Fue en 1981, en la entrada
del Hotel Riviera de La Habana, cuando conocí a Jorge Núñez Sánchez (1947-2020).
Me lo presentó el historiador cubano Francisco Pividal, amigo común. Ambos acababan
de ser electos máximas autoridades de la Asociación de Historiadores
Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC). Su nombre no me era desconocido, pues
leía todas las semanas sus magníficos artículos en la revista ecuatoriana Nueva, dedicados a las relaciones de
América Latina y los Estados Unidos, que después publicara como separata.
Fue de las figuras centrales
en el IV Encuentro Internacional de ADHILAC en Bayamo (Cuba) en 1983. En un
descanso en las largas sesiones de trabajo de este cónclave, Juan Paz y Miño
nos tomó una foto, sentados al borde de la piscina, en compañía de Oscar Zanetti,
Enrique Ayala y Leonardo Espinosa, que muestra la confraternidad reinante entre
historiadores cubanos y ecuatorianos, grupo en el que Jorge sobresalía con sus
ocurrentes bromas.
Historiador, antropólogo, periodista y profesor universitario, fue secretario ejecutivo de la ADHILAC durante toda la década del ochenta y su presidente entre 1990 y 1994. Durante su fructífera gestión se alcanzaron notables éxitos, entre ellos la edición en 1991 de ocho tomos con las mejores ponencias de todos los anteriores congresos. En reconocimiento a su brillante gestión, en el IX Encuentro Internacional de esta Asociación, celebrado en Santa Marta (Colombia) en 2010, fue aclamado como Presidente de Honor.
Jorge Núñez fue también subsecretario de Cultura
del Ecuador y presidente del Consejo Nacional de Cultura, entre 1988 y 1990, así
como coordinador para el Área Andina de la Sociedad Latinoamericana de Historia
de las Ideas (SOLAR). Era miembro correspondiente de las academias de historia
de Cuba, Colombia, España, Perú, Nicaragua, Paraguay y, hasta hace muy poco, el
director de la ecuatoriana. Durante años fue profesor principal y jefe de la
Cátedra de Historia de América Latina en la Universidad Central del Ecuador; director
de sección en la Casa de la Cultura Ecuatoriana y de la Revista Anales de la Universidad Central.
Publicó varias decenas de ensayos y más de medio
centenar de libros, entre ellos Mito de la Independencia (1976);
La historia de los partidos políticos del Ecuador (1979); La Guerra sin fin: Estados Unidos vs América Latina (1980); La
conciencia histórica de Andrés Bello (1989); Hacia una teoría
latinoamericana de la Historia (1992); El país del mediodía (1993); La Historiografía ecuatoriana
contemporánea (1994); La
defensa del país de Quito (1999); Un
hombre llamado Simón Bolívar (1999); Una
fiesta popular andina (2003); El Ecuador en la Historia (2016) –cuyo
prólogo me encargó- y Nuestra América,
prolegómenos para una historia continental (2020), obra que hace sólo unos
días fue anunciada en Informe Fracto.
Fui testigo de su ascendente
carrera profesional, que lo convirtieron en uno de los más prestigiosos
historiadores de Ecuador y de toda América Latina, como reconociera el
presidente Rafael Correa cuando en 2010 le entregara personalmente el Premio
Nacional Eugenio Espejo, la máxima condecoración del país. Recibió
más de una decena de reconocimientos y premios, entre ellos la Gran Cruz
Excelencia Académica de la Academia Hispanoamericana de Letras y Ciencias
(2003), la Orden Nacional al Mérito, en el grado de Comendador, del Ecuador (2007)
y el Gran Collar “Federico González Suárez”, de la ciudad de Quito (2008). En
2012 tuvo a su cargo, en el Aula Magna del Colegio San Gerónimo de la
Universidad de La Habana, el discurso de recepción a nombre de los primeros
Correspondientes Extranjeros de la Academia de la Historia de Cuba.
Una de las características que más admiré de Jorge, fue su sensibilidad con los maestros, que advertí en su trato con Pividal o cuando fuimos a rendir tributo, en su residencia en Mendoza, al filósofo argentino Arturo Andrés Roig. Estuvo por última vez en La Habana en 2018, con el propósito de entregar personalmente la condición de miembros correspondientes de la Academia de la Historia del Ecuador a tres colegas cubanos. Compartí con Jorge Núñez el año pasado en Quito, en el sentido homenaje que su propia Academia le rindiera, colmado de personalidades nacionales y extranjeras, a quien, por su calibre científico y su compromiso militante con las mejores causas de Nuestra América, fuera el primero de los historiadores ecuatorianos.