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Madre América: Cuba

Julio Le Riverend, reconocido historiador cubano formado en México

Sergio Guerra Vilaboy

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Julio Le Riverend con Rodolfo Ruz Menéndez e investigadores cubanos y yucatecos en diciembre de 1983

Julio Le Riverend Brussone (1912-1998) fue sin duda uno de los más importantes historiadores cubanos de la segunda mitad del siglo XX. Aunque no fue mi profesor, pues dio clases esporádicamente en la Universidad de La Habana, ni tampoco fue mi maestro en el sentido estricto de este concepto, tuve siempre cordiales relaciones con él y su esposa Mercedes. Incluso en octubre de 1987, siendo director de la Biblioteca Nacional de Cuba, me pidió fuera en su lugar a Lima (Perú) al I Seminario Internacional de Historia Latinoamericana organizado por el Consejo de Integración Cultural Latinoamericana (CICLA).

Le Riverend, nació en La Coruña (España), donde su padre era cónsul de Cuba. Desde muy joven se involucró en las actividades contra la dictadura de Gerardo Machado como alumno del Instituto de La Habana, vinculándose al Ala Izquierda Estudiantil. Exiliado en París, entre 1932-1933, fue secretario general de la Unión Latinoamericana de Estudiantes. En 1935 regresó a Cuba, donde comenzó a militar en el Partido Comunista, doctorándose en Derecho Civil y en Ciencias Políticas, Sociales y Económicas en la Universidad de La Habana. En 1940 publicó su primer libro: Síntesis activa de la cubanidad en el siglo xviii.

A propuesta del sabio cubano Fernando Ortiz, Le Riverend obtuvo un cupo para estudiar en la Casa de España en México (hoy El Colegio de México), en virtud de la beca creada para cubanos por el prestigioso intelectual mexicano Alfonso Reyes. Gracias a esa condición, pudo estar en la segunda generación de estudiantes de esa institución, en la que tuvo de maestros a los mexicanos Silvio Zavala y Daniel Cossío Villegas, así como los españoles Rafael Altamira, Ramón Iglesias y José Gaos. Como culminación de su fructífera estancia en tierra mexicana, extendida de 1943 a 1946, Le Riverend se graduó de Maestro en Historia del Instituto Nacional de Antropología e Historia y de El Colegio de México con una tesis sobre los historiadores novohispanos del siglo xviii.  En México también dio a conocer, entre otros textos suyos, La economía cubana durante las guerras de la Revolución y el Imperio franceses (1790-1808) y Los orígenes de la economía cubana (1510-1600), publicados en 1943 y 1945 respectivamente, y en 1954 Relaciones entre Nueva España y Cuba (1518-1820).

A su regreso a Cuba, después de investigar sobre la industria azucarera en Estados Unidos, Le Riverend laboró en la Escuela de Comercio de La Habana (1950-1952) y asumió la dirección del Patrimonio Nacional del Tribunal de Cuentas. A esta etapa corresponden sus enjundiosos nueve ensayos de historia económica de Cuba incluidos en Historia de la Nación Cubana, que comenzó a editarse en 1952.

Después del triunfo de la Revolución, Le Riverend dio clases en la Escuela de Ciencias Comerciales de la Universidad Central de Las Villas (1959-1960) y ofreció algunos cursos sobre la historia económica cubana en la Universidad de La Habana. También laboró en el Banco Nacional de Cuba y el Instituto Nacional de Reforma Agraria. En 1962 fue nombrado presidente del recién creado Instituto de Historia de la Academia de Ciencias y del Archivo Nacional, hasta que diez años después fue sucesivamente Viceministro de Educación, embajador en la UNESCO, Director de la Biblioteca Nacional y Presidente fundador de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba (UNHIC). Entre sus libros también figuran La Habana: biografía de una provincia, (1960); La moneda en el mundo contemporáneo (1961); Historia económica de Cuba (1963); La República; dependencia y revolución (1966); Breve historia de Cuba (1978); La Habana. Espacio y Vida (1992); y Problemas de la formación agraria de Cuba. Siglos xvi-xvii (1992).  Por sus aportaciones fundamentales a la historiografía recibió en 1973 la condición de Doctor Honoris Causa del Instituto de América Latina de la Academia de Ciencias de la antigua Unión Soviética y en 1995 el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas, recién instituido entonces.

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Madre América: Cuba

Haydée Arteaga la cubana Señora de los Cuentos

René Villaboy

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La Habana, esa ciudad real y maravillosa que cumple cinco siglos dentro de muy poco, tiene en su historia el haber sido espacio para el desarrollo artístico e intelectual de muchas personalidades. Figuras de varias profesiones y oficios que sin ser oriundas de la capital cubana desplegaron allí una prolífera carrera en bien de la cultura de la Mayor Isla del Caribe.  Muchos nombres pueden citarse, pero hoy ocupo este espacio para recordar la fecunda vida pasada y presente de Haydée Arteaga, una mujer que, aunque nacida en Villa Clara, se convirtió, a decir del poeta y etnólogo, Miguel Barnet, en más habanera que la propia Giraldilla, ese símbolo femenino que corona la fortaleza del Castillo de la Real Fuerza, y que se ha difundido por el mundo en el Ron Habana Club.

Haydée Arteaga es hoy una venerable y centenaria mujer que por suerte aún vive en La Habana. Educó a varias generaciones de niñas y niños de la Isla y luego de otras partes del mundo con una original práctica basada en la tradición ancestral africana de la narración oral. Cuando aún no había reproductores de MP3 o MP4, internet, libros electrónicos y muchas otras facilidades o complicaciones de las nuevas tecnologías, la reconocida en Cuba como Señora de los Cuentos hizo viajar a su público infantil y adulto a otros lugares, a nuevas épocas, transformándose en personajes y viviendo situaciones con una elocuencia didáctica insuperable.

Pero Haydée no vivió toda su vida como se piensa literalmente “del cuento”.  Su carrera artística, pedagógica y hasta política no estuvieron apartadas del exigente privilegio de vivir varias y encontradas épocas de la Historia de Cuba. Cargando además el “peso” de ser mujer y negra dentro de una sociedad donde tales condiciones rebasaban toda lógica de la marxista lucha de clases. Nacida el 29 de abril de 1915, por comadrona como correspondía entonces y que era además oficio que practicaba su propia madre, vivió en Sagua La Grande- demarcación de la entonces provincia de Las Villas- apenas cinco años.

Su familia se trasladó a la capital de la Isla y a partir de allí; luego de completar su educación básica, desplegó su creciente carrera pedagógica y cultural. Siempre viviendo en barrios populares-que constituyeron una fuente de sabiduría social inestimable- recibió de su madre el arte de la declamación de poemas, se vinculó a los coros infantiles de la Iglesia Católica y se insertó artísticamente en las sociedades de color que entonces segregaban a los descendientes de africanos. Haydée Arteaga practicó las Charlas Culturales Infantiles, dedicadas a las niñas y niños excluidos del sistema cultural elitista y burgués de entonces. Ella les enseñaba poesía, canto, actuación y sobre todo hizo nacer en los infantes la imaginación en medio de la pobreza y el olvido.

Fue activista de la Juventud Comunista, y por tanto apoyó la causa de la Guerra Civil Española, y contribuyó a los debates de la Constitución cubana de 1940. Desde el triunfo de la Revolución en 1959, se vinculó a la capacitación de escritores, y sobre todo a la formación de niños y niñas en la narración oral. Tal intensa labor llevó a Arteaga a incursionar en la radio, el teatro, la televisión, y en todos los medios donde podía llevar su estilo didáctico de trasmitir con el cuento enseñanzas, valores y lecciones para las generaciones que quedaban atrapada en su peculiar forma de hilvanar historias.

Tuvo además el privilegio que su obra quedara perpetuada en la labor de su hija Xiomara directora de teatro popular, y de su nieto Alejandro profesor de Historia del Patrimonio Cultural durante varios años en la Universidad de La Habana. Descendientes que la inmortalizan en un libro titulado: Haydée Arteaga: raíz siempre profunda. Biografía de una mujer centenaria, que publicó la Editorial Boloña de la oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana en 2018. Institución que dirige el Dr. Eusebio Leal, Historiador de la ciudad, amigo y admirador de la Señora de los Cuentos. Haydée hoy sigue en su retiro vital en una calle llamada Habana y que lleva el número 620. Allí sigue escuchando -cuando la vista no le deja más-la formación de nuevos narradores orales, de nuevas actrices y nuevos actores de teatro popular. Haydée sigue allí a pesar de más de cien años a cuestas, en su adoptiva ciudad guiando la utilidad y la virtud del cuento.

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José A. Tabares, Escuela de Historia y la ADHILAC

Sergio Guerra Vilaboy

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Vi por primera vez a Tabares en el Anfiteatro de la Escuela de Letras y Artes de la Universidad de La Habana en 1969, cuando nos lo presentaban como nuevo Director de la Escuela de Historia. De manera irreverente, nos habló sentado encima de la mesa del proscenio y con sus piernas cruzadas. Era su peculiar manera de anunciar que se proponía revolucionar la Escuela, lo que intentó durante su breve mandato, apenas de un año, pues se granjeó la resistencia de parte del claustro.

Tabares introdujo una serie de cambios para impulsar la divulgación y la socialización de los conocimientos históricos, en correspondencia con la “Ofensiva Revolucionaria” que entonces se desarrollaba en Cuba. Para ello, promovió la participación de alumnos y docentes en labores comunitarias en fábricas de azúcar y otras industrias, impulsó las charlas y trabajos voluntarios en centros productivos y organizó conferencias públicas en la Universidad impartidas en horario nocturno. Además, promovió contactos con reconocidos historiadores –Jorge Ibarra, Manuel Moreno Fraginals, Julio Le Riverend, etc.- y dio a los estudiantes amplia participación en la dirección de la Escuela.

La designación de José A. Tabares del Real (1932-2001) en ese cargo venía avalada por su labor revolucionaria y su vocación de historiador. En 1955, cuando estudiaba para Contador Público en la Universidad de La Habana se incorporó a la lucha contra Batista en el Movimiento 26 de julio. Tras el triunfo de la Revolución fue fundador de la Revista Verde Olivo, de la primera escuela de instrucción revolucionaria, Embajador en Bolivia y tuvo responsabilidades en el Ministerio de Industrias y el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA). Al asumir la dirección de la Escuela de Historia, dirigía el Archivo Nacional y la Comisión creada en La Habana por el centenario de las guerras de independencia. Ya había publicado en Chile su primer libro, La Revolución Cubana: ensayo de interpretación (1960), con prólogo de Salvador Allende, fruto de sus conferencias en la tierra austral, y que circuló en Cuba un año después en edición del Patronato del Libro Popular.

Después dejar la Escuela de Historia, Tabares obtuvo su doctorado en Historia en la Universidad de Rostock (Alemania). En esos años laboró en el periódico Granma, dirigió la Comisión de Orientación Revolucionaria (COR) en Sancti Spíritus, fue vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores, así como Embajador en Hungría y asesor en la Televisión Cubana. Por entonces ya había publicado sus conocidos libros: La Revolución del 30: sus dos últimos años (1971), Premio del Concurso 26 de Julio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y su biografía Guiteras (1973), sobre el líder revolucionario cubano de los años treinta, así como varios ensayos, sobre temas poco abordados como “Política exterior del gobierno de Ramón Grau San Martín (1944-1948)” y “Fulgencio Batista y la Asamblea Constituyente de 1940”, este último un avance de su inconclusa biografía del aborrecido dictador.

Reincorporado a la actividad académica, en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y en la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz, ambas de la Universidad de La Habana, nos hicimos muy amigos, sobre todo desde que en 1996 ingresara a la directiva cubana de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC). Una de las últimas veces que hablamos fue por teléfono, cuando preparábamos el encuentro de ADHILAC en Pontevedra (España) de septiembre de 2001, para comunicarme que no podría asistir, pues ya no se sentía bien, y sólo tres meses después falleció. Desde entonces, la sección cubana de ADHILAC perdió su valiosa presencia, que coloreaba nuestras reuniones con un chispeante anecdotario, acompañado de un apetito voraz y su sed insaciable.

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Vindicación de Bolívar de Jorge Ibarra

Sergio Guerra Vilaboy

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Jorge Ibarra Cuesta (1931-2017) fue el primer historiador cubano cuya obra se hizo después del triunfo de la Revolución, destacándose por sus brillantes aportaciones historiográficas y sus dotes de polemista. En 1953 resultó electo presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) en la Universidad de Oriente. Sobresalió como valeroso luchador contra la dictadura de Fulgencio Batista en los años cincuenta del pasado siglo. Obligado a exiliarse en Costa Rica, Estados Unidos y México, entre 1956 y 1958, se entrenó en tierras veracruzanas para volver a Cuba en una malograda expedición que le permitiera incorporarse a la lucha armada en la Sierra Maestra.

Tras el triunfo de la Revolución Cubana, y graduado de abogado, laboró en diversas instituciones, entre ellas, la Academia de Ciencias, el Instituto de Historia y como profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Realizó una valiosa obra historiográfica, caracterizada por su carácter renovador, rigor metodológico y profundidad analítica, que comenzó en los años sesenta con su Manual de Historia de Cuba y que continuó con Ideología mambisa (1967); Aproximaciones a Clío (1979); Nación y cultura nacional (1981); Un análisis sicosocial del cubano: 1898-1925 (1985); Cuba: 1898-1921, partidos políticos y clases sociales (1993); Cuba: 1898-1958, estructuras y procesos sociales (1996); Máximo Gómez contra el Imperio (2000); Varela, el precursor. Un estudio de época (2004); Patria, etnia y nación (2007): Marx y los historiadores ante la hacienda y la plantación esclavista (2008); Encrucijadas de la guerra prolongada (2012) y De súbitos a ciudadanos (siglos XVII-XIX): el proceso de formación de las comunidades criollas del Caribe hispano (Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo), en tres tomos (2012-2015). Esta obra descomunal lo avaló para obtener el doctorado en Ciencias Históricas y para ser escogido por el Consejo de Estado de la República de Cuba para integrar el grupo gestor de la refundación, en 2010, de la Academia de la Historia de Cuba.

La historia de su último libro, Simón Bolívar, entre Escila y Caribdis, tiene que ver conmigo, no sólo porque gestioné a través de Jorge Elías Caro su publicación por la Universidad colombiana del Magdalena en 2018, sino por la singular génesis del mismo. Tres años antes, Jorge Ibarra se apareció en mi casa un domingo en la mañana, portando en la mano un manoseado ejemplar de una obra recién publicada en España que lo había sacado de sus casillas. Se trataba de La guerra a muerte. Bolívar y la campaña admirable, (1813-1814), elaborado por un historiador canario a quien hacía poco tiempo el propio Ibarra había elogiado en la Academia de la Historia de Cuba por su producción anterior. Se sentía defraudado y ansiaba, de algún modo, manifestar su inconformidad y distanciarse de aquel autor que ahora optaba, en forma muy oportunista, por abandonar el rigor histórico para atacar sin contemplaciones la figura de Simón Bolívar, con el evidente propósito de erosionar uno de los pilares ideológicos de la Revolución Bolivariana en Venezuela, sustentada en el legado del Libertador.

A partir de ese instante, a pesar de que debía dejar por el momento otras  investigaciones que le apasionaban, Ibarra se consagró a indagar en los temas “destapados” por el historiador canario mediante una acuciosa labor en archivos y bibliotecas habaneros que continuó en Estados Unidos. Con Simón Bolívar, entre Escila y Caribdis logra esclarecer la verdad histórica y desmontar todas las falacias tejidas por los enemigos del Libertador y fue una obra, que, a diferencia de la mayor parte de su producción, no aborda un tema cubano, sino de la atribulada historia latinoamericana.

El primero de los historiadores cubanos, como algunos calificamos a Jorge Ibarra, falleció en La Habana el 7 de junio de 2017 a los 85 años de edad. Era miembro de honor de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC) y de Número de la Academia de la Historia de Cuba. Había recibido importantes distinciones y condecoraciones, entre ellas el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas y el Premio Nacional de Historia.

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