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La política en Yucatán

Introspección histórica: las Iglesias no católicas frente al poder

Mario Alejandro Valdez

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Durante las últimas semanas hemos apuntado algunos hechos y procesos políticos en los que la Iglesia Católica tuvo una actuación relevante en la historia de Yucatán. Para una visión más completa del fenómeno religioso y su implicación en la política, ahora pretendemos referirnos a los cultos NO católicos que, establecidos formalmente como credos religiosos, han interactuado en las luchas por el poder temporal particularmente desde mediados del siglo XIX hasta el presente. En este contexto, fijaremos nuestra atención en dos de estas formaciones, que son las que hasta ahora han alcanzado mayor relevancia y consistencia: los espíritas, de gran importancia en el último cuarto del siglo XIX, y los presbiterianos, llegados a Yucatán por ese tiempo, y que alcanzaron su mayor actividad pública durante los años revolucionarios, para posteriormente, si bien mantenerse en actividad e influencia, haber disminuido notablemente su importancia -desde nuestro punto de vista-dada la conjunción de diversos factores, que en su momento puntualizaremos. Nos parece pertinente, además, hacer abstracción en este espacio de la masonería, un grupo fundamental en la actividad política, y que ha sido estudiado, equivocadamente a nuestro parecer, como parte de la disidencia religiosa, con cierto parentesco con el protestantismo, y el pensamiento mágico, que presenta una extraordinaria diversidad de matices, orígenes, influencias y desarrollos. Ambos temas serán abordados en posteriores introspecciones.

El movimiento espírita o espiritista fue un fenómeno de carácter mundial que comenzó a desarrollarse desde el siglo XVIII, pero alcanzó sus más altas cuotas en la segunda mitad del siglo XIX, con la emblemática figura del francés Allan Kardec (1804-1869), su gran sistematizador. Fue básicamente un movimiento de élites “blancas”, traído a América fundamentalmente por los hijos de las familias criollas más poderosas que regresaban de estudiar en Europa, siendo el caso más representativo en nuestro país el mismísimo Francisco Madero, de quien se decía que, siendo presidente, consultaba sus más importantes decisiones con el espíritu de Benito Juárez. En Yucatán, los principales propagadores del espiritismo fueron los hermanos G. Cantón, poderosos hacendados y financieros, a cuyas reuniones asistían la crema y nata de la oligarquía henequenera en el último cuarto de la centuria decimonónica. El descubrimiento de varios escandalosos fraudes en los últimos años de aquel siglo y los primeros del siguiente restaron presencia a esta creencia que llegó a preocupar hondamente a la Iglesia Católica, sobre todo cuando fue moda principal entre la “juventud dorada” de las familias privilegiadas de Yucatán.

En 1877, el entonces influyente espiritismo dio calurosa bienvenida a los primeros misioneros presbiterianos. En noviembre de aquel año, el semanario La Ley de amor, del espírita Rodulfo G. Cantón escribía “Nosotros, que respetamos sinceramente todas las creencias y amamos a todas las personas que dedican sus tareas al bien de la humanidad, saludamos amigablemente al Sr. Reverendo don Maxwell Philips y a su apreciable familia”. Se trataba de la vanguardia del presbiterianismo yucateco, cuya lenta pero inexorable expansión terminó, precisamente, por debilitar la creencia espírita. Huelga señalar que los presbiterianos para nada “amaban a todas las personas”, y mucho menos a esos espíritas que tan agradable bienvenida les habían dado. Los presbiterianos, la primera congregación protestante llegada a Yucatán, manifestó desde sus primeros tiempos una marcada intolerancia contra cualquier otro culto religioso -por supuesto contra los católicos, pero igualmente frente a los espíritas, libres pensadores y ateos- así como una abierta tendencia a establecer vínculos con el poder.

Y el poder porfirista se avino bien a esta relación hasta el fin del siglo XIX, cuando llegó a la gubernatura el conservador católico Francisco Cantón y, posteriormente, ya a principios del siglo XX, el neocatólico Olegario Molina Solís, nominalmente un liberal, pero estratégicamente vinculado con la Iglesia Católica para la protección de sus fuertes intereses henequeneros. No hubo persecución ciertamente, pero el culto presbiteriano entró en un período de languidez en la primera década del siglo XX y los tiempos maderistas. La oportunidad de saltar de nuevo con vigor a la esfera pública la vieron con la llegada de Salvador Alvarado y su “Revolución desde fuera”.

Con el arzobispo Trischler y la clerecía católica fuera de combate, los presbiterianos creyeron que su momento había llegado. De hecho su principal líder, el ministro Plácido Lope, encontró trabajo en el gobierno alvaradista, primero como uno más de sus agentes de propaganda, y luego como jefe de la sección. Pero en 1917, los reportes sobre el trabajo de Plácido le cambiaron el ambiente en el gobierno revolucionario: de acuerdo con varios comandantes militares, Lope aprovechaba las asambleas que presidía a nombre del gobierno para hacer propaganda presbiteriana, con muy malos resultados. En Chemax, por ejemplo, prácticamente tuvo que salir huyendo ante el rechazo concitado por su discurso entre los campesinos mayas. En esa combativa población, Lope discursó enérgicamente contra el alcohol, las corridas de toros y las fiestas con santos, diciendo que todo eso era un robo, un engaño para enriquecer a los sacerdotes. Pero uno de los campesinos lo interrumpió y le gritó “ya lo sabemos, pero eso queremos y nadie nos lo va a quitar”. La mayoría de los asistentes secundó al maya, y Lope tuvo que optar por retirarse.

La relación entre presbiterianos y el gobierno alvaradista, que pareció promisoria en 1915-1917, terminó de manera muy amarga. El militar sinaloense le negó a los presbiterianos todas sus peticiones, argumentando la necesidad de esperar la reglamentación del artículo 130 constitucional. Tras la salida de Alvarado del gobierno y del Estado, Carrillo Puerto de plano cortó toda relación con esta religión, navegando entre la necesidad de permitir el ejercicio del culto católico y el impulso por fomentar el credo socialista, enemigo de las visiones sobrenaturales.

Cierto avance se logró durante La Cristiada en años de posteriores, en los que, como vimos en introspección pasada, los gobiernos estatales, acorde a la política nacional, desarrollaron una tersa cohabitación con la Iglesia Católica. Algunos sectores del PRI, sobre todo en poblaciones rurales y colonias pobres de las ciudades, comenzaron a hacer alianzas con líderes presbiterianos y de otros cultos cristianos (evangélicos, bautistas, pentecostales) que comenzaron a proliferar desde mediados del siglo XX, y este sector de la población se convirtió en “voto duro” priísta, sobre todo ante el crecimiento del conservador Partido de Acción Nacional, muy vinculado a la Iglesia Católica. Los ministros cristianos solían, en aquellos tiempos, y aún a fines del siglo pasado, advertir a su feligresía que de llegar los panistas al gobierno los perseguirían. Aquella retórica finalmente cesó cuando llegaron los blanquiazules sin que la amenaza se materializara.

¿Cuál es la situación actual en este respecto? Si bien subsisten aún algunos mitos del pasado, y los presbiterianos más conservadores continúan otorgando un voto corporativo al PRI, la diversidad política ha calado fuertemente a las religiones cristianas. Pulverizada la antigua unidad en una fragmentación de complicado discernimiento, los problemas existenciales inherentes al pensamiento religioso de la actualidad preocupan mucho más a los líderes cristianos que la movilización política. A diferencia de lo que ocurre en gran parte de Centroamérica, donde el debate político está fuertemente impregnado por la retórica religiosa, en Yucatán la participación protestante en la vida pública se mantiene a ras de tierra. Ante las crisis que vivimos, sin embargo, las cosas pueden cambiar de un modo mucho más vertiginoso de lo que pudiéramos imaginar.

La política en Yucatán

Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XV)

Mario Alejandro Valdez

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El lunes 6 de noviembre de 1911, Francisco Madero y José María Pino Suárez juraron ante el Congreso de la Unión como Presidente y Vicepresidente Constitucionales de los Estados Unidos Mexicanos para concluir el período 1910-1916, que había iniciado como Jefe del Ejecutivo el Gral. Porfirio Díaz. Ello significaba, de jure, la aceptación de la legalidad de la elección de Díaz y, paradójicamente, colocaba fuera de la ley al propio Madero y su convocatoria del 20 de noviembre. El conservador periódico El Imparcial leyó a la perfección los acontecimientos, y así lo editorializó al día siguiente de la ceremonia:

La Revolución deja desde ahora de ser una palabra de significación actual en la vida política de la República Mexicana. LA REVOLUCIÓN NO EXISTE YA, [el resalte en mayúsculas es nuestro] acaba de morir, acaba de extinguirse, acaba de transformarse en el gobierno constituido, y de dejar, por lo mismo, inquietudes, para entrar, consciente de sus deberes, y con la serenidad necesaria en su nueva y alta función: la de encaminar honrosa y decorosamente al país hacia un constante y definido progreso”.

El tema había sido furiosamente discutido en las negociaciones de Ciudad Juárez. Carranza y Pino Suárez encabezaron a quienes se negaban a transigir y urgían el pleno reconocimiento del Plan de San Luis; pero Francisco Madero, a través de sus familiares, logró que prevaleciera la idea de mantener el orden constitucional, aceptar la renuncia de Díaz como si hubiera sido un asunto de salud y no consecuencia de una Revolución, y permitir la vigencia de las estructuras del Antiguo Régimen. En ese contexto, uno de los Jefes más importante del Ejército Federal fue el Gral. Victoriano Huerta, sanguinario perseguidor de los mayas de la Guerra de Castas a fines del siglo XIX y principios del XX, y feroz represor de lo que los porfiristas y la gente de bien llamaban las hordas zapatistas.

Durante los quince meses del gobierno maderista, Francisco Madero fue el perene optimista, que siempre veía el lado bueno de las cosas y jamás las amenazas; en tanto que José Maria Pino Suárez fue el puntilloso analista que advertía los peligros que se cernían sobre la nueva administración. Madero era el atrevido, Pino el cauto; Madero el arrojado, Pino el prudente… Al final, como casi siempre, prevalecía la opinión de la máxima autoridad, y así pronto se materializaron las palabras que en Ciudad Juárez pronunció Carranza: “Revolución que transa es Revolución perdida”.

El gobierno de Francisco Madero terminó estrepitosa y trágicamente… El 9 de febrero de 1913, una importante sección del Ejército Federal se sublevó en su contra. Los leales obtuvieron victorias importantes, pero la fatalidad intervino, encarnándose en el Gral. Huerta, quien por herida del Gral. Lauro Villar, quedó accidentalmente al mando de la Ciudad de México. Pronto el llamado chacal consumó la traición, y tanto el Presidente como el Vicepresidente fueron tomados prisioneros. Aún en esas condiciones, Madero continuó haciendo alarde de optimismo, incapaz de reconocer la gravedad de la situación. Angustiado y sin esperanzas, Pino Suárez le escribió a su amigo Serapio Rendón Alcocer la mañana del viernes 21:

Dispensa que te escriba con lápiz, pero no he logrado que nuestros carceleros me proporcionen una pluma. Como sabes, hemos sido obligados a renunciar a nuestros respectivos cargos de Presidente y Vicepresidente de la República, pero no por eso están a salvo nuestras vidas. Creo que peligran aún más que antes. Nunca estuve de acuerdo en esas renuncias precipitadas, pero el Presidente insistió”.

Sin faltar a la lealtad al entrañable amigo y Jefe, Pino Suárez hizo constar a Rendón, entonces diputado, la ingenua actitud de Madero, y las previsibles consecuencias de la misma:

“… yo no soy tan optimista como el Presidente Madero respecto a que Huerta cumplirá su palabra de respetar nuestras vidas. ¿Por qué ese afán de confiar en alguien como Huerta? Temo lo peor, y en caso de que suceda, te ruego que hables con María, mi esposa, sobre las circunstancias trágicas de mi muerte”.

En la epístola que terminó siendo su testamento sentimental, el poeta romántico se condolió, ante su martirio, de la difícil coyuntura en la que quedaría su compañera de vida:

“La pobre quedará sola, con apenas unos cuantos pesos ahorrados, y seis hijos a los cuales criar y educar”.

Emocionado seguramente hasta las lágrimas, Pino Suárez cerró su carta con una frase lapidaria:

“… la política me endilgó un sueño que en realidad era una pesadilla”.

Unas cuantas horas después, durante la noche del sábado 22, Madero y Pino Suárez fueron ignominiosamente ejecutados a escasos metros de la Penitenciaria de Lecumberri… Serapio Rendón entregaría la emotiva correspondencia a doña María Cámara Vales, esposa de José María, y, a la vuelta de unas cuantas semanas, él mismo sería asesinado en esa horrible danza de sangre en la que se convirtió la feroz dictadura de Victoriano Huerta. Así terminó aquel hermoso proyecto revolucionario, aunque luego otros hombres y mujeres de Yucatán y de toda la Nación lo impulsaron a mejores puertos… Dieciocho meses después de los asesinatos, el revolucionario progreseño Lino Muñoz Nogueira tomaría a sangre y fuego el Puerto de Progreso, ejecutaría al Jefe Político huertista y se acercaría a la residencia de la viuda del poeta en homenaje a su martirio. Luego vendrían los tiempos de Alvarado y Carrillo Puerto, pero esos son otros temas…

Con esta introspección, la número 90 publicada de manera ininterrumpida en Informe Fracto, culminamos la primera etapa de este feliz esfuerzo. Hemos repasado, durante estos casi dos años, muchísimos episodios y procesos de la historia de nuestro querido Yucatán… muchos más se quedan en el tintero, seguramente en próximos tiempos podremos compartirlos con ustedes. Aprovecho las últimas líneas de esta final introspección -repito, final de esta primera etapa- para agradecer al gran amigo Carlos Bojórquez Urzaiz, hermano de luchas ideológicas y pesquisas históricas, por su invitación para incluir un espacio de reflexión historiográfica semanal. ¡Hasta siempre!

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIV)

Mario Alejandro Valdez

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En los días previos al domingo 20 de noviembre de 1910, José María Pino Suárez participó en varias reuniones con campesinos y rancheros de la región de Tenosique; también recibió la visita de varios agentes maderistas de Yucatán y Campeche. Se trataba de los preparativos de una revolución, pero el poeta tabasqueño no era un hombre de acción ni de estrategia: los agentes maderistas fueron detenidos apenas pisaron el Estado de Campeche, quedando al descubierto su plan. Tampoco en Tabasco se logró una movilización significativa, y Pino Suárez optó por el exilio, cruzando la frontera guatemalteca en los primeros días de diciembre, de donde pasó a Belice, y de ahí a los Estados Unidos, donde se unió a la dirigencia del movimiento revolucionario.

Francisco Madero lo comisionó para insurreccionar la península de Yucatán, tarea en la que se encontraba cuando el líder revolucionario le ordenó se uniera a su padre y a otros dirigentes para encabezar las negociaciones de Ciudad Juárez, en mayo de 1911, que dieron como resultado los tratados que sellaron la caída del gobierno de Porfirio Díaz. Según las crónicas del proceso, Pino Suárez se destacó por su energía y habilidad con la palabra, confirmando que en este campo, y no en el accionar militar, se encontraban sus mayores talentos.

Tras la renuncia del dictador, los gobernadores porfiristas fueron sustituidos por revolucionarios en todos los Estados. Para nadie fue sorpresa que el designado para gobernar Yucatán fuera don José María, quien tomó posesión del cargo el 5 de junio, diez días después de la salida de don Porfirio. A su llegada fue recibido con vítores por sus partidarios, pero con prudente reserva por los morenistas-cantonistas, que eran mayoría en gran parte de las poblaciones yucatecas. El nuevo gobernador anunció la paulatina liberación de los peones de las haciendas, así como una profunda reforma educativa, lo que provocó expectación entre los hacendados henequeneros, quienes, si bien mostraron disposición para trabajar con la nueva administración, también esperaban mantener sus privilegios y el bajo costo de su mano de obra.

Entre tanto, Madero ordenó la realización de elecciones extraordinarias para formalizar los nombramientos de gobernadores. Las de Yucatán se programaron para septiembre, eligiéndose a Pino como candidato, por lo que renunció a su puesto para realizar su campaña. Los morenistas-cantonistas, ahora también declarados maderistas, lanzaron la candidatura de Delio Moreno Cantón, aprovechando la estructura política que su tío, el Gral. Francisco Cantón, había construido desde hacía décadas.

La campaña fue muy breve, pero también muy ruda. Los morenistas-cantonistas dominaban la mayoría de las poblaciones rurales, y tenían una presencia muy vigorosa en las ciudades. Los hacendados se dividieron, pero los más poderosos le apostaron a Moreno Cantón, confiando en el conservadurismo de su facción. El día de las elecciones menudearon los enfrentamientos, y la prensa, bajo influencia conservadora, reportó presiones policiacas a favor de Pino Suárez y fraude descarado. Sea como fuere, el resultado oficial favoreció al maderista, quien regresó al poder, ahora como Gobernador Constitucional, el 8 de octubre. Lo cierto es que, para variar, Yucatán se presentaba como un caso sui generis en el país, con la prensa y gran parte de los actores políticos manifestando su abierta oposición al gobernador maderista, pese a proclamarse abiertamente a favor de Madero. De cualquier manera, el gobierno de Pino Suárez en Yucatán fue extraordinariamente fugaz: pese a tomar posesión en la fecha antes mencionada, desde una semana antes había participado, como candidato a la Vicepresidencia de la República, en la elección federal extraordinaria emanada de los Tratados de Ciudad Juárez. Ratificado para ese cargo el 15 de octubre, lo juró en el Congreso de la Unión el lunes 6 de noviembre, iniciando así el postrer capítulo de su vida.

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Introspección histórica: en busca de los orígenes locales de la Revolución Mexicana (XIII)

Mario Alejandro Valdez

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Una empatía muy particular nació entre aquellos dos hombres tan disímbolos. Madero, el hombre del Norte, procedente de una de las familias acaudaladas de Coahuila, terrateniente, con estudios en Europa y vínculos con la teosofía y el espiritismo; Pino Suárez, el hombre del Sur, un abogado con los pies en la tierra, literato, clase mediero, de un catolicismo discreto… Pese a las diferencias, el vínculo fue inmediato, y ante las renuencias y ambigüedades del periodista Carlos Ricardo Menéndez González, José María fue designado por Madero, en aquel junio de 1909, como su representante en Yucatán.

Apenas salió Madero de Yucatán, Pino Suárez inició su labor, fundando decenas de clubes antirreeleccionistas en las principales poblaciones del Estado. En esas condiciones, y ante la proximidad de las elecciones para renovar el Poder Ejecutivo local, el tabasqueño aceptó la candidatura por las agrupaciones maderistas para enfrentar a Enrique Muñoz Arístegui, candidato oficial y gobernador interino, y al abanderado cantonista Delio Moreno Cantón, sobrino del Gral. Francisco Cantón Rosado.

A inicios de octubre de aquel 1909, y reconociendo el débil impacto de su candidatura, Pino Suárez ofreció su apoyo a Moreno Cantón, con la única condición de que éste reconociera el liderazgo nacional de Francisco Madero y se comprometiera a trabajar por su proyecto. Moreno Cantón, quien en realidad continuaba apoyando a don Porfirio pese a oponerse al candidato porfirista a nivel local, rechazó la propuesta, pero las alarmas sobre las consecuencias de una posible alianza resonaron en el Palacio de Gobierno, desde donde Muñoz Arístegui ordenó desatar una represión abierta, acusando a morenistas y pinistas del delito de rebelión. Muchos líderes y militantes de estas agrupaciones fueron detenidos, aunque tanto don Delio como don José María evitaron la prisión saliendo de Yucatán. Pino Suárez encontró refugio en su Tenosique natal, donde pasó varios meses. Sin oposición, el porfirista Muñoz Arístegui arrasó con la elección y tomó posesión de un nuevo período de gobierno en febrero de 1910.

Pino Suárez, entre tanto, mantuvo contacto con Madero, quien lo convocó a la Ciudad de México para participar en la Gran Convención Antirreeleccionista que se celebró el siguiente mes de abril. Durante aquellas reuniones, Madero anduvo siempre muy cerca de José María, e incluso intentó fuera desde aquella ocasión su candidato a la Vicepresidencia, puesto para el que fue electo Francisco Vázquez Gómez, quedando el tabasqueño como candidato a una de las magistraturas de la Suprema Corte de Justicia.

Mayo y junio fueron meses febriles en la campaña presidencial, y Pino Suárez acompañó a Madero a varios puntos de su gira por la república, aunque no se encontraba con él cuando fue detenido, unos cuantos días antes de la jornada electoral, en San Luis Potosí. Aquella detención, como es fácil comprender, ocasionó un auténtico caos en las filas antirreleccionistas. Muchos líderes salieron del país, refugiándose en poblaciones fronterizas con los Estados Unidos; otros se hicieron “ojo de hormiga” y comenzaron a actuar en la clandestinidad. El propio Madero, cuya prisión se relajó después de consumado el fraude electoral que permitió la reelección de Díaz, estuvo entre los primeros; José María Pino Suárez pasó lista entre los segundos, ocultándose, como en octubre anterior, a la vera del Usumacinta, en su querido Tenosique natal. Allí se encontraba la tarde del 20 de noviembre, la fecha proclamada por Madero para iniciar un levantamiento armado que expulsara al anciano Díaz del poder presidencial.

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