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Crónica habanera

El gallo, más que un personaje de leyenda

José Ignacio De Smedt

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El cortejo fúnebre atravesó las calles habaneras con la fuerza del retumbar de un trueno. Nunca se había visto nada semejante en la ciudad. Delante iba el féretro con una carroza descomunal tirada por un tronco de ocho caballos, acompañados de las broncas de sus tantos amigos, locos por turnarse para llevarlo en sus hombros. Atrás  de ellos marchaba una multitud de más de diez mil personas, y después se alargaba con una comitiva de doscientos carruajes, todos vacíos en señal de duelo, entre los que estaba el del Presidente de la República, el Tiburón José Miguel Gómez.

La guardia de caballería acompañaba la procesión bajo órdenes directas del Jefe de la Policía para evitar altercados. Junto a los muros del Cementerio de Colón, sus compañeros de la primera hermandad blanca Abakúa, sus ekobios, entonaban el lamento fúnebre enlloró. Así la nación despedía a uno de sus hijos más singulares.

Todos los periódicos matutinos abrían ese 24 de noviembre de 1910 con las noticias de su asesinato, sucedido dos días antes, con la difusión de múltiples crónicas e imágenes.

¿Quién fue el personaje que armó tanto revuelo?

Tenía 26 años. No había sido político, empresario, ni artista, o un aristócrata, mucho menos militar, nada de eso. Se trataba nada más y nada menos que de Alberto Yarini, el más destacado proxeneta en Cuba. Aunque su estatura distaba bastante de ser elevada, comparada con la común de los varones blancos de la época, bajo su elegancia y gran belleza física caían rendidas las mujeres y encandilados los hombres, mientras que en su barrio San Isidro, rodeado de individuos de la más baja calaña “era el guapo al que había que hablarle bajito y rendirle honores y respeto”

Llegó a ser toda una celebridad, que, en el momento de su muerte trepaba por las escaleras del Palacio Presidencial con aires de cacique. Desde aquel entonces (como ahora), Yarini representaba el orgullo de la conciencia masculina: la fantasía de dominación sobre los demás, el poder de la seducción y el absoluto control sobre lo erótico y sexual. Era el macho alfa que muchísimos aspiran  ser.

Su vida ha sido gobernada, hasta nuestros días, por oscuras supersticiones afrocubanas vinculadas con Changó, uno de los Orishas del panteón Yoruba,  que es señor de la virilidad. Representa el gozo de vivir, la belleza masculina, así como la pasión, la inteligencia y las riquezas.

Su vida

Alberto Yarini y Ponce de León nació el 5 de febrero de 1882, en el seno de una familia acaudalada. Estudió en los mejores colegios de los Estados Unidos y Cuba, para luego convertirse, contra todo pronóstico, en el jefe de una célula de explotación sexual en el impopular barrio de San Isidro. Simpático, generoso, distribuía monedas y palmadas por igual en su barreada. Era miembro del Partido Conservador, y no era un secreto para nadie sus intenciones para postularse a concejal, y en un futuro no muy lejano, llegar a la silla presidencial.

 En cierta ocasión, cuando almorzaba en el restaurante El Cosmopolita con amigos y correligionarios del partido político al que pertenecía, y entre quienes se encontraba aquel día un valiente general negro jubilado de la Guerra de Independencia, se percató que en una mesa vecina dos norteamericanos parecían burlarse del hombre de oscura piel. Tras pedir a sus amigos que se trasladaran a otro local, Yarini se dirigió solo hasta la mesa de los americanos y la emprendió a puñetazos con el más hablador, fracturándole la mandíbula y rompiéndole varios dientes, quien luego resultó ser el mismísimo representante de la delegación norteamericana en Cuba.

 Como buena leyenda urbana, era el amigo de pobres y ricos, de negros y blancos, el protector afable y accesible a quien siempre se podía recurrir con la certeza de no ser defraudado. A pesar de su elegancia, y de que nunca renegó de su clase ni abandonó su casa paterna ni el círculo social al que pertenecía, no discriminaba ni al más humilde habitante de su crapuloso reino. Pagaba con su propio dinero los alquileres de unas cuantas negras viejas retiradas ya de la prostitución, quienes lo adoraban y halagaban cocinándole con primor toda clase de dulces tradicionales criollos, y no tenía reparo en irse a tomar un refresco en un cuchitril de mala muerte, entre el hedor y sudor de los portuarios y la mezcla de aromas baratos de las prostitutas. De él se decía en San Isidro que era “hombre a todo, esa frase de tan rara densidad en su simple construcción, que ha sobrevivido a cuatro siglos de uso ininterrumpido por todas las clases sociales de Cuba.

La bella Berthe

El negocio de la prostitución era dominado mayormente por las meretrices francesas, engalanadas con sus exquisitos perfumes, lencerías negras e innovadoras técnicas sexuales. Entre todas, había una que resaltaba como si de un diamante turquesa se tratase. Se llamaba Berthe La Fontaine y había sido introducida por Louis Letot, rufián parisino. Considerada la muchacha más hermosa de su época, sus ojos azules acompañados de su esplendorosa melena dorada, la mujer cayó perdidamente enamorada del antillano, y él también de ella, desencadenando así toda una tragedia y una historia de venganza que acabaría con la muerte de los dos pretendientes, Yarini y Letot, muertos en una balacera.

El asesinato del cubano, el 22 de noviembre de 1910, desató la “guerra de las portañuelas” entre los chulos locales y extranjeros, en aquella época promocionada por los medios como una reivindicación del orgullo nacional.

Ciento once años después

Ha pasado mucho tiempo, y aún la inigualable figura de El Rey se pasea en la cultura popular, en el vocabulario y el arte de los cubanos. No es nada raro oír actualmente el adagio, “yo soy hombre a todas,” en boca de muchos jóvenes presumiendo su hombría.

El gigoló, más allá de ser mencionado por historiadores, o en uno que otro libro, es protagonista de algunas piezas del arte cubano. La notable obra teatral de Carlos Felipe “Réquiem por Yarini” o la canción “El gallo de San Isidro,” de José Brene, son apenas ejemplo de la caladura de este personaje en el imaginario social.  Y es que en el año 2008 vuelve a resurgir con el filme “Los Dioses Rotos” de Ernesto Daranas, en la que el realizador establece una fusión de imágenes del pasado y  el presente, comulgando en la historia con perfecta armonía el drama social, suspenso y melodrama.

Su carácter noble y tosco a un tiempo, con aura de poderío y sensualidad, envuelven la historia de este personaje en un prestigio desmesurado.  Su tumba en la Necrópolis de Colón, es lugar de ofrendas y constantes visitas cada año convirtiéndola en sitio para los ritos secretos y los deseos sentimentales. Creen encontrar allí la bendición del difunto para conseguir ese amor deseado e imposible. Todo esto encumbrando con el paso del tiempo la legendaria personalidad del célebre hijo habanero. 

Crónica habanera

La casa más longeva de América es cubana

José Ignacio De Smedt

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Entre las ciudades más hermosas de Cuba se encuentra la que fuera su primera capital y hoy segunda urbe de importancia en la Isla. Me refiero a la inquietante y esplendorosa Santiago de Cuba.

Muchos tesoros y joyas arquitectónicas acogen sus calles, cuna del son y de la Revolución. El Cobre es uno de esos ejemplos, desde donde nos protege, bendice y guarda la Virgen de La Caridad del Cobre, patrona de Cuba. El visitante que se adentre por vez primera en la más cálida de las ciudades cubanas hallará a su paso auténticos regalos. Entre ellos el de descubrir totalmente conservada y firme la que acaso es la casa más antigua del continente americano.

Estoy hablando de la vivienda que perteneció al conquistador Diego Velázquez de Cuéllar, El Adelantado, primer gobernador de la Isla de Cuba y fundador de las siete primeras villas de la ínsula.

Los orígenes de los cimientos de la longeva edificación, se remontan al año 1516. Sus paredes aledañas acogieron la Casa de Contratación y Fundición de la Corona española, edificio este poseedor también de notorios valores arquitectónicos, pero con historia mucho más breve.

Se halla enclavada en las inmediaciones del Parque Céspedes, espacio que conserva el modelo original de la otrora Plaza de Armas como se le conoció durante los años de la colonia.

Entramos en la casa

Al pasar los umbrales de la morada nos encontramos con los elementos llamativos de la temprana arquitectura y decoración de la época, con toda una serie de elementos conservados por cinco siglos. Resaltan los amplios balcones de madera y las increíbles paredes de piedra. En su interior llama la atención un viejo horno, usado para la fundición del oro y la plata encontrada fundamentalmente en los ríos, así como las muchas puertas y ventanas y el patio central conformando un ambiente armónico propio de las primeras viviendas de la isla.

Cuando el inmueble fue convertido en Museo Histórico de Ambiente Cubano, se enriqueció el lugar con todo un diverso mobiliario correspondiente a los siglos coloniales. También se adjuntó como parte del nuevo museo el edificio contiguo de la otrora Casa de Contratación.

Mitos y leyendas

Don Diego Velázquez fue el propietario de la instalación hasta su muerte en la noche del 11 de junio del año 1524. Desde la fecha hasta entonces ha corrido mucha agua. Es de esperar que el argot popular y los cuentos de camino nutran con su magia la tan antigua casona. Las historias no son pocas y, a su vez, muy diversas: algunas idílicas, de amor y plagadas de romanticismo; otras, casi míticas y terroríficas como la que versa sobre esclavos que eran arrojados e incinerados vivos en los hornos de fundición cuando estos eran inservibles.

Los testimonios sobre apariciones, travesuras, olores penetrantes, de puertas y ventanas abriéndose sin motivo alguno, son experiencias que llaman la atención sobre tan antiguo sitio. Tradición oral que recrearía perfectamente cualquier escena de una película de terror.

Así cuentan las leyendas, quizás las más conocidas, que por los corredores de la casa pasea cada tarde una joven mujer con velo blanco, y que, a pesar del mismo, se le distingue su rostro afligido. Un negrito esclavo travieso empuja a las personas para que caigan escaleras abajo. Olores a cigarro que inundan todo el lugar. En fin, una amplia gama de experiencias que dicen haber vivido explícitamente por oídos ajenos.

Lo cierto es que, a pesar de las oscuras leyendas que rodean la instalación, no deja de ser tan visitada como lo son la Catedral de Santiago o El Cobre. Sus anécdotas se relacionan estrechamente con los castigos y atrocidades realizados por el gobierno español durante más de 300 años de dominio en Cuba, pues donde hubo dolor quedan los remanentes de aquellos que padecieron en carne viva los horrores y castigos.

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Crónica habanera

Añoranzas

José Ignacio De Smedt

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¡Ay coronavirus! ¿Para qué llegaste? Son algunas de mis ideas mientras estoy tumbado en la cama. Yo con 20 años, en la flor de la vida. En estos momentos estaría en una fiesta con mis amistades, o sentado en el Malecón observando el vaivén de las olas, todo esto sin riesgo de contagio alguno. Pero no, estoy en mi casa, en cuarentena como millones de cubanos más.

Inhalo, exhalo, suelto un suspiro propio de un enamorado. Ninguna dama ha tocado la fortaleza que impone mi corazón, pero estoy enamorado de mi ciudad. Inhalo, exhalo, vuelvo a suspirar al vacío.

¡Ay Habana! Cómo extraño andar tus calles, visitar tus lugares, observarte de noche, imponente y bulliciosa.

No quiero más tus imágenes en televisión. Quiero ver con mis propios ojos el Parque de la Fraternidad, con su ceiba al centro abonada con tierras de diversos países americanos. El Capitolio y su cúpula dorada, tu tan concurrida calle Obispo, el Casco Histórico y los bicitaxis recorriendo tus calles. Ay, ¿cuándo nos volveremos a reencontrar mi vieja Habana?

Son tantos sitios y tanta historia. Es imposible que yo, tu eterno fiel amante, no pueda recordarte sin que entre la nostalgia. ¿Cuándo volverás a pintarte con tus colores alegres habituales y dejarás el gris de la pandemia?

No me adapto aún a verte tan callada y sola. Tu habitual cañonazo de las nueve ya no es motivo de alegría. Significa que, como cada noche, volverás a recogerte en penosa e perene cuarentena.

Evoco tus luces en el boulevard de San Rafael; La Rampa, compositora de una banda sonora compuesta de ruidos y voces, con ese sentimiento de euforia característico. Extraño tomar helado en la Catedral de Coppelia, ver una película en el cine Yara repleto de personas, el inquietante tráfico del Vedado, la majestuosidad de los hoteles Riviera y Habana Libre. Y ahora, tan apagada, silenciosa. Tal parece que te encuentras de luto por la caótica situación epidemiológica.

Todos estos años atrás te apropié, te hice mía. ¿Cuándo gritaré de nuevo un jonrón de Industriales en el estadio Latinoamericano? ¿Cuándo recogerás a todos tus habitantes en la Plaza de la Revolución para ser testigos de la historia? ¿Cuándo volveremos a darle la vuelta al Templete cada 16 de noviembre?

No importa, tendré paciencia. Más tarde o más temprano nos reconciliaremos en perfecto idilio. Y te caminaré con el mismo placer que Eusebio Leal, el Caballero de París o el Andarín Carvajal.

Por ahora no puedo hacer mucho, sólo ponerme la mascarilla y quedarme en casa. Porque no quiero que llores mi pérdida. Ya nos volveremos a ver bajo el canto de las sábanas blancas colgadas en los balcones, que compusiera Gerardo Alfonso. Yo, con la misma ilusión que cuando era un niño, tú, Ciudad Interminable y Mágica, con tu vieja mirada de 501 años, pero tan real y maravillosa como siempre.

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