La política en Yucatán
Introspección histórica: la Iglesia yucateca ante la Ilustración
Publicado
hace 6 añosen
En la primavera de 1780 arribó a Mérida el Dr. Luis de Piña y Mazo para hacerse cargo de la Diócesis de Yucatán. Su preparación teológica y las relaciones de su poderosa familia le permitieron llegar al obispado con el aval del rey Carlos III, el gran reformador borbónico de España y uno de los monarcas más ilustrados de su tiempo. Católico nominal, el gobernante hispano era poco afecto a la Iglesia y, en consecuencia, su ministerio estuvo dominado por hombres que pretendieron, siguiendo los principios absolutistas, someter al cuerpo eclesiástico al poder real. En este contexto, el papel desempeñado por los obispos, que debían su nombramiento al acuerdo entre el papa romano y el rey español, fue crucial. El conflicto fue especialmente crudo después de 1760, cuando Carlos III vigorizó sus esfuerzos por reformar el Imperio español y expandir el poder monárquico sobre la nobleza, la iglesia y las oligarquías criollas de América.
Piña y Mazo, sin ser noble, sí pertenecía a una de las familias privilegiadas de la metrópoli, y desde el inicio de su gobierno diocesano se dedicó a defender los espacios religiosos que la Reforma Borbónica pretendía ocupar. A principios de la década de 1790, los conflictos estallaron cuando el gobierno local fue ocupado por Lucas de Gálvez, un obstinado militar miembro de una poderosa élite ilustrada, es decir, parte del grupo contrario al obispo yucateco. Cuando Gálvez, en ejercicio de su mandato como Intendente-un cargo creado por las Reformas Borbónicas para fortalecer el poder del gobernador-ordenó a sus subdelegados establecer escuelas de primeras letras en las cabeceras de sus partidos, Piña y Mazo mandó a sus sacerdotes obstaculizar el proyecto, y representó ante el Rey y el Consejo de Indias por lo que consideró una invasión de sus funciones.
Cuando este litigio aún comenzaba a desahogarse, algunos sacerdotes descubrieron actos idolátricos en el sur de la provincia, cerca de Tekax, y procedieron a combatirlos según sus creencias y herramientas, con prisiones y castigos corporales. Enterado, Gálvez ordenó la libertad de los encausados y se burló de las supersticiosas creencias de los curas, a los que llamó “embusteros” e “ignorantes” en dura correspondencia con el Obispo Piña. Éste montó en cólera y volvió a denunciar al superior político de Yucatán.
Un tercer pleito se incoó cuando Gálvez pretendió despojar a los franciscanos de ciertos ingresos, aduciendo que le correspondían a la Corona. Nuevamente Piña representó, y nuevamente las acciones del gobernante quedaron en entredicho. Luego vino una doble paradoja: Gálvez, el temible enemigo de la Iglesia yucateca, fue asesinado por órdenes del clan Quijano, una poderosa familia criolla muy católica. El hecho, en un principio, hasta pudo parecerle conveniente al Obispo Piña, pero en realidad lo laceró más aún, pues los maquiavélicos Quijano convirtieron a Toribio del Mazo, sobrino de don Luis, en el “chivo expiatorio” perfecto para cargar con el crimen. Entonces el Obispo reaccionó con virulencia, amenazando a tirios y troyanos con tal de librar a su querido pariente, llegando al grado de amagar con revelar secretos de confesión para conseguir su exoneración.
Fueron dos largos años en los que el poderoso y anciano Obispo estuvo luchando por salvar a su sobrino de lo que parecía una muerte segura, pues las pruebas en su contra eran sólidas y reiteradas. Piña movió cielo y tierra en la provincia, en la Audiencia de México y en la Corte, sin lograr más que retrasar lo que parecía inevitable. La fragorosa batalla terminó por minar la salud del diocesano, quien falleció el 22 de noviembre de 1795, sólo unos pocos días antes de que su sobrino Toribio fuera conducido a la prisión de San Juan de Ulúa, de donde se esperaba no saliera jamás.
Lo interesante del caso, desde la perspectiva que lo abordamos en esta ocasión, es que, pese a que el Obispo amenazó con revelar secretos de confesión para lograr declaraciones favorables a su pariente, en realidad varios de los implicados, incluso una de las Quijano, sí habían confesado su participación en el crimen ante sacerdotes que debían obediencia a Piña. Y dichos curas no sólo guardaron el secreto de confesión aún ante su propio superior en un caso de su máximo interés, sino que les recomendaron callar a los conspirados, con las solas excepciones de que don Toribio fuera condenado a muerte, o estuviera en peligro de fallecer en prisión. Aquellos sacerdotes ¿actuaron de esa manera en apego al derecho canónigo o a sus intereses terrenales? Al caso, es pertinente recordar que el poder y la riqueza de los Quijano eran fabulosos, por lo que tal vez para algunos curas fuera preferible desobedecer a su prelado que desafiar a sus benefactores económicos.
Pero, con el paso del tiempo, un lustro después de la muerte del Obispo Piña, Bernardo Lino Rejón, uno de los cómplices, se acusó, y develó el complot ante el alcalde de Mérida. Y aunque el gobernador intentó cubrir los hechos, la denuncia llegó hasta el virrey, dando el caso un dramático giro, que permitió a don Toribio del Mazo alcanzar la libertad y su reivindicación.
Los testimonios documentales de la vida del Obispo Piña nos lo presentan como un hombre enérgico, colérico, de gran energía, comprometido a defender lo que para él eran los derechos tradicionales de la Iglesia Católica. Su gestión, sin embargo, estaba perdida: en un mundo en el que el poder sobrenatural tendía a desaparecer y los poderes terrenales a vigorizarse, ni siquiera los demás miembros de su institución hicieron causa común con él. Incapaz de detener el influjo de las Reformas Borbónicas sobre su diócesis, incapaz incluso de defender la inocencia de su propia sangre, traicionado incluso por sus propios sacerdotes, Piña murió en una lastimosa soledad. Él ya no vio más episodios, pero la resistencia eclesiástica ante el Estado moderno continuó por mucho tiempo, y tuvo en el proceso de Independencia, desarrollado 15 años después de su fallecimiento, uno de sus hitos sorprendentes y contradictorios, como veremos en próxima introspección.
La política en Yucatán
Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XV)
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 29, 2021
El lunes 6 de noviembre de 1911, Francisco Madero y José María Pino Suárez juraron ante el Congreso de la Unión como Presidente y Vicepresidente Constitucionales de los Estados Unidos Mexicanos para concluir el período 1910-1916, que había iniciado como Jefe del Ejecutivo el Gral. Porfirio Díaz. Ello significaba, de jure, la aceptación de la legalidad de la elección de Díaz y, paradójicamente, colocaba fuera de la ley al propio Madero y su convocatoria del 20 de noviembre. El conservador periódico El Imparcial leyó a la perfección los acontecimientos, y así lo editorializó al día siguiente de la ceremonia:
“La Revolución deja desde ahora de ser una palabra de significación actual en la vida política de la República Mexicana. LA REVOLUCIÓN NO EXISTE YA, [el resalte en mayúsculas es nuestro] acaba de morir, acaba de extinguirse, acaba de transformarse en el gobierno constituido, y de dejar, por lo mismo, inquietudes, para entrar, consciente de sus deberes, y con la serenidad necesaria en su nueva y alta función: la de encaminar honrosa y decorosamente al país hacia un constante y definido progreso”.
El tema había sido furiosamente discutido en las negociaciones de Ciudad Juárez. Carranza y Pino Suárez encabezaron a quienes se negaban a transigir y urgían el pleno reconocimiento del Plan de San Luis; pero Francisco Madero, a través de sus familiares, logró que prevaleciera la idea de mantener el orden constitucional, aceptar la renuncia de Díaz como si hubiera sido un asunto de salud y no consecuencia de una Revolución, y permitir la vigencia de las estructuras del Antiguo Régimen. En ese contexto, uno de los Jefes más importante del Ejército Federal fue el Gral. Victoriano Huerta, sanguinario perseguidor de los mayas de la Guerra de Castas a fines del siglo XIX y principios del XX, y feroz represor de lo que los porfiristas y la gente de bien llamaban las hordas zapatistas.
Durante los quince meses del gobierno maderista, Francisco Madero fue el perene optimista, que siempre veía el lado bueno de las cosas y jamás las amenazas; en tanto que José Maria Pino Suárez fue el puntilloso analista que advertía los peligros que se cernían sobre la nueva administración. Madero era el atrevido, Pino el cauto; Madero el arrojado, Pino el prudente… Al final, como casi siempre, prevalecía la opinión de la máxima autoridad, y así pronto se materializaron las palabras que en Ciudad Juárez pronunció Carranza: “Revolución que transa es Revolución perdida”.
El gobierno de Francisco Madero terminó estrepitosa y trágicamente… El 9 de febrero de 1913, una importante sección del Ejército Federal se sublevó en su contra. Los leales obtuvieron victorias importantes, pero la fatalidad intervino, encarnándose en el Gral. Huerta, quien por herida del Gral. Lauro Villar, quedó accidentalmente al mando de la Ciudad de México. Pronto el llamado chacal consumó la traición, y tanto el Presidente como el Vicepresidente fueron tomados prisioneros. Aún en esas condiciones, Madero continuó haciendo alarde de optimismo, incapaz de reconocer la gravedad de la situación. Angustiado y sin esperanzas, Pino Suárez le escribió a su amigo Serapio Rendón Alcocer la mañana del viernes 21:
“Dispensa que te escriba con lápiz, pero no he logrado que nuestros carceleros me proporcionen una pluma. Como sabes, hemos sido obligados a renunciar a nuestros respectivos cargos de Presidente y Vicepresidente de la República, pero no por eso están a salvo nuestras vidas. Creo que peligran aún más que antes. Nunca estuve de acuerdo en esas renuncias precipitadas, pero el Presidente insistió”.
Sin faltar a la lealtad al entrañable amigo y Jefe, Pino Suárez hizo constar a Rendón, entonces diputado, la ingenua actitud de Madero, y las previsibles consecuencias de la misma:
“… yo no soy tan optimista como el Presidente Madero respecto a que Huerta cumplirá su palabra de respetar nuestras vidas. ¿Por qué ese afán de confiar en alguien como Huerta? Temo lo peor, y en caso de que suceda, te ruego que hables con María, mi esposa, sobre las circunstancias trágicas de mi muerte”.
En la epístola que terminó siendo su testamento sentimental, el poeta romántico se condolió, ante su martirio, de la difícil coyuntura en la que quedaría su compañera de vida:
“La pobre quedará sola, con apenas unos cuantos pesos ahorrados, y seis hijos a los cuales criar y educar”.
Emocionado seguramente hasta las lágrimas, Pino Suárez cerró su carta con una frase lapidaria:
“… la política me endilgó un sueño que en realidad era una pesadilla”.
Unas cuantas horas después, durante la noche del sábado 22, Madero y Pino Suárez fueron ignominiosamente ejecutados a escasos metros de la Penitenciaria de Lecumberri… Serapio Rendón entregaría la emotiva correspondencia a doña María Cámara Vales, esposa de José María, y, a la vuelta de unas cuantas semanas, él mismo sería asesinado en esa horrible danza de sangre en la que se convirtió la feroz dictadura de Victoriano Huerta. Así terminó aquel hermoso proyecto revolucionario, aunque luego otros hombres y mujeres de Yucatán y de toda la Nación lo impulsaron a mejores puertos… Dieciocho meses después de los asesinatos, el revolucionario progreseño Lino Muñoz Nogueira tomaría a sangre y fuego el Puerto de Progreso, ejecutaría al Jefe Político huertista y se acercaría a la residencia de la viuda del poeta en homenaje a su martirio. Luego vendrían los tiempos de Alvarado y Carrillo Puerto, pero esos son otros temas…
Con esta introspección, la número 90 publicada de manera ininterrumpida en Informe Fracto, culminamos la primera etapa de este feliz esfuerzo. Hemos repasado, durante estos casi dos años, muchísimos episodios y procesos de la historia de nuestro querido Yucatán… muchos más se quedan en el tintero, seguramente en próximos tiempos podremos compartirlos con ustedes. Aprovecho las últimas líneas de esta final introspección -repito, final de esta primera etapa- para agradecer al gran amigo Carlos Bojórquez Urzaiz, hermano de luchas ideológicas y pesquisas históricas, por su invitación para incluir un espacio de reflexión historiográfica semanal. ¡Hasta siempre!
La política en Yucatán
Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIV)
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 23, 2021
En los días previos al domingo 20 de noviembre de 1910, José María Pino Suárez participó en varias reuniones con campesinos y rancheros de la región de Tenosique; también recibió la visita de varios agentes maderistas de Yucatán y Campeche. Se trataba de los preparativos de una revolución, pero el poeta tabasqueño no era un hombre de acción ni de estrategia: los agentes maderistas fueron detenidos apenas pisaron el Estado de Campeche, quedando al descubierto su plan. Tampoco en Tabasco se logró una movilización significativa, y Pino Suárez optó por el exilio, cruzando la frontera guatemalteca en los primeros días de diciembre, de donde pasó a Belice, y de ahí a los Estados Unidos, donde se unió a la dirigencia del movimiento revolucionario.
Francisco Madero lo comisionó para insurreccionar la península de Yucatán, tarea en la que se encontraba cuando el líder revolucionario le ordenó se uniera a su padre y a otros dirigentes para encabezar las negociaciones de Ciudad Juárez, en mayo de 1911, que dieron como resultado los tratados que sellaron la caída del gobierno de Porfirio Díaz. Según las crónicas del proceso, Pino Suárez se destacó por su energía y habilidad con la palabra, confirmando que en este campo, y no en el accionar militar, se encontraban sus mayores talentos.
Tras la renuncia del dictador, los gobernadores porfiristas fueron sustituidos por revolucionarios en todos los Estados. Para nadie fue sorpresa que el designado para gobernar Yucatán fuera don José María, quien tomó posesión del cargo el 5 de junio, diez días después de la salida de don Porfirio. A su llegada fue recibido con vítores por sus partidarios, pero con prudente reserva por los morenistas-cantonistas, que eran mayoría en gran parte de las poblaciones yucatecas. El nuevo gobernador anunció la paulatina liberación de los peones de las haciendas, así como una profunda reforma educativa, lo que provocó expectación entre los hacendados henequeneros, quienes, si bien mostraron disposición para trabajar con la nueva administración, también esperaban mantener sus privilegios y el bajo costo de su mano de obra.
Entre tanto, Madero ordenó la realización de elecciones extraordinarias para formalizar los nombramientos de gobernadores. Las de Yucatán se programaron para septiembre, eligiéndose a Pino como candidato, por lo que renunció a su puesto para realizar su campaña. Los morenistas-cantonistas, ahora también declarados maderistas, lanzaron la candidatura de Delio Moreno Cantón, aprovechando la estructura política que su tío, el Gral. Francisco Cantón, había construido desde hacía décadas.
La campaña fue muy breve, pero también muy ruda. Los morenistas-cantonistas dominaban la mayoría de las poblaciones rurales, y tenían una presencia muy vigorosa en las ciudades. Los hacendados se dividieron, pero los más poderosos le apostaron a Moreno Cantón, confiando en el conservadurismo de su facción. El día de las elecciones menudearon los enfrentamientos, y la prensa, bajo influencia conservadora, reportó presiones policiacas a favor de Pino Suárez y fraude descarado. Sea como fuere, el resultado oficial favoreció al maderista, quien regresó al poder, ahora como Gobernador Constitucional, el 8 de octubre. Lo cierto es que, para variar, Yucatán se presentaba como un caso sui generis en el país, con la prensa y gran parte de los actores políticos manifestando su abierta oposición al gobernador maderista, pese a proclamarse abiertamente a favor de Madero. De cualquier manera, el gobierno de Pino Suárez en Yucatán fue extraordinariamente fugaz: pese a tomar posesión en la fecha antes mencionada, desde una semana antes había participado, como candidato a la Vicepresidencia de la República, en la elección federal extraordinaria emanada de los Tratados de Ciudad Juárez. Ratificado para ese cargo el 15 de octubre, lo juró en el Congreso de la Unión el lunes 6 de noviembre, iniciando así el postrer capítulo de su vida.
La política en Yucatán
Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIII)
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 15, 2021
Una empatía muy particular nació entre aquellos dos hombres tan disímbolos. Madero, el hombre del Norte, procedente de una de las familias acaudaladas de Coahuila, terrateniente, con estudios en Europa y vínculos con la teosofía y el espiritismo; Pino Suárez, el hombre del Sur, un abogado con los pies en la tierra, literato, clase mediero, de un catolicismo discreto… Pese a las diferencias, el vínculo fue inmediato, y ante las renuencias y ambigüedades del periodista Carlos Ricardo Menéndez González, José María fue designado por Madero, en aquel junio de 1909, como su representante en Yucatán.
Apenas salió Madero de Yucatán, Pino Suárez inició su labor, fundando decenas de clubes antirreeleccionistas en las principales poblaciones del Estado. En esas condiciones, y ante la proximidad de las elecciones para renovar el Poder Ejecutivo local, el tabasqueño aceptó la candidatura por las agrupaciones maderistas para enfrentar a Enrique Muñoz Arístegui, candidato oficial y gobernador interino, y al abanderado cantonista Delio Moreno Cantón, sobrino del Gral. Francisco Cantón Rosado.
A inicios de octubre de aquel 1909, y reconociendo el débil impacto de su candidatura, Pino Suárez ofreció su apoyo a Moreno Cantón, con la única condición de que éste reconociera el liderazgo nacional de Francisco Madero y se comprometiera a trabajar por su proyecto. Moreno Cantón, quien en realidad continuaba apoyando a don Porfirio pese a oponerse al candidato porfirista a nivel local, rechazó la propuesta, pero las alarmas sobre las consecuencias de una posible alianza resonaron en el Palacio de Gobierno, desde donde Muñoz Arístegui ordenó desatar una represión abierta, acusando a morenistas y pinistas del delito de rebelión. Muchos líderes y militantes de estas agrupaciones fueron detenidos, aunque tanto don Delio como don José María evitaron la prisión saliendo de Yucatán. Pino Suárez encontró refugio en su Tenosique natal, donde pasó varios meses. Sin oposición, el porfirista Muñoz Arístegui arrasó con la elección y tomó posesión de un nuevo período de gobierno en febrero de 1910.
Pino Suárez, entre tanto, mantuvo contacto con Madero, quien lo convocó a la Ciudad de México para participar en la Gran Convención Antirreeleccionista que se celebró el siguiente mes de abril. Durante aquellas reuniones, Madero anduvo siempre muy cerca de José María, e incluso intentó fuera desde aquella ocasión su candidato a la Vicepresidencia, puesto para el que fue electo Francisco Vázquez Gómez, quedando el tabasqueño como candidato a una de las magistraturas de la Suprema Corte de Justicia.
Mayo y junio fueron meses febriles en la campaña presidencial, y Pino Suárez acompañó a Madero a varios puntos de su gira por la república, aunque no se encontraba con él cuando fue detenido, unos cuantos días antes de la jornada electoral, en San Luis Potosí. Aquella detención, como es fácil comprender, ocasionó un auténtico caos en las filas antirreleccionistas. Muchos líderes salieron del país, refugiándose en poblaciones fronterizas con los Estados Unidos; otros se hicieron “ojo de hormiga” y comenzaron a actuar en la clandestinidad. El propio Madero, cuya prisión se relajó después de consumado el fraude electoral que permitió la reelección de Díaz, estuvo entre los primeros; José María Pino Suárez pasó lista entre los segundos, ocultándose, como en octubre anterior, a la vera del Usumacinta, en su querido Tenosique natal. Allí se encontraba la tarde del 20 de noviembre, la fecha proclamada por Madero para iniciar un levantamiento armado que expulsara al anciano Díaz del poder presidencial.
