Yucatán moderno. Así, cuando los liberales españoles lograron promulgar una constitución y establecer los Ayuntamientos representativos, electos en votaciones amplias, Los Sanjuanistas fueron el grupo dominante, y los padres Velázquez y Jiménez, si bien sin desempeñar cargos públicos de gobierno, continuaron siendo referentes en la ideología y consejeros en la práctica.

El Obispo Estévez y sus sacerdotes aliados, entre los que podemos mencionar a los padres Diego Hore, vicario de Valladolid, y Francisco de Paula Villegas, párroco de Hecelchakán, se mantuvieron fieles al absolutismo -aun cuando no había Rey que lo representara- y enfrentaron en debates públicos y por la vía de la prensa a los liberales Sanjuanistas, defendiendo los intereses tradicionales de la corporación, como la funcionalidad de la Inquisición y el mantenimiento de diezmos y obvenciones en su beneficio. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que fue en el seno de la Iglesia de aquella coyuntura en donde se dieron los debates más álgidos, las discusiones más fuertes, las reyertas verbales más enconadas.

Pero “el deseado” finalmente se liberó de la prisión napoleónica, y a su regreso, desconoció todo lo hecho en su nombre por los liberales españoles. Miles sufrieron cárcel o destierro, mientras las instituciones creadas fueron hechas añicos. ¿Qué pasó con los yucatecos Velázquez y Jiménez? Ante la amenaza del gobernador Manuel Artazo de procesarlos como a Zavala y a Quintana, el Obispo Estévez se adelantó y les decretó prisión eclesiástica. Recluidos cada uno en un convento diferente, los sacerdotes liberales fueron encausados, según el derecho canónigo, pero no suspendidos, por lo que continuaban oficiando misa en sus celdas, y se mantuvieron como parte de la Diócesis. De acuerdo con los testimonios de la época, el Obispo y los demás sacerdotes les guardaron respetuoso silencio, y aquella prisión fue más bien como un retiro. Apenas la presión monárquica se diluyó, el Obispo les sugirió a ambos pedir perdón y el sobreseimiento de sus causas por motivos de salud. Así lo hicieron, y recuperaron la libertad. Y cuando una nueva crisis sobrevino, marcando el fin de los tiempos coloniales, el propio Estévez, junto con Velázquez, Jiménez, Hore, Villegas y los demás curas residentes en Yucatán proclamaron la Independencia, aunque luego se volvieran a dividir en el ejercicio político.

Escuela de vida y escuela de política, la Iglesia colonial albergó a la vez tendencias liberales y conservadoras; independistas y colonialistas; constitucionalistas y absolutistas… Pero al final, casi siempre, prevaleció el espíritu de cuerpo, el sentido de identidad, la unión en torno a la jerarquía… Aún muy lejos de ser monolítica, la Iglesia en tiempos de crisis reacciona protegiéndose sobre sí misma, como veremos en otra coyuntura grave desatada pocas décadas después de la que hoy rememoramos.

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Introspección histórica: la Iglesia yucateca ante la Ilustración

Mario Alejandro Valdez

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En la primavera de 1780 arribó a Mérida el Dr. Luis de Piña y Mazo para hacerse cargo de la Diócesis de Yucatán. Su preparación teológica y las relaciones de su poderosa familia le permitieron llegar al obispado con el aval del rey Carlos III, el gran reformador borbónico de España y uno de los monarcas más ilustrados de su tiempo. Católico nominal, el gobernante hispano era poco afecto a la Iglesia y, en consecuencia, su ministerio estuvo dominado por hombres que pretendieron, siguiendo los principios absolutistas, someter al cuerpo eclesiástico al poder real. En este contexto, el papel desempeñado por los obispos, que debían su nombramiento al acuerdo entre el papa romano y el rey español, fue crucial. El conflicto fue especialmente crudo después de 1760, cuando Carlos III vigorizó sus esfuerzos por reformar el Imperio español y expandir el poder monárquico sobre la nobleza, la iglesia y las oligarquías criollas de América.

Piña y Mazo, sin ser noble, sí pertenecía a una de las familias privilegiadas de la metrópoli, y desde el inicio de su gobierno diocesano se dedicó a defender los espacios religiosos que la Reforma Borbónica pretendía ocupar. A principios de la década de 1790, los conflictos estallaron cuando el gobierno local fue ocupado por Lucas de Gálvez, un obstinado militar miembro de una poderosa élite ilustrada, es decir, parte del grupo contrario al obispo yucateco. Cuando Gálvez, en ejercicio de su mandato como Intendente-un cargo creado por las Reformas Borbónicas para fortalecer el poder del gobernador-ordenó a sus subdelegados establecer escuelas de primeras letras en las cabeceras de sus partidos, Piña y Mazo mandó a sus sacerdotes obstaculizar el proyecto, y representó ante el Rey y el Consejo de Indias por lo que consideró una invasión de sus funciones.

Cuando este litigio aún comenzaba a desahogarse, algunos sacerdotes descubrieron actos idolátricos en el sur de la provincia, cerca de Tekax, y procedieron a combatirlos según sus creencias y herramientas, con prisiones y castigos corporales. Enterado, Gálvez ordenó la libertad de los encausados y se burló de las supersticiosas creencias de los curas, a los que llamó “embusteros” e “ignorantes” en dura correspondencia con el Obispo Piña. Éste montó en cólera y volvió a denunciar al superior político de Yucatán.

Un tercer pleito se incoó cuando Gálvez pretendió despojar a los franciscanos de ciertos ingresos, aduciendo que le correspondían a la Corona. Nuevamente Piña representó, y nuevamente las acciones del gobernante quedaron en entredicho. Luego vino una doble paradoja: Gálvez, el temible enemigo de la Iglesia yucateca, fue asesinado por órdenes del clan Quijano, una poderosa familia criolla muy católica. El hecho, en un principio, hasta pudo parecerle conveniente al Obispo Piña, pero en realidad lo laceró más aún, pues los maquiavélicos Quijano convirtieron a Toribio del Mazo, sobrino de don Luis, en el “chivo expiatorio” perfecto para cargar con el crimen. Entonces el Obispo reaccionó con virulencia, amenazando a tirios y troyanos con tal de librar a su querido pariente, llegando al grado de amagar con revelar secretos de confesión para conseguir su exoneración.

Fueron dos largos años en los que el poderoso y anciano Obispo estuvo luchando por salvar a su sobrino de lo que parecía una muerte segura, pues las pruebas en su contra eran sólidas y reiteradas. Piña movió cielo y tierra en la provincia, en la Audiencia de México y en la Corte, sin lograr más que retrasar lo que parecía inevitable. La fragorosa batalla terminó por minar la salud del diocesano, quien falleció el 22 de noviembre de 1795, sólo unos pocos días antes de que su sobrino Toribio fuera conducido a la prisión de San Juan de Ulúa, de donde se esperaba no saliera jamás.

Lo interesante del caso, desde la perspectiva que lo abordamos en esta ocasión, es que, pese a que el Obispo amenazó con revelar secretos de confesión para lograr declaraciones favorables a su pariente, en realidad varios de los implicados, incluso una de las Quijano, sí habían confesado su participación en el crimen ante sacerdotes que debían obediencia a Piña. Y dichos curas no sólo guardaron el secreto de confesión aún ante su propio superior en un caso de su máximo interés, sino que les recomendaron callar a los conspirados, con las solas excepciones de que don Toribio fuera condenado a muerte, o estuviera en peligro de fallecer en prisión. Aquellos sacerdotes ¿actuaron de esa manera en apego al derecho canónigo o a sus intereses terrenales? Al caso, es pertinente recordar que el poder y la riqueza de los Quijano eran fabulosos, por lo que tal vez para algunos curas fuera preferible desobedecer a su prelado que desafiar a sus benefactores económicos.

Pero, con el paso del tiempo, un lustro después de la muerte del Obispo Piña, Bernardo Lino Rejón, uno de los cómplices, se acusó, y develó el complot ante el alcalde de Mérida. Y aunque el gobernador intentó cubrir los hechos, la denuncia llegó hasta el virrey, dando el caso un dramático giro, que permitió a don Toribio del Mazo alcanzar la libertad y su reivindicación.

Los testimonios documentales de la vida del Obispo Piña nos lo presentan como un hombre enérgico, colérico, de gran energía, comprometido a defender lo que para él eran los derechos tradicionales de la Iglesia Católica. Su gestión, sin embargo, estaba perdida: en un mundo en el que el poder sobrenatural tendía a desaparecer y los poderes terrenales a vigorizarse, ni siquiera los demás miembros de su institución hicieron causa común con él. Incapaz de detener el influjo de las Reformas Borbónicas sobre su diócesis, incapaz incluso de defender la inocencia de su propia sangre, traicionado incluso por sus propios sacerdotes, Piña murió en una lastimosa soledad. Él ya no vio más episodios, pero la resistencia eclesiástica ante el Estado moderno continuó por mucho tiempo, y tuvo en el proceso de Independencia, desarrollado 15 años después de su fallecimiento, uno de sus hitos sorprendentes y contradictorios, como veremos en próxima introspección.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: una Iglesia pobre con ministros ricos

Mario Alejandro Valdez

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Al finalizar el siglo XVIII, la familia Quijano era la más poderosa y acaudalada de Yucatán. En poco menos de medio siglo habían desplazado contundentemente a la oligarquía tradicional, descendiente de conquistadores, y habían construido una fortuna fabulosa, comparable a los estándares de las grandes ciudades novohispanas. Pero ¿Cómo habían logrado dicha hazaña los Quijano en una tierra sin minas y con una productividad ínfima para los cultivos comerciales? Adivinó Ud: por medios ilegales, en particular el contrabando y la venta clandestina de alcohol.

Para el último cuarto del siglo XVIII, los Quijano habían llegado a la cúspide económica y social de Yucatán a través de sus ilícitas actividades, y sus enormes recursos les habían permitido hacer alianzas con otras familias poderosas, y con cada uno de los gobernadores que llegaron allende los mares. Todo marchaba a pedir de boca, hasta el advenimiento del gobernador Lucas de Gálvez, quien con el mandato de las Reformas Borbónicas, trató de meter en cintura a unas élites que cada vez tenían más poder, influencias y, sobre todo, dinero. Gálvez formaba parte de una familia española poderosísima, en la que figuraron ministros y virreyes, y no estuvo dispuesto a negociar con quienes le parecían enemigos de poca monta.

En la primavera de 1792, Gálvez tuvo en sus manos pruebas irrefutables de que los orgullosos Quijano no eran sino unos bandidos que defraudaban a la Corona y estaban aliados con piratas y contrabandistas. Con los “pelos de la burra” en la mano, le ordenó a su secretario, un militar español con años de residencia en Yucatán, realizar una investigación secreta y llegar hasta el fondo del asunto. Gálvez estaba seguro de que las pesquisas le permitirían encausar a una de las familias novohispanas más notables, la más poderosa de toda el área bajo su jurisdicción.

Fue un tremendo error: el secretario corrió presuroso, pero no a cumplir con el mandato del gobernador, sino a advertir a los Quijano, de cuya clientela formaba parte desde muchos años antes. Quien reaccionó con mayor virulencia fue ni más ni menos que el Padre José Tadeo Quijano, quien además de sacerdote era un poderoso hacendado meridano. El cura entonces armó una conspiración, seguramente con el aval de sus hermanos, que terminó con la vida de aquel enérgico gobernador. Con el paso del tiempo, José Tadeo fue enjuiciado, pero el poder de su familia era tan grande que fue declarado inocente, pese a la multitud de evidencias condenatorias que podemos encontrar en el proceso, que se encuentra tanto en archivos españoles como mexicanos.

¿Un sacerdote líder de la conspiración para asesinar a un gobernador? ¿En la pobre Iglesia yucateca? Como apuntamos en la anterior introspección, en el Yucatán colonial fue común que, pese a las escasas rentas de la Iglesia local, muchos de sus sacerdotes pertenecieran a los estratos más poderosos y acaudalados de la sociedad yucateca, como el caso mencionado de José Tadeo Quijano, quien por cierto falleció tranquilamente, en los primeros años del siglo XIX, en el ejercicio de su ministerio, sin recibir la menor sanción eclesiástica por los hechos criminales en los que sin duda participó.

Es claro que José Tadeo Quijano, aún siendo sacerdote, era parte de una compleja y poderosa red de contrabandistas y traficantes de alcohol, y que, como tal, defendió los intereses de su clan hasta el extremo. Era un hombre muy rico e inescrupuloso, que no vaciló en llegar hasta el pecado mayúsculo con tal de defender sus intereses. ¿Fue un caso aislado? ¡De ningún modo! Tan sólo en el proceso seguido por el asesinato de Lucas de Gálvez nos encontramos a una decena de sacerdotes actuando como cómplices o encubridores del crimen, sin la más mínima preocupación por las consecuencias espirituales de sus acciones.

Unos pocos años antes del asesinato de Gálvez, don Juan Esteban Quijano y García, patriarca de la familia, construyó de su peculio el hermoso templo que aún se enseñorea en el céntrico barrio de San Sebastián, en el corazón de nuestra Ciudad de Mérida. El obispo recibió con gran algarabía la obra, seguramente financiada con dineros provenientes de la ilegalidad. ¿Será que el prelado ignoraba el oscuro origen de dichos recursos? Un siglo después, el obispo historiador Crescencio Carrillo y Ancona hasta creó una bella leyenda, publicada con el título de  “Un rayo de luz”, para glorificar el legado religioso de don Juan Esteban, a pesar de saber que la obra fue realizada con ganancias producidas por actos criminales, y de conocer -sería muy ingenuo pensar que lo ignoraba, siendo un historiador tan acucioso-que los Quijano eran unos rufianes que jamás se tentaron el corazón para eliminar a quienes amenazaban sus intereses.

¿Yucatán conservador? ¿La tierra donde nunca pasa nada? ¿Sede de una Iglesia humilde y dedicada a sus menesteres espirituales? ¡Nada de eso! ¡Al contrario! La escasez de recursos del medio motivó una competencia feroz por el control de los mismos, una lucha en la que no se pararon mientes ni se respetaron límites. En ese contexto, la Iglesia, actor social, económico y político de privilegio, defendió sus intereses con las uñas, sin pedir ni dar cuartel. Muy lejos de la mansedumbre cristiana, los sacerdotes acaudalados, como José Tadeo Quijano, estuvieron siempre dispuestos a defender sus privilegios a toda costa… Aquí les compartiremos algunas de sus historias.

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