El
mundo enfrenta un miedo desconocido: la pandemia de Coronavirus surgida en
China, un problema aparentemente ajeno y lejano, del que Europa no debía
preocuparse, frente al cual se dice que reaccionó tardíamente, al igual que los
EEUU, con un número creciente de contaminados y muertos sin precedentes en la
historia contemporánea.
Latinoamérica
apenas parece enterada, y reacciona tardíamente como Europa, sin entender
masivamente, que sólo cada ciudadano puede evitar su contagio.
En
Europa, se tomó tarde la decisión de imponer las cuarentenas preventivas, por
intereses políticos y económicos locales, mientras los gobiernos, coincidieron
en el mismo comportamiento: incredulidad, llamado a la calma, y un sorpresivo
llamado urgente a la atención, que con horas o días de diferencia, provocó una
reacción de rechazo en la ciudadanía, en medio de un número de muertes diario
en escalada, y una cuarentena obligatoria como única posibilidad de resguardo
sanitario.
En
Europa, los noticieros maquiavélicamente empezaron a normalizar la muerte con
la etiqueta de “tercera edad y con otras patologías”. Conversando con
migrantes de Latinoamericanos, coincidíamos en nuestro estupor al escuchar
esto, advirtiendo la frialdad que impone el capitalismo, sobre la elecciòn del
paciente más joven y con mayores capacidades de sobrevivencia, en vez de
atender a la limitación de recursos para la sanidad, que aún se movilizan a cuenta
gotas ante un catástrofe como esta.
En
América Latina mientras, olvidaron que el turismo internacional podría
“acercar” la aparición del lejano coronavirus y hacerlo presente. Pero el contrastes, en cómo se maneja la
crisis de un lado y el otro del Atentico, por las costumbres culturales, de la
cercanía social como elemento de integración o empatía social, en medio de las
inequidades socioeconómicas y las situaciones políticas locales, hacen predecir escenarios más catastróficos, en número de muertes y
consecuencias económicas en Latinoamérica que en Europa. Esperamos
equivocarnos.
También,
es necesario advertir que confiar en las bondades del clima caluroso
latinoamericano, bajo el supuesto efecto disipador del coronavirus, parece una
medida pueril y apocalíptica, viendo ahora mismo lo que ocurre en Europa.
Mientras
en Europa, se observa con sorpresa cómo los supermercados se vaciaban, los
latinoamericanos en Europa, empezamos a recordar como un “déjà vu” estas reacciones
de histeria colectiva de sobrevivencia, de otras crisis sociopolíticas vividas
en recientes años.
Los
medios y políticos se cansan de decir a los ciudadanos europeos que no hay que
preocuparse por escaseces de ningún tipo, pero los días van avanzando y van mostrando
que la escases, en un mundo de trabajadores paralizados, es una ecuación
lógica. Cada día, se confirma que cambió el orden mundial: ya no son relevantes
los políticos ni los artistas, los indispensables son los médicos, las enfermeras,
las cajeras de supermercado, los camioneros y trabajadores de servicios. Se
revaloriza al que ayuda a las mayorías, y exige a los ciudadanos, reflexionar
sobre el efecto de sus acciones sobre el resto de las personas.