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Editorial

Una evocación meridana

Indalecio Cardeña Vázquez

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Como escondida en las líneas del tiempo, como oculta en los espejos del agua, o en la sombra del viento, permanece la ciudad que conocí en mi infancia, la ciudad que aprendí a amar, ahora lo sé, cuando en las noches en casa de mi abuela, reunidos en la entrada, junto a la reja, sentados en una gran piedra rectangular y  en sillas traídas del interior de la casa, los “grandes” –mi tía, mi padre,  mi madre, mi abuela, mi hermana–, hablaban de todo, de lo ocurrido en el día, de historias antiguas, mientras yo veía el cielo lleno de estrellas, y en muchos instantes escuchaba la noche en lugar  de las voces de los demás.

Yo nací cuando morían las leyendas, cuando la ciudad aún era pequeña y los fantasmas todavía poblaban casas, edificios, antes que la electricidad los desterrara.

Nací el último año de la sexta década del siglo veinte, cuando el aroma de las hortalizas en las quintas de los chinos: rábanos, cilantro, lechugas, se mezclaba con el olor de la tierra húmeda, recién regada por el rocío del amanecer, y se extendía en las mañanas inundando el ambiente, los ojos, la memoria.

En la primera mitad de la década de 1960, lo recuerdo como un sueño, en Mérida aún habían casas de paja, casas insertas en inmensos patios donde invariablemente había un pozo en funciones, grandes solares delimitados por albarradas, en los que crecían múltiples árboles frutales: ciruela, saramuyo, huaya, tamarindo, aguacate, mamey.

Mérida todavía tenía muchas calles de tierra y piedras, calles sin pavimentar, donde las lluvias según fuera su intensidad formaban pequeños, medianos o grandes ríos, los cuales luego que cesaba la lluvia, daban origen a lagos  de tamaño variable, que tenían una duración igualmente fluctuante: uno o dos días, y algunos sorprendentemente podían persistir hasta cinco o seis días.

Esos sistemas acuáticos temporales, permitían entonces el brote de extraordinarias y hermosas formas de vida, que con sus colores, sonidos, texturas, transformaban por algunos días la monotonía diurna o nocturna de las calles: mariposas, libélulas, plantas con diversas flores, ranas, sapos, grillos, luciérnagas,  llenaban entonces las calles convertidas en efímeros lagos.

Las lluvias de mayo y junio, eran especialmente hermosas, copiosas, bañarse en ellas era todo un gozo, tenían entonces un horario determinado, casi invariable: a media tarde. Después, cuando habían cesado, el atardecer se encargaba de pintar los óleos más fantásticos, con nubes de diversas tonalidades, creando fabulosos paisajes celestes, mientras las plantas y las flores en los patios: jazmines, limonarias, flores de mayo, embeleso, perfumaban la despedida del día, del sol.

Cuando las lluvias eran especialmente copiosas y el agua que llenaba las calles se filtraba por debajo de las albarradas para inundar los patios, y en ocasiones anegar el interior de las casas, entonces se podía oír por las noches al agua caer en la profundidad del pozo, escuchar el agua despeñándose en la noche mientras las ranas orquestaban prolongados conciertos desde sus charcos, acompañadas por los grillos, era una invitación al sueño más profundo y fantástico que pudiera haber.

Las noches de Mérida eran entonces calmas, interrumpidas de vez en vez por las voces de alarma de los vecinos que habían descubierto a un intruso en sus propiedades: ¡Ladrón, ladrón! era el grito de alerta que podía escucharse ocasionalmente junto con las carreras en los patios que perseguían al inoportuno visitante nocturno, que por lo general lograba evadir a sus captores.

Pero las noches meridanas de mediados de la década de 1960, también estaban pobladas por atemorizantes seres fantásticos, provenientes de la cultura maya, como el  huay chivo, el huay pek, el huay toro, el huay mis, o cualquier otro atemorizante huay. Los huayes eran brujos, hechiceros que por medio de oscuros rituales podían adoptar la forma del animal que eligieran: chivo, perro, toro, o gato y así cometer las fechorías que quisieran.

Sin  embargo, el silencio, la tranquilidad de la ciudad eran más fuertes, más poderosos que cualquier imprevisto humano o sobrenatural, y entonces podían escucharse los sonidos más lejanos y admirables que se pudiera imaginar.

De este modo, yo recuerdo estar en casa de mi abuela, algunas noches, acostado ya en mi hamaca, listo para dormir dentro de mi pabellón, mi mosquitero, y escuchar nítidamente, los rugidos de un león del Centenario, del zoológico, ubicado a dos kilómetros y medio de distancia.

Hoy, cuando las lluvias no tienen la regularidad de antes, y ya no hay mariposas, libélulas, luciérnagas, ranas, sapos, ni efímeros lagos en las calles –aunque permanecen los ríos luego de las lluvias y más caudalosos–, y las casas de paja han desaparecido de Mérida, y casi de Yucatán, y tampoco hay más insondables patios como dijera Juan García Ponce, y las quintas de los chinos –que en realidad eran coreanos–, se han convertido en fraccionamientos, a veces minúsculos, hoy cuando los huay chivos, huay perros y demás seres atemorizantes han huido ante el terror que puede provocar la realidad actual, y el rugido de los leones apenas se alcanza a oír junto a las jaulas de ellos en el Centenario, hoy cuando todo esto ha pasado ya, solamente queda la memoria de ese tiempo, la evocación de esos días y esas noches, como  si fueran producto de alguna narración maravillosa, de algún cuento fantástico.

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El pasado nos alcanzó

Derecho a la reproducción asistida

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El pasado 11 de octubre se publicó la tesis de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que reconoce el derecho de las parejas de matrimonios homosexuales a recurrir a la reproducción asistida. La reproducción asistida es la asistencia médica que, basada en resultados de investigación científica, tiene por objetivo la fecundación y el nacimiento de un ser vivo; comprende técnicas como la inducción de la ovulación, la criopreservación de ovocitos y embriones, la inseminación artificial, la fertilización in vitro, la gestación subrogada, por mencionar las más conocidas. Este es un gran paso en México, toda vez que sienta otro antecedente para que las parejas homosexuales se amparen ante obstáculos para hacer uso de servicios de reproducción asistida, fundados en discriminación a las familias homoporantales y lesboparentales.

La SCJN argumentó su tesis con principios como la protección legal a todo tipo de familias, el respeto a la decisión de ser padre o madre, el derecho a la vida privada y la familia, el derecho a la autonomía reproductiva, el acceso a los beneficios del progreso tecnológico, la libre elección y acceso a métodos para regular la fecundidad. La tesis publicada derivó del amparo en revisión 553/2018, del que resultó una tesis anterior publicada el 21 noviembre de 2018, por la que se reconoció el derecho de una pareja de hombres a asentar a su hijo en el Registro Civil de Yucatán, con los apellidos de ambos. La SCJN concluyó que en casos de reproducción asistida la autoridad no siempre podrá basarse en la filiación biológica, por lo que es necesario reconocer la filiación legal que emana de la voluntad procreacional, es decir, el compromiso de ambos padres de asumir todos los derechos y obligaciones de la filiación. Respecto al mismo, cabe mencionar que se trató de gestación subrogada, no habiendo, por parte de la mujer que prestó su vientre, interés alguno en reclamar la maternidad.

El hecho de que el amparo en revisión se tratara de dos hombres y, por tanto, personas que no pueden gestar, hace de este un caso emblemático. Si bien se ha debatido la validez ética de la gestación subrogada, lo importante de las dos tesis de la Suprema Corte es la equiparación de las parejas homosexuales con las parejas heterosexuales. No hay que perder de vista que tanto las primeras como las segundas recurren a las técnicas de reproducción asistida, así que las posibilidades y limitaciones que marque la ley deben aplicar sin distinción del tipo de familia. Yucatán tiene un vacío legal en cuanto a la reproducción asistida que ya no debiera ser empleado para negar su acceso a las familias homoparentales y lesboparentales.

En un ámbito personal, también es un caso emblemático para Yucatán y para el país, porque los padres tuvieron que atravesar un largo y costoso proceso para obtener la atención médica de la reproducción asistida, así como otro largo y costoso proceso legal para obtener el acta donde su hijo lleva los apellidos de ambos. Sólo personas que tienen la convicción de la paternidad o la maternidad tienen el arrojo de emprender una empresa que las mismas autoridades locales obstaculizaron. Saber que en nuestro estado hay dos personas que defienden con decisión inquebrantable la forma en que está compuesta su familia, es esperanzador en el contexto actual, donde la injerencia de grupos religiosos se afinca con mayor fuerza. La decisión de esta pareja no sólo ha beneficiado a su familia, sino a todas aquellas que, en situación similar, podrán recurrir a las tesis en comento para protegerse. Personas así hacen el cambio en nuestra sociedad y merecen todo nuestro reconocimiento.

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Editorial

Una mujer europea con una papaya en las manos. Lilo Linke y su viaje a Yucatán

Edgar A. Santiago Pacheco

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El texto de donde recojo la frase que encabeza esta nota decía de manera literal: “El sol lanzaba despiadadamente sus rayos sobre nosotros cuatro, el Chino, el Indio Maya, el ingeniero hispanomexicano y la mujer europea con una papaya verde en las manos”, que pretendía ser una representación de la complejidad de la interacción racial en Yucatán de finales de los años cincuenta.

El periodismo de viaje, es una faceta que en cierto momento de la historia cubrió una función de difusión de lugares y países, y ciertos autores se convirtieron, al realizar su trabajo y sin pretenderlo, en etnógrafos, con una mirada profunda, amplia y crítica de los lugares que visitaban. El paso del tiempo y la calidad de la obra pueden volver a estos textos en interesantes miradas históricas, con matices diferentes a las escritas por los locales, convertirlas en auténticas joyas para desentrañar y entender lo cotidiano de las sociedades, o para hacerse de datos esquivos, ausentes en la historiografía regional.

El texto Yucatán Mágico, recuerdos de un viaje. Buenos Aires: Peuser. 1957, de la escritora y periodista alemana Lilo Linke, alejada de su país por el nazismo y avecindada en Ecuador, y quien recorrió gran parte del mundo describiendo sus experiencias de viaje, es de este tipo. La obra de Linke fue profusa y diversa. Un rápido recuento de ella nos muestra lo mucho que viajó en sus 57 años de vida, siendo además paradójico el hecho de que murió en un vuelo de Atenas a Londres un 27 de abril de 1963.

El texto de 235 páginas que escribió sobre Yucatán, traducido al español por Luis Echavarri en 1957, nos trae vívidas imágenes de comportamientos de grupos sociales; de música, celebraciones y bailes; de acciones de cortejo; de vocabularios particulares, como llamar pita al costal de henequén; opiniones e información general de diversos personajes, como son los casos de Liborio Pérez Encalada, profesor y autor de la novela Heroínas anónimas, publicado por la Revista Juventa; Rómulo Rozo que por esos años trabajaba en el Monumento a la Patria; o la condesa secuestrada en la casona del Paseo de Montejo; así como de inspectores escolares y hacendados que habían visto atacadas sus propiedades por el proceso revolucionario; o el recorrido que hizo del Hospital de Henequeneros 20 de noviembre, hoy clínica Juárez del IMSS,  próximo a inaugurarse durante su estancia.

Su curiosa descripción de las hamacas, de las tortillas: “pastelitos de maíz delgados y circulares… y sirven como tenedor para levantar otros alimentos”, y del chile habanero: “salsa de pimiento”; de la presencia de los chinos en Peto que cambiaban una sábana sucia por otra igual de sucia en su hotel, de la iglesia y plaza de este poblado y su papel como centro proveedor de insumos y captador de capital de la actividad chiclera, “donde hablan el dialecto ket chi”. La construcción de la carretera a Chetumal, vista como la gran obra modernizadora de la región.

Son algunos pasajes que, en conjunto, llevan al lector a interiorizarse en una época en la que los esfuerzos gubernamentales estaban puestos en el progreso general del país y en la integración de los grupos marginados geográfica, económica, política y culturalmente.  

Distinguimos en el texto su capacidad para acercar al lector a través de la descripción de los elementos fundamentales que marcaban el presente y apuntaban al futuro; tal es el caso de las profusas notas sobre la celebración del Día Internacional de las Mujeres y el Partido Socialista en la Casa del Pueblo; el tema del agua en Yucatán tratado a través de la gran empresa de desarrollo de la región de Tekax; los temas educativos, el de la construcción de carreteras, o el impulso económico de la zona sur del estado, que adereza con la opinión de campesinos y funcionarios.

En un plano más básico, es de alabarse su capacidad para recuperar el escenario cotidiano y la conducta del yucateco, como cuando yendo al cementerio a visitar la tumba de Felipe Carrillo Puerto, escribía sobre el transporte: “Fuimos en un ómnibus de Mérida, poco mayores que un camión y en los que los pasajeros se sientan uno frente a otros en dos hileras cortas. Entre uno y otro lado se mantenía una conversación amistosa, frecuentemente con la ayuda de los pasajeros colgados de la correa, que establecían una especie de servicio de lanzadera y agregaban sus comentarios”.

Un trabajo como éste, no tiene conclusiones, su opinión está explícita unas veces y diluida otras, en todas las líneas de sus textos, pero considero clarificadora y original la calificación que hace de Yucatán y de sus habitantes cuando expresa: “En ese pueblo extraordinario no existe división alguna entre la vida privada y la política, entre el hombre y su obra, entre sus actividades públicas y los sentimientos de su corazón”.

Tal vez precisamente eso sea parte de lo que nos hace yucatecos y sólo lo pudo ver con tal claridad “una europea con una papaya verde en las manos”.  

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A propósito de…

Dime cómo te llamas y te diré quién eres

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de bautizos, en muchas culturas se considera que el nombre determina el destino, y elegir el que se dará al recién llegado al mundo obedece a reglas y tradiciones, porque se considera que no solamente es un distintivo, sino un elemento definitorio.

En algunas civilizaciones se requería de la intervención de los sabios, de los sacerdotes, de los curanderos, de los chamanes, quienes tomaban en cuenta la posición de las estrellas, las características del recién nacido, las condiciones climatológicas, la estación del año, el primer animal que se manifieste, el momento de la cosecha, o una combinación de todos estos elementos, para determinar el nombre de un ser humano.

La tradición judía, por ejemplo, considera que el nombre que se recibe no es fortuito, sino profético de alguna manera, es decir, ya está destinado y será una herramienta para la vida. También existe la creencia de que llamar a una persona con el nombre de otra, un antepasado, crea una conexión entre sus almas. 

Entre los católicos prevaleció, durante muchos siglos, la costumbre de asignarle al niño o la niña el nombre del santo que se conmemorara el día del nacimiento, por la creencia de que al morir, llamarán al alma de acuerdo con la referencia del santoral. De tal manera que para evitar confusiones luego de la muerte, por ejemplo, en el caso de las mujeres, muchas tuvieron que pasar toda la vida presentándose como Leovigilda, Eberdarda, Ezequiela, Melchora, Sinforiana o Sebastiana, con la desventaja de que aun los diminutivos de algunos son terribles, como “Sebas” en el último caso. Los hombres tampoco se salvaban cuando se recurría al calendario, porque habrá que imaginarse los apuros que pasarían en la escuela los Amasvindo, Bardomiano, Cipriaco, Críspulo, Rogasiano o Sinforiano, cada vez que pasaran lista. 

Deberás cargar con el nombre con que tengan a bien registrarte tus padres durante toda la vida, o hasta la mayoría de edad, en vista de que es requisito tener más de 18 años para modificarlo legalmente. Cada año, 7 mil personas acuden al Registro Civil de la Ciudad de México con esa intención; si bien la mayoría lo hace para corregir algún error en el registro, muchos otros son los que no pueden más y deciden cambiarse el nombre en definitiva. En Yucatán lo realizan alrededor de 300 personas al año.

Sin embargo, esa transformación debe tener consecuencias sicológicas y sociales. La carga burocrática que implica corregir cada uno de los documentos emitidos con anterioridad debe ser un verdadero viacrucis: certificados de estudios, pasaporte, tal vez acta de matrimonio, licencia de manejo, factura del automóvil o escrituras de propiedades. Ir de oficina en oficina para realizar una gestión tan infrecuente debe requerir energía, tiempo y paciencia, mucha paciencia. 

Pero para entonces, el daño de pasar toda la infancia y la adolescencia con el fardo de ser un Veremundo Hernández o una Robustiana López, ya está hecho. Además, ¿cómo podría Veremundo acostumbrarse a ser Javier de un día para otro y obligar a amigos, compañeros de escuela, familiares, vecinos y colegas de profesión a aceptar y aplicar el cambio?

Por otro lado, en las familias está la extendidísima costumbre de repetir los nombres hasta el cansancio. Será por falta de imaginación o por vocación dinástica. En ocasiones varían las combinaciones, pero se mantiene el principal: Francisco Javier, Luis Francisco, José Francisco, Francisco José. Y todavía hay quien dice que se confunde con los personajes de Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez. ¡Y no se confunde en su casa!

En otros, se aplica una numeración para distinguirse, dado que comparten el apellido: Esteban primero, el bisabuelo; Esteban segundo, el hijo; Esteban tercero, el nieto; y Esteban cuarto, el bisnieto, en cuyo caso no puede negarse cierta reminiscencia monárquica al estilo de Carlos V, Enrique VIII, Fernando VII, etcétera. De cualquier forma, a los hijos que se llaman como su papá les dirán Carlos chico o Carlitos, hasta que sean sexagenarios.

Hay quien, guiado por un sentido práctico, prefiere ponerle a su hijo un sólo nombre, corto y común como Juan, así que nunca tendrá confusiones ni problemas de ortografía. En contraste, el nombre más largo en México se registró  en 1922; se trató de María de la Asunción Luisa Conzaga Guadalupe Refugio Luz Loreto Salud Altagracia Carmen Matilde Josefa Ignacia Francisca Solano Vicenta Ferrer Antonia Ramona Agustina Carlota Inocencia Federica Gabriela de Dolores de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Saldívar Saldívar. A quien sin embargo toda la vida le dijeron “La Nena Saldívar.”

Por otro lado, en Sonora está prohibido registrar a los niños como Hermione, Harry Potter, James Bond, Pocahontas, Lady Di, Robocop, Rambo, Terminator, entre una larga lista. No faltan los que hacen referencia a series de televisión o videojuegos: Athena Sahori de los Caballeros del Zodiaco, Eowin del Señor de los Anillos o Arkantos el almirante de la Artántida del juego Edge of Mythology, entre otros.

Pero, respiremos, tranquilicémonos, pues los nombres más frecuentes entre los varones siguen siendo: Juan, José, Francisco, Antonio, Jesús, Miguel, Pedro, Alejandro, Manuel; y entre las mujeres: María, Guadalupe, Juana, Josefina, Carmen y Leticia. 

Las modas cambian, y de los Kevin, Brandon, Brenda y Melissa se ha transitado a María Fernanda, Ximena, Valentina, Sofía, Santiago, Emiliano, Diego, Leonardo, Mateo y Sebastián, que han sido los más socorridos en los últimos años. 

Y como nadie puede abstraerse del universo cibernético, no han faltado los intentos de registrar a un “Facebook” o “Twiter”. ¿Y a ti te gusta tu nombre o preferirías llamarte Instagram Mendoza?

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